LLOP i BAYO, Francesc - Campanarios y campanas

Campanarios y campanas

Decían los viajeros románticos que Valencia era “la ciudad de los trescientos campanarios”. Ciertamente exageraban, aunque el número de torres con campanas superaba los sesenta, cantidad que se reflejaba en los numerosos grabados que representaban una ciudad triangular, presidida por el “Campanar Nou” o “torre del Micalet” de la Catedral, acompañada por diversos campanarios de distintos niveles. En realidad se trataba de una representación simbólica de la Ciudad Ideal, de la Jerusalén Celeste: la Ciudad estaba presidida por la Catedral, acompañada a su vez por las parroquias, los conventos principales, los otros monasterios, las pequeñas iglesias, y todos ellos por encima de un caserío ceñido por las murallas.

Los toques de campanas también reflejaban esta idea piramidal del espacio: la Catedral marcaba con sus repiques, el principio y el final, no sólo de los “volteos generales” (llamados así no tanto porque tocan “todas” las campanas, sino porque tocan al menos algunas de “todas” las torres) sino los cotidianos toques de oración, de cerrar las murallas o de queda. Así, cuando la Catedral comenzaba a tocar, tenían que “seguir” las parroquias, comenzando y terminando con la torre mayor. A su vez, y dentro de cada demarcación parroquial, las otras torres (conventos, iglesias, ermitas), debían acompañar a la torre mayor de su territorio. Aún conocimos toques de éstos, en la torre del Salvador, ya convertida en simple iglesia, que tenía que voltear a la salida y la entrada de las procesiones de su parroquia matriz de Sant Esteve.

Había un caso de dependencia territorial que aún recordaban nuestros campaneros tradicionales, a finales de los sesenta, aunque había dejado de tener validez a principios de siglo: se trataba de las parroquias “agermanades” - la unión de las parroquias antiguas de la ciudad por parejas, de manera que cuando ocurría algún acontecimiento importante en una la otra acompañaba o tomaba la iniciativa de los toques, según las ocasiones.

Estos toques de campanas, esta visión piramidal del espacio civil, sacralizándolo, son sin duda fruto de la intensa actividad del Patriarca, ahora san Juan de Ribera. Él hizo construir, seguramente siguiendo modelos sevillanos, la primera cúpula cubierta de teja azul (la “mitja taronja” de su Real Colegio del Corpus Christi, que luego se ha convertido en un paradigma del paisaje valenciano) a finales de 1500. También hizo construir la primera torre elevada, en el mismo edificio, modelo posteriormente superado en altura y tamaño. Finalmente trajo, desde su Andalucía natal, los volteos: hasta finales del XVII las campanas oscilaban a estilo europeo; el volteo que ahora se ha convertido en modelo casi único de los toques valencianos, fue una novedad impuesta muy lentamente en nuestras tierras; en la Catedral de Segorbe se empezó a practicar un siglo más tarde, a finales del siglo XVIII.

Francesc LLOP i BAYO (13-07-1998)
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