GIL GANDÍA, Francisco - La fiesta en la ermita de Santa Lucía

La fiesta en la ermita de Santa Lucía

Santa Lucía, de Evaristo Muñoz, en la ermita de Valencia

Nos aparece ya en medio del Adviento con la lámpara encendida entre las manos, esperando al Esposo, como iluminándonos el camino que nos conduce al encuentro anual con Belén, por que Lucía significa eso: la portadora de la luz, la que ilumina. De ahí que se la invoque como especial abogada en las dificultades de la vista. Pero es buen modelo para todos, ya que en muchas ocasiones de la vida nos encontramos sumidos en la oscuridad y necesitamos decir como el ciego de Jericó: “Señor, que vea”.

La Iglesia desde sus orígenes siempre ha tenido una especial simpatía por el cor tejo de las vírgenes mártires. Cecilia, Inés, Lucía, Águeda, Bárbara. Todas celebradas muy festivamente en nuestra Archidiócesis. Y nos enseñan a vivir, al trasmitimos el doble mensaje, hoy particularmente necesario en esta sociedad neopagana en la que nos movemos. Pureza, castidad, e incluso la virginidad, fortaleza para nuestro testimonio o martirio diario. San Pedro, en su primera Carta nos dirá: “si os ultrajan por el nombre de Cristo dichosos vosotros, porque el Espíritu de Dios reposa sobre vosotros”.

La devoción a esta mártir fue muy temprana entre nos otros, ya en el siglo XIII, y hoy en día es tanta la veneración hacia la mártir de Siracusa, que durante la fiesta, su ermita aparece como un auténtico santuario regional. Acaso su culto nació en la catedral. Por lo menos se tiene noticia de una “pía almoina de santa Llusia” allí radicada, y que el gremio de picapedrers le rendía culto en el convento del Carmen invocándola contra las salpicaduras de la talla en piedra.

Según Teixidor, su Real y Pontificia Cofradía aparece ya datada en 1395 por el testimonio de un legado testamentario. El actual templo se termina hacia 1511, siendo renovado entre otras ocasiones en 1737. La última restauración fue alrededor de 1920, por iniciativa de don José Vivó Cervera, buen apóstol seglar, albacea y heredero del cardenal Benlloch, el cual vendió la única finca del cardenal y entregó su producto en manos de don Prudencio Melo y Alcaide, para la edificación de las nuevas parroquias, alrededor de 1942. Don José, juntamente con otras nuevas personas, dinamizaron la cofradía, un tanto aletargada, colocando un capellán permanente y destituyendo al anterior ermitaño, personaje un tanto pintoresco, al que llamaban 'el pajarero', por criar pajarillos en varios locales de la ermita. Durante el 36, al residir temporalmente en la ermita doña Claudine Bayo, esposa de don Francisco Llop, haciendo valer su condición de francesa se colocó en la fachada un cartel expresando la inmunidad internacional, y la bandera gala, lo que permitió que tanto el edificio como su ajuar y completísimo archivo, se salvaran de la destrucción.

Señal evidente del gran arraigo de esta fiesta es la ruidosa 'tabalada' que la víspera al anochecer recorre las calles adyacentes, participando en ella la gran mayoría de 'dolçainers' y 'tabaleters' de la ciudad y alrededores.

Las 'paraetes' del porrat, rodean la ermita durante estos días, creando un ambiente lleno de bullicio.

Todo esto nos lleva a pensar, que la fe se ha inculturado con hechos visibles de verdadera cultura popular. Algo siempre necesario para ser fermento en la masa y que Juan Pablo II nos lo repite con frecuencia: “una fe que no se hace cultura no es una fe plenamente acogida, no es totalmente pensada, ni fielmente vivida”.

Francisco GIL GANDÍA (Capellán de la catedral)
"Paraula" (14-12-2003)