RODRÍGUEZ, Moisés - La campanera que pone a salvo Azuébar

La campanera que pone a salvo Azuébar

Susi Bayarri da el aviso desde la iglesia para evacuar a la población en caso de incendio, un método que ha puesto en marcha dos veces en 15 días y que es más efectivo que el whatsapp


Susi Bayarri, a la izquierda, junto a su marido José Zorrilla y la alcaldesa de Azuébar. - Autor: RODRÍGUEZ, Moisés / LAS PROVINCIAS

Susi Bayarri durmió el sábado con un oído pendiente del teléfono móvil, un ojo vigilando el monte que rodea Azuébar y el corazón en un puño. «Estate atenta», le había casi implorado la alcaldesa, Jéssica Miravete. Ella es la encargada de hacer sonar las campanas de la iglesia, y es quien sabe el significado de cada tañido. «Antiguamente eran a mano, ahora ya es mecánico, tocar un botón... pero hay que saber hacerlo», precisa José Zorrilla, su marido, que es pintor. «Hay personas mayores que no se aclaran con el whatsapp, pero conocen el los diferentes avisos. Es la forma más rápida de que sepan que desaloja el pueblo», aclara Susi: «Al final fue el domingo por la mañana. ¡Otra vez en domingo!». El lamento es profundo, triste como el repique de la campana cuando alerta de que hay que irse de casa con urgencia porque el fuego amenaza el pueblo mientras devora su querida Serra d'Espadà.

«Esta vez ya nos habían avisado el sábado de que tuviéramos una bolsa preparada. La otra vez vimos el fuego encima, por lo que entonces pasamos más miedo», reconoce Susi, que nació en Azuébar y se conoce los montes que la rodean como la palma de su mano. Por mucho que pasase años junto a José viviendo en Valencia. Ahora ellos disfrutan de la jubilación en un paraíso llamado Alto Palancia por el que ahora sufren. Han padecido dos desalojos en 14 días, uno por el incendio de Soneja y el otro por el que se originó el sábado en la Vall d'Uixó. «Y ya nos tuvimos que marchar hace cuatro años por otro fuego forestal», puntualiza Susi.

Son dos de los 39 vecinos que están desde el domingo a mediodía en el seminario de Segorbe. «Después de haber pasado la noche, estaba en casa por la mañana. Escuché jaleo y llamé a Rosa, que también es concejala y Jéssica tiene mucho jaleo... no quería molestarla. Me dijo que esperase, que nos confinaban», indica: «No pasaría ni media hora, cuando me dimeron que sí, que tocara la campana que nos teníamos que ir». Susi salió corriendo de casa en dirección a la iglesia. Un policía la interceptó: «Señora, ¿a dónde va? ¡Que han desalojado el pueblo!». «Y yo tengo que avisar a mis vecinos, soy la que toca la campana», replicó ella, a lo que el agente le abrió el paso.

«La verdad es que está siendo un verano muy complicado... pero es que hace cuatro años ya nos evacuaron», lamenta Jéssica Miravete, alcaldesa de Azuébar pero que está a caro de la mancomunidad del Alto Palancia. El primer domingo de julio ya tuvo que coordinar a sus vecinos para que quienes lo necesitaran llegasen hasta el seminario de Segorbe. «Aquí estamos, en el hotelito», bromea José. Este edificio cuenta con las celdas totalmente equipadas, con camas y servicio. «Esta vez había mucha más gente desalojada y había que pedir que quien tuviera una primera residencia u otra alternativa no eligiera esta opción. Primero fuimos a Navajas para hacer triaje. Dar prioridad a las personas mayores y a las familias con niños pequeños. Al final pudimos venir todos a Segorbe», relata la primera autoridad de Azuébar.

Son 39 los vecinos de la localidad que están en el seminario, de los entre 800 y 1.000 que había en el pueblo en el momento del desalojo. Azuébar tiene censados menos de 400 vecinos, pero en verano los residentes se multiplican. Muchos acuden a la localidad de la Serra d'Espadà a pasar las vacaciones. Como Javi y Ana, que pasan el resto del año en Zaragoza y acababan de instalarse en la casa de los padres de él. «Llegamos el sábado y fuimos a comprar unas cosas a la Vall d'Uixó. Ahí nos llegó el aviso del incendio», recuerdan. Hicieron vida 'normal' el domingo, aunque ya les alertaron de lo que había ocurrido tres domingos antes. «Por la mañana fuimos a la piscina a bañarnos, pero ya volvimos pronto a casa a comer. Había mucho humo y a las 16 nos desalojaron», relata.

Ángel pasea por el seminario con Nela, una preciosa perra pastor alemán: «Tenía claro que se venía conmigo. Si la dejas fuera es como matarla, y dentro de casa tampoco se puede quedar». «¿Cómo va el fuego?», pregunta. «Ya llevamos dos. ¡A la tercera va la vencida! Esperemos que no llegue», implora. El hombre recibe una llamada telefónica. Es de su hijo. «Parece que Chovar se ha quemado todo...», se oye por el móvil. Ángel y su mujer informan de que están bien, y que la perra, también.

En el seminario de Segorbe hay gente Chovar, también de Almedíjar. Pasan las horas pendientes del móvil. «Si habláramos...», lamenta un vecino del primer municipio: «Estaba todo lleno de humo, pero al pueblo no había llegado». Entre la gente de la zona hay un sentimiento que se deberá abordar una vez acabe la emergencia: de que la prevención no se está realizando de forma correcta. «Estamos dejados de la mano de Dios desde que declararon la Serra d'Espadà parque natural. Sólo hay que darse una vuelta para ver cómo está el monte», proclama otra residente.

«Yo he estado en siete u ocho incendios en toda mi vida, pero es verdad que antes no había tantos como ahora», señala Paco, de Almedíjar: «Ahora está todo muy abandonado, el ganado hacía mucho». Esos comentarios resumen el sentimiento de la gente del Alto Palancia que, aunque está bien en Segorbe, desea volver cuanto antes a sus casas. Y que se mejoren las estrategias de prevención de cara al futuro, para evitar desastres como el que está consumiendo sus montes y amenaza sus casas. «Nosotros hacemos lo que podemos, intentamos mantenerlo todo limpio», desliza a alcaldesa de Azuébar. Pero sabe que no es suficiente, y que un pequeño pueblecito con menos de 400 habitantes durante 10 meses al año tampoco puede hacer mucho más. Que las soluciones deben llegar de instancias superiores.

«El principal factor que para mí se produce es el abandono de las tierras de cultivo, no se produce un relevo generacional. Mi abuelo labraba las tierras, mi padre hace lo que puede los fines de semana y yo, mucho menos, la verdad», señala la alcaldesa al enumerar las razones de que el monte se haya convertido en un polvorín: «Cuando hay fincas trabajadas, el fuego pasa de largo. Te das cuenta de que es fundamental. Luego también es necesario que se pueda hacer clareos en el monte, que se permita y que también haya negocios que sean rentables. Y yo creo que la tercera pata es que la naturaleza nos está demostrando que vamos hacia unas condiciones climatológicas muy adversas. Estamos viendo estos fenómenos que se están produciendo estas temperaturas son bestiales, estas rachas de aire es que nada favorece a todo esto y que por tanto nos obliga a estar más atentos y más en alerta que nunca».

Paco y María habían subido a Azuébar justo el domingo a pasar el resto del verano. Él tiene movilidad reducida y lamentan haber tenido que irse con lo puesto del pueblo. «A ver si venís a vernos por algo bonito, por las fiestas que son en agosto», plantea Susi Bayarri, que espera no tener que tocar las campanas en mucho tiempo mientras implora por que el fuego no arrase el paraje de La Mosquera. José Zorrilla ha pintado su querido pueblo en tejas. Ahora le han dicho que deberá retratarlo con su nueva realidad, pero él no se siente un cronista con pincel: «Mira, me has hablado del fuego y se me han puesto los pelos de punta. Yo lo seguiré retratando rodeado de verde, que así es como es bonito».

RODRÍGUEZ, Moisés

Las Provincias (28-07-2026)

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