PÉREZ PARÍS, Arturo - La luz del atardecer

La luz del atardecer

Cada tarde, cuando llega el crepúsculo, me suele sorprender en mi habitación estudiando. He de decir que habitualmente estudio sentado a la mesa frente a una ventana viendo todo el paisaje de poniente. Éste me muestra la perspectiva del Madrid que se encontraría aquel que entrase por el este de la ciudad. El horizonte está roto por una sucesión de edificios en la distancia, al que se antepone el pequeño bosque del parque La Quinta de los Molinos. Disfruto así de una singular mezcla de naturaleza domada (sí tal cosa es posible) y paisaje urbano, a mi entender poco agresivo.

Como decía, hay un momento mágico, en el que de modo, yo diría instintivo, levanto la mirada de mis papeles y observo el mosaico de formas, sombras y colores que, de manera gratuita, se me ofrecen. Es un momento especial, en el que casi podría jurar que noto bajo mis pies cómo la tierra rota ocultando así la luz del sol, y cómo los últimos rayos, en una desesperada lucha por oponerse a la oscuridad se aferran al horizonte y, desgarrándose, nos muestran las vetas rojizas y azuladas que apreciamos cada tarde, si conscientemente queremos notar y hacer que realmente ese día también haya merecido la pena haberlo vivido.

Si a todo ello sumamos que, a la vez, también es normal que estudie con la radio puesta, en la que sintonizo permanentemente Sinfo Radio, y da la casualidad que en esos momentos emiten alguna pieza con un marcado sentimiento dramático (como la marcha fúnebre del "Crepúsculo de los Dioses" de Wagner o mejor aún el primer movimiento del concierto para chelo de Elgar), entonces a uno se le desgarra el alma, y no puedo reprimir (ni quiero) que una lagrimilla, de la emoción del momento, sea derramada. Después de seis años con esta misma costumbre, a la fuerza, este galvanizado corazón mío debía evolucionar de alguna manera, aunque no así mi sardónico sarcasmo.

Es precisamente, en ese momento, cuando más claros tengo los pensamientos, y con más alegría bullen en mi cabeza y conviven. en el mismo momento y lugar. las ciencias aprendidas con las ilusiones y las fantasías casi infantiles que todos tenemos. Así al cabo de un rato me asaltan las fábulas o cuentos, como las que ya con anterioridad relaté y como las que ahora expongo, aprendidas en el continuo de esta corta existencia de casi treinta años.

La primera que expondré me fue transmitida hace bien poco, a raíz de haber conseguido un gran logro profesional, que no viene al caso mencionar, después de un gran y prolongado esfuerzo:

La campana

Para los monjes y lamas tibetanos la campana tiene un hondo significado espiritual y forma siempre parte del ritual religioso.

Había una vez un joven monje que anhelaba disponer de su propia campana y poderla tener en su celda. Tal era su anhelo por poseer una campana para sí mismo, que muchos de sus compañeros lo sabían y la noticia llegó a oídos del abad del monasterio. Un día hizo llamar al joven y le dijo:

- Tengo entendido que te gustaría tener una campana para ti, ¿no es así?

- Así es, venerable abad. Me gustaría poder contar con una campana para tenerla en mi celda.

- Pues te propongo una cosa -dijo el abad al monje-. Si limpias a fondo el monasterio y lo dispones todo perfectamente para el próximo festival religioso, que tendrá lugar en una semana, tendrás la campana que tanto deseas; te lo aseguro.

El monje sintió una gran dicha. Por fin sus sueños de poseer una campana se iban a hacer realidad. Con dedicación absoluta se puso a limpiar y ordenar todo el monasterio. Fue un trabajo duro, pero el fatigoso trabajo estaba guiado en todo momento por la motivación de poder conseguir la campana. Unos días después, el monasterio aparecía reluciente y todo había sido perfectamente ordenado. El monje suspiró aliviado. ¡Por fin había cumplido su tarea y lo había hecho a la perfección! En verdad que se había ganado la campana.

Anochecía. A la luz vacilante de las lamparillas de manteca de yak, novicios, monjes y lamas efectuaron la ceremonia del atardecer, saturando la mente de salmodias y del sonido de los címbalos y las trompetas. Acabada la ceremonia, cada monje se retiró a su celda. Pero el monje que había limpiado el monasterio se acercó a hablar con el abad y, antes de que nada pudiera decir, éste declaró:

- Has hecho un trabajo excelente Aquí tienes la campana. Ahora ve a descansar, que buena falta te hace.

El monje se retiró a su celda. Se sentó sobre el jergón y como un muchachito ilusionado comenzó a mover la campana para escuchar su embelesante tañido. Pero la campana no sonaba. «¿Cómo es posible?», se preguntó extrañado. Dio la vuelta a la campana y se dio cuenta de que no tenía badajo. Se sintió engañado. ¿Era una broma pesada del abad? ¿Quería mofarse de él? ¿No apreciaba lo suficiente el fatigoso trabajo que había llevado a cabo? Corrió hasta la celda del abad y llamó a la puerta.

- Pasa -dijo el abad-. Te estaba esperando.

- Venerable lama, apenas podía creer lo que he visto hace unos instantes. Me obsequias con la campana prometida, voy a tañerla y resulta que carece de badajo. ¿Para qué quiero una campana muda, una campana sin que pueda sonar?

- Estás indignado, ya veo -dijo serenamente el abad-. Pero eres tú el quien debe poner el badajo.

El monje miró al abad estupefacto.

- Sí, así debe ser. El badajo es tu claridad y tu compasión internas. No es un badajo de bronce lo que tiene importancia, sino hacer sonar la campana (la campana maravillosa de tu mente y de tu corazón) con el badajo de tu lucidez y tu benevolencia.

Sobrecogido por la emoción, el monje dijo:

- Nunca nadie hubiera podido hacerme un regalo mejor. Gracias, venerable maestro.

Con esta fábula quiero decir, que no es suficiente con conseguir nuestros propósitos, después debemos desarrollarlos, siempre para bien. Por ello nuestras actividades deben ser dinámicas, es decir, vivas, en continuo desarrollo. Nunca estáticas, con un principio y un final. Ojo, esto no quiere decir que estemos siempre "mareando la perdiz" y que todo cuanto hagamos esté siempre de forma provisional y en obras. No, con esto indico que podemos acabar las cosas en un momento dado, pero ello no quiere decir que deban quedarse así "PER SECULA SECULORUM". Todo es susceptible de mejorarse y siempre en beneficio de todos, no sólo en el presente, sino también para los que vengan en el futuro.

Otra "historieja", que nos da una vieja pauta de comportamiento ya muchas veces repetida, pero con los tiempos que corren y, por ende, en la hoguera de vanidades en que vivimos, no nos permite aplicar.

PÉREZ PARÍS, Arturo

Revista Vivat - El Rincón Literario nº 25 (01-05-2001)

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