GAMBOA, José - Memorias y El Hilo de Oro del Abuelo José Gamboa Alvarado nacido en 1900

Memorias y El Hilo de Oro del Abuelo José Gamboa Alvarado nacido en 1900

El Abuelo Gamboa

Entre algunos documentos que rescaté de la casa de mi madrina, la tía Carmen, tengo un fólder del abuelo, que dice:

EL HILO DE ORO

José Gamboa

Tel fabrica 47 05 41

47 02 36 casa.

En la solapa interna del fólder dice JOSE GAMBOA y tachado: “Huellas en el Camino”. Y ya, en sus hojas, amarillas y en borrador de máquina de escribir, lo que imagino, son las correcciones de la tía, porque tienen muy pocos errores ortográficos, lo que el abuelo quiso escribir y la tía le fue “acomodando” de acuerdo sus propios conocimientos e ideas de un escrito.

Me volví a leer todo el borrador (corregido) de EL HILO ORO, y me pregunto ¿quién tendrá uno de los originales de “MEMORIAS”, el primer libro de abuelito? Libro que incluyera, sabiamente, en El Hilo de Oro, sino, nos quedamos sin la primera parte.

En un sobre de manila, encontré material inédito, que no se incluyó en el segundo libro. Además, algunos borradores, con errores ortográficos, que asumo son del abuelo también, por cuanto están todas escritas en borrador de máquina de escribir, con papel copia azul.

La idea de volver a escribir la historia del abuelo en este espacio, es para que todos, de alguna manera, podamos ser parte de esta historia, interesante, emotiva e increíble, antes de que los tiempos la borren y la declaren una mentira.

...

jOSE GAMBOA ALVARADO

EL HILO DE ORO

A mis familiares de hoy y de mañana

dedico estas memorias.

Jose Gamboa A.

(firma del abuelo)

A mi hermana Evangelina por la

cuidadosa revisión del manuscrito

expreso especial reconocimiento.

EL AUTOR

Este pequeño libro se gana nuestra simpatía y respeto, por muchos motivos, desde el primer momento. En forma hábil y amena, como sin esfuerzo, surge la presencia de una Costa Rica que ya nos parece producto de la imaginación, aunque apenas nos separa medio siglo de su realidad. En nuestro caso se trata de ese privilegiado jardín que se llama San Ramón, pero tal como era en los primeros lustros del siglo, cuando había que llegar a caballo o en carreta y tras la fatiga del trayecto se encontraba el viajero con el milagro de una sociedad refinada y progresista que al miso tiempo guardaba con veneración las viejas tradiciones costarricenses. Así vemos desfilar en el libro los antiguos edificios, la gente de antes, su estilo de vida, sus afanes, sus creencias folklóricas, y a esa sobra la muchachada de entonces, muchos de los cuales ocupan ahora el puesto distinguido que merecen y a los cuales conocemos y estimamos con sus nombres y apellidos.

Bajo el campanario

Todo el paisaje y la vida del pueblo se abarcaban desde el alto campanario. La villa de San Ramón era linda. En el centro de la plaza verde con sus viejos higuerones y al frente la iglesia grandota, de piedra y calicanto. Sus dos torres macizas se erguían mirando hacia las serranías del oeste; la del sur con una escalera de piedra dura que conducía al campanario donde estaban de por vida las tres campanas. Con el campanero subí a veces a la torre a repicar: estos repiques de campana de campana eran un verdadero arte, el de la misa mayor se comenzaba con la campana grande; los golpes lentos que se iban acelerando hasta el máximo y que decrecían después hasta llegar a ser pausados; seguía la segunda en la misma forma, y al terminar su repique largo, respondía la campana chiquita. Mezclaban sus toques las tres campanas en una sinfonía musical que cabalgaba en la brisa para perderse por los rincones del valle. Al costado norte de la plaza se levantaba el palacio municipal. Era de dos pisos y construido de piedra y calicanto. A la par de la escuela, separada por una gran tapia en dos secciones; la de varones y la de mujeres. Al costado oeste la tienda y la pulpería de los Campos, el billar de don Alfredo, la casa de alto de los Pipper y el negocio de los Orlich; opuesta a la esquina suroeste de la botica de don Fausto Montes de Oca. Al costado sur, la casa de los García Solano, la del doctor Tamayo y la barbería de tío Ricardo Vargas. El tío Ricardo, gordo y de cara bonachona, me decía: -Mirá, Chepe, hoy te voy a poner agua cananga a ver qué te dice tu mamá. Recuerdo su voz cansada y grave como un eco de la campana grande.

...

Semana Santa

Llegó la Semana Santa que todos esperábamos ansiosos. Desde el martes dejamos en la casa de hacer trenza para los sombreros y mamá guardó su máquina de coser... El Jueves Santo por la mañana se callaron las campanas y en el campanario empezó a sonar una matraca grande de madera. Miguelín Castro, Paco Bermúdez, Carlos García y yo subimos para ayudar al campanero: trac - tararac – trac. Llegó el Viernes Santo, día de las procesiones más solemnes. Al toque pausado de las matracas empezó el desfile: adelante las Siete Palabras vestidas de blanco; seguían las tres Marías, la Samaritana, la Verónica y la Magdalena y los Ángeles en sus andas... Cuando oímos de nuevo las campanas el Sábado de Gloria por la mañana, corrimos a escarbar la tierra para encontrar carbones. En ese momento todas las cosas de la tierra están benditas. Guardamos algunos carboncillos que nos servirían para aplacar las tormentas. Por la tarde estuvimos los muchachos en el paseo de Judas, al que llevamos en un desventurado caballo, piojoso y alunado que recogimos en la calle ronda. En cada esquina nos parábamos, y uno de la comisión se subía a un banco y leía escrito en verso el testamento de Judas. Era éste una crítica festiva y punzante para autoridades, comerciantes y otras personas de la comunidad. Acompañados de las risas y gritos de las gentes desfilábamos por todas las calles para llevar a Judas finalmente a la casa de Patrocinio, el polvorista, quien tenía el encargo de alistarlo con bombas y bombetas para la quema del día siguiente...

GAMBOA, José

florgamboa (30-10-2006)

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