EL DIARIO VASCO - El reloj de la parroquia en hora

El reloj de la parroquia en hora

Reclama de media «darle cuerda» una vez cada seis días


J.J. Gómez junto a la maquinaria del centenario reloj de la parroquia. - Autor: EL DIARIO VASCO

Al referirse Serapio Mujika y Carmelo Etxegaray, autores de la Monografía Histórica de Ordizia, a la historia eclesiástica de la localidad, los eruditos aluden al año 1510 como la primera referencia documentada sobre la existencia de reloj público en la villa. Tras referirse a unas obras de cantería llevadas a cabo en la torre del campanario de la parroquia, realizadas en 1579 para lo que fue necesario «bajar el reloj del aposento viejo», la alusión les sirve para deducir que el reloj público se hallaba instalado en el campanario de la iglesia y «no en la torre de la villa a pesar de atender el concejo a los gastos que originaba su cuidado y conversación». Y de la misma manera deducen que sería el sacristán el encargado del reloj público «según se declara en 1606 al afirmarse que son para él los dos ducados que se aplican a este servicio y que venían abonándose, cuando menos, desde 1510».

A pie de página recogen, que en 1516 se hizo un nuevo reloj, así como la caja para las pesas, etc. En 1573 la campana para el reloj. En 1753, a la vista de su deterioro se encarga un reloj nuevo «al mejor artista por aquí conocido», que no fue otro que Salvador Rivas, de Pamplona. Todo parece indicar que a lo largo de estos últimos 500 años no ha faltado reloj en la torre del campanario. Quinientos años en los que el sistema de funcionamiento ha variado poco y que convierte a estos artilugios en piezas únicas y artesanales de auténtico ingenio mecánico. Precisamente en el actual, en la esfera de latón por la que discurren las manecillas del reloj-patrón, aparece grabada la inscripción y en mayúsculas 'Fabricado por Ignacio Zubillaga. Nº 20. Año 1905. Albistur'.

Precisamente en la estancia de la torre que acoge las entrañas de reloj una amplia lámina brinda una semblanza, foto incluida, sobre Ignacio Zubillaga y sus hijos. Artesano guipuzcoano nacido en 1868 en el caserío Jaundabarren, de Orexa, fallecía en Tolosa en 1948. Herrero y fabricante de relojes de torres y campanarios, de los que aún hay algunos de ellos funcionando. Fabricante de relojes, que a su vez, construyó el siguiente y anotado con el nº 21 que quedó instalado en el Ayuntamiento, reloj de la Casa Consistorial, al menos la maquinaria, que ya no existe.

La maquinaria del centenario reloj de la parroquia se encuentra situada al final de lo alto de la torre del campanario, sobre un espacio de la escalera. Una estancia que llama la atención. La maquinaria se asienta sobre una robusta bancada o base de madera.

Un puntual mantenimiento

Pues bien, un reloj de estas características requiere «darle cuerda» a la semana y un puntual mantenimiento. Labor, desempeño y dedicación que desde hace 30 años lleva a cabo Juanito Aierbe, lo que le convierte en el guardián del tiempo en la torre de la iglesia.

«Formaba parte –dice Juanito Ayerbe–, del Consejo Parroquial, estando Fidel Eizagirre de párroco. Un día se averió el reloj y se comentó el tema en el Consejo. Le dije al párroco si podía subir a verlo. Me acompañó y fuimos. Efectivamente estaba parado. No había vida. Le hice una primera observación y le pedí una explicación sobre su funcionamiento. Volví otro día, y tras un examen más profundo creí ver el origen de la avería. Con un poco de pegamento 'loctite' y una lámina de chapa, conseguí que el reloj reanudara su marcha para satisfacción de todos. Ya sonaban las campanas. Fue un arreglo provisional que más tarde lo rematé para dejarlo para siempre».

Como ocurre en tantas otras ocasiones; más que nada por hablar, desde entonces por cuenta del 'manitas' corre la atención del reloj y del campanario. Tarea en la que en buena medida recogía el testigo al padre Yañez. Fue precisamente el padre Yañez, el 'Padre ladrillo' como cariñosamente se le conocía en Ordizia quien relata en su libro 'Miscelánea histórica de Euskalherria. Villa franca ayer. Ordizia hoy' que el 2 de febrero de 1979, con el visto bueno del entonces párroco, Imanol Aldaregia, «se comprometió en 25.000 pesetas con la firma Pingon de Lazkao, por ver de automatizar nuestro viejo reloj parroquial».

Efectivamente. Se incorporó un motor eléctrico al eje de accionamiento del mecanismo de elevación y recogida de contrapesos (cuerda del reloj y campana) que aportaba la fuerza mecánica necesaria para elevar los 250 kilogramos que pesan. Un significativo avance que venía a aliviar la labor de quienes tenían que elevar, a mano, todos los kilos del contrapeso, a una altura de 10 metros. Una operación que hasta entonces se realizaba dos veces por semana con un largo manubrio que se conserva y puede entrar en servicio, caso de no hacerlo el motor eléctrico.

Visto el estado de deterioro en que se encontraba la escalera de acceso a la sala del reloj y al campanario, se decidió restituirla en 1999 por una nueva. Para ello se tuvo que retirar el reloj de su asentamiento y desmontar las pesas de su cable de acero, todo ello para desmantelar la escalera vieja y montar la nueva. El cuerpo del reloj, tuvo que ser suspendido del techo de la cámara, por unos cables, a fin de posibilitar el trabajo de los carpinteros que iban a montar la nueva escalera.

Cuando finalizaron su trabajo y vino Juanito a montar el reloj, aparecieron los problemas: «Parece que no tomaron referencia ni medida ninguna respecto a la base y bancada; ni de la altura de ésta, lo que dio lugar a que medio cuerpo del reloj, quedara fuera de su base y que el eje dentado en sus dos extremos estuviera por encima de la cota necesaria para que el mecanismo actuara con el eje de la esfera del reloj de la torre". Avisado el carpintero, éste en principio no quería tocar nada. Pero a la vista estaba, que si el mecanismo o caja del reloj no tenía asiento, difícilmente iba a ser puesto en marcha. «No le quedó más remedio que reformar la bancada y darle la medida adecuada».

En cuanto a la altura comentaba que no había nada que hacer. «No me explico como no lo tuvieron en cuenta», señala Juanito. El trabajo al que tuvo que enfrentarse fue algo serio. «No tuve más remedio que acortar el eje con ruedas dentadas en sus extremos y volverlo a soldar para adecuarlo a las nuevas medidas, sin saber si podría salir bien o no. Por suerte y buen hacer, quedó perfecto y ahí está, marcando las horas».

Otro rompecabezas al que tuvo que hacer frente nuestro maestro relojero, fue aquel lío que preparó aquel electricista que cambió las fases de la corriente eléctrica que hizo que al accionar el motor girara al revés y aunque reaccionó en segundos un eje y un engrane acabaron rotos, percance que nuevamente solucionó gracias a su pericia y a colaboraciones externas.

Alzar los contrapesos

Y si bien la única motorización, que en cualquier caso hay que ajustar y requiere mucho más que apretar un botón, sirve para alzar los contrapesos. Esa labor de acondicionamiento del sistema y de encendido manual hay que hacerla, de media, cada seis días. «Ocurre –apunta Juanito Aierbe–, que todo el pueblo sabía cuando mi mujer, Mari Carmen, y yo nos íbamos a pasar una temporada fuera porque no había quien se ocupara del reloj». Y en esto que aparece el polifacético y también jubilado JJ Gómez, quien, hablando de tantas cosas, le mostraba a Juanito Aierbe su disposición a compartir la labores de mantenimiento del reloj y dicho y hecho. «Yo soy mecánico ajustador», enfatiza JJ, que a estos efectos resulta sin duda una cualificación al menos comparable a la de maestro relojero. «Ya he aprendido los intríngulis del sistema y lo que toca es venir en esa referencia, media, de días, engrasar si corresponde, etc».

«Es curioso –apunta JJ– tiene que ser por cuestión de la temperatura, es un reloj que se adelanta, ligeramente, en verano y se atrasa en invierno». Una joya mecánica a la que, quitando el motor que sirve para alzar los contrapesos, únicamente se le ha añadido, de manera reciente, un temporizador, preparado para que no dé las campanadas desde las 22.00 hasta las 8.00. «Y hablando de campanas –subraya JJ–, la mayor está fuera de servicio porque la rueda dentada a la que la correspondiente cadena transmite la fuerza para su volteo, se ha quedado, por el uso, sin dientes. En cuanto venga Juanito –concluye– tenemos que intentar recomponer esos dientes mediante puntos de soldadura para que el campanario recupere su mejor repique».

EL DIARIO VASCO

(16-08-2020)

  • Jasokundeko Andra Mari Eliza - ORDIZIA: Campanas, campaneros y toques
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  • ZUBILLAGA, IGNACIO (TOLOSA) : Inventario de relojes
  • Relojes: Bibliografía

     

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