
Y he aquí al bonzo, al temible bonzo, que tiene en sus manos el destino de las criaturas, que le respetan y le temen. Hele aquí contemplando las altas montañas por donde avanzan los japoneses con gran estruendo de sus cañones y que acaso terminen con su inmenso poder, el inmenso poder de sus engaños...

Consulta el bonzo su reloj de sol, escruta luego el calendario, practica misteriosas manipulaciones y determina la posición exacta de los espíritus del mal y de las divinidades protectoras, para marcar sus rutas a los nacidos y a los muertos, que hasta más allá de la tumba siguen los bonzos tutelando -¡siempre por estipendio!- a los crédulos hijos de la República Celeste, millones y millones de criaturas...
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