PINDADO, Jesús - De mi segundo viaje a Ávila

De mi segundo viaje a Ávila

No hay un autobús entre Santander y Ávila. Los trenes que van y vienen a y de Madrid. He vuelto y no me arrepiento. No ha sido por capricho -que habría también tenido sentido- sino para asistir al encuentro de buenos compañeros y amigos de la XXVII Asamblea General de ALDEEU, la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en EE.UU. que, tras la reciente elección, sigue teniendo al jienense Juan Fernández Jiménez, de Penn State Erie, The Behrend College al frente. Me alegra. Además, Juan supo entender en su momento el gran esfuerzo de CEOE-Washington DC (¿en dónde está la continuidad o no existe mercado en USA y relación económica privada entre España y Estados Unidos?) cuando yo estaba a un palmo de distancia de la Casa Blanca y desfilaron por tres estados distintos las representaciones y empresarios de la casi totalidad de nuestras autonomías. Esto de la nueva reunión de ALDEEU me ha hecho volver a Ávila, en donde en esta ocasión, bajo la batuta organizativa inteligente de la Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua ha sido la presente convocatoria, y para hablar de Valle Inclán. (Juan Fernández me ha traído hasta Ávila un par de botellas de aceite -oliva virgen extra de Jaén- de la marca “Azaharoliva”).

La primera vez (¿cuántos años hace ya?...) debimos entrar por la puerta que está frente ala estatua de Rubén Darío extramuros. Alguien ha pintado levemente de azul sus labios. ¡Azul tenía que ser!, el mismo título que el libro de Rubén al que hizo bellísima carta-prólogo Juan Valera y en el que cita a Santa Teresa de paso además de llamarle gran artista de extraña originalidad y que a nadie se parece. Veo las inscripciones de quien entonces era embajador nicaragüense cuando la erigieron, Justino Sansón Valladares, y del alcalde de Ávila Santiago Ruiz Sánchez En esta ocasión, andando me encontraré más adelante a solas en otra zona un busto que también hay dedicado a D, Claudio Sánchez Albornoz, el gran medievalista, en 1983. Mucho me alegra. Soy un devoto de lecturas de D. Claudio. Pero entonces, cuando vine la primera vez, no sabía que el protagonista de Enrique Larreta -embajador argentino en Francia y escritor bilingüe que abordó la leyenda del corazón de la santa- en “La Gloria de D. Ramiro” también iba a tener su inscripción junto a la dedicatoria que he visto esta vez en la pared de la Academia Argentina de las Letras. No sé si lo habrá visto la escritora -novelista histórica- María Elvira Sagazazu, del Rosario, a quien de paso informo sobre la Casa de Cantabria en su población y a quien le corresponde estar en mi mesa en una de las invitaciones junto a la profesora Elizabet Espadas, del Wesley College que tan bien ha trabajado sobre el novelista Sender, a su vez respetuoso con la abulense Santa Teresa.

Veo también ahora otro recuerdo de una visita de Alfonso XII en la plaza del Corral de las campanas. En su día debimos entrar mis hijos y yo con aquel “127” y en aquella primera ocasión -era invierno además- a la calle de los Cepedas y juraría que comimos en El Rasto, no lejos del actual “Mercado de la diversidad” de artesanías y complementos, no muy lejos de la Plaza de Santa Teresa. Los tres chicos eran entonces pequeños. La niña, Sofía, pintó después una muralla; la pintó de amarillo por su cuenta y eficazmente tituló sobre la marcha:”Ávila era un castillo”. Un gracioso e ingenuo dibujo que curiosamente conservo y una fotografía con un amigo que hicimos al llegar a la ciudad: D. Pedro Martín. (¿Qué será de D. Pedro, que llevaba boina y corbata, moreno y severo pero simpático?...)

Frustración inicial por no poder ver la catedral

En efecto, ahora, bastante años más tarde, he llegado en tren para alguna sesión del encuentro con estos profesores españoles de ALDEEU. Un glacalismo ideal, en cierto modo. Su presidente -que ha vuelto a salir- Juan Fernández ha dicho a Gente en Ávila (6 de julio) que la enseñanza del español es “superior al francés y al alemán unidos”. Igual Gonzalo Santonja, director del Instituto Castellano Leonés, debidamente involucrado en la celebración la sala del Episcopio frente a la catedral. Cuando llego ya se ha ido el director de la Real Academia Española Gutiérrez de la Concha -que esta vez vino a tiempo para el homenaje dedicado por los visitantes a la Academia y ha sabido comprender lo que testimonian estos profesores en América del Norte- ha declarado que, tras el inglés -que lo ha sido siempre en primer término- debemos aspirar que el español sea la segunda lengua de comunicación internacional. Saludo, entre otras personas, a la profunda Teresa Valdivielso, de Arizona State University, a quien hace tiempo que no veía porque no vino, no pudo venir a la Asamblea en Santander. También a María I. Duke dos Santos, de Texas A&m University-Commerce que sí estuvo en Cantabria.

He entrado desde la estación en taxi por la Puerta del Carmen, frente a la Plaza Concepción Arenal (en donde se ha hecho escenario veraniego de cuentacuentos en la ciudad), al Parador Nacional. Extramuros. En otra esquina de la ciudad está la Plaza de Santa Teresa junto al Mercado Grande. Bajo una gran carpa, la Junta de Castilla y León ha emplazado la exposición itinerante de “Tierra, Aire y Agua” que subdenomina “un viaje a través de los sentidos”. La Fundación del Patrimonio Natural trata de potenciar los valores de los espacios naturales protegidos y difundir la riqueza de la gran región española de Castilla-León. Bien está ésta conjunción de valores intrínsecos e históricos y culturales junto a la muralla y los de la naturaleza. Pero el comienzo de las fiestas veraniegas abulenses tendría el pasado día 7 su pregón a cargo de la campeona española de natación por edades, Blanco Soto Marfull. No hay un silencio conventual pero sí cierto recogimiento. En la noche, observo que muchas persianas están echadas. De algúnlocal, de tarde en tarde, sale música.

Dentro, bajo la muralla de 2,5 kilómetros de perímetro, con 88 torreones, más de 2.500 almenas, y las nueve puertas que dan paso a esta bella ciudad medieval vive el 10 por ciento de la población, unas 6.000 personas. Me parece que no se permiten edificios de más de seis alturas. Subimos a las murallas el último día, tras el congreso. Un taxista -que siempre son buenos interlocutores míos- me comenta que los chicos este año han sido felices con una celebración de tiro al banco desde ellas. Las murallas de Ávila recorren el perímetro de la ciudad vieja. Son un pétreo abrazo de seguridad y evocación histórica. En 1985 fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad. Fundada en el siglo XI para proteger los territorios reconquistados a los árabes, esta es “ciudad de santos y de cantos”, según el tópico que se adjudica a la reina Juana I de Castilla, la “loca”. Pero suele decirse y es cierto que Ávila mantiene su meditativa austeridad medieval para bien; no obstante, eso no impide las novilladas que ya han celebrado, la III Copa de España Indoor Todo Terreno Eléctrico en el deportivo de San Antonio y los partidos de tenis del XXXIV Torneo Nacional, así como el Festival de Música “Avila suena” o la cantante Gisela en concierto gratis en el Mercado Chico. O la nocturna alegría de “Deli” o en las reuniones de jóvenes que se ven junto a la muralla, por fuera. Iba a entrar a la sala de fiestas con el guatemalteco profesor Santiso, educado en París y residente en Nueva York, y prefiere quedarse en la terraza para hablar de filosofía. La pureza de formas románicas y góticas se dice, y es verdad, que puede apreciarse bien en la catedral abulense, en las fortificaciones que, con sus 82 torres semicirculares y 9 puertas son las más completas de España. Cuando la etapa de Madoz cayeron para aprovechar el espacio otras murallas de ciudades españolas, pero no las de Ávila que hoy luce orgullosamente y bien mantenida esta fortaleza. Constituye la muralla, como se describe, una sólida caja de piedra, mampostería, mortero y ripio. Pienso inevitablemente en los canteros montañeses y me parece extraño que no se les mencione en el museo provincial abulense cuando hacen la glosa de los propios, los de Cardeñosa. Se trata en Ávila de una construcción románica amurallada en la que se abren las monumentales puertas y que cierra dentro de si el conjunto urbano en el que se entrelazan medievales calles y callejones con bellos nombres como los de la .puerta de los Leales, puerta de la farsa, puerta de las Hervencias, torreón de la mula, puerta de Santa Teresa, Arco del Mariscal. En alguna parte he leído que la Puerta del Alcázar en el siglo XV fue el lugar del destronamiento del rey Enrique IV por los nobles abulenses que con algunos prelados desposeyeron de la corona y del cetro a un muñeco que representaba al monarca. Cada una de las puertas es un monumento conmemorativo. En aquella primera ocasión de mi llegada a Ávila no subí con los niños a la muralla sino que nos contentamos con las vistas a lo lejos, desde fuera. Uno piensa ahora en La Moraña cerealista, las frutas de los valles serranos y las judías de Barco de Ávila, las carnes abulenses de ternera, cochinillo y cordero, las patatas revolconas, o las famosas yemas de Ávila que se ofrecen por todas partes y a cuya incitación no quiero, no debo ceder. Aparte del Parador, este par de días he comido muy bien en varios lugares, uno de los días a solas en el restaurante La Posada de la Fruta, en la plaza de Pedro Dávila, en donde me ofrecieron canguro pero preferí paletilla de cordero. (No fue necesario acudir al consejo a Eduardo Ruiz Ayúcar, buen cronista de Ávila y Arévalo).

En fin, no sé por cuántas de las puertas habré entrado y salido ahora en un par de días. Ávila, construida a más altitud, 1.130 metros, tiene la escolta del río Adaja y cercana la sierra recibe agradablemente y más para escuchar las voces de quienes enseñan el idioma en que hicieron su poesía nuestros místicos allende el mar. . Quizás lo que primero destaca en la ciudad es la llamada “ruta del románico”, con la subida al adarve de la muralla, la Basílica de San Vicente, las iglesias de San Pedro, San Esteban, San Nicolás y San Andrés, y la ermita de San Segundo. Pero a la primera tentativa no pude visitar la catedral. Por unos minutos se nos deja fuera antes de las seis de la tarde. Una especie de supercelosa “sacristana” de la puntualidad que ha puesto un cerrojo tras la indicación de que además costará cuatro euros ver el templo. Como reacción defensiva pregunto el nombre del obispo para protestar. Monseñor Murillo. Pues tome nota este epíscopo de que se quedó mucha gente fuera. Yo pensé en Jesús con el látigo en el templo. No obstante volví a la mañana siguiente y entré. Querer es poder. Monumental catedral, sí, de la segunda mitad del siglo XII con clara vocación de templo fortaleza, que incrusta en la muralla su cabecera románica como leo en alguna parte y puedo comprobar. Reforzada en el siglo XIV con un enorme cubo envolvente rematado en triple línea de almenas descomunales, que hoy contemplamos convertida en el célebre Cimorro. Por lo visto hay una leyenda de campanero “atrapado” sin poder salir de su habitáculo y a quien se mandaba la comida. Nadie me lo detalla. También he podido enterarme de que el maestro Fruchel parece ser el autor de la traza románica del edificio que, en su largo periodo de construcción, hubo de asumir las nuevas técnicas góticas hasta convertirse en el primer ejemplo hispano de este estilo. Olvidando el episodio frustrante del día anterior compré dos publicaciones de Hernán J. Pereda que parecen interesantes como resúmenes: 2000 Años de Cristianismo, un histograma, y Bibliograma, una síntesis histórica para el estudio bíblico.

Entrando por la puerta del Peso de la Harina se pueden descubrir algunos de sus más elementos exteriores como la Portada de los Apóstoles (S. XIII), de un gótico rígido y severo; su recia y prismática torre vigía, decorada con las bolas abulenses; el retablo pétreo de la fachada oeste, amalgama de manos y tiempos diversos, y las elegantes cresterías platerescas de Vasco de la Zarza que coronan la calle de la Cruz Vieja. Retablo de Pedro de Berruguete y Juan de Borgoña. A pesar del desaire de la tarde anterior, compré en el quiosco las mencionadas publicaciones. No hay que ser vengativo y menos en un templo. En la Capilla Mayor, el retablo cuenta con pinturas que comenzó en 1499 de Pedro de Berruguete, continuará Santa Cruz en 1504 y completara Juan de Borgoña en 1508. El Sepulcro del Tostado, es obra de Vasco de la Zarza. También se recuerda a Luis de Vitoria, maestro de Capilla de la catedral de Ávila, el gran compositor reconocido en Roma como uno de lo restauradores del gusto clásico en el canto sacro á fines del siglo XVI y de quien me hablaba no hace tanto el párroco de la parroquia de San Ginés en Madrid, José Luis Montes Toyos, de Solares.

La ruta teresiana

Saliendo de la Catedral por la calle de los Reyes Católicos se llega a la Plaza del Mercado Chico, erigida sobre un antiguo foro romano. Fui a visitar la Iglesia de San Juan, del siglo XVI con trazos renacentistas y góticos y pude hacerlo pese a la deshora gracias a que había una boda. En esa pila bautismal se bautizó a Santa Teresa, personaje que todo lo impregna en Ávila porque junto a la romántica la más importante en esta ciudad es la llamada “ruta de Santa Teresa”, que nació aquí el 28 de marzo de 1515. Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada, la célebre autora de Las Moradas, con su amigo San Juan de la Cruz, otro inspirado santo abulense (con quien conversaría durante 45 jornadas veraniegas a lo largo del Pisuerga), se elevaría la poesía mística española a las más altas cimas. Siempre recuerdo que de San Juan así lo afirma Cernuda, por ejemplo. Sin embargo, dentro de la obra teresiana solamente 29 poesías que se consideran auténticas han llegado hasta nosotros. Las escribía con la finalidad “de alegrar las recreaciones, celebrar la Navidad, la velación de una hermana u otros acontecimientos por el estilo, y, sobre todo el hecho de que van a ser cantadas”, como indica en la conjunta edición de poesías completas de Santa Teresa y San Jun de la Cruz en Lira Mística Alberto Barrientos, (Madrid, 2006). Se festeja a la santa en Ávila del 8 al 15 de octubre. Toda la ciudad está de huellas teresianas, literalmente impregnada de recuerdos, “de su poético espíritu .y su santidad” con los conventos de Santa Teresa, San José y Mosén Rubí, el monasterio de la Encarnación, el centro del Misticismo, y la mencionada iglesia de San Juan Bautista. La biografía de esta santa mezcla leyenda y hechos reales, no exenta de polémica interminable. Uno de los mejore textos que he visto para aclarar aspectos de su vida y obra es el de Tomás Álvarez, Teresa a Contraluz, La Santa ante la crítica. El abuelo de Santa Teresa era un converso y la familia Cepeda llegó de Toledo a Ávila. Al parecer, ella supo lo que significaba ser de origen judío, pero sobre todo ser mujer y tener que dar cuenta de sus andanzas fundadoras y sus experiencias. Al cumplir 45 años abandonó los protectores muros del convento para emprender unos agotadores viajes por la geografía de España para fundar conventos y reformar la orden de los carmelitas. Cuando veo sus reliquias, a la derecha del convento de los Carmelitas, adquiero una sencilla tarjeta que enumera las fundaciones teresianas (1562/1582) y veo en ella 17 puntos rojos sobre el mapa de España.

Pero me intriga la polémica de ciencia frente a mística que trata magníficamente en su mencionado libro Álvarez, en donde finalmente compara muy bien los trascendentes símbolos teresianos del huerto, el castillo interior y el gusano de seda frente a los kafkianos del oscuro laberinto cavernícola, el castillo de la inaccesible colina y el hombre convertido en escarabajo que acaba en el basurero volcado del cesto de las barreduras. Algo, bastante de macabra tiene la leyenda y la realidad histórica de su muerte. Tras la polémica duradera y el rastreo de las alegaciones de la escuela decimonónica del histerismo que estudió el neurólogo Charcot y la catalepsia, o las explicaciones bolandistas, llegó el turno a primeros del XX del psicologismo y el subconsciente. El autor de Teresa a Contraluz sigue bien la pista de todo esto y documenta para aclarar malentendidos y los errores de Edmond Cazal -que trasladó a “histórico” lo legendario- sobre el precipitado entierro de la santa bajo estado de coma cataléptico -¡y viva!- por parte de la Duquesa de Alba y Teresa de Laiz, fundadora del Carmelo albense, justamente para que los abulenses no se apoderen de su cuerpo. Adjudica Cazal impropiamente al provincial Jerónimo Gracíán la decisión de que se le arranque a la santa el corazón para que quede en la comunidad de Alba y el cuerpo pueda llevarse a Ávila. No fue así. Aunque Gracían exhumó el cuerpo a petición de las carmelitas de Alba, sería una década después de muerta Santa Teresa cuando, Jerónimo Manrique, obispo salmantino, y con motivo de su proceso de beatificación, convocó a dos médicos de la Universidad de Salamanca, quienes, ante la incorrupción, optaron por extraerle el corazón en 1592 estando presentes, eso sí, Catalina Bautista y María de San Alberto, dos carmelitas. Aunque nos impresione, no es lo mismo.

De su tarea destaca la renovación de la Orden Carmelita, y de ese escenario son el convento de San José y el de Santa Teresa en el Palacio de Benavides. En cuanto al Mirador de los 4 Postes, en la carretera a Salamanca, es un humilladero con cuatro columnas dóricas con una cruz de piedra en el centro y una cornisa dorada que las une con los escudos de la ciudad. Aquí se dice que halló su tío a santa Teresa con su hermano Rodrigo cuando se fugaron de casa con el propósito de ir a tierra de moros. Hasta aquí vengo. Desde este punto, además del río Adaja, se contempla una bellísima panorámica de la ciudad. Otro taxista me dirá que es falacia y leyenda que la Santa se quitase la zapatilla para sacudirla y decir que “de Avila ni el polvo”. Vieja calumnia, según él, asentada y que desde luego no estará en el Libro de su vida. Otra cosa es que la persiguiese el corregidor Carvajal y que tuviera que comparecer ante la Inquisición, pero no por los abulenses. Fue el poderoso Duque de Alba quien consiguió de la Santa Sede que el su cuerpo fuera devuelto al convento de Alba de Tormes. Ella murió el 4 de octubre de 1582 y fue canonizada en 1622, reconocida como doctora de la Iglesia por Pablo VI en 1970.

En una de las sesiones de ALDEEU organizada por la profesora española Char Prieto, de California State University, Chico, celebramos que en España se puedan tener libres debates democráticos sobre lo divino y lo humano. Preside la doctora Patricia Black y afirma al reivindicarse “rescate de la historia” y de la “memoria histórica” -en dos mesas y en el contexto de buenas presentaciones sobre obras de Almudena Grandes, de Elvira Lindo, así como de la de Dulce Chacón y la “influencia de Isabel la Católica y modelo femenino franquista”- que Franco ordenó a sus “terroristas tropas mercenarias entrar a fuego” y que violaron muchas mujeres. Una cosa será lo sucedido -el levantamiento contra la República- y otra que no consta una orden semejante. Pero sobre todo que no era Burgos y la capitanía general la capital falangista en la que operaba Pilar Primo de Rivera sino Valladolid, o que Concha Espina fuese “propagadora fascista” sino autora de una novela simpatizante falangista como Retaguardia (pero sin olvidar otras como Altar Mayor o La Esfinge Maragata). Cito en el coloquio a sus primas María Blanchard y Matilde de la Torre. No hay que ser persona “beneficiaria” del franquismo, como replicó a dos personas en el coloquio la profesora Char, ni “confundir matemáticas con literatura” para realizar pertinentes distinciones o hacer matizaciones discrepantes y respetuosas en el contexto de ese debate democrático aludido. Nadie recordó el corte del brazo de Santa Teresa, sin embargo, al cual se le cortó la mano y luego, al parecer, un dedo y cuya reliquia está con un bastón de Franco en un convento de Sevilla si no estoy mal informado. Se prefirió buscar la manipulación hecha en torno a Isabel de Castilla o similitudes con El Cid pero no se habló de contraejemplos belicosos aunque con el sello de la Conferencia Episcopal Española -fechado en Madrid, 26 de Abril de 2007- veo bajo Mt. 5, 14 la cita de “Vosotros sois la luz del mundo” y un mensaje a propósito “de la beatificación de 498 mártires del siglo XX en España (Roma, 28 de Octubre de 2007) que padeciron la persecución religiosa en los años 30.

En el Museo de Santa Teresa, que se encuentra en la parte inferior del lateral izquierdo del convento de la Santa de los Carmelitas Descalzos -levantado sobre el solar de la casa en que nació en 1515- hablé con su director, .Julio González. Traspaso la entrada y suena claustral música gregoriana cantada por monjas en la cripta conventual de 1.500 metros cuadrados -granito y ladrillo- en donde se presenta por un lado la vida y muerte y por otra su mensaje. A la derecha, infancia y juventud, primera andadura carmelita y documentación del primer monasterio por ella reformado, el de San José de Ávila, con la evocación de su celda. Seguidamente, las fundaciones de la andariega escritora y San Juan de la Cruz que se iba a ir al Cister y padeció por realizar la misma renovación. A San Juan ha dedicado Ávila, asimismo, un monumento en la antigua plaza de Cepeda, monumento en bronce de 1962 con el gran carmelita y lírico en actitud orante y la cruz en la mano, bajo el cual han inscrito sobre la piedra el verso de los “sotos vestidos de su hermosura” del Cántico espiritual. En fin, me interesa especialmente el patronazgo de la santa como escritora e impresiona ver en el museo dedicado a la santa cómo escribía, sentada sobre sus talones en el suelo, en una mínima mesita apoyada con pluma de ganso o de lo que fuese. En la parte izquierda, se muestra la multitud pentescostal de las ediciones, hay una gran cantidad de ejemplares en todos los idiomas, árabe, checo, chino, etc. ¡Cuánto escribió esta mujer!. Sobre el hecho místico en el último tercio de su vida, entre los 40 y 67 años. Salvo escritos menores de los que se ha perdido como de las Relaciones se conservan unas 2000 páginas autógrafas de todas las obras mayores: en El Escorial Vida Camino, Fundaciones, y en los Carmelos de Sevilla y Valladolid Moradas y El Camino (V). Treinta mil cartas de las que se conservan 500. Aparte de la inmensa obra, estuvo 29 años en el convento de La Encarnación -fuera de las murallas-, en donde escribió Las Moradas, su obra cumbre, la cual realizó esta increíble mujer de pensamiento y acción cuando tenía 62 años y en los peores de persecución, entre 1574 y 1579.

Ávila, circundada por las murallas, no parece terminar en este inconsciente entrar y salir que hoy se realiza. La ermita de San Esteban es una de las más antiguas de la ciudad, románica del siglo XII, con la particularidad de ser la única de este tipo que se mantiene en pie dentro del recinto amurallado, a excepción de la parte de la misma catedral que forma parte de la muralla. No es menos llamativa la arquitectura civil, el conjunto monumental de palacios como los de Valderrábanos gran hotel cuyo origen es del clérigo palentino D. Alonso, obispo abulense enterrado en la catedral que había reunido ermitaños en el Cerro de Guisando-, la Casa de los Deanes o el Palacio de los Verdugos.

Imposible verlo todo en dos ocasiones y en un par de días. Pero tanto las conferencias y debates como los paseos y el paisaje urbano o extramuros, el campo, le han dado a Ávila una atmósfera inolvidable. Lástima que no haya un solo autobús entre Santander y Ávila.

PINDADO, Jesús

El Faro de Cantabria (09-12-2007)

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