Las Campanas de Cuco Pasamontes

Foto Vicente BRITO

Yo soy Cuco Pasamontes, el único en Cuba con ese apellido, que vino desde Castilla la vieja, mi bisabuelo era Capitán del ejército español. Lo de las campanas es largo y tendido, esa fue la única herencia que me dejó mi abuelo, desde muchacho venía con él por acá y poco a poco aprendí porque tocarlas sabe cualquiera, pero los dobles, los clamores, eso no. Subo todos los días aquí arriba y entre un repique y otro me dedico a mirar los tejados, me gustan las cosas viejas.

Enjuto de carnes, alto, rugoso, de piel ennegrecida por el tiempo, manos largas y palabras presurosas y entrecortadas, el viejo Pasamontes vuelve a ascender los 103 escalones de madera preciosa, muy vieja y gastada, hasta llegar a los más de 20 metros de altura, donde guarda celoso la «música» de la Iglesia Parroquial Mayor, una de las más antiguas y majestuosas de Cuba, cuya construcción actual concluyó en 1680 a base de ladrillos, cal, canto y techos de cedro. Allí lo esperan, prestas y confiadas, las cuatro campanas que, desde la torre, en el ángulo noreste del templo, pujan por salvar una tradición de siglos, cada vez más borrosa.

Voy a cumplir 65 años, si Dios me lo permite, el 5 de diciembre. Siempre he vivido en este pueblo. Trabajé en Transporte y después en la fábrica Nela hasta que me jubilé. Me eduqué en el colegio Hermanos Lasalle, soy creyente, pero no fanático. No gano ni un quilo y tengo esta responsabilidad hace ahorita 15 años. Vengo siempre, un rato en la mañana y otro en la tarde. Le doy cuerda al reloj y ayudo con los caldos de domingo. Lo hago por tres cosas: por la Iglesia, por mi abuelo y... porque me gusta.

Otra vez, nostálgico, asoma el rostro de su antepasado, y los recuerdos. Primero fue el negro José y después el viejo durante más de medio siglo. Dicen que con 90 años todavía subía, peldaño a peldaño, hasta el cucurucho de la torre en busca de aquella soledad apenas rota por los repiques salidos desde sus manos. Alguna vez le comentó escuchar el chancleteo de José Jiménez como eterna sombra acompañante desde la muerte, pero él sabe que apenas se trataba del misterioso tic tac del reloj. Nunca olvida que le enseñó el abc del campanario un día lejano de mayo, en 1948.

La campana que mira para el parque Honorato es la que da la hora. Yo toco las otras tres, pero eso ha cambiado, antes se usaban mucho más, los nuevos ya no saben nada de eso. Aprendí que los domingos se dan tres repiques para avisar a los feligreses de la misa, los días de fiesta se dan cuatro, con dos campanas a la vez, suenan alegres, como bembé, conga y rumba juntos, tiquitín-tin-tin, tiquitín-tin-tin. Los clamores son para los difuntos, fúnebres, en dependencia de la jerarquía, pueden ser, por ejemplo, desde dos, hasta 24 cuando muere un Papa. Si ocurren incendios, desgracias naturales, se desborda el río, hay un escape de amoníaco o algo así se llama a rebato, kin-kan, kin-kan, kin-kan.

Aseguran las leyendas que las campanas se fundieron en oro, plata y bronce. Las fechas inscriptas en la superficie datan de 1771, 1835 y 1853. El badajo, al centro, de antiquísimo hierro, lo mueven con cuerdas. El eco se escucha bien a lo lejos, en dependencia del sentido de los vientos, dicen que hasta el viradero de las guaguas, la loma del Santo o la Feria. La brisa no cesa en estas alturas y en pleno invierno casi se titirita allí. A los ojos de los hombres se tiende un paisaje impar: tejados rojizos, infinitos, edificios antiquísimos, árboles, bosquecillos, framboyanes coloridos, montañas lejanas, el río Yayabo abrazando la ciudad embelesada en el sueño de cinco siglos atrás.

Aquí sólo vienen unos pocos turistas o algún curioso y siempre los acompañamos. Jamás he visto algo extraño o sobrenatural por acá, sólo el día que murió mi abuelo, cuando subí a tocarle las campanas a las tres de la tarde, tuve la impresión de que me dieron un abrazo así, duro, fuerte. Me había pedido, en el portal de la casa, a los 98 años, que hiciera ese trabajo por él, quien había avisado de tantos muertos con los dobles. Yo pienso que voy a durar mucho, en dos juegos de esos de la suerte y en otras cosas que me reservo siempre sale como si fuera a vivir 98 años también. Voy a dedicarme a esto hasta que me muera y ya estoy preparando a un nieto para que me sustituya, para que se mantenga la tradición de los Pasamontes.

Mary Luz BORREGO
"Escambray" - Periódico de la provincia de Sancti Spíritus, en el centro de Cuba
(16/01/2002)
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  • Campaneros: bibliografía general

     

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