MORILLO CRESPO, Antonio - Campanas

Campanas

Cayó un rayo y -¡qué mala suerte!- fulminó el mecanismo que controla el tañido campanero. Antes era una simple soga que, pendiente de los badajos, bajaba desde la torre por el hueco de la escalera y el campanero tocaba y tocaba a tironazos. Y cuando tenía que repicar, subía el hombre y volteaba con arte, maestría y a pulmón dando tumbos y tumbos a las cuatro campanas. Que ya quisiera Quasimodo, el campanero de Notre Dame. Aún recuerdo al viejo campanero, que cariñosamente el pueblo llamaba Cuarterón, quizás porque fumaba aquellos paquetes de picadura de tabaco de Gibraltar que se llamaban cuarterones. Bajaba de su cielo goteando el sudor hasta por la nariz del tremendo esfuerzo y se consolaba con su buen vaso de vino en la taberna cercana al que le invitaba el párroco.

Pues eso, el rayo fundió el invento y el pueblo se quedó sin toques de campanas. Y la gente preguntaba y requería que por qué no tocaban. Que no sólo era el reloj que cuenta las horas de día y de noche, sino los toques de misa, uno dos y tres, y hasta cuando fallece alguien toca a difuntos y todo el mundo se entera y pregunta. Total, que unos y otros se echaban la culpa, hasta tanto que se decía que el extranjero se había salido con la suya. Es que a "un forastero de fuera", como le llama la gente, se le ocurrió hacer una recogida de firmas, pidiendo que no tocaran las campanas porque no le dejaban dormir. Y es más, se dice que propugnaba dos cosas: que no tocaran las campanas y... ¡¡¡que quitaran las cuestas del pueblo!!!. Nada menos, el pobrecito. Todo ello sin reparar en que hay una solución muy fácil para el campaneo: unos tapones de oídos al bajo costo de 1,90 euros el par. Y todos contentos.

Por supuesto que los nativos ni pum, ni caso. Que las campanas funcionan desde que el rey Sancho IV el Bravo conquistó la villa allá por el año 1250, para que ahora alguien quiera imponer su criterio. ¡Anda vamos!, decía la gente. Las campanas son el latido del pueblo, es el aleteo de su alma, es su corazón que toca alegre cuando anuncia una festividad o se duele doblando por quien se fue a otra vida. El bronce se hace música que, llevada por el viento, se pierde entre el laberinto de calles.

P/D Quizás por eso cayó el rayo, como un vaticinio nacional. Hablar de las campanas ahora es como tocar a vísperas. ¿Será mañana tañido miserere o de aleluya? Depende del campanero y de los monaguillos.

MORILLO CRESPO, Antonio

Diario de Cádiz (12-06-2018)

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