EASTRIVER - Paisajes familiares (y II)

Paisajes familiares (y II)

Hablaba en mi anterior entrada de mi pueblo de montaña. Pero como dije, uno es rico en pueblos y tengo otro. Ese otro es, con mayor propiedad, mío, pues es donde nací.

Es un pueblo situado en la sequedad de la llanura leridana. En primavera nace el cereal y los campos se cubren de unas inmensas alfombras verdes. Pero ese mismo verde se va tornando primero amarillo, luego ocre, a medida que se va secando. En verano llega la cosecha y entonces reaparece el marrón de la tierra, la aridez de una poética no comprendida por todos, sobre todo cuando la paja embalada es recogida y los restos quemados y la tierra removida. Recuerdo que uno de los mil juegos de mi infancia consistió justamente en construir complejas edificaciones con aquellas gigantescas balas. Hasta techo les poníamos. El gran inconveniente eran los picores que se derivaban.

El pueblo donde nací tiene tres iglesias. Sólo dos se conservan para el culto. Una de ellas, la de Sant Pere, tiene un gran campanario que puede verse cuando te acercas en coche a lo lejos. Aquí me bautizaron, en la iglesia del campanario, y me cuentan las crónicas que tocaron las campanas, razón por la cual jamás seré duro de oído (eficacia contrastada). La otra iglesia tiene un campanario de espadaña y una extraordinaria portada románica que es como un libro abierto. Esta iglesia, la de la portada, es muy bonita y muy pequeña, con la discreción altomedieval y su medida humana. En ella reside (digámoslo así) la patrona del pueblo, una talla románica que tiene mucha gracia y encanto (como la mayoría de vírgenes románicas): la Virgen de la leche, porque está amamantando al niño. Mi pueblo tiene callejas estrechas, alguna considerablemente empinada, alguna plaza encantadora, mucho calor (y mucho frío en invierno), gentes muy agradables y un curioso, acaso sorprendente, interés por la cultura.

Cuando era niño y comenzaban las vacaciones escolares, el Seat 850 que glosé en mi anterior entrada nos acercaba al pueblo de la llanura. Y aquí, los niños en compañía de las abuelas, permanecíamos los dos meses y medio de verano. Eran los veranos de infancia, ese paraíso en mi caso afortunado y cuasi mítico (como el de muchos), de esa mitología doméstica y necesaria. Nos pasábamos el día en la calle, jugando con los vecinos y amigos, alguno de los cuales ha pervivido en el campo de los afectos (mi amiga Rosa). Sólo existía una exigencia: respetar aquello tan misterioso que recibía el nombre de "l'hora del sol" en que el calor apretaba tanto que estaba prohibido jugar y campar por las calles. El mayor misterio era el momento preciso en que la hora del sol acababa y ya todos volvíamos a salir. Preguntaba constantemente a las abuelas: "¿Se ha acabado ya la hora del sol?", y ellas me decían que no. Hasta que, en un momento determinado, decían que sí y se abrían las puertas. Jamás conocí la verdadera frontera entre el no y el sí, entre la hora del sol y lo que los baleares llaman "s'hora baixa". Y esto me lleva a pensar en ese terror que existía en aquellos tiempos por dos cosas: las insolaciones y los cortes de digestión. Las abuelas de entonces eran muy precavidas.

¿Es posible amar los espacios? Sí, porque espacio y tiempo son lo mismo, y un lugar representa una época de tu propia vida. Para siempre mi pueblo será mi infancia, el lugar en el cual seguramente he sido más feliz.

Es donde me encuentro ahora. Aquí me quedo unos días más, recordando y mirando las estrellas, raro privilegio para un urbanita.

(Las que ilustran esta entrada, también en este caso, son fotografías de mi hermano o mías)

EASTRIVER

(14-08-2010)

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