REY, Tino - Campanas de gloria y muerte

Campanas de gloria y muerte

Ya no se sube a las torres a dar las horas ni es igual el tañido de la esquila, costumbres teñidas de romanticismo y de letales accidentes

Torreón de San Juan de Laguardia, en una imagen de inicios del siglo XX, escenario de algunos sucesos luctuosos - Autor: EL CORREO
Torreón de San Juan de Laguardia, en una imagen de inicios del siglo XX, escenario de algunos sucesos luctuosos - Autor: EL CORREO

Romanos y numerosas civilizaciones de antaño han utilizado las campanas para transmitir mensajes entre sus gentes. Difundían un lenguaje que todo el mundo conocía sobradamente. Repicaban a gloria, a difuntos, a fuego, a rebato, temporales, ataques en tiempos de guerra y, principalmente, a los rituales que llevaba a cabo la cristiandad, que más tarde o más pronto se apropió de ellas como un patrimonio intransferible.

Las campanas siempre han formado parte del paisaje de los pueblos. Como la vegetación, las casas, ríos o fuentes. Aún lo hacen. Es un sonido que perdura en el tiempo. En la torre de un castillo o bien en lo alto de la iglesia, estaban anclados los vetustos esquilones que daban las horas e invitaban a la oración a las doce del mediodía. Era el momento del Ángelus. Recuerdo de niño que los labradores se despojaban de sus boinas, inclinaban la cabeza levemente y oraban en silencio durante el cotidiano trajín en sus viñas.

Las diversas religiones las usaron como arma de doble filo. Lo mismo repicaban a gloria que a muerte. Una vieja tradición, que a día de hoy se conserva -en La Alberca (Salamanca)- era salir a la calle con una esquila cuando moría la tarde. Invitaban a rezar un avemaría y un padrenuestro por las benditas ánimas del Purgatorio. En la media noche de la víspera de Todos Los Santos repicaban a muerte durante varias horas. Un sórdido sonido que arrugaba el alma.

Hay un viejo aforismo castellano que dice: ‘Aunque te convido al templo, siempre me quedo en la torre’. Y es que el hombre siempre ha tenido una gran obsesión, la de subir a los campanarios para hacer vibrar los badajos y escuchar su sonido. Aquí viene la historia. Cuando en el ayer se volteaban las campanas a brazo hubo muchas gentes que volaron por los aires. A unos el destino les hizo un guiño maléfico, otros salvaron el pellejo.

1760, primer registro

En Álava, la primera víctima está censada por los Archivos Históricos Provinciales y fue en la iglesia de la Asunción de Gopegi un 29 de septiembre de 1760, en plena efervescencia de la Ilustración. Juan de Eguía, morador del pueblecito alavés, subió un domingo para invitar a los fieles a misa y nunca más bajó. Hasta el lunes no se supo nada de él. Fue encontrado muerto en la primera escalera de la torre.

El juez, Paulino González de Echávarri, ordenó abrir una investigación. El cirujano, Domingo de Garayo, consideró el incidente «como fortuito y casual». En su informe destacó que por fuera de sus grandes magulladuras vestía «calzón de cordelaje muy basto». La conclusión final: «Se supone que rodó por las escaleras». No se barajó otro tipo de hipótesis. Se cumplió la maldición que arrastran los campanarios.

En Lanciego, en la iglesia de San Acisclo -levantada en honor al santo mártir nacido en Córdoba- y Santa Victoria sucedió un hecho insólito que ha perdurado en el tiempo al quedar escrito en las piedras en el frontispicio del templo. «El día 10 de febrero de 1881 al tocar a la Santa Misión fue lanzado a la calle Jerónimo Ugarte, de 11 años de edad, y no recibió lesión alguna». ¿Dónde aterrizó? No se sabe. No hay datos fehacientes.

En Laguardia, un domingo cualquiera de principios del año de 1900, Daniel Puelles, un niño avispado que merodeaba cerca de la torre Abacial, fue invitado por el campanero a que le ayudase a voltear las campanas para reclamar la presencia de los feligreses a la Santa Misa. El mocete vestía a la usanza de aquel entonces. Pantalón corto, camisa, y una blusa negra que le llegaba más abajo de las rodillas. Fue enganchado por el esquilón y voló por los aires. Su cuerpo fue a caer a un cobertizo lleno de sarmientos y salvó su vida. Dice la leyenda que la blusa ‘desempeñó el efecto paracaídas’

Sin embargo, en el torreón de San Juan, en cuyo entorno gravita un cierto hálito de misterio, aconteció un suceso que conmocionó a todos los lugareños. Un 29 de mayo de 1904 Laureano Rández Crespo, que acababa de enviudar de Ignacia Presa y que estaba domiciliado en la calle Santa Engracia, se dirigió a la Capilla del Pilar a cumplir con la tradición de honrar a la Virgen en el ‘mes de las flores’. Una vez finalizado el rito se fue con determinación hacia el campanario. Su mente estaba obnubilada por las sombras del suicidio. Eran las 19 horas.

Subió los peldaños retorcidos de la escalera y al llegar al primer piso de la espadaña se tiró al vacío. Murió en el acto. ¿Qué pasó por la cabeza de este buen hombre? Hoy afirman los doctos en psiquiatría que ‘la soledad va cogida de la mano de la depresión’. Dejó huérfanos a dos hijos llamados Dionisio y Francisco, que se casaron y tuvieron más tarde descendencia.

Monaguillo

En la veintena de mayo de 1916, José María Grijalba Zabala, con sólo ocho años -monaguillo de la iglesia de San Juan Bautista- subió al campanario, conjuntamente con el campanero, para convocar a los feligreses a sus deberes con Dios y fue despedido violentamente a la plazuela de San Juan donde dejó de existir. Un caso impactante para los vecinos de la villa.

¿Cuántos casos más sucedieron en el paisaje blanco y negro del ayer? Muchos. Hoy, cuando se oprime un botón y vuelan al cielo las campanas ya ha desaparecido cualquier tipo de riesgo. Sin embargo, han dejado de ser el latir del corazón de los pueblos, aldeas y ciudades de nuestra tierra. Muchas han enmudecido para siempre y ya no se oyen su glorioso y mortuorio tañido. Su plural música se ha escondido en la trastienda del tiempo.

REY, Tino

El Correo (28-02-2017)

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