VARIOS AUTORES - Algunos datos sobre las campanas de Arganda del Rey

Algunos datos sobre las campanas de Arganda del Rey

Recogemos en el presente artículo algunos datos relacionados con las campanas de Arganda del Rey.

CASTELLANO CARLES, Pascual: Memoria sobre el fuego y la obra hecha en el templo parroquial de Arganda del Rey. Años 1877 y 1879. Escrita por un testigo ocular y vecino de esta Villa. Arganda del Rey, 2002.

En este pequeño librito se relatan al detalle los hechos acontecidos la madrugada del 6 de septiembre de 1877 cuando un rayo impactó sobre el chapitel de la torre y provocó un pavoroso incendio.

“[…] Seis u ocho hombres, entre ellos el señor alcalde primero, don Isidoro Sanz y Valles, acometieron el peligro arrojo de subir las escaleras de la torre hasta cerca de las campanas, y vieron que el interior de la cúpula era una sola brasa, que adía reduciendo a carbón el elevado chapitel. Con unas cuantas campanadas llamaron al pueblo, que desafiando la intemperie, atollando por charcos y arroyos y atravesando por la luz del relámpago, todos acudieron al llamamiento; y todo el clero y todo el pueblo, el puesto de la Guardia Civil, los albañiles con sus cuadrillas, los carpinteros con sus oficiales, todos los artistas rivalizaron en valor y abnegación para salvar al templo de un incendio general.

[…]

La torre, a las seis, era una inmensa hoguera, de la que se iban desprendiendo los gruesos maderos, que hechos ascua y ardiendo caían, unos al tejado, que eran apagados por la bomba; otros a la calle con exposición de desgracias personales, que felizmente no hubo. A las seis y media, la cruz, la veleta y la bola cayeron al lado del poniente, que con gran violencia y peso de más de veinte arrobas dio en la barbacana hundiendo parte de ella.

El reloj dio la última hora a las seis con solas cinco campanadas, de un modo tan lánguido, que parecía un ser inteligente que daba los postreros ayes de una penosa agonía. Sus dos campanas cayeron medio fundidas por el interior de la torre, y gran número de maderos, que hundieron la escalera y el piso de subida de caracol.

Las campanas se desprendieron de sus yugos, reducidos a carbón, y cual si guiadas por la mano del hombre se las tratara de liberar de su descenso a la calle, quedaron perfectamente sentadas y seguras en el piso de sus hornacinas, sin desperfecto alguno, en cuya posición, el hombre pensador y filósofo cristiano vio su razón la mano de Dios en aquella providencia con que quedaron asentados los cuatro vados, reservados para volver a servir al culto de este templo parroquial.

Que quedara uno de ellos, pudiera atribuirse a la casualidad o buena suerte; pero quedar los cuatro en la misma posición y seguridad, ¡sólo la Providencia de Dios! El fuego quedó terminado a las doce del mediodía, cuando ya nada tenía que consumir; la torre quedó completamente desmochada; la escalera reducida a escombros: nada más quedó que el soberbio muro que orgulloso se levanta a la altura de treinta y nueve varas hasta su cornisa.”

En febrero de 1879, tras conseguir fondos, se inician las obras de reparación de la torre y el tejado de la iglesia. El momento culmen de la obra fue la colocación de la cruz que corona el chapitel en la mañana del 15 de mayo del citado año:

“Un ligero desnivel de uno de los operarios fuera bastante a que los tres vinieran a la calle desde la altura de ciento cincuenta y seis pies a que se encontraban desde el piso del cerco de la iglesia. Esta es la altura de la torre: ciento cincuenta y seis pies, con más de siete pies la cruz.

Colocada ya, el José Lorenzo Portela se quitó el sombrero, se arrodilló en aquellas endebles tablas, e inclinando su cabeza a la cruz, se volvió al pueblo, puesto de pie, y gritó: “¡Ya está!” Las campanas se repicaron, mil vítores resonaron por todas partes, y aquel dolor con que todos la vieron desprenderse y descender en el 6 de septiembre de 1877, se trocó en gozo al verla repuesta en este día en su mismo sitio por la mano de tres hombres colocados en peligro inminente; pero, gracias dadas a Dios, nada lamentable ocurrió.

El Señor cura rector les gratificó este acto con cien reales, y otros cien el Ayuntamiento.

Estos cuatro hombres recompusieron la media naranja, levantaron de nuevo el chapitel de la torre, enyugaron las campanas, colocaron los balcones en las hornacinas; colocaron la campana del reloj, que pesa veintiuna y media arrobas, y fue subida el 26 de Junio, y fundida en Madrid; blanquearon la sacristía y la embaldosaron, lucieron las dos barbacanas y fachadas de la plaza y calle de San Juan, y todo fue concluido el 6 de Septiembre de 1879, segundo aniversario de la terrible causa que motivó esta obra.

Su coste, con lo que el Ayuntamiento gastara en la escalera, compra del reloj, pararrayos, campana, colocación, etc., y varias adiciones al presupuesto, que en su mayor parte se han abonado de los fondos de la fábrica, ascendió a cinco mil duros; cantidad pequeña, en comparación con el presupuesto hecho para sólo la media naranja hacía veinte años, que unido a la nueva necesidad de obra que se presentó, se calculaba de ocho a diez mil duros.”

RODRÍGUEZ-MARTÍN Y CHACÓN, Manuel: Arganda del Rey: Apuntes para su Historia. Madrid, 1980, pp. 652-653.

“PASCUA DE RESURRECCIÓN

Las campanas del Sábado de Gloria, mudas los días precios en que la carraca era el único maderero sonido permitido, anunciaban la alegre mañana de Pascua Florida.

Y ya que “tocamos” ahora las campanas de arganda, digamos que desde su torre “pascualina” acompañaron la vida y la muerte, la historia del pueblo.

Una de las campanas era “La Gorda” en uno de los nichos que miran a poniente; otra, “La Triste”, en los que a la calle de S. Juan; otra, “La de Vilches”, mirando a la Arroyada; mirando a la Plaza, se volteaba el “Cemanillo” o “Zamanillo”, esquila más atiplada.

En “La Gorda” existía una inscripción que era todo un desafío de halterofilia:

“María me llamo,/ cien @ (arrobas) tengo;/el que no lo crea/ que me tenga en peso.”

Todas las campanas fueron fundidas en tiempo del Párroco Alegre Tortajada (+1930).

Hubo un campanero ciego, Félix de nombre, que ejerció su oficio más de cincuenta años, hasta 1930. Él tocaba al alba, a las misas (con un solo toque de aviso), al “ángelus” de mediodía, a rosario vespertino, a viático, a entierro, a clamor (funeral), a oración del atardecer, a cabildo de hermanos, a doctrina cristiana para los niños, a vísperas de fiesta mayor, a procesión, a fuego. Y cada uno de estos toques, con son diferente y expresivo. Todo un arte.

[…]

Abril traía a finales, el día 25, la bendición de los campos y letanías mayores. De amanecida, la procesión popular rodeaba el perímetro del caserío (Baltres, Carretas, Almendros, Santiago, etc.), y cantaba esperanzada a cada invocación: “ora, orate pro nobis” (rogad por nosotros), “libera nos, Dómine” (líbranos Señor), o “te rogamos audi nos”(te rogamos óyenos) y la liturgia toledana desplegaba su poética riqueza oracional.”

VARIOS AUTORES

(13-08-2016)

  • ARGANDA DEL REY: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (historia general y tópicos): Bibliografía

     

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