ESTALAYO, Nuria - «Me gusta oír las campanas, aunque antes se escuchaban con más alegría»

«Me gusta oír las campanas, aunque antes se escuchaban con más alegría»

Macario Diego Amo, campanero de la parroquia de Aguilar de Campoo, se dedica a este oficio desde los 14 años, y con 81 sube los 117 escalones del campanario de la colegiata de San Miguel

«El arrebato avisaba de alguna catástrofe, se tocó para pedir ayuda cuando descarriló un tren»

Macario Diego, en el campanario de la colegiata - Autor: ESTALAYO, Nuria
Macario Diego, en el campanario de la colegiata - Autor: ESTALAYO, Nuria

Macario Diego Amo, más conocido como ‘Cariete’, es el campanero de la parroquia de Aguilar de Campoo. A los 14 años, siendo monaguillo, comenzó esta labor en la colegiata de San Miguel Arcángel. Hoy, con 81 años, sigue subiendo los 117 escalones que llevan hasta el campanario de esta iglesia de alta torre que abriga dos escaleras interiores de caracol: la primera, de piedra con 75 peldaños; la segunda, de hierro con 42. Y sube sin pausa, y en ocasiones más de una vez en el mismo día, para encontrarse con las ocho campanas que circundan el cuadricular espacio.

«El arrebato avisaba de alguna catástrofe, se tocó para pedir ayuda cuando descarriló un tren»

A ellas se suman otros tres carillones que más arriba marcan las horas del reloj automático. Aunque a veces las agujas se paran y es él también el que sube a apretar el tornillo que se afloja en el mecanismo. Incluso ha subido hasta la veleta encumbrada en la cúpula de la torre para arreglar algunos cables de las campanas. La tarea de campanero le llena de satisfacciones, y le ha hecho vivir impresionantes historias y anécdotas. Aunque también le ha provocado pérdida de audición, por eso ahora cubre sus oídos con cascos de protección. Por otro lado, hace una llamada para que se arregle el suelo del campanario que por algunos sitios peligrosamente está cediendo.

–¿Por qué es usted campanero?
–Me gusta oír las campanas, aunque antes la gente las escuchaba con más alegría. Hoy, a veces parece que les molesta. Es un oficio que, como es voluntario, se está perdiendo, pero yo en lo que pueda subir, subiré.

–¿No ha dejado de tocar desde los 14 años?
–Toco más desde que me jubilé. Antes, sobre todo los fines de semana y festivos, porque lo tenía que compaginar con mi trabajo como camionero en la fábrica Fontaneda.

– ¿Cómo son las campanas que usted toca?
–De diferentes tamaño, la más grande pesa 850 kilogramos y la otra grande, 750. Las otras, entre 170 y 200 kilos, y el campanillo, unos 100 kilos. Las campanas tienen inscripciones que registran quién las mandó fabricar, cuándo, y más anotaciones, parte de ellas en latín.

–¿Dónde fueron elaboradas?
–Todas, en la localidad burgalesa de Santa Cruz del Tozo, la mayoría entre los siglos XVIII y XIX. Del año 1913 hay fechadas dos. El campanillo que da los cuartos del reloj es del siglo XII, según nos informó un historiador valenciano en una visita, asegurando que solo existe otro de este tipo en San Isidoro de León.

–¿Tienen nombre?
–Sí, las dos más grandes se llaman Sagrado Corazón (de Jesús y de María); otras, Ánimas, y el campanillo, que es la más pequeña, es Nuestra Señora del Rosario.

De fiesta y de luto

–¿Y cuál es el tañer de estas campanas?
–Existen diferentes tipos de repiques, aunque algunos antes se usaban y ahora nunca o casi nunca. El ‘Repicón de la tía Pimentón’ es para los días de fiesta. En las volteas se tocan todas las campanas al mismo tiempo y se necesita la ayuda de varios voluntarios. Las volteas más largas duran de 10 a 15 minutos y suenan en festividades como San Juan, la Virgen de Llano, el Corpus, o el Rosario de la Aurora. Antes se tocaba todos los sábados, las 18:00 horas, un repique de 5 minutos que anunciaba la llegada del domingo. Ahora sólo se toca en los días de fiesta.

– Pero, hay otros sonidos…
–Sí, está el clamor, que es el toque para los muertos. Antiguamente se sabía si la persona fallecida era de familia más o menos adinerada dependiendo de los toque que se daban al día. Los más ricos pagaban al campanero 5 pesetas por tocar cada hora, los menos ricos 2,50 por tocar cada 4 horas y los más pobres gastaban 1,50 para que se tocase 3 veces al día por su pariente fallecido. Pero ahora esto ya no se hace, aunque sí se sigue tocando 5 campanadas cuando la persona fallecida es una mujer, y 10 cuando es un hombre. También está ánimas que es la llamada a la misa de funeral; el toque de gloria para los niños, el nublo para avisar a los que estaban en la era cuando llegaba el nublado. Los campesinos luego regalaban trigo al campanero por estos avisos.

–¿Alguno más?
–Queda el arrebato, que es para avisar de alguna catástrofe, como fuego o inundación. Ahora no se emplea porque están los bomberos. Pero recuerdo que a mediados de los 50 descarriló el tren-correo y a las 2 de la mañana tuvimos que tocar las campanas y así los vecinos se acercaron hasta la estación a ayudar. Murió una maestra de Jaca.

– ¿Pueden contar alguna otra anécdota que haya vivido?
–En el año 58, celebrando la procesión de la Virgen de Llano, estábamos con las volteas, y la campana que yo estaba tocando se cayó al suelo. Afortunadamente la gente que seguía la marcha aún no había entrado en la plaza ya que se encontraban por la calle del Puente, y a las tres personas que estaban esperando la llegada a la puerta de la iglesia, no les pasó nada. Lo curioso es que con el ruido de las campanadas, los que estaban en el campanario conmigo ni se enteraron de que se había soltado una campana hasta que terminaron de tocar. Yo bajé inmediatamente, y vi que los trozos de la campana, que era la más grande de todas, se habían dispersado hacia el palacio, sin causar daño a nadie.

ESTALAYO, Nuria

El Norte de Castilla (12-06-2016)

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