La Nueva España - Timadores de campanario

Timadores de campanario

Los onubenses que hicieron las campanas de la iglesia de Paredes engañaron al cura del pueblo para que les adelantara el dinero de un encargo en Santiago

«Las campanas son soberbias y se oyen a toda la redonda con una claridad insuperable», explicaba una mujer al referirse al tañido de las campanas de la iglesia de Paredes.

Y es que las campanas no son cuestión de broma, explica Manolo Sola en su establecimiento, próximo a la iglesia. Refiere, por tradición oral, que las campanas datan de 1906 y que para su fabricación se trajo a dos campaneros de Huelva, quienes permanecieron en Paredes dos meses. Para llevar a cabo el encargo, los gandules andaluces levantaron un gran horno en el campo de la iglesia. Estuvieron atizando con leña durante varios días hasta que se vio que ya se podía fundir el bronce. Se corrió la voz por el valle de que tal día empezaría a salir el líquido por los canales para la fundición y, como cabía esperar, la curiosidad llevó a pie de obra a casi todo el mundo. Los onubenses empezaron a persuadir a la gente de que cuanta más plata arrojasen mejor tocarían las campanas, y los vecinos, entre los que habría cuarenta americanos de la zona de Navelgas, empezaron a tirar monedas de plata e incluso fueron a rebuscar a sus casas para hacerse con piezas de tan preciado metal.

De esa forma, y con esa rica mezcla argentífera, se hicieron seis campanas para los templos del valle, es decir, para las capillas de Santa Marina, la de las Mercedes, la de Santiago, la de Merás y las dos de Paredes. La mezcla de cobre, estaño y plata hizo que el sonido de las campanas resultara único. Pero ello no llevó la tranquilidad a don Nicasio, a quien llamaban «El Curón» por su descomunal tamaño, y la historia no acabó ahí. Los de Huelva tenían la oferta para hacer otras dos campanas para la catedral de Santiago de Compostela y, puesto que tenían el horno en Paredes, convencieron al cura Nicasio, interesándolo en el negocio gallego, y lograron que les adelantase el dinero para el material. De esta forma se hicieron las campanas.

Uno de los gallegos viajó con ellas a Compostela y el compañero aguardó en el pueblo de Paredes la llegada de su colega con la «pasta», pero, astutamente, tras una semana de espera, en el silencio de la noche, cogió el petate sin despertar sospechas y nunca más se volvió a saber nada de Antonio Cano, que así se llamaba el maestro campanero, ni de su compañero. Ni se supo más de las campanas, ni de los cuartos. Del cura don Nicasio, al menos, quedó recuerdo, ya que gobernó la parroquia durante más de cuarenta años.

Con todo, el timo mereció la pena. Las campanas suenan a gloria. Fueron fundidas unos años después en Santander para corregir unas rajaduras que se habían producido con motivo de la guerra civil, en presencia de varios vecinos de la parroquia, quienes asistieron ante el temor a verse engañados. Al menos regresaron con la tranquilidad de haber presenciado en directo cómo las campanas seguían manteniendo la misma calidad e idéntico peso -110 kilos la campana mayor, y 80 la más pequeña».

Historias curiosas de los pueblos que deben ser recopiladas porque son las que forman parte de la historia de los pueblos y no conviene que caigan en el olvido como si nunca hubiesen sucedido. Con el paso del tiempo recuperarán el interés de su curiosidad.

"La Nueva España" (17/11/2005)
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