AGUILAR, Cristina - «Estaba en el tacatá cuando empecé a tocar las campanas del Salvador»

«Estaba en el tacatá cuando empecé a tocar las campanas del Salvador»

Si alguien se pregunta a qué suena Sevilla, podrá encontrar la respuesta en el patio de la colegiata donde los Mendoza viven desde hace ya cinco generaciones

La iglesia del Salvador guarda un secreto que no se perderá gracias a la quinta generación de los Mendoza, que doblan o «voltean» a «Esquila», a «Porrón» y a «Campana de fuego», entre otras, cada vez que surge la ocasión. Las campanas del Salvador son como sus hijas, las cuidan con mimo y esmero desde el siglo XIX; y el campanario es su hogar, cuyo primer inquilino fue el bisabuelo de Antonio Mendoza Vázquez.

Con 59 primaveras a sus espaldas y tres hijos, Antonio es el encargado del negocio familiar desde 1968, cuando su padre, conocido en la capital como «El hombre mosca», murió. Con el paso del tiempo, sus tareas se han modernizado y diversificado, aunque siempre centradas en las labores propias de una parroquia. Funden campanas, las rehabilitan, instalan sistemas electrónicos en las campanas para ser controladas mediante órganos u ordenadores, megafonías… todo ello, logrando para cada templo un sonido único.

Juegan con la música con una sutileza extrema, algo que se observa en cada redoble, en cada volteo. Saltan por los aires con la única protección de unas cuerdas y su fuerza, para detener o avivar el repique de cualquiera de sus «hijas». Y el taller de apenas un metro cuadrado en la planta baja del campanario, donde se fundieron las primeras campanas de los Mendoza, ha dado paso a un gran almacén en El Castillo de las Guardas; surtiendo con su negocio a todo el territorio andaluz, a otras capitales españolas, e incluso, portuguesas. La firma Mendoza está plasmada en obras de restauración en las catedrales de Sevilla, Huelva, Málaga o Córdoba, elaborando campanas desde los nueve hasta los 2.200 kilos.

–Es insólito ver esos saltos en las campanas. Lo primero que uno piensa es: ¿esto es seguro?

–Aquí no hay ningún problema. La técnica está dominada y muy controlada.

–¿Cuándo se voltean las campanas?

–Las campanas se voltean cuando se llevan a cabo cultos de las hermandades de Pasión, Amor y El Rocío, o para festividades propias de la iglesia del Salvador.

–Y la gente que viene a la colegiata se sorprenderá de su actividad…

–Sí, cuando los vecinos se enteran de que las campanas se están volteando, se congregan en el patio o en los alrededores de la iglesia para ver el espectáculo. Estamos hablando de «echadas» que se realizan tal cual se hacían en el 1800.

–Usted y sus hijos tienen sus propias campanas…

–Cada uno tiene la suya, yo utilizo la que usaba mi padre.

–¿Ha recibido alguna queja por parte de algún vecino por el toque de campanas?

–Siempre ha habido de todo. Pero, sobre todo, las quejas nos han llegado de los pueblos. Por ejemplo, desde la parroquia de Trigueros (Huelva) hemos recibido muchas quejas por las campanas, pero lo veo absurdo porque cuando se montaron ninguno de nosotros había nacido. El campanario del Salvador data del siglo XVII, entonces, al que no le guste, que no se venga a vivir aquí.

Para Antonio, y sus tres hijos, el día empieza a las 8 de la mañana «hasta que el día se va», trabajando entre sus campanas. Diariamente tocan para avisar a los parroquianos del inicio de la Misa. Aunque tienen un sistema muy peculiar para los días en que las inclemencias meteorológicas no invitan a subir a lo alto de la torre. Se trata de unos orificios en el suelo del campanario por donde pasan las cuerdas de las campanas, que llegan hasta su salón. «Cuando llueve muy fuerte o arrecia el frío, sobre todo por las tardes-noches del invierno, tocamos para Misa desde casa. O si salimos fuera de Sevilla a trabajar, encargamos la labor a mi mujer o a alguno de mis hijos», asegura Antonio, quien con nostalgia apunta que la tradición de redoblar las campanas de forma tradicional «se está perdiendo». «Ahora lo que se está imponiendo en todos los campanarios son las campanas eléctricas».

Antonio Mendoza Fernández, de 38 años, es uno de sus hijos y el que mejor domina el apartado «eléctrico». Desde que nació ha vivido entre campanas y ser campanero ha sido su único trabajo.

–Tratan a las campanas como si fueran de su familia, ¿les tienen asignados nombres?

–Sí, claro. Una de ellas se llama «Esquila», que es una campana pequeña y muy alegre. Otra, «Campana de fuego», porque antiguamente cuando se producía algún incendio en el Centro se tocaba esa campana.

–¿Y alguna en especial?

–Acabamos de fundir una pequeña, una matraca. La hemos fundido con el escudo del Sevilla F.C., porque todos somos sevillistas. Se llamará «Jesús del Amor» y se va a instalar para que la toquen los niños de la familia.

–Un detalle que las diferencie.

–En la fundición colocamos una mosca en cada campana, como homenaje a mi abuelo, porque en Sevilla le decían «El hombre mosca», por su habilidad a la hora de doblar las campanas, desafiando al vacío.

El campanario, que ha visto nacer a cinco generaciones de los Mendoza, ha tenido que ir evolucionando, mesuradamente, a medida que lo hacían los tiempos. Cuando entramos, quedamos abrumados por las múltiples fotografías de los Mendoza junto a sus campanas; objetos antiguos, su taller… Subimos a través de una escalera de caracol, algo estrecha. En la primera planta, desde la puerta cristalera del salón, una habitación acogedora en la que se escucha a los nietos de Antonio pidiendo subir al campanario. Continuamos hacia la cúspide y otro rincón: un antiguo palomar que Antonio convirtió en cuarto de estudio para sus tres hijos, «había que aprovechar el espacio», comenta.

Por último, una compleja escalerilla que nos da a parar a una vista de la que pocos pueden presumir, «y eso que la torre es baja», puntualiza otro de los hijos de Antonio, Jesús del Amor, de 35 años. Éste último afirma que sus dos hijos lo primero que empezaron a chapurrear era «¡campanas, campanas!». Asimismo, asegura que tanto su madre como su mujer se niegan a subir al campanario para verlos saltar, «les causa pánico», dice.

–¿Cuándo empezó a tocar las campanas del Salvador?

–Yo no lo recuerdo, lo único que le puedo decir es que estaba en el tacatá. Escuché antes las campanas que al profesor en el colegio.

–¿Qué siente?

–Siento orgullo. Es un oficio muy antiguo, que ya no lo hace nadie. Lo que aprendes te lo ha transmitido tu familia. La palabra es orgullo.

–¿Hasta cuándo volteará?

–Tengo el ejemplo de mi padre que está ahí todavía. Y esto, con 80 ó 90 años aún se puede hacer. Estando bien física y mentalmente, no tiene por qué haber problemas.

En cuanto a esto último, preguntamos a Antonio (padre) si espera que la tradición de los campaneros del Salvador se perpetúe, a lo que responde muy firmemente que «sí», «gracias a Dios continúa y si Él quiere, continuará».

VER VÍDEO ADJUNTO A LA NOTICIA

AGUILAR, Cristina

ABC Sevilla (06-01-2012)

  • SEVILLA: Campanas, campaneros y toques
  • MENDOZA VÁZQUEZ, ANTONIO (SEVILLA): Intervenciones
  • Campaneros: Bibliografía

     

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