Sharíqua Casa Rural - La campanera de Jérica

La campanera de Jérica

Vicenta y su madre, igualmente Vicenta, tocando las campanas. Foto: Ayuntamiento
Vicenta y su madre, igualmente Vicenta, tocando las campanas. Foto: Ayuntamiento

A Vicenta no le gustaba hablar. Sin embargo, había un tema que casi la hacía enmudecer y entonces se tardaba mucho en romper el hielo para que ella abriese su maleta de los recuerdos y contara su vida como campanera de Jérica. Y es que hasta su muerte, esta torre campanario -hoy el mejor reclamo de la villa- le emocionaba más que a cualquier otra persona. La razón se encuentra en ese baúl de los recuerdos: Para Vicenta Mompó Aliaga esta torre durante muchísimos años no solo fue su hogar sino también su lugar de trabajo. Durante unos 30 años vivió, hasta bien entrados los años 70, en una vivienda de apenas 15 metros cuadrados y día tras día hacía sonar las campanas del pueblo. Ella era la campanera de Jérica, en aquel entonces una profesión en absoluto común para una mujer. Es más, la palabra “campanera” hasta hoy día no ha logrado entrar en el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Foto antigua de la torre. Fuente: Fotos Antiguas Alto Palancia.
Foto antigua de la torre. Fuente: Fotos Antiguas Alto Palancia.

La torre, único monumento de estilo mudéjar de la Comunidad Valenciana, hoy se abre en muy contadas ocasiones al público, se enciende un par de días a la semana como gran emblema del pueblo, pero muy pocos saben de la vida de su campanera. Una vida que, después de haber tenido que abandonar su querida torre, durante largos años transcurrió en una residencia del municipio vecino, Segorbe. Fue su segundo hogar que compartió con su hermana menor Victoria hasta su muerte. Oyendo a las dos hablar de su vida en la torre de Jérica, uno podía llegar a pensar que eran las difíciles condiciones las que a Vicenta le hacían mirar atrás con gran pesar… Pero no fue así.

Su vida en la torre se resumía en: 15 metros cuadrados para una familia de 4 personas – madre, padre, dos hijas- como vivienda diminuta ubicada entre un establo para el cerdo en el primer piso y un almacén de trigo en el tercero. Sin luz ni agua corriente, y un mero agujero como retrete. Para llegar había que subir una estrecha escalera de caracol – 20 escalones hasta la vivienda, otros 30 hasta el lugar de trabajo. Vivir en condiciones es otra cosa. Más aún teniendo en cuenta que Vicenta seguía viviendo así cuando a pocos kilómetros en la costa valenciana ya alborotaba el primer boom turístico.

Casa-Museo de la antigua familia campanera.
Casa-Museo de la antigua familia campanera.

Aunque el pulso de la vida en aquellos años 70 para Vicenta fuera totalmente otro, a ella que entonces tenía unos 40 años, no le preocupaba. A ella solo le importaba una cosa: que las campanas sonaran bien y a tiempo. Y justamente ahí se avecinó el problema que aún decenios más tarde le provocaba un nudo en la garganta al recordar aquellos momentos… Y es que después de 30 años de vida en la torre, fue la técnica la que puso fin a su trabajo como campanera. El repique de las campanas se mecanizó y se automatizó. A Vicenta no sólo le tocó el paro, sino también tuvo que abandonar su querida torre. “He llorado durante días”, contaba en un encuentro pocos años antes de morir. Cuando las campanas por primera vez sonaban con el único esfuerzo de la técnica y la electricidad, para Vicenta se derrumbó su mundo. “Desde entonces nada fue como era”, recordaba con cara seria y unos ojitos redondos llenos de decepción, para acto seguido avisar con tono firme y gesto brusco a su hermana: “Ya hemos hablado bastante, ¡vámonos, Victoria!”

Vicenta y Victoria en el jardín de la residencia en Segorbe.
Vicenta y Victoria en el jardín de la residencia en Segorbe.

A Victoria, sin embargo, le encantaba hablar de la torre. Quizás porque sólo fue su casa durante unos pocos años y así le era más fácil permitirse cierta nostalgia. “Con doce años me mandaron como sirvienta a una casa de una señora en Valencia”, rememoraba el momento cuando la torre para ella se convirtió en estancia de fin de semana. Hablando señalaba una inmensa foto de la torre sobre su cama. Un regalo de unos vecinos. Vicenta no lo quería ni ver.


Balcón de lujo con vistas de torre a torreta.

Originariamente, recordaba Victoria, su familia había vivido en la parte baja del pueblo. Con el inicio de la guerra civil huyeron a Valencia y cuando volvieron, “de nuestra casa sólo quedaban escombros”. En el año 1947 les ofrecieron la torre como hogar, ya que el padre era el campanero del pueblo y, ¿por qué no vivir donde ya se trabajaba? Rápidamente la pequeña Vicenta se entusiasmó con el toque de campanas, aprendió el del ángelus, de fiesta, de arrebato, de difuntos… Sabía distinguir entre entierros para hombre, mujer, niño, adulto, rico o pobre. La niña que de pequeña había sufrido una infección cerebral y casi no había acudido a la escuela, había encontrado su pasión. Tanta pasión que cuando su padre Basilio murió nadie dudaba que sería ella la nueva encargada de tocar las campanas y darle cuerda al viejo reloj de la torre.

En la vida cotidiana las campanas se tocaban “cómodamente” desde la cocina donde ya la madre de Vicenta varias veces al día había cambiado la cuchara de cocina por el oficio de campanera. Una larga cuerda que pasaba por unos agujeros atravesando varios pisos lo hacía posible. Sólo para acontecimientos importantes había que subir arriba y en casos concretos poner en marcha hasta la campana “La Mayor”. Ocasiones en que Vicenta necesitaba ayuda para poder mover los 2.600 kilos de campana sonando por ejemplo en un “entierro general” de personalidades importantes o jericanos acomodados. “Pero esto pasaba pocas veces”, recordaba la anciana, “la mayoría eran pobres y por lo tanto sólo había entierros sencillos.” En estos casos, por siete pesetas Vicenta hacía sonar dos campanas más pequeñas. “Ton-ton-tin-ton.” Sólo cuando alguien le era muy cercano y querido, tiraba un par de veces más del cordón. “Pero en seguida alguien del pueblo se daba cuenta y se quejaron”, recordaba y una tímida sonrisa iluminaba su rostro.

De esto ya han pasado unos años en los cuales las campanas también anunciaron la muerte de Vicenta y Victoria. Años en que el “vole”, el volteo manual de las campanas, durante las fiestas de Jérica recuerda cómo suenan estos instrumentos musicales cuando se mueven con pasión. Quien en esta ocasión tenga la suerte de echar un vistazo a la antigua vivienda de Vicenta y Victoria – hoy convertida en casa-museo- podrá ver la foto de la primera mujer que en Jérica tocaba las campanas como si le fuera la vida en ello.

El volteo de campanas durante las fiestas tiene una larga tradición en Jérica. Foto: Ayuntamiento
El volteo de campanas durante las fiestas tiene una larga tradición en Jérica. Foto: Ayuntamiento

Sharíqua Casa Rural (25-12-2014)

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