MÁXIMO GARCÍA, Enrique - Bajo el signo de la salamandra

Bajo el signo de la salamandra

Creían los antiguos que este pequeño reptil con forma de tritón tenía la rara potestad de vivir en el fuego sin consumirse, al igual que la zarza que se manifestó ante Moisés, y que, por esta razón, venía a representar al justo que no pierde la fe en su creador en medio de las tribulaciones.

No es extraño, por tanto, que los fundidores de campanas adoptasen este emblema como símbolo de su trabajo en el que el fuego, uno de los cuatro primordiales elementos de la naturaleza, paría los tan recios como frágiles vasos de bronce, destinados a intermediar entre el hombre y la divinidad, y proteger al más débil de ambos de las descontroladas fuerzas de la Naturaleza; y es por eso por lo que su relieve aparece en la panza de una de las más famosas campanas, La Nona, dedicada en realidad a marcar los momentos de la homónima hora litÚrgica del rezo capitular.

Celebramos ahora el fin de un largo proceso de recuperación de campanas, tras el desafortunado paso por las manos de quienes eliminaron sus yugos de madera por otros de forja y el fallido intento de refundición de algunas de ellas que presentaban roturas. Festejo que alcanza mayor densidad al comprobar que la asesoría de todo el proceso ha estado bajo la responsabilidad del doctor Francesc Llop cuyo buen juicio ha dejado su impronta en el espectacular conjunto del Salvador de Caravaca.

A pesar de haber optado el Cabildo por el no regreso a la torre y al servicio activo de la mal llamada Mora (una más de las conocidas como campanas-talismán de conjuros), sustituyéndola innecesariamente por una réplica, bien cabe felicitarse por la conservación íntegra del grupo de once, fundidas simultáneamente en 1815, así como la vuelta al volteo de algunas inmovilizadas desde hacía mucho tiempo.

Este mencionado conjunto, obra de Manuel Rosas, uno de los apellidos de más presencia en este arte de todo el Levante, con talleres en Almería, Albaida y Yecla merece un comentario aparte. La existencia en la torre de la Catedral de cuatro vasos rotos y la necesidad de su renovación dieron origen a uno de los procesos constructivos más interesantes del conjunto de seos españolas: una iniciativa que venía a culminar el proceso de renovación que había comenzado en 1790 con las dos campanas mayores de Fernando Venero (La Trinidad, conocida impropiamente como Agueda ya que ésta, en realidad, fue la creada por el mudo Pedro de Agüera a principios del XVIII, y rota, dio origen a la nueva, y la de Nuestra Señora de la Paz, titular del templo, también una campana de conjuros), y continuaba en los albores del XIX con los dos grandes órganos, la sillería del coro, los canceles y la eliminación de los altares supérfluos.

En el pacto suscrito por el Cabildo y Rosas se especificaba la muy calculada progresión de pesos, en arrobas, de las diez campanas inicialmente proyectadas; 4, 7,10, 13, 18, 24, 30, 50, 90, 150; a ellas debió sumarse otra de 9, alterando sin duda la serie matemática inicial, ante la inesperada rotura de un nuevo vaso en la torre. Con esta gran incorporación, el Cabildo buscaba, a la vez que completar los huecos existentes, renovando todo el conjunto, conseguir una ansiada armonía de timbres, dejando bien sentada la prohibición de que dos bronces sonasen de manera similar.

Si interesante resulta el análisis de los pesos, lo es mucho más el de los santos protectores que les dan nombre o, mucho más correcto, el de aquellos a los que dirigen sus voces metafísicas, impresas en sus cuerpos y pronunciadas en cada repique: Fulgencio, Leandro, Isidoro, Florentina, Santiago, Pedro, Patricio, Agustín, Tomás de Aquino, Bárbara, y, para la mayor, José. ¿No es esto la reedición en sonidos del mudo programa del Imafronte? De nuevo los Cuatro Santos, el mítico fundador de la diócesis, el protector del concejo, dos grandes doctores de la Iglesia y la defensora ante las tempestades. Para ocupar el hueco de la tercera campana mayor de la torre, se eligió a José: su orientación a levante, por tanto a Jerusalén, la vinculaba asimismo al recorrido del sol sobre el eje del templo; todo un meticuloso programa con una densa carga simbólica.

Por desgracia para el fundidor, las cosas se le complicaron. Un terremoto coincidió con el momento de salir el metal fundido del horno, rompiéndose éste y el canal que conducía el líquido hasta ocho de los moldes; a ello se sumaría la rotura de la de San José, justo antes del cobro del Último de los plazos y del cumplimiento de la garantía establecida, hecho que le obligó, como a Sísifo, a comenzar otra vez de nuevo, con las enormes pérdidas que ello conllevaba.

En 1818, superados los contratiempos, se colocaba el Último de los once nuevos vasos que completaba los 5750 kilos de masa sonora. El Cabildo había desembolsado un total de 119820 reales entre lo correspondiente a Rosas, alquiler para el horno, el mismo de Venero veinticinco años antes, contrapesos del volteo, y andamios para izarías. Desde entonces, este unificado grupo, salvado del incendio de 1854, Último testigo, junto a las de Venero, del gran programa de renovación de fines del XVIII, similar en potencia al del Imafronte o al que sucedió en el XVI, ha regido las horas, vida y muerte de cuantos sabían descubrir en sus timbres y ritmos gran parte de las fluctuaciones de la existencia comÚn.

Enrique MÁXIMO GARCÍA
(23/07/2002)
  • MURCIA: Campanas, campaneros y toques
  • ROSAS, MANUEL (ALMERÍA): Inventario de campanas
  • Campanas (epigrafía, descripción): Bibliografía

     

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