SEVILLANO, Antonio - Revuelo de campanas (II)

Revuelo de campanas (II)

En la Torre de la Vela
se ha dormido la campana
en los brazos del olvido
y quisiera despertarla.
¡Despierta que el caminante
quiere oír la madrugada!
¡Despierta campana vieja
en tus voces de Alcazaba!
(Alfonso López)

La campana es el vínculo sonoro que nos traslada en el tiempo a sensaciones que creíamos irrecuperables. Un sistema de señales acústicas muy superado tecnológicamente y recluidas como elemento casi simbólico en los campanarios de conventos a iglesias (no todas) donde, conectadas con el reloj, sus martillos eléctricos (que no badajos) "dan" los cuartos y completas y raramente convocan al feligrés, como antaño, a los servicios litúrgicos del día. Con lenguaje propio, las campanas han cantando las alegrías y tristezas de los pueblos, sustanciadas en Almería por la Catedral, San Sebastián y San Roque. Y desde su espadaña en la Alcazaba, la de la Vela, en su doble faceta de uso civil y militar; hasta que el nacional catolicismo de posguerra se apoderó del campanil alcazabeño para saludar fastos eclesiales y ceremonias de alabanza (en la Feria de 1942 recuperó su larga "afonía" durante la procesión de la Patrona).

Campanas avisadoras de incendios en tierra y de barcos en la bahía; o derrumbes en cuevas, viviendas y comercios. O volteando frenéticamente cuando la fortaleza resistió el ataque de los Cantonales cartageneros en 1873. Ya en su vertiente festiva, repicaron con motivo de la doble concesión y llegada del Ferrocarril o en las visitas de Isabel II y de su hijo y nieto reinante. Su arraigo popular la llevó a una copiosa literatura costumbrista; a coplas y fandangos, letrillas del Carnaval o romances de ciego. Y a darle nombre incluso a La campana de la Vela. Eco de Almería y diario del Pueblo, cabecera periodística con redacción y taller en calle Las Tiendas; fundada en 1854 por Dº Mariano Álvarez, futuro suegro de Carmen de Burgos Seguí "Colombine".

Arcaísmo

Sin embargo, porqué el título de La Vela? Deriva lógicamente deriva de los verbos velar y celar, de estar despierta protegiendo la paz y el sueño de vecinos y poblaciones. Pero los diccionarios antiguos le reservaban al vocablo una acepción hoy en desuso. Entronque lingüístico que nos lleva a otra tradición ancestral, la del Cristo del Escucha, y a la pragmática tesis de Tapia Garrido, alejada de leyendas, de que el nombre obedecía a que en la terraza del cubo defensivo de la Catedral que cobija la capilla donde se venera el crucificado, se apostaba un centinela, en previsión de ataques berberiscos, quien repetía la monocorde cantinela ¡escucha, escucha!; de ahí su popular nombre:

Vela: "Servicio de vigilancia nocturna que en la época señorial prestaban algunos vasallos de condición inferior, en los castillos, campamentos y mesnadas. Se llamaban de velas, sobrevelas y escuchas, de donde ha seguido empleándose la misma voz para nombrar al centinela o guardia que se ponía por la noche en los ejércitos o en las plazas". Y, añado, a las campanas en alcazabas, alcázares y recintos amurallados.

Huertas y Vega

Además de primitivo sistema de alarma, sus campanadas marcaban el discurrir de la noche por las que se guiaban obreros y, especialmente, los pescadores del barrio que debían hacerse a la mar. Amén de indicar los tiempos para el riego en la Vega. Esto último se ha repetido hasta la saciedad, de unos a otros, sin entrar en mayores averiguaciones desde que a finales del XIX el cronista de la Ciudad, Francisco Jover y Tovar, pusiera en circulación la imprecisión, sin tomar en cuenta de que el labrantío tenía personal propio. En el mejor de los casos se trataría de las huertas de intramuros y a extramuros cercanas, caso de San Sebastián o de la Puerta del Sol, y no los bancales linderos y más allá del Río, donde difícilmente se escucharía a pesar de su robustez y de que en el bronce de su aleación sumaba un buen porcentaje de plata, dado los ricos yacimientos argentíferos que la provincia disponía. Ítems más: la Vela solo prestaba servicio nocturno, por lo que debemos preguntarnos cómo se orientaban en los riegos matutinos y vespertinos. Y ello sin tener en cuenta los periodos en que por una u otra razón el campanario quedaba en silencio.

Superados los siglos de zozobra por las amenazas piráticas, la Vega cobró valor y aumentó considerablemente sus tahúllas de azadón y arado. Los años en que la sequía daba un respiro, los distintos "pagos" en explotación (Jaúl, Bobar, Mamí, Alhadra, Quevedo y de la Palma) disponían del suficiente caudal de agua que suministraba las fuentes Larga y Redonda a través del inteligente entramado heredado de los árabes y que se distribuía por partidores, boqueras y acequias.

Sindicato de riegos

Dº Mariano José de Toro publicó en 1849 el más riguroso tratado hídrico referido a la capital y provincia: Manual de las vicisitudes de Almería y pueblos de su Río con relación a su estado agrícola. La lectura de sus 361 páginas nos reafirma sobre el no-papel jugado por la campana de la Vela en las tandas de riego, a la que no cita en ninguno de sus exhaustivos capítulos. Para un servicio racional y equitativo, el territorio se dividía en dos distritos. El segundo comprendía las huertas y vega de Acá y Alquián y estas se regían por un Alcalde de aguas, acequiero y relojero. Veamos el párrafo regulador de los tiempos de regadío regulados por la ordenanza del "Sindicato de Riegos para la vega de Almería y siete pueblos de su Río":

Art. 3º. Obligaciones del relojero: Llevará un reloj de bolsillo para conocer la hora en que recibe las aguas de su partido, las que le da a cada regante, y las en que se causa regasto u otra pérdida.

Art. 17. El relojero "pesará" (medirá o calculará) el agua de cada regante con reloj de arena, cuyo contenido será de una hora; en el cual estará señalada la media, el cuarto y minutos del medio.

Ya el Reglamentos y Estatutos redactado por comisarios de los cabildos Eclesiástico y Secular, en el siglo XVIII se fijan normas a seguir por propietarios y arrendadores de las huertas (67 en total) que se abastecían de la acequia de la Ciudad:

Se establece que también haya de observarse la costumbre que se ha tenido acerca de las horas en que ha de entrar y estar corriendo el agua para el abasto de la Ciudad, y en cuales ha de darse y cortarse para el riego de las Huertas (…) Desde primero de marzo hasta fin de abril, está el agua en la Ciudad desde las seis de la mañana hasta las diez del día, desde cuya hora se corta y da a las Huertas hasta las dos de la tarde, en cuya hora vuelve a cargarse y destinarse para el abasto de la Ciudad, hasta las siete de la tarde.

De la capital importancia que suponía los recursos hídricos da cuenta la declaración de principios de Dª Mariano en su magna obra:

Las fuentes de Almería y su río deben considerarse como el primer apoyo de su población y de su riqueza, y por lo tanto el fundamento de su prosperidad común y de su felicidad individual.

SEVILLANO, Antonio

El Almería (12-10-2014)

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