E.F. - Operación de altura en Peñas de San Pedro

Operación de altura en Peñas de San Pedro

Numerosos peñeros quisieron ver, en persona, la operación de izado de las campanas de la Iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza, que regresaron a su emplazamiento original tras un exhaustivo proceso de restauración.

Un operario sujeta la campana con una gruesa cadena.  - Autor: SERRALLÉ, Rubén
Un operario sujeta la campana con una gruesa cadena. - Autor: SERRALLÉ, Rubén

Nunca hay dos sin tres. Y ayer, por tercera vez en 200 años, la campana conocida como María o Gorda fue izada a lo alto del campanario de la Iglesia de Nuestra Señora de la Esperanza, en la localidad de Peñas de San Pedro.

La primera vez que esta campana de 1,2 toneladas de peso hizo el camino de subida fue a principios del siglo XIX, poco tiempo después de su fundición, en 1809, en plena Guerra de la Independencia. La segunda fue poco tiempo después de la Guerra Civil, ya que, en 1939, en los últimos días del conflicto, fue arrojada al suelo.

Y la tercera tuvo lugar ayer, después de haber pasado por un cuidadoso proceso de restauración, que ha durado mes y medio, que le ha devuelto su aspecto original y también el primer nombre que le pusieron, que consta en una inscripción que había pasado desapercibida: Amor de madre.

Los preparativos de la operación comenzaron a primera hora de la mañana, justo después de la misa de las nueve y media. Tras revisar todos los detalles, el izado, como tal, comenzó a las 12 en punto del mediodía, bajo la atenta mirada de numerosos vecinos que no se quisieron perder la escena.

Al segundo intento

La campana, sujeta por gruesas cinchas, ascendió con lentitud en una mañana calurosa. Al llegar, por primera vez, al hueco donde debía quedar montada, algo salió mal y la operación se interrumpió. Hubo que bajarla de nuevo.

Tras volver al suelo, el jefe de equipo, Francisco Carretero, recolocó las cinchas en un ángulo y una posición diferentes, para mejorar la entrada de la campana. Las sujetó al «moco», el gran gancho de la grúa, y todo el proceso volvió a empezar.

El equipo situado en las alturas y el que trabaja a ras de suelo intercambiaba escuetas instrucciones por radio -«pégala», «súbela», «para»- mientras duraba el izado. Al fin, el operario de lo alto sujetó una gruesa cadena al yugo y, poco a poco, haciendo uso de una polea, tiró de ella. Lentamente, con precisión, con suavidad, la campana se posó sobre el grueso alféizar de piedra del vano del campanario. En ese instante, de forma espontánea, los vecinos de todas las edades que sigue, absortos, la operación, se lanzaron a aplaudir; «su» campana había vuelto a casa.

Pero aún quedaba mucho que hacer antes de cantar victoria. Sujeta a la vez por una gruesa cadena y por la pluma de la grúa, auxiliada por dos operarios con palancas, la campana fue entrando, paso a paso, en su lugar preciso, dos guías abiertas en la piedra, donde aguardaban los rodamientos que iba a soportar su peso.

Sin margen de error

La operación se ralentizó aún más. El jefe de equipo subió, para dar instrucciones, a la vez, al equipo del campanario y al operario de la grúa. Un avance de un centímetro, otro y otro; una instrucción, y todo se paraba. No había margen para el error, mientras el viento se hacía sentir, con alguna racha que levantaba polvo y algo de arenilla.

La cadenas rozaban la campana, y le arrancaban sus primeros tonos, como si la María quisiera despertarse de un prolongado letargo. «Tira del brazo, atrás, atraás... muy despacio. Ya, quieto. Quieto», dice el jefe.

Y la campana, empujada por gruesas palancas, se fue asentando en su lugar definitivo. Tras posarse de nuevo, aún quedaba una operación más, atornillar los rodamientos a la piedra.

Como tal, la operación había terminado. Pero los operarios se quisieron dar un gusto tras tanto esfuerzo. Uno de ellos desempaquetó el badajo, una pieza de metal negro y pesado y, sin más ceremonias, golpeó la campana con él. Y, por fin, la campana habló. Sonó un «Doooong» grave, majestuoso y luego otro más corto y agudo. A su manera, en la lengua de las campanas, la María decía a los peñeros con claridad su mensaje: «he vuelto». Y, con un nuevo aplauso, sus vecinos de toda la vida le dieron la bienvenida.

Pero no había más tiempo para ceremonias. El jefe de equipo cogió el walkie y le dijo al de la grúa: «oye, baja el brazo y cambia a la otra posición, que aún nos quedan tres campanas más antes de comer».

Y todos volvieron al tajo.

E.F.
La Tribuna de Albacete (04-06-2014)
  • PEÑAS DE SAN PEDRO: Campanas, campaneros y toques
  • TRADICIÓN EN RELOJES Y CAMPANAS (PUENTE TOCINOS) (MURCIA) : Intervenciones
  • Restauración de campanas: Bibliografía

     

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