LLOP i BAYO, Francesc - Nuestras campanas (23) - Los palomos, unas ratas volantes

Nuestras campanas (23)

Los palomos, unas ratas volantes

El tema que hoy vamos a comentar está relleno de un falso sentimiento de emoción: los palomos, que invaden nuestras plazas, nuestras ciudades, y sobre todo nuestro patrimonio histórico, aparecen como unos animales positivos, buenos e incluso artísticos desde un punto de vista estético. Y sin embargo son unos bichos repugnantes, sucios y transmisores de mÚltiples enfermedades.

No me referiré, por supuesto, al noble deporte tradicional del "colombaire", que dedica su tiempo y sus esfuerzos a criar animales competitivos y ágiles. Tampoco estoy hablando de esas palomas mensajeras que tienen esa increíble capacidad de orientarse y de volver a casa, incluso si ésta se encuentra a miles de kilómetros. Ni siquiera me refiero a esas tórtolas, primas hermanas de las palomas, que viven en los árboles de los parques y jardines, y que a veces aturden con sus monótonos cantos. No, me refiero a esa criaturas volantes, que fueron blancas, y que ahora pululan, sucias y enfermas, en torno a nuestros monumentos, iglesias y edificios.

Es curioso: las palomas tienen una imagen positiva, mientras que las ratas o las cucarachas, no menos limpias, tienen una carga negativa, de transmisores de pestes o de portadores de contagios.

Las palomas son peores: animales sucios, que sólo piensan en reproducirse (¡cinco o seis veces al año!) y que a las pocas semanas de su nacimiento ya son capaces de procrear. Estas bestias inmundas, sucias y apestosas, son insensibles a todo control: ni los ultrasonidos, tan eficaces contra las plagas de ratas o de cucarachas, ni los productos químicos, consiguen alejarles. Es cierto que el carísimo sistema de protección, instalado en la "Porta dels Apóstols" de la Catedral de València, impide que se posen en las restauradas piedras, pero no dificulta que estos animalejos se posen un par de metros más allá. Lo mismo ocurre con esos pinchos instalados en la fachada restaurada de la "Escola Pia" de València.

Se me dirá que exagero, que no tengo corazón. Yo invito a los defensores de ese ganado a que suban a cualquiera de los campanarios mecanizados, o donde ya no se toca, y que descubran, asqueados, capas de un palmo y dos de suciedad, donde extraños parásitos anidan junto a polluelos feos y desvalidos, entre cadáveres de animales muertos por enfermedad y en medio de montañas de estiércol. El otro día subíamos a la torre de Sant Antoni Abad de València, y nos recibieron más de dos palmos de suciedad, amontonados encima de la trampa de acceso a las campanas, y tras una increíble subida por una escalera, convertida en rampa por el estiércol animal. Claro que defendemos la vida, por supuesto que queremos proteger los animales. ¿Pero hay alguien que enarbole la bandera a favor de ratas o de cucarachas? Los palomos son la misma peste, y deben llevarse a los parques, donde no hagan mal, con sus enfermedades, sus parásitos y su estiércol ácido que lo corroe todo. Los palomos son una plaga viscosa que debe expulsarse de nuestras ciudades. Y alguien, aunque sea un campanero, tenía que decirlo.

Francesc LLOP i BAYO
(Publicado en "Iglesia en Valencia" nº 500 - València - 21 diciembre 1997 - f. 19)
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