LLOP i BAYO, Francesc - Nuestras campanas (18) - La conservación de las instalaciones

Nuestras campanas (18)

La conservación de las instalaciones

Volvemos a escribir sobre campanas. Nuestro silencio (sobre el papel, ya que nuestros toques manuales se prodigan, gracias a Dios, por toda la Comunidad Valenciana, e incluso más allá de nuestras fronteras), nuestro silencio decíamos, se debe a este gran nÚmero de actividades: los toques normales de las tres Catedrales en las que participamos, los de muchas parroquias de pueblos y ciudades, las muestras cada vez más repetidas de nuestro campanario móvil, e incluso la preparación de una página constantemente ampliada en Internet donde aparecen todas las informaciones que logramos recoger en torno a nuestras campanas.

Hay un fenómeno, preocupante, que nos obliga a escribir de nuevo: se trata de los incidentes (que no accidentes) que se están prodigando por nuestros campanarios. Ayer fue la campana que cayó de Monòver, hoy es la sujeción, de varios kilos de peso, que ha caído desde la torre de Sant Joan del Mercat de València, y que tampoco ha causado desgracias personales. Mañana... seguirán repitiéndose estos casos, si las instalaciones no se conservan.

En los años sesenta, cuando se comenzaron a electrificar las campanas, por falta de campaneros y sobre todo porque en aquel momento parecía que era mucho más cómodo, moderno y Útil, decían las empresas algo así como "electrifique usted las campanas y olvídese de ellas para siempre". Claro, las campanas, cuando se tocaban a mano, no "daban problemas" a la parroquia: el propio campanero, si era un buen profesional, y la mayoría solía serlo, se encargaba del mantenimiento continuo de "sus" campanas, no solo porque podía ser el primer afectado en caso de accidente, sino y sobre todo porque era su responsabilidad personal. Y no olvidemos que cada vez que había que voltear, y sobre todo cuando había toques repetidos, como en las fiestas patronales, se revisaban las instalaciones, y preferían dejar quieta una campana con problemas que tocarla sin seguridad. Y esto lo hacía gente que no sólo "oía campanas", sino que las "escuchaba", estando atentos a los ruidos, a los herrajes sueltos, a las piezas que había que reparar o cambiar. Por otro lado las instalaciones, fruto de la experiencia de siglos, evitaban en gran medida los posibles accidentes. Por ejemplo, los antiguos yugos de madera pasaban a escasos milímetros de la pared, de forma que si el eje de hierro se rompía (cosa prácticamente imposible porque estaba sobredimensionado), el propio yugo de madera quedaba incrustado, frenado por los muros, y las campanas difícilmente podían caer a la calle. El propio desequilibrio de los yugos, que exigía un esfuerzo mayor a la hora de poner en marcha las campanas, tenía una importante contraprestación: apenas se partían los badajos, cosa que ahora ocurre tan a menudo...

Ahora pasa todo lo contrario: quienes tocan no están junto a las campanas, y por tanto "no escuchan" sus ruidos, ni observan su conservación porque "es tan cómodo no tener que subir a tocar". Tampoco se revisan las instalaciones y estamos hablando de motores trifásicos, a menudo de 380 V, colocados al aire libre, con los cables sueltos, sin protección contra las tormentas, sin interruptor de emergencia para desconectar en caso de accidente. En el caso de los ascensores, se revisan anualmente; las campanas no se vuelven a mirar hasta que no ocurre una avería... o un accidente. En muchas torres, en docenas de campanarios valencianos, aÚn están los escombros y los restos de las instalaciones anteriores, que no se han quitado, aunque hace veinte o treinta años que se electrificaron las campanas.

AÚn hay más: las instalaciones metálicas, que se ofrecieron en un momento como "definitivas" y "para olvidarse de los problemas para siempre", están tan mal hechas que se mantienen enteras porque se trata de objetos de culto, y porque están destinadas a usos sagrados. Pero caerán y seguirán cayendo. Y no podremos hablar, quizás la próxima vez, de otro "milagro", sino que tendremos que lamentar una desgracia que está a punto de producirse.

¿Cómo resolver el problema? Con mantenimiento, continuado, realizado por profesionales. Cuando se compra un coche, todo el mundo es consciente que, a cada ciertos kilómetros, hay que cambiar el aceite y ajustar las pastillas de freno. Y ese mantenimiento debe aumentar, si se utiliza mucho el vehículo. Con las campanas que se tocan poco habría que hacer dos revisiones al año. Con aquellas que se usan excesivamente habría que hacer al menos cuatro.

En Francia, en Bélgica, las campanas, que están en el interior de los campanarios y por tanto no pueden producir daños a la calle, se conservan al menos dos veces al año el 95 % de las instalaciones. En nuestra Comunidad Valenciana, con el índice más elevado de electrificaciones de toda España, y con la práctica totalidad de las campanas a la intemperie, no se conservan regularmente, mediante contrato de mantenimiento, ni el 1 % de las instalaciones.

Aunque se trate de objetos sagrados, están al aire libre, emplean motores y tensiones potentes, y mueven masas de cientos, a veces de muchos cientos de kilos. Volveremos sobre el tema. Pero es doloroso ver para aquellos que amamos las campanas el abandono en el que están la inmensa mayoría de las motorizadas y los graves accidentes, que están a punto de ocurrir, por el envejecimiento y la falta absoluta de conservación de las instalaciones mecánicas.

Francesc LLOP i BAYO
(Publicado en "Iglesia en Valencia" nº 443 - València - 13/10/1996)
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