Repiques que se apagan

La técnica de tocar las campanas es un arte en peligro de extinción debido a la falta de sucesión generacional

El tañido de las campanas, antaño una de las señas de identidad de toda aldea y villa que se preciase, es hoy un sonido en peligro de extinción. La pérdida de población y el envejecimiento en las zonas rurales conllevan falta de relevo generacional en el arte de repicar las eclesiásticas piezas de bronce. Pocos son los campaneros que siguen manteniendo la tradición. La mayoría, de avanzada edad, auguran un negro futuro para un oficio que adoran y que añoran. Tres vecinos de Silleda recuerdan tiempos mejores, en los que las señas se daban para marcar las horas del rezo o para dar aviso en caso de incendio.

Jesús Rodríguez sube siempre que le dejan al campanario de Negreiros para repicar. // Bernabé/Javier Lalín
Jesús Rodríguez sube siempre que le dejan al campanario de Negreiros para repicar. // Bernabé/Javier Lalín

Escucharlos hoy en día es un lujo para los oídos y un privilegio para la historia. Los tañidos de las campanas son un sonido cada vez más silenciado. La falta de relevo generacional está convirtiendo lo que antaño fue el reloj de todo un pueblo en una reliquia olvidada, que ya muy pocos sacristanes y aficionados se aferran en conservar.

Las campanas eran la identidad sonora de cada parroquia, porque ninguna vibraba igual que otra y cada campanero tenía su propio estilo, su repique particular, que hacía que los vecinos de los alrededores distinguiesen donde tocaba y si lo hacía a difunto, a misa, a procesión o simplemente daba la hora. Porque más allá de los usos religiosos, las campanas se utilizaron en su día para marcar los tiempos de trabajo. "A las doce era el Angelus. Tocaba la oración para que los labradores que estuviesen faenando parasen para rezar, lo mismo que por la noche. todos los días", recuerda María Luisa Vázquez, vecina de Negreiros (Silleda) y actual campanera. A sus 77 años ha tenido que tomar el relevo de su marido, Jesús Rodríguez Fondevila, a quien sus 86 años le restan destreza para poder subir las escaleras de caracol que miles de veces recorrió para llegar al campanario y cumplir con la tarea que ahora tanto añora. Sin embargo, lo hace de vez en cuando, cuando su familia, precavida para evitar una caída fatal, se lo permite. "Tanto le gustaba tocar que ahora siente pena cuando ve a alguien haciéndolo", relata haciendo de portavoz de Jesús, afectado por la sordera. "Mi marido repica muy bien, pero ya hace dos años no lo hace. Y yo no me atrevo a subir, así que toco desde abajo". Lo hace solo para anunciar la misa. "Las mujeres le damos mil vueltas a los hombres", bromea recordando que también su madre y su tía eran hábiles en el arte del repique. Una maña que enseñó a su hijo mayor, aunque sin demasiadas esperanzas de continuidad.

Sin maestros ni pupilos

La falta de relevo es el handicap de esta tradición. Lo lamenta otro silledense, Joaquín Frade Soto, el encargado de las campanas de Ponte. "Si falto yo y pocos más, esto se pierde. La culpa es de los padres, que no se lo inculcan a sus hijos. Antes, con doce años nos peleábamos por tocar pese a lo trabajoso que era, porque las campanas nos quedaban altas. Teníamos interés por aprender, pero los de ahora nada", lamenta a sus 60 años. "Siento que hago un trabajo que muchos no quieren hacer. Soy un parroquiano que respeta la tradición", y que la vive. "Es triste que se entierre un vecino y que no se le repique. Siempre se hizo, excepto de Jueves Santo a Domingo, porque no procede".

Al igual que Jesús y María Luisa, Joaquín debe dominar dos campanas a la vez. "Cuando se toca a difunto el repique es distinto en cada parroquia. Yo lo sé hacer de tres maneras. Son tres carreras si es hombre y cuatro si es mujer". Pero Joaquín también recuerda otros usos de las campanas. Además de para el Angelus –práctica que en Ponte se perdió en torno a la década de los años 60, según estima el campanero– se empleaban como alarma en caso de urgencias. "Se tocaban cuando había un incendio; si ardía un pajar o una casa para que los vecinos acudieran. Era un repique particular. Al escucharlo sabíamos de inmediato que estaba tocando a fuego".

Patrimonio inmaterial

Eliseo Frade Suárez es otro genio de las campanas. Se adentró en la técnica "ya de joven y de oídas" y asegura que "no es difícil de aprender". Como buen patriota, defiende que las que mejor suenan de todo Trasdeza "son las de Saídres", las suyas. También en su caso, los achaques de la edad le impiden disfrutar todo lo que quisiera. "Ya hace que no repico; un año más o menos, y lo hecho de menos", relata con pena. "Tengo problemas en un pie por la artrosis y la mano hinchada estos días, que si no subía al campanario", advierte sin esconder sus ansias.

Tiene 83 años y le da coraje que las campanas de Saídres, también dos, se silencien por no haber quien tome el relevo. Y es que la falta de campaneros jóvenes lleva aparejado la pérdida de un arte, de una técnica que desaparecerá con sus autores. Se detecta el olvido no solo a la hora de ejecutar el repique, sino también para quien lo escucha, que a día de hoy ya no sabe diferenciar si toca a muerto, a fiesta o a misa. "Es verdaderamente una pena –insiste Joaquín–, porque no es la ganancia que de ser campanero, ni el servicio que prestamos, ya que todo el mundo tiene un reloj para no llegar tarde a la hora de la misa; es una tradición que se va a perder y nunca más se va a recuperar". Un patrimonio inmaterial de valor incalculable, seña de identidad y trozo de historia, de patria, de cada parroquia

PAZ, Blanca
El Faro de Vigo (31-12-2011)
  • SILLEDA: campanes, campaners i tocs
  • RODRÍGUEZ, JESÚS (NEGREIROS): toques y otras actividades
  • Toques de campanas: bibliografía general

     

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    Última modificación: 01-09-2014
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