SPA CORTÉS, Fulgencio - ¡Silencio!

¡Silencio!

Cada vez, que cualquier campana de cualquier campanario invita con sus voces de bronce, sus sones se enredan en mi persona. Hasta diría, que sus ecos en retirada, pronuncian mi nombre. Las lenguas de metal revolotean por los cielos y los hombres, distraídos en la prisa, en la vulgaridad de los días y en los egoísmos, no oímos sus sonidos. El espíritu sestea de las obligaciones que tiene con el único puente válido para salvar a la Humanidad: Cristo-Dios. Porque cada vez que tocan las campanas lo hace para ayudar al hombre.

El lenguaje humilde del campanario, nos recuerda que hay hombres sin trabajo, sin amigos, sin justicias, doloridos de enfermedad, ciegos por la avaricia y roídos por el odio y la envidia. Hombres sin caminos…La campana nos dice que debemos salir a su encuentro para darles el cayado, la mano, abrirles las puertas, sentarnos en su Getsemani, poner bálsamo en sus heridas y devolverles sus razones. El lenguaje humilde del campanario me deja entristecido. No quiero oír sus voces de amor. Amor es disciplina y sacrificio.

Pero la Iglesia tiene dos fiestas donde los sones arañan con más fuerza las raíces del alma. Sus sones fríos, se meten por entre las rendijas que vanidades, y negligencias no fueron capaces de taponar. Por esas rendijas llegan las lenguas del campanario acusando a mi conciencia. Pero yo sigo mi camino de olvidos, de distraimientos… Semana Santa, con sus mensajes me aplanan. Y me recuerdan lo poco que me pongo la zamarra para acompañar al que sufre; lo poco que frecuento los caminos de Arimatea que alivia del yugo. Ni la saeta, con sus dardos que desgarran; ni los falsos romanos, ni silenciosos sirios, ni mantillas doradas, ni pies descalzos con cadenas de promesas y carracas afónicas que me invitan, hacen que camine tras la Cruz que lleva el Hombre sangrante ante el Gólgota.

La campana del campanario, la carraca que recorre las calles, el cireneo, el ayuno, caen sobre mi alma, como al gallego le abraza la muñeira en tierras lejanas. Todo es melancolía, es leprosería. Porque todo lo que no sea tirar las muletas de paralítico y recorrer los caminos buscando al hombre para sentirlo; y todo lo que no sea salir al camino para darle la mano al caído y la razón a quien la tiene, será no oír las campanas del campanario. Campanas todas las albas y tardes, tocan para mí. Pero amigo no lo olvides, también tocan para ti.

¡Silencio…! La esperanza abierta. Porque aún tengo huecos por donde se adentran las voces de las campanas de los campanarios de Dios.

¡¡Silencio…!!

SPA CORTÉS, Fulgencio

El Faro (18-04-2011)

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