LLADRÓ, Vicente - Campanero, alguacil y relojero

Campanero, alguacil y relojero

Además de sus obligaciones como agente municipal, Juan Mañes gobierna el campanario y el reloj

Paisaje y paisanaje Soneja es de los pocos pueblos de la Comunitat donde el campanario sigue vivo porque las campanas se voltean todavía a mano

Además de sus obligaciones como agente municipal, Juan Mañes gobierna el campanario y el reloj
Además de sus obligaciones como agente municipal, Juan Mañes gobierna el campanario y el reloj

En Soneja, el campanario está pegado a la iglesia, como es habitual en la inmensa mayoría de los casos, pero en este pueblo no es una torre eclesiástica, puesto que, realmente, la obra pertenecía a la contigua casona palaciega que fue del señor del lugar, que hoy está restaurada y alberga varias viviendas, y aunque las campanas que lucen en lo alto siguen teniendo una función ligada a los ritos lirtúrgicos, el reloj tampoco pertenece a la iglesia, sino que es municipal.

Podría parecer un pequeño lío, pero todo queda bajo control porque lo gobierna un hombre que está en todos los sitios a la vez: Juan Mañes, el aguacil del ayuntamiento, que se encarga de las funciones propias de su puesto y es además el encargado de mantener en hora puntual el reloj del campanario y también es campanero; o mejor dicho, miembro distinguido de la Asociación de Campaneros de Soneja. Y tan distinguido; como que es el que tiene las llaves.

Su puesto de mando está alrededor de la pequeña placita que hay frente a la fachada de la iglesia parroquial de San Miguel de Soneja. A un lado, la puerta trasera del edificio del ayuntamiento; al otro, la del campanario. Su campo de trabajo, todo el pueblo a pie de calle, más el añadido del edificio más alto, junto a las campanas.

Soneja es de los pocos pueblos de la Comunitat Valenciana donde todavía se voltean a mano las campanas. Y eso que su manejo está electrificado desde 1963, pero se tuvo la precaución de dejar listas tres posibilidades: se pueden tocar desde abajo mediante clavijas eléctricas o programador, igualmente así desde lo alto de la torre y, con todo desconectado, volteándolas a mano.

Esto es lo que sucede normalmente en unas quince ocasiones a a lo largo del año, en festivos señalados y, sobre todo, durante las fiestas mayores del pueblo, a finales de septiembre, en honor de San Miguel y del Cristo. Los domingos y otras fiestas menores, cuando se trata de dar toques a misa y repiques, habitualmente se basta el cura párroco, utilizando los dispositivos eléctricos.

De los volteos se encarga la Asociación de Campaneros, formada por unos 120 componentes e integrada en el Gremio de Campaneros de la Comunitat Valenciana. Pero de esos 120 integrantes sólo una decena suben realmente al campanario; los demás apoyan con sus cuotas y su afición, porque están verdaderamente satisfechos de que las campanas locales puedan seguir manejándose a mano. Le dan más vida al pueblo. Como que antaño eran puestos que se heredaban.

Desde allá arriba, donde siempre sopla un levante fuerte que acatarra, se divisan todos los tejados de Soneja y aún más allá, con buena parte del paisaje circundante todavía ennegrecido por el incendio de hace un par de veranos. Juan señala por donde empezó el fuego, en una arboleda que hay en dirección a Segorbe; luego las llamas siguieron hacia el este, volvieron atrás y acabaron envolviendo el pueblo.

La campana más grande es la Miguela, la situada en dirección al mar. Pesa unos 2.000 kilos. Le sigue, con 1.550 kilos, la María, «que es la capitana -cuenta Juan Mañes-, y también la llamamos la que hace de cabo de cuadrilla, porque en los volteos es la que manda, la que primero empieza y la primera que para». Luego le siguen la Salvadora, que pesa 800 kilos, y la Josefa, de 400.

Las 'segundas horas'

Colgadas en la parte más alta del campanario, bajo una pequeña cúpula casi inexpugnable, quedan las dos pequeñas que tocan las horas y los cuartos. Esta última es de las más antiguas de España. Data de 1230; así pues, anterior a la conquista por parte de Jaume I.

Y justo en ese momento suenan las cinco de la tarde, con lo que Juan aprovecha para señalar que el reloj municipal sigue gobernando buena parte de la vida del pueblo y que, lejos de lo que sucede en lugares capitalinos, donde hay personas que se quejan por el ruido de las campanas y obligan a silenciar los relojes de noche, en Soneja «es al contrario; la gente se ha acostumbrado tanto que dice que, si se desvela, le cuesta volver a dormirse si no se escuchan las horas o los cuartos para saber en qué momento están». Y al minuto y medio vuelven a tocar; son las 'segundas horas'.

La maquinaria del reloj es una pequeña maravilla que construyó en 1931 el maestro relojero José Soriano. Y funciona 'como un reloj', a la perfección, asegura Juan, que antes tenía que subir más veces para darle cuerda, pero desde que le pusieron un motor programado que la recarga, sólo es preciso que acuda a engrasar y atrasar o adelantar el vaivén del péndulo cuando es menester, cosa obligada cuando aprieta el calor o el frío, porque el metal se dilata o se contrae.

Nos asomamos a la calle y explica que en fiestas, cuando hay procesión, desde allí vigilan el recorrido, por la plaza y la calle del Mesón, la Cuesta del Olivo, San Roque, Castellón, Mayor..., y se coordinan con la banda que acompaña a la comitiva, de forma que cuando para de tocar, tocan las campanas, y al revés, cuando cesan, vuelve la música.

LLADRÓ, Vicente

Las Provincias (02-04-2011)

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