NOVA ET VETERA - Las campanas de Jaén: si callan ellas gritarán hasta las piedras

Las campanas de Jaén: si callan ellas gritarán hasta las piedras

La Catedral de Jaén - Autor: NOVA ET VETERA
La Catedral de Jaén - Autor: NOVA ET VETERA

Un vecino de la ciudad de Jaén, tras una larga batalla legal, obtuvo en octubre de 2007 del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía que el cabildo de la santa iglesia catedral de Jaén disminuya la intensidad del toque de las campanas de ésta. Ahora el Ayuntamiento jienense ha decidido dar un mes de plazo a la corporación eclesiástica para que efectúe los cambios técnicos necesarios a fin de que el volumen del tañido no sea superior al límite máximo de decibelios autorizado por las ordenanzas municipales. El cabildo, por su parte, atendido el clamor popular en contra de esta disposición, ha comenzado a recabar firmas para que las campanas puedan seguir sonando como hasta ahora. Y la primera en estampar su rúbrica ha sido curiosamente la alcaldesa socialista Carmen Peñalver. La llamada “guerra de las campanas” está servida.

No es nuevo en Europa esto de poner en tela de juicio lo que ha sido uno de los signos más inequívocos de su identidad. En 2006, el párroco de Giussano (Italia) fue multado por “ruidos molestos” con prohibición de tañer las campanas por tocar a muerto los martes a las 12:30, hora en la que en el hospital local comienza a practicarse los abortos fijados para la semana. El año pasado el multado fue un párroco de la localidad holandesa de Tilman, quien tuvo que pagar 5.000 euros por tocar “demasiado fuerte” después de las 7 de la mañana. Por lo que a España respecta, circuló hace algún tiempo por internet un vídeo de aficionado mostrando a unos gamberros derribando una antigua espadaña de la iglesia de Torre de Buira, antiguo pueblo aragonés ubicado en la diócesis de Barbastro-Monzón. Cierto que no había ya campanas, pero el símbolo era elocuente y llevaba un mensaje claramente antirreligioso.

Y es que las campanas han sido consideradas desde siempre como la voz de Dios. Ellas llaman a los fieles a misa, recuerdan a los monjes sus obligaciones, marcan el ritmo de la vida diaria de los cristianos con sus distintos toques: el del Angelus, el de Ánimas, el doble de muertos, el volteo de Pascua… También señalan las horas, avisan de los peligros y, lanzadas al vuelo, comunican el regocijo por acontecimientos felices. Desgraciadamente, en nuestras modernas ciudades, hemos perdido la costumbre de regular nuestra existencia cotidiana por dos de los elementos que servían eficientemente a nuestros mayores: el canto del gallo y el tañido del bronce, emparentados en la liturgia católica. Es todo un símbolo: inmersos como estamos en el tráfago de la cultura urbanita (que es una cultura de ruido, de aturdimiento, de disipación para no tener que pensar en las cosas que realmente tienen substancia y son trascendentales), no sabemos ya apreciar esos maravillosos relojes que nos recuerdan, con su sonido, que la vida humana debe sujetarse a un orden, el orden querido por Dios.

Las campanas, aunque fueron conocidas por los Egipcios y los Romanos (tintinnabula) y están presentes en otras religiones (en dimensiones reducidas), se hallan íntimamente vinculadas al Cristianismo por lo menos desde el siglo V (de cuando data la campana de San Patricio, la primera conocida que se conserva). Su uso fue inicialmente litúrgico, para convocar a la plegaria; después se extendió también para los demás aspectos de la vida cotidiana. Se las llamaba “signa” (signos) porque señalan el tiempo sagrado. El historiador holandés Huizinga nos informa que era impensable en Europa un pueblo en el que no se oyera su tañido (cfr. El otoño de la Edad Media). Es tal la importancia de las campanas que la Iglesia las bautiza mediante una ceremonia que tiene muchos paralelismos con el bautismo de las personas: la bendición de la sal y el agua, la loción, la unción con el óleo de los enfermos y el santo crisma. También se les asignan padrinos y se les impone nombres. La bendición de campanas está reservada al Obispo o a un sacerdote con privilegio apostólico y, como tal, consta en el Pontificale Romanum (aunque en el Rituale Romanum exista un rito simplificado).

Aparte de lo anecdótico que pueda haber en la actitud del vecino de Jaén (cuyo pensamiento no conocemos), lo cierto es que hay una preocupante corriente de antipatía hacia las campanas, detrás de la cual se puede rastrear un sentimiento anticristiano. Se las quiere acallar por lo que ellas representan, porque ponen al hombre en sintonía con lo sagrado en un ambiente completamente secularizado, porque son un recordatorio de la fugacidad de la figura de este mundo y de la inexorabilidad del paso del tiempo en un mundo que vive al día sin pensar en los novísimos, porque recuerda a los hombres sus deberes para con su Creador en una sociedad que no quiere saber de sujeciones y que se cree autónoma. En siglos y siglos nunca molestó su repique; fue hasta muy útil para la vida práctica en épocas en las que no había relojes portátiles ni alarmas contra incendios ni teléfonos ni otros inventos que nos han facilitado la existencia. Los insomnes creían encontrar en su rítmico din-don al dar las horas una compañía amiga y confortante para la soledad de noches interminables. Un pueblo sin campanas era como una primavera sin flores, un mar sin peces o un cielo sin aves.

Los hombres pertenecientes a aquellas culturas que tanto se esfuerzan ciertos bienpensantes del día y políticamente correctos en ensalzar sobre nuestra civilización occidental (que es cristiana, mal que les pese), no entenderán el porqué de esta polémica en torno a las campanas. Para un musulmán silenciar una campana sería como pretender hacer callar al muecín que proclama la oración desde el minarete de su mezquita; para un budista sería como prohibir a sus monjes tocar su tromba ritual. Se podrían poner más ejemplos. Pero, aun cuando dejáramos aparte las consideraciones religiosas (que son las que nos intreresan), ¿por qué parece que ya no se soporta el hermoso sonido broncíneo que brota de las torres y espadañas de nuestros santuarios y, en cambio, se está dispuesto a tolerar la cacofonía cada vez más enervante y estresante que produce la vertiginosa actividad de nuestras ciudades? En el fondo la verdad es que no se quiere oír ya la voz de Dios. Preferimos aturdirnos para que ella no resuene, pero la verdad es que, como cuando Jesús entró en Jerusalén y le era reprochado a la gente que le aclamaba sus vítores, si callan las campanas gritarán hasta las piedras.

NOVA ET VETERA

Nova et vetera (14-07-2009)

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