GAMAZO RICO, Rufo - Callan las campanas

Callan las campanas

Los campanarios son mucho más que un adorno arquitectónico en las torres de los templos

Cambiaron las tornas -lo que no es infrecuente en la Historia- y a hombros de infieles, los sonoros bronces volvieron a su sitio. ¡Lástima de trabajos y penalidades de forzosos transportistas! Cabe suponer que aquel terrible genio de la guerra conocía el valor apologético de las campanas, y para el musulmán la predicación cristiana es absolutamente vitanda. No es el campanario un mero adorno arquitectónico en las airosas torres de los templos, puesto que las campanas son instrumentos al servicio del culto; por eso al ser instaladas, son objeto de litúrgica bendición, como recientemente madrileños y madrileñizados tuvimos ocasión de comprobar en la catedral de la Almudena; a las obras que llegaron a parecer interminables pusieron remate las soberbias campanas fundidas en Galicia y que han sido ponderadas en su perfecto sonido. Si la campana es para el pueblo cristiano lo que es, lo que siempre fue, resulta de justificación más que difícil el ucase municipal que reduce al silencio las campanas de la catedral malagueña. Sus toques no impedían el sueño en la noche, como hacen las juergas consumidoras de alcohol y productoras de inaguantables decibelios. Seguramente las buenas gentes malacitanas protestan más de los ruidosos alborotos callejeros que del templado sonar de las campanas catedralicias. Pero hoy resulta más cómodo atreverse con la Iglesia que corregir a los jóvenes. Como dice El Emérito, con esto de la alianza zapateril, a la Iglesia -que no parece incluida en el ajimójilis- le toca chupar rueda del preferido del Poder, que dogmáticamente se confiesa sin religión. Tal vez la autoridad de la catedral podría acogerse al agravio comparativo si observa que no se ponen pegas municipales a las llamadas a la oración desde lo alto de las mezquitas.

El silencio de las campanas es claro síntoma de la anémica situación a que han sido reducidos nuestros pueblos, por falta de oficios religiosos. Las campanas marcaron el horario, el ritmo, el sentido del vivir. Pocas cosas significan mejor que el repicar y el doblar de las campanas, la diferencia entre la alegría y el dolor. Por ello fue lógica la zumba en los mentideros madrileños cuando se conoció el caso que relato: el redactor-jefe de un diario recibió de la agencia oficial la noticia de la asistencia del jefe del Estado a un acto en el monasterio de El Escorial; puntualizaba que al llegar Su Excelencia doblaron las campanas; el periodista, buen profesional, llamó a la censura para advertir al jefe que las campanas repicaron, no tocaron a muerto. El censor replicó que la noticia había venido así de los servicios informativos de El Pardo, y así había que darla. Un prolífico y agudo ingenio de la Corte comentó: «El doblar que es toque serio, puede serlo de optimismo, si lo manda el Ministerio de Información y Turismo». En descargo del redactor de la noticia, cabe suponer que no había pasado por la academia de monaguillos. Todos los monagos distinguíamos el son de las campanas de la parroquia y del esquilón de la ermita, y conocíamos los distintos toques: a fuego, a muerto, a misa -primero, segundo y tercer toque-, a gloria... doblar, repicar, tintingloria... El toque de alzar sorprendía siempre; el arador amagaba parar un momento, mi abuela musitaba un «alabado sea» y echaba el tocino al puchero del cocido.

No hay quien toque las campanas con ritmo y son; desaparecieron los campaneros de vocación entre los que recuerdo, en primer lugar, a mi amigo y compañero del alma Waldo Santos, poeta y escritor que aprendió de su padre el arte de las campanas.

GAMAZO RICO, Rufo

La Nueva España (25-08-2010)

  • MÁLAGA: Campanas, campaneros y toques
  • SAN LORENZO DE EL ESCORIAL: Campanas, campaneros y toques
  • Ruido y denuncias: Bibliografía
  • Toques manuales de campanas: Bibliografía

     

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