NÚÑEZ MARQUÉS, Vicente - Las campanas de la Catedral

Las campanas de la Catedral


Lloran nuestra tristeza. Gozan en nuestras alegrías. Nos llevan a Dios. ¡Que triste es un pueblo sin campanas! Las campanas se alegran con nuestras alegrías, y lloran en nuestras tristezas. ¡Que sonido tan especial tienen en la quietud de la mañana, a la hora de la aurora, cuando solamente se oye algún tímido piar de las aves y el suave y constante murmullo del arroyuelo! ¡Que bien suenan cuando el sol está en su cenit, y el labrador recostado en un ribazo en compañía de su esposa a la sombra de un árbol descansa y yanta! ¡Que conmovedora es a la hora del Angelus vespertino cuando el astro rey ha tramontado y las sombras empiezan a invadir los campos! ¡Cómo hacen brincar de regocijo con sus volteos y repiques en las vísperas y días de las grandes fiestas¡ !Cómo parten el alma sus graves y pensados sonidos de clamores en la defunción de los nuestros!

Las campanas nos elevan a Dios. Cuentan que un día el feroz revolucionario Carrier dijo a un bretón: "Vamos a quitaros las campanas para que no adoren a Dios". A lo que el labriego replicó: "Pero no podéis quitarnos las campanas del cielo, las estrellas, que pregonan la gloria de Dios". Por esto los enemigos de nuestra religión, cuando están en el mundo, suprimen el toque de campanas. Con razón en la Glosa del Corpus Juris se lee en unos versos exámetros: vivo voco, martuos plango, fulgura frango.


En los tiempos antiguos paganos, para convocar al pueblo, se usaron matracas, trompetas y campanillas (tintinnabulas); pero no lo que se dice la campana. Ésta es eclesiástica. En el siglo V ya se agrandaron las esquilas, y se las da el nombre de Campanas; y los Ostiarios son los encargados de pulsar estos instrumentos. Además, están dentro del ámbito de los vasos sagrados, y tienen su bendición, a la que la Iglesia ha dado el nombre de Bautismo, y se las pone el nombre de un santo.

Los pináculos contemplan el descenso de la campana Y así, por ejemplo, la campana de la torre de nuestra Catedral, llamada vulgarmente de ánimas, porque con ella se tocaba todos los días a las 8 o 9 de la noche pidiendo sufragio, tiene esta inscripción: "Virgen del Espino, patrona Burgi oxomensis Sancta ... MDCCLXXIII. La hizo Petrus Menezo". La inscripción es en oro, y tiene impactos de bala, sin duda del tiempo de la guerra carlista. Otra, la de San Juan Bautista, otra la de Santa Bárbara; otra, de Stº Domingo. Los campanillos, uno, de Stª María; y los demás, de Jesús, María y José. Estas campanas de mi Catedral, tan emotivas para mi como para todos los burgenses, tienen épocas en que se prodigaron, y épocas, tan avaras de sus sonidos, que apenas nos dicen nada de las funciones capitulares, parece -no es así- como si se hicieran en clandestinidad.


En los Estatutos de D. Sebastián Pérez (8 de octubre de 1583) se dice: "Que según costumbre ya existen en esta Iglesia se deben tocar las campanas a todas las horas canónicas". Calcule el lector las veces que repicarían, teniendo en cuenta el gran número de fiestas que había entonces, amén de sus vísperas, procesiones, etc. En la "Historia del Obispado de Osma" por V. Núñez, pág. 139, se lee: "Esta misma Corporación (el Cabildo) por los años de 1640 decretó que el campanero, dé siete campanadas por la mañana y otras siete por la tarde al terminar los divinos oficios para que salgan los criados a acompañar a los capitulares y también habían de llevar esta compañía al ir a misa y horas". (Esto era en el siglo de nuestra decadencia, en el de la hinchazón, vanidad, etiquetas, faustos y exterioridades, en el de los mostachos, y marquesolas perillas-. Fue un siglo de una frivolidad general).

Muchos recordamos haber oído aquel toque de Prima con la campaña de San Pedro durante una hora, de siete y media a ocho y media de la mañana: toque que daba el 3 de julio de 1600 "porque así se hacía en todas las iglesias de España", dice el acuerdo. Y aquellos otros de tercia, misa, alzar a ver a Dios; el de medio día (no recuerdo si se tocaba también a tente nublo, de Cruz a Cruz); aquellos de la tarde, una hora antes de Coro -al que precedían, durante un cuarto de hora, aquellas campanadas lentas. esparcidas, con la de San Pedro-, a Vísperas, Completas, Maitines, Laudes...


¡Cuantas veces nos hemos parado en los paseos para rezar el Angelus, porque así nos lo indicaba la campana, al ponerse el sol! Y ¡cuantas veces -esto ya en casa y con nuestra familia- hemos rezado a las Ánimas, a las 8 o 9 de la noche, según fuera invierno o verano...! Recordaréis también aquellos repiques, que inundaban el alma de ternura, de la misa del Gallo en la Nochebuena; y de los Pastores, al romper el alba. Y los que tanto miedo nos daba a los niños, los del doblar funerario nocturno en los días de defunción de obispos y capitulares. Y aquel repique general todas las veces que se ausentaba el Obispo, renovado siempre que retornaba, previo el cohete-aviso disparado en el Alto de Soria, o de las minas, según de donde procediera.

¡Oh, campanas, cuanto habláis! Aquel que permanezca impresionado al oír vuestros toques; aquel que no sienta, aunque no sea más que un relámpago de la meditación de la muerte, en los funerales, y no perciba siquiera un aleteo de alegría en los de grandes fiestas, ese tiene el corazón de piedra, y acaso puede decirse con razón que ya está juzgado.

NÚÑEZ MARQUÉS, Vicente

"Hogar y Pueblo" (25-08-1951)
Reeditado en Arévacos nº 36 (2009)

  • BURGO DE OSMA - CIUDAD DE OSMA: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (epigrafía, descripción): Bibliografía

     

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