LLOP i BAYO, Francesc - La restauración de las campanas de las Catedrales de España

La restauración de las campanas de las Catedrales de España

Vamos a describir en esta comunicación el estado actual de las campanas de la mayor parte de las Catedrales de España. No se trata de hacer un inventario ni de describir los campanarios de uno en uno sino de plantear los grandes problemas relacionados con la conservación, la restauración y los usos de las campanas de nuestras iglesias mayores.

El campanario como instrumento musical

Consideramos los campanarios como un auténtico instrumento musical, formado por varios elementos: las campanas y sus accesorios, que determinan el timbre y la sonoridad, como yugos y badajos. Forma parte importante del instrumento la propia torre: la ubicación de las campanas en la sala, los elementos arquitectónicos que aumentan (o disminuyen) la sonoridad del conjunto, la altura del edificio con relación al entorno. Campanas, accesorios y torres no son los únicos componentes del instrumento; los toques marcan las posibilidades musicales del conjunto. El toque no sólo tiene elementos formales, musicales y estéticos; es sobre todo un objeto de comunicación. No se entiende en España un toque vacío de signifi-cado como una interpretación de carillón, cuyo interés es la propia melodía. Un toque, siempre, significa algo. Y casi nunca está basado en la melodía, sino en el ritmo.

No hay campanas “desafinadas”, ni torres buenas o malas - hay conjuntos que co-munican (o comunicaban) información vital para la organización social de la comunidad. Los toques no sólo llamaban a misa: marcaban, con el Angelus, las partes de la jornada; anun-ciaban la clase del día siguiente; indicaban, con los diversos toques de difuntos, la edad, el sexo, la ubicación espacial, la clase social de los difuntos; marcaban espacios sagrados o profanos, lugares de tragedias e incendios o de fiestas y procesiones. Sin olvidar la función protectora de las campanas y su sonido, que defienden la comunidad por ser objetos ben-decidos, sagrados.

Los campaneros tradicionales

Los instrumentos tradicionales estaban formados por las campanas, las instalaciones y los toques. Este conjunto interrelacionado era puesto en valor por los campaneros, técni-cos pagados por la comunidad, que transmitían mensajes según unos códigos muy estric-tos, según unas reglas escritas. Los campaneros cobraban por cada uno de sus toques, a veces en especie (la casa, por ejemplo) o en dinero. En las grandes iglesias (catedrales, parroquias de ciudad) eran profesionales que vivían sólo de tocar las campanas, aunque algunos tenían otros oficios como sastre o zapatero. En los pueblos también eran sacrista-nes, igualmente pagados que tenían otros oficios para poder vivir.

Los campaneros tradicionales, como los periodistas actuales, podían revolucionar la comunidad. Pero no utilizaban ese dominio, sino que tenían un gran autocontrol para no “tocar mal”, para no “tocar a destiempo”, para no asustar a nadie. Buscaban una armonía, no siempre fácil, entre la comunicación y la creación artística. No modificaban mucho los toques para no confundir a los vecinos, pero hacían variaciones para no aburrir ni aburrirse.

Las electrificaciones de los años sesenta

Diversos factores se aliaron en los años sesenta en contra de los campaneros. El Concilio Ecuménico II propuso la simplificación de la liturgia de la Iglesia Católica. Hasta entonces, en muchas catedrales y parroquias se hacía el rezo del coro tres o cuatro veces durante la jornada, y cada oración tenía un toque diferente según la “clase” del día. Tras el Concilio, las clases quedaron reducidas a tres o cuatro, y el rezo en comunidad desapareció en muchos lugares. En muchas Catedrales limitaron a un solo coro diario o incluso semanal. En consecuencia cada vez eran menos necesarios los toques.

También fue la época del desarrollo: se creía que para ser europeos hacía falta re-nunciar a las tradiciones, que no suponían más que una pérdida de tiempo y de esfuerzo. “En Europa – decían – son modernos porque han acabado con las costumbres antiguas” Aparecieron los motores continuos (“los motores de lavadora”) que eran la mejor imagen del progreso: “Ya no es preciso subir a tocar las campanas, éstas tocan solas”.

La vida subía y los campaneros pedían lógicamente aumento de sueldo. Pero su tra-bajo, cada vez más inútil, estaba desprestigiado. Un campanero era siempre “caro” mientras que un motor era “barato” aunque costase cien veces más, porque decían que “era para siempre”. Se omitía la necesidad de conservación y se olvidaba que el responsable del man-tenimiento diario era el campanero. Con su desaparición creció el mal estado de las instala-ciones y aumentó su degradación.

Los motores decretaron la pena de muerte para las diferencias locales de los toques tradicionales. Las empresas de campanas, desde una situación de prestigio y de autosufi-ciencia, jamás preguntaban cuál era la tradición ni cómo se tocaba en cada lugar. Sus me-canismos, ya antiguos en ese momento, no se podían adaptar a las necesidades de los clientes. Las campanas volteaban a velocidad constante, siempre en el mismo sentido, sin diferenciar fiestas ni toques de difuntos. Desaparecieron los “repiques”, toques acelerados y rítmicos de varias campanas, y los toques de muerto, casi siempre rápidos. Y se perdieron, sobre todo, los toques manuales: las nuevas instalaciones sólo podían funcionar de manera automática, sustituyendo para siempre a los pobres campaneros.

Frente a la creación y la diferencia, los motores anunciaban la repetición, la monoto-nía y el final de todas las tradiciones. Había otra consecuencia aún peor: las nuevas instala-ciones, mal calculadas, rompían badajos, campanas, torres... Era el precio del progreso mal entendido que causó la desaparición, hasta los primeros años noventa, de importantes campanas e instalaciones históricas.

Las campanas de las Catedrales de España

El fenómeno de la electrificación de las campanas se hizo más patente en las Cate-drales. El encarecimiento de la mano de obra, la disminución de las actividades litúrgicas, la falta de medios, y un cierto desapego a las tradiciones, motivaron un casi absoluto abando-no de las campanas de las Catedrales.

Las actuaciones en las Catedrales tuvieron un doble resultado negativo para el ins-trumento tradicional. Las limitaciones económicas y la falta de criterio supusieron la electrifi-cación de las campanas en la práctica totalidad de los templos sin tener en cuenta las ca-racterísticas tradicionales del conjunto. Ponían martillos para campanas que volteaban, o volteaban campanas que habían permanecido secularmente fijas.

Las empresas, limitadas por su escaso nivel tecnológico, marcaron los “nuevos to-ques", mucho más sencillos y adaptados a una nueva realidad que ellos mismos inventa-ban. Los toques se perdieron porque desaparecieron los especialistas y porque se limitaban las necesidades de comunicación. Ahora quedaban reducidos a los toques “necesarios”, de aviso, cuando antes, la mayor parte, regulaban el ritmo diario y anual, basado en los ciclos litúrgicos.

Las empresas, ignorantes voluntarias de toda tradición, se atrevieron a proponer “maneras científicas de tocar, menos violentas y más armónicas”. Es dramático el caso de ciertas empresas catalanas formadas en Alemania, que modificaron las instalaciones histó-ricas, llegando a fundir o a reafinar campanas antiguas, ofreciendo sus trabajos como la culminación de la música y de la civilización. Creían que la ignorancia de los últimos siglos, debida a las limitaciones técnicas, se había resuelto gracias a sus actuaciones.

La falta de proyecto de las electrificaciones

Lo más destacado de estas instalaciones es la ausencia de “proyecto”, entendiendo como tal algo imprescindible en otros campos de la restauración. Un proyecto es un plan general de actuación, un respeto de los valores existentes, una documentación del estado anterior así como de las actuaciones y del estado final. Una restauración supone unas ac-tuaciones lo más reversibles que se pueda o unas decisiones debidamente justificadas. Es importante una distinción entre el proyecto y la ejecución de la obra.

Por el contrario la manera usual de actuación sobre un conjunto de campanas se ba-sa en la selección de la oferta más económica entre las presentadas por varias empresas, ofreciendo cada uno lo que mejor le parece, de acuerdo con sus posibilidades técnicas y los productos que representa o produce y puede instalar.

Esta ausencia de proyecto va acompañada de una carencia mayor: la falta absoluta de control externo de las actuaciones. La misma empresa que instala, que suele ser la que ofreció la propuesta más económica, se convierte en la “garantía” de la actuación. Por su-puesto, no se documenta nada, ni antes ni durante ni después. Se recurre a menudo a sub-contratas ilegales o a generosos colaboradores de la iglesia que ofrecen su trabajo gratui-tamente por amor al templo para abaratar los costes, y no hay ningún tipo de autorización administrativa. Se carece de licencia municipal, no hay inspección de Industria (a pesar de tratarse de una instalación trifásica, generalmente de 380 V, expuesta al aire libre y con pe-sados objetos en movimiento). Y, desde luego, no hay ninguna autorización, seguimiento ni control por parte de los organismos competentes en Cultura. A menudo, ni siquiera los pro-pios órganos de la Curia Eclesial, obligados por el Derecho Canónico a conocer las inter-venciones en los templos, están informados de la actuación.

El resultado, como es de prever, es desastroso y con efectos irremediablemente des-tructivos sobre el patrimonio. Como si se dejara en manos de los constructores, y sobre to-do del que ofrece el presupuesto más barato, la reparación de las cubiertas o la modifica-ción de los monumentos eclesiales.

Los nuevos grupos de campaneros

A finales de los ochenta crece un movimiento cada vez mayor: los nuevos grupos de campaneros. No son profesionales pagados, sino de otro tipo de gente: historiadores, an-tropólogos, arqueólogos, amigos de las tradiciones, o simplemente personas que descubren el placer de tocar las campanas. Los nuevos campaneros reflexionan sobre su trabajo, in-vestigan, publican postales, libros y discos, hacen congresos.

Hay dos grandes movimientos en España: en Catalunya y en Castilla, donde aún quedan campaneros tradicionales, los encuentros sirven para compartir conocimientos, para hacer pequeños concursos donde los ancianos enseñan a los jóvenes.

En València, sin embargo, con casi el 80% de las campanas electrificadas, los nue-vos campaneros quieren volver a tocar las campanas, restaurando las instalaciones, quitan-do los motores, reponiendo los yugos de madera, recuperando los toques antiguos.

Como es natural, el fenómeno se desarrolla a partir de las catedrales: Segorbe y València, con sendos grupos de campaneros, crean una asociación en 1989, el Gremi de Campaners Valencians, del que forman parte hoy cerca de doscientos socios, que investiga, toca y restaura campanas y ofrece una información constante en Internet.

Este fenómeno urbano se extiende poco a poco a los pueblos, y ya hay cerca de veinte grupos en toda la Comunitat Valenciana que tocan manualmente las campanas.

Inventarios de las campanas de las catedrales

Desde 1988 el fenómeno de los nuevos campaneros tuvo importantes repercusiones administrativas. El Ministerio de Cultura primero y luego algunos Gobiernos Regionales, como la Generalitat Valenciana encargaron los inventarios de las campanas, que reúnen no solo epigrafía o decoraciones sino, sobre todo, estado de conservación, instalaciones e in-cluso toques. El Gremi de Campaners Valencians ha realizado el inventario de cincuenta catedrales de España, que incluyen aproximadamente 2/3 del total. En la primera fase se recogieron las informaciones de 25 catedrales de la Corona de Aragón (Aragón, Balears, Catalunya, València). En una segunda fase se inventariaron 25 catedrales más, del tercio central de la península: Castilla La Mancha, Euskadi, Navarra y la parte oriental de Andalu-cía y Castilla y León. Está pendiente de realizar la tercera fase.

Los trabajos no sólo incluyeron el estudio de las campanas y sus instalaciones sino la propuesta, en todos los casos, de una restauración que permitiese recuperar los valores de cada uno de los conjuntos. Estos inventarios fueron entregados por cuadruplicado: al Cabildo titular de la Catedral; al Ministerio de Cultura, que había encargado el trabajo; a la Comunidad Autónoma correspondiente y al Ayuntamiento de la ciudad de la catedral. Estos inventarios e informes se pueden consultar en Internet, con toda la información gráfica y documental, en las direcciones indicadas al final de esta comunicación.

La restauración de las campanas y sus toques

A partir de los inventarios y de varios congresos y encuentros nace la necesidad de un concepto nuevo de restauración. Si el instrumento es el conjunto (campanas, instalacio-nes y toques) se trata de hacer un proyecto de restauración que incluya la conservación o la reposición de las instalaciones tradicionales y la posibilidad de reproducción de los toques antiguos sin que los mecanismos impidan los toques manuales. En consecuencia una insta-lación debe

Restauraciones en la Comunidad Valenciana

El caso de la Catedral de València es significativo. Hay once campanas, desde 1305 hasta 1735, con partituras medievales y barrocas para tocarlas. En 1968 sustituyen al último campanero por motores para seis campanas: dos grandes, dos medianas y dos pequeñas (aunque tradicionalmente volteaban solo las cinco grandes o las seis pequeñas, pero no juntas). A partir de 1988 se desconectan los motores, y con la nueva mecanización sólo queda una campana eléctrica para los toques diarios. Los ciento cincuenta toques festivos son tocados a mano, por un grupo de cinco a dieciocho campaneros voluntarios. Además se recuperan toques perdidos como el Angelus tres veces al día o el toque de cerrar las mura-llas. Toques “inútiles”, pero llenos de significado cultural. En 1992 se llevan seis campanas góticas a la Expo de Sevilla, con la idea de transmitir una música ya viva en el siglo XV. A partir de ese momento, los campaneros ya no son unos obreros que tiran de la cuerda, sino unos artistas que hacen conciertos.

El fenómeno se repite, en cada sitio a su manera. Por ejemplo, en Massanassa, un pequeño pueblo cerca de València, vuelven a poner los yugos de madera y nuevos motores de impulsos, pero dejan la campana mayor sin motor, para tocarla exclusivamente a mano. Con estas restauraciones aparece el nuevo campanero y los nuevos motores. Los meca-nismos no sustituyen a los campaneros: son auxiliares para los toques repetitivos.

En la actualidad se han restaurado unas 35 o 40 instalaciones, reponiendo los yugos de madera, soldando campanas históricas o fundiendo otras nuevas, instalando motores de impulsos y nuevos ordenadores. Incluso hay nuevas actuaciones, como la Basílica de Sant Pasqual de Vila-real, que se dotan con yugos de madera para mantener una sonoridad, una seguridad y una estética tradicionales. Pero las instalaciones en nuevas iglesias, libres de la carga del monumento, son también lugar de experimentación sonora con carillones, campanas oscilantes…

Nuevas restauraciones de campanas: la Catedral de Sevilla

Como consecuencia de estos cambios se ha desarrollado un importante mercado en España. Hace diez años nadie hacia un yugo de madera, las campanas sólo se fundían por peso y los motores no reproducían los toques tradicionales. Ahora hay nuevos motores, ordenadores, y una demanda importante de instalaciones tradicionales, más caras pero de mayor calidad sonora y de más fiel respeto histórico. Los actuales motores reproducen los toques tradicionales con una gran fidelidad: la campana voltea hacia un lado, luego hacia el otro a velocidad controlada y creciente girando hasta detenerse ella sola antes de invertirse, como si voltease mediante una cuerda y el esfuerzo manual de un campanero.

Hace pocos meses hemos dirigido la restauración de la Giralda de Sevilla. Hay vein-ticuatro campanas, de las que seis son fijas y dieciocho de volteo, más la de las horas y la matraca, también restauradas. Por primera vez en una catedral española se ha hecho un proyecto musical, analizando la sonoridad de las campanas, reponiendo los yugos de made-ra y motores de impulsos, soldando campanas rotas, rellenando campanas desgastadas y haciendo seis nuevas, afinadas de acorde con sus compañeras de torre. De todo el proceso lo más noticioso, para la prensa, ha sido que las campanas de la Giralda pueden volver a tocar manualmente, y que los motores son un auxiliar, pero no un sustituto del campanero.

Normalizar las restauraciones de campanas

Los inventarios de las campanas de las Catedrales demuestran que casi todos los conjuntos se encuentran mal conservados, parcialmente electrificados y en grave proceso de degradación. Las electrificaciones, casi siempre incompletas, se realizan sin proyecto y están limitadas por la escasez de recursos.

Los nuevos procesos de restauración de campanas están basados en el respeto a la tradición y en la posibilidad de reproducir manual o mecánicamente los toques tradicionales, tan diferentes de una población a otra. Si las restauraciones eran impensables hace diez años, ahora se están convirtiendo en España en un fenómeno importante tanto cultural co-mo económicamente. Las actuaciones van precedidas de inventarios y acompañadas de un mayor respeto hacia las campanas, las instalaciones y los toques históricos, permitiendo los “conciertos” o toques manuales.

Las últimas actuaciones, de las que Sevilla puede ser un modelo paradigmático, se-paran el proyecto de las ofertas económicas. Documentan las actuaciones y proponen di-versas alternativas, de acuerdo con la tradición y con las necesidades actuales de los Cabil-dos. Y aumentan las posibilidades sonoras del instrumento, convirtiéndolo no sólo en una máquina de hacer ruido para llamar, sino en un conjunto musical, basado en ciertas mane-ras históricas y diferenciadas de construir comunidad con los toques de campanas.

Estas restauraciones demuestran la importancia de las acciones concebidas como un todo, con una gran repercusión social. Las campanas, sus instalaciones y sus toques forman parte de un mismo instrumento y deben ser tratadas igual que cualquier otro ele-mento patrimonial. La documentación previa y posterior, la reversibilidad, el respeto a la integridad del instrumento, usuales en otras restauraciones, deben ser aplicadas aquí de forma natural. Los Cabildos titulares de las Catedrales, las Administraciones responsables del Patrimonio y la propia sociedad civil deben exigir actuaciones globales y serias, que pongan en valor un patrimonio secular, que aún podemos recuperar.

LLOP i BAYO, Francesc (01-11-1999)

  • SEVILLA: Campanas, campaneros y toques
  • Restauración de campanas: Bibliografía
  • Francesc LLOP i BAYO: bibliografia

     

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