Arte efímero del que no se expone

Voltejant les campanes per l'inaguració de l'exposició
Voltejant les campanes per l'inaguració de l'exposició "La Glòria del Barroc"

Las ciudades despiertan todos los días inundadas de sonidos que envuelven a los vecinos durante la jornada. Estos sonidos definen el carácter de la ciudad y, por consiguiente, de las personas.

València es una ciudad repleta de esos sonidos diariamente, los laborables y los festivos, los días fríos y los calurosos.

Cuando València despierta su corazón vuelve a latir después del silencio en que ha permanecido durante ocho horas, el latido para de noche, pero al menos renace al amanecer. Con esa vuelta a la vida, las calles, avenidas y plazas no permanecen silenciosas.

Pero esta mañana es diferente. El centro histórico se llena de un sonido conocido, pero a su vez renovado, mejorado y complicado de volver a escuchar pronto. El sonido de las campanas está presente en nuestra ciudad, pero esta mañana es algo diferente.

Tres de las torres que gobiernan los alrededores de la catedral son protagonistas indiscutibles del paisaje sonoro matutino.

Casi una veintena de campaneros de la ciudad se han repartido por un día en estos tres campanarios.

Y regalan a la ciudad un maravilloso concierto, una audición de los instrumentos que nos acompañan día a día. Los acordes de campanas históricas con otras más nuevas han sobrevolado nuestro cielo, dando como resultado una de las expresiones comunitarias del más alto nivel.

Desde las alturas donde permanecen estos instrumentos se ha propagado un claro mensaje. Una gran muestra de arte daba comienzo. Pero otra faceta artística, más bien artesanal y tradicional estaba aconteciendo.

Las manos de estos campaneros y campanera ejecutan la música colectiva que sólo se puede disfrutar de ella en el justo momento de su creación, en el justo momento en que esas manos dan impulso a los cientos de kilos de bronce que coronan las torres.

Pocas veces los mismos campaneros tienen la oportunidad de poder admirar, presenciar y escuchar a sus propios compañeros. Es emocionante y reconfortante poder comprobar de primera mano, en este caso, oído, lo que con pasión y dedicación realizan estos músicos campaneros de las alturas. Saber cómo es desde fuera. Y compenetrarse aún en la distancia. Qué sublime poder escucharse unos a otros.

El gélido viento ha transportado estos sonidos de torre a torre y los ha ofrecido a todo aquel que recorría la ciudad, haciéndole partícipe. Porque de nada sirve hablar si nadie escucha.

Qué precioso es admirar el arte que permanece entre nosotros a pesar de los infortunios de la historia. Pero que grande es poder contemplar y escuchar tal manifestación cultural, comunitaria y viva que define nuestra ciudad y a nosotros mismos. Nuestra ciudad está viva, tanto como sus campanas.

Qué honor conocer esta peculiaridad y poder participar de ella, ofreciéndola a la ciudad entera.

Qué gran ciudad, que grandes campanas y qué grandes campaneros y campanera.

MARTÍNEZ ROIG, Eliseo (15-12-2009)
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    Última modificació: 24-10-2014
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