SUDUPE, Joaquín - ¿Por qué tocamos la campana en la ermita de San Martín tal día como hoy?

¿Por qué tocamos la campana en la ermita de San Martín tal día como hoy?

Juan Bautista Mendizabal ha descubierto que el origen es un desastre climatológico ocurrido en el año 1555

Torre de la ermita de San Martín.
Torre de la ermita de San Martín.

Muchos azkoitiarras se acercarán hoy a la ermita de San Martín, acompañados por el sonido de su campana, cumpliendo una tradición que se perdía en el tiempo. Hasta la fecha, de hecho, nadie sabía cuál era su origen ni desde cuándo estaba instaurada esta costumbre en la villa. Pero los trabajos de investigación de Juan Bautista Menidazabal, cronista oficial de Azkoitia, han conseguido descubrir el por qué de esta tradición. Tras dar con el documento que aclara las razones por las que el tañer de la campana dura todo el día, así lo cuenta:
Finalizaba la primavera y entraba ya el verano, era un 18 de junio del año 1555 y en los campos de Azkoitia avanzaba la cosecha. Nada hacía presagiar la tragedia que se avecinaba. Y de repente el cielo se oscureció hacia Elosua. Las ráfagas de viento, cada vez más violentas, comenzaban a acompañar a unas nubes que en poco tiempo descargaron un devastador pedrisco.
Todo aconteció de forma rápida en esas laderas próximas y destruyó totalmente los caseríos «Urrisarri, los tres Otolas, los dos Esaube, los dos Eguizabal, Madalzaeta, Zelaeder, Goenaga, Aistarri, Cortaberri, Cortacho, Malmadi, Urraselus, Zabaleta de Eguino, Zabaleta de Irizar, los dos Ubeguieta, Urrategui, los dos Olaran, Azalgorreaga, Ziorraga, Coroategui, Errasti» y otras muchas casas sufrieron considerables daños. Sus ocupantes según declararon, además quedaron «sin pan ni manzanas», entonces componentes importantes de su sustento.
Dada la gravedad de la situación, al día siguiente se reunieron en el Ayuntamiento, el alcalde Juan Saiz de Aramburu, los fieles síndicos Domingo de Irizar y Martín Martínez de Urrategui, los regidores Pedro de Oyararte, Sebastián Martínez de Aiztarri, Juan Miguélez de Ipinza y Pero Miguélez de Urrategui, el jurado Pedro de Arteaga y el escribano Domingo de Otaola. Se trataba de examinar lo ocurrido y averiguar las causas de semejantes penalidades.

«Por nuestros pecados»

Desde la mentalidad imperante del momento, con una religiosidad basada en el temor a Dios, no dudaron en juzgar la desgracia como una muestra «que Dios había permitido por nuestros pecados» y como una llamada que nos hacía para una mayor práctica de la oración.
De esta forma también, analizaron la conducta que ejercieron los eclesiásticos encargados de realizar en la Parroquia, los conjuros para prevenir semejantes temporales. Constataron que las campanas se tañeron, aunque el sacristán Tomás de Ubayar las tocó demasiado tarde, y asimismo comprobaron que los sacerdotes no salieron de la Parroquia a realizar las debidas oraciones con la solemnidad requerida.
A pesar de ello se mostraron comprensivos con los responsables parroquiales, «ya que hicieron lo que pudieron», considerando que desde la puerta de la Parroquia no se alcanzaba a divisar toda la jurisdicción.

Protocolo de actuación

Por esta razón, el Ayuntamiento acordó poner en marcha desde ese mismo año un nuevo protocolo de actuación para casos semejantes. Primeramente eligieron «la ermita del Señor San Martín», lugar que ellos estimaron más idóneo que la Parroquia, para ejecutar los conjuros, porque desde allí se avistaba todo el término.
Para ello resolvieron que en la citada ermita residiera un sacerdote de día y de noche, desde primeros de mayo hasta finales de julio anualmente. Esto nos indica el miedo que existía a las posibles pérdidas de las cosechas en plena temporada, y la dependencia económica que tenían en función de la propia climatología.
El sacerdote nombrado fue Hernando de Zabaleta, y se obligó a celebrar misa diaria y a ofrecer las oraciones, hubiera o no nubes sospechosas y en este caso, obviamente se tocaría la campana. También se le dio licencia para pedir limosna con un bacín, recipiente especial para dichas peticiones, «en todo tiempo del mundo».
El Regimiento además consideró pedir ayuda económica al comendador Zuazola de Floreaga, para el pago de los dos reales de estipendio de cada misa y el subsiguiente pago del resto por parte del pueblo.
Se instauró una manda o promesa para celebrar el primer día de cada año y se solicitó del clero parroquial y especialmente a Francisco de Lapazaran, abad de Mártires, «pues de aquella casa se ve toda la jurisdicción», que cuando observasen nubes sospechosas «para caer piedra» o escucharan la campana de San Martín iniciaran los rituales correspondientes.
El vicario Domingo de Larrume y el resto de los sacerdotes dieron su conformidad a lo dispuesto y prometieron cumplir su cometido con diligencia
El Ayuntamiento, queriendo ir más lejos todavía, extendió su resolución al resto de las basílicas o ermitas y decidió obligar a las freiras o seroras a que cuando oyeran la campana de San Martín, tocaran las de sus respectivas iglesias, durante «el tiempo en que la dicha campana tañera».
Sucedió así, que a partir de aquel fatídico pedrisco que asoló Azkoitia, particularmente en Etxaustamendi y Urrategi hace 454 años, y de estos acuerdos que se concertaron, San Martín ha sido desde entonces, testigo de estas ceremonias de «conjuros de nubes. Y aunque sus fórmulas, fueron evolucionando y casi desapareciendo en el transcurso de los siglos, ahora cuando tocamos la campana de su torre y celebramos la misa en su capilla, el propio día de San Martín, rememoramos de alguna forma una parte de aquellos ancestrales ritos, ciertamente mágicos, para implorar al cielo nuestra protección contra el mal tiempo.


SUDUPE, Joaquín

Diario Vasco (11-11-2009)
  • AZKOITIA: Campanas, campaneros y toques
  • Tormentas y campanas: Bibliografía

     

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