MUÑOZ, Paco - Personajes de Córdoba (16), Manolo Soriano el Campanero de la Mezquita

Personajes de Córdoba (16), Manolo Soriano el Campanero de la Mezquita

“Campanero dime, /dime campanero / dime por favor: / ¿Cuál de tus doce campanas, / dime, campanero, repica mejor?…”

Torre de la Mezquita
Torre de la Mezquita

Siempre que escuchaba a mi madre, en casa, cantar el villancico de Ramón Medina “Campanas de la Mezquita”, me imaginaba que el autor se refería a Manolo Soriano, el campanero de la torre. Al padre de Manolín, Rosi y Gabriel, y marido de Elena Muñoz Gil. Recuerdo a Elena como una mujer cariñosa, entrañable, siempre amable, de la que algunos lectores se podrán acordar también, pues estaba -no todas las veces-, en la pequeña habitación de acceso a la torre, controlando la entrada. Eran pues, habitantes de la torre de la mezquita, de la catedral o como la quieran llamar. De la torre cristiana, que oprime hace ocho siglos el minarete árabe. En el fondo la fusión de, dos civilizaciones, dos culturas, dos torres, en una.

A Manolo Soriano fue al que, lamentablemente, le tocó poner punto final a una saga familiar de campaneros de cuatro generaciones. El primero está datado como Soriano el albañil que trabajaba en la Catedral y se encargaba de las campanas. Después el abuelo de Manolo, que parece ser el que se subió a San Rafael a ponerle una luz, en el ánimo de que sirviera de guía, en su época, para los labradores que venían a la ciudad, su padre Pepe “El rubio”, que también parece hizo la misma hazaña de subir a San Rafael y por último él.

El oficio de campanero, con sueldo de miseria, conllevaba vivienda incorporada. Vivienda… es un decir, eran unos espacios habilitados, ciento y pico de escalones arriba del nivel de calle, a la que se entraba por el llamado postiguillo, puerta de acceso a la vivienda una vez se cerraban las del Patio de los Naranjos. Es increíble el número de personas que vivían en esas “habitaciones”. Por poner un ejemplo la familia de Manolo el Campanero, tenía un dormitorio que era, en su vertiente este, no más alto de un metro, le daba luz una ventana de esa altura, que era similar a la del techo. Allí también vivían Ana y Paco con sus hijos, que eran cuatro. Cecilia y su madre, pues su hermana no lo hacía habitualmente. Y como no, la mencionada familia Soriano Muñoz. Vivir allí era tan complicado que, cuando la abuela no pudo ya subir, por la edad y las piernas, le permitieron vivir en una buhardilla, a la altura de un primer piso, que luego habitó Trini -su hija-, y Santiago, con sus tres hijos, y donde tenía su taller de platero. Ésta buhardilla estaba ubicada en el techo de la galería, donde ahora están las taquillas. Casi al final de esa galería, cerca de la Puerta del Caño Gordo, estaba también la Administración que regía el Beneficiado D. Gonzalo, prototipo de cura “sui generis”, que acostumbraba a pasear por el patio con su misal y gafas de cerca, que bajaba de vez en cuando, disimuladamente, para ver por encima de ellas, lo que se pudiera ver, de las cortas faldas y amplios escotes, del incipiente turismo femenino. Pero eso es otro cantar y requeriría un apartado especial.

Manolo reparaba las campanas y conocía -heredado de su padre y este del suyo-, los códigos de los diferentes toques. Existía un “Libro de Toques”. Mantenía también el reloj. En Semana Santa, junto con algunos voluntarios tocaban la matraca, que era eso una matraca. Subido en un balconcillo metálico, dándole a una manivela que hacia girar un tambor en forma de triángulo hueco, con unos martillos que golpeaban en su caída, en cada vuelta, sus correspondientes discos compañeros de hierro.

Dentro de la torre, cerca de las viviendas, existía un cuarto que se llamaba “de las cuerdas”, al que llegaban multitud de ellas para que se pudieran tocar las campanas desde allí, y no hubiera de subir de noche al cuerpo de campanas. El repique era distinto, ese había que hacerlo in situ, pues requería el volteo de dos campanas y el toque de una gorda. El volteo una vez conseguida la inercia, era mantener el impulso, pero que requería de destreza y algo de fuerza, y un claro dominio del espacio, porque se situaban entre la pared y el recorrido de esos monstruos de bronce, con aleaciones especiales en su fundición, para conseguir el sonido característico. Daba miedo ver al campanero subirse para conseguir el primer impulso que como hemos dicho, luego requería el mantenimiento de la inercia. Normalmente volteaban hacia adentro, y cuando paraba ella sola volvía a su posición original, no sin antes dar desacompasados toques, amortiguando el movimiento pendular, hasta parar definitivamente.

El cuerpo de campanas o campanario, tenía cuatro campanas gordas, una en el centro de cada cara, y dos de repique en cada cara también. Cuatro gordas y ocho de repique, en total doce, más la del campanillo y las dos del reloj. Cada una tenía su nombre: La Esquila; Santísimo Sacramento; la Asunción; La Purísima; San Zoilo; San Antonio; Santa Victoria; la del Alba; Santa María de la Paz; San Pedro; San Rafael y la Mayor Santa María. El Campanillo, que estaba muy deteriorado, no se tocaba entonces, tenía 44 cm. de diámetro, y una inscripción fechada en 1605, que decía: “Ave María Gratia Plena, 1605, Ortus Concvsvs Soror Mea Sponsa”.
Disposición de las campanas

Disposición de las campañas en planta

Las del reloj eran dos, la pequeña de los cuartos y la gorda de las horas. Una campanada pequeña daba el cuarto, dos la media, tres el menos cuarto y cuatro las horas, seguida del número de campanadas correspondiente a la hora.
Reloj de la torre.

Reloj de la torre.

A posteriori, hace pocos años, después de una reparación, me parece que han incorporado dos más, las llamadas Pío X y Santa Rafaela María. A los chavales, nos generaba una atención morbosa saber que los enormes badajos de las campanas, estaban sujetos a las mismas con un material que era pene de toro, protegida por cuerdas que permitían su movimiento omnidireccional. Ese material cuando se secaba era como el mejor acero. Lo mirabas con extrañeza, por lo largo y el color momificado que tenía. Claro la elaboración debería hacerse cuando eran maleables, es decir, recién traídas del Matadero -¿Y eso tan raro es una “picha” de toro? -nos preguntábamos todos.

Manolo, para sacar adelante a su familia -como ya hemos dicho con un sueldo de miseria-, tuvo que colocarse en la Electro-Mecánicas, la gran fábrica de esta ciudad, en aquellos tiempos, a la que acudía a trabajar en su bicicleta, que luego subía a la torre cuando terminaba su turno. Trabajo que compaginaba, con la ayuda de los suyos, con la responsabilidad de las campanas. No sin antes, parar en el lugar obligado de cita de los parroquianos de la zona, la Taberna de la Mezquita de Rafael Criado.

La vida, como siempre, haciendo honor a sus leyes inexorables, se llevó a Manolo teóricamente joven, a la edad 70 de años, había tenido muchas pulmonías que no se había curado bien y le pasó la factura al final.
Manolo con cincuenta años

Manolo con cincuenta años
Manolo con cincuenta años

La buena de Elena, su esposa, le sobrevivió todavía unos años. Desde entonces la saga familiar de los Soriano, Campaneros de la torre de la mezquita, llegó a su fin. La mecanización y electrificación, han sustituido en nuestro tiempo la presencia humana, y a su vez, han contribuido a dejar la torre de la mezquita, inmersa en una enorme soledad, de la que nunca se podrá recuperar.

Ahora pasados los años, con una inevitable y crónica soledad en la torre, el viento, cuando discurre a través del cuerpo de campanas, acariciando éstas, parece decir…

“Campanero dime, / dime campanero / dime por favor: / ¿Cuál de tus doce campanas, / dime, campanero, repica mejor?…”


MUÑOZ, Paco

Calleja de las Flores (26-06-2009)
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  • Campaneros: Bibliografía

     

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