CARDONA, Vicent - Ayer, hoy y las campanas

Ayer, hoy y las campanas

Como un símbolo vivo

Y de esto hace ya más de treinta años.
Muchos de los que hoy andamos por la vereda de los cuarenta, esperábamos, entonces, el momento.
– TÚ empezarás por la pequeña.
– Es el camino de los novatos.
Por la pequeña, por la que quisieran, pero que le dejaran voltear.
El novato sentía cierto cosquilleo. Un cosquilleo hecho cóctel: emoción, alegría y... allá en el fondo, su brote de nerviosismo.
¿Años? Doce. O diez. O...
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Y de esto hace ya más de treinta años.
Muchos de los que dejamos atrás la andadura de los treinta, lo habremos recordado hace unos días.
Voltear las campanas era una de las metas de los chicos. ¿Una meta? Era más. Era un privilegio, un honor. Multitud de candidatos. Y, como en la parábola de Jesucristo, pocos los escogidos.
Yo recuerdo que entonces... Sí, la categoría de un chaval, la medida que le distinguía sobre otros, se la daba su pericia en el volteo. Era algo así como sus horas de vuelo, las horas de vuelo de las campanas merced a su esfuerzo.
– ¿La de Santa Bárbara? Quita de ahí. Ayer ayudé a la de San Vicente. Que lo diga el tío Julián.
Escepticismo.
– ¿Este ayudó a eso?
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Voltear las campanas era un arte. Un arte – aunque parezca increíble – que reflejaba el carácter de quien manipulaba la cuerda con habilidad.
Los había serios. Los había jocosos. Y en el escenario sin pÚblico de aquellos conciertos, cada cual representaba fielmente – fielmente a sí mismo – su cometido. Los primeros se entregaban en cuerpo y alma, volcaban sin reserva su energía dotada al momento de una solemnidad casi wagneriana. Las campanas, a su impulso, giraban vertiginosas. El badajo, a veces, fallaba la repetición de la campanada por la endiablada velocidad de su rotación. Nada había que pudiera distraer al aficionado campanero. Cumplido el rito del volteo, por el espacio aÚn los ecos de contagioso gozo de aquellos bronces, se recreaba en el resultado de su esfuerzo, iniciaba un breve comentario o bebía un silencio saturado de satisfacción.
Para los otros – y yo recuerdo entre otros a Visantín el del Estanc, a JesÚs el Campaner y al «Roig» Esteve – la misión de anunciar con las campanas un día de gran fiesta, el hecho de hacer realidad ese acto que los programas señalan diciendo «a las doce, volteo general de campanas y disparo de morteretes», suponía también una entrega total, solemne, pero con una solemnidad «sui géneris». Tiraban de las cuerdas, dominaban totalmente el volteo, lanzaban el mensaje sonoro del fundido metal... Pero su carácter humorístico, inquieto, regocijante, les llevaba a acompañar su actividad con guiños cómicos a sus amigos y con piruetas festivas que causaban la hilaridad de los presentes.
Lo mismo unos que otros – no puede dudarse –, eran fieles servidores de un arte si no difícil, sí peligroso. De un arte en el que ponían el corazón.
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Y de esto hace ya más de treinta años.
Sí, y más de cincuenta. Porque en aquel tiempo anterior a los años treinta, y veinte, y diez, la destreza con las campanas ya aumentaba en puntos la categoría de un muchacho.
– ¿Existía la televisión?
– ¿La televisión? Pero, chaval, ¡qué preguntas haces! Eso estaba todavía muy lejos.
– ¿Tampoco la radio?
– Ni la radio. Ni los supermercados.
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Yo recuerdo que entonces...
En los días de fiesta grande – cuando la mÚsica inconfundible de la campana grande se enredaba irresistible en el corazón de los vecinos, cuando sus notas llenas, triunfantes, ceremoniosas, eran estallidos de emoción – en lo alto del campanario estaban el tío Julián – director de una orquesta que dejaba oír la sinfonía no pautada del jÚbilo – su hijo y sus nietos, ya mayores, y algunos colaboradores cotidianos. Era como una concentración de titulares y suplentes. ¿Y por qué tantos allá arriba?
¡Iba a ser volteada la campana de San Vicente! Y, con ella, la del Santísimo Sacramento, la de San Pedro y la de Santa Bárbara.
Sonaba una señal dada desde abajo.
– Ha terminado el sermón. ¡Va!
– Los chavales disfrutábamos con aquel hermoso espectáculo. ¡Al vuelo – el «fortíssimo» de la sinfonía – las cuatro campanas!
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– ¿Tampoco había tocadiscos?
– ¡Pero muchacho...! No. No había tocadiscos. Lo popular era entonces el gramófono.
– ¿El gramófono? ¿Qué era eso?
– Sí, claro, tÚ eres muy joven... Un gramófono era... Bueno, luego te enseñaré uno que guardo en el cuarto de los trastos.
– ¿Ya no sirve?
– Sí, pero no está con la actualidad. Cumplió con su cometido. Ha perdido ritmo. Otros adelantos superan hoy al gramófono y lo convierten en algo casi inÚtil.
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Sí, más de treinta años.
Jugábamos a la trompa. Y a «paró». Y a «ídem». Y a «visto»... «Visto Fulanito de Tal que está en ...»
Alguien gritaba:
– El tío Julio.
Era la llamada. Todos, en tropel, subíamos al campanario. Sobraban campaneros, aficionados campaneros.
– ¿Ya se conocía el whisky?
– Ni los electrodomésticos. Ya te he dicho. Aquellos eran otros tiempos.
– ¿Whisky? No. No. Whisky no. Entonces era el vino, la incipiente cerveza, el vermut, la copa de aguardiente – o de anisete para las damas –, el refresco de fresa, el carajillo... Eran otros años. Era otra mentalidad.
– La mentalidad, ¿cambia con el tiempo?
– Debe cambiar. Pero totalmente. Cambiar sólo para unas cosas y no cambiar para otras es algo que no veo yo claro.
– ¿Ni positivo?
– Eso es. Ni positivo. Pero, ¿cómo se te ha ocurrido esa pregunta? ¿Sabes que puede dar mucho que pensar?
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Hace más de treinta. Y de cuarenta. Y de cincuenta. Y también de sesenta.
– Pero bueno, ¿a qué viene todo esto de las campanas?
Todos aquéllos – unos, ya ancianos; otros, otoñales; algunos, camino de ser otoñales – que alguna vez supieron de la emoción de lanzar al vuelo una campana, aunque fuera la pequeña, habrán sentido – yo y muchos, al menos, sí – un fugaz retroceso hasta aquellos años infantiles. La noticia de la prensa – aldabonazo que ha abierto de par en par el cofre de los recuerdos – tal vez sugerirá más de un pensamiento o de una nostalgia. El alborozo o la pesadumbre de los volteos, mezclados con el disparo de morteretes o con palabras de condolencia, ya no necesitan del mÚsculo del hombre. Ya no hace falta que nadie suba a lo alto del campanario, sino en casos de emergencia – falta de energía eléctrica, por ejemplo –. Ya no hacen falta cuerdas. Ya no hace falta aquel salto en el aire, apoyando los pies en la pared para vencer con el peso del cuerpo el peso muerto de la campana.
Todo eso ya no hace falta: Las campanas han sido electrificadas.
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– ¿No lo comprendes? Todo tiene que evolucionar.
– ¿También las campanas?
– También. Quitar las cuerdas, cambiar el sistema de volteo, ha sido como cambiar la mentalidad de las campanas.
Es el imperativo del tiempo. En los Últimos años, los chavales ya no rivalizaban en ser protagonistas de un volteo. Ni se encontraban los suficientes. En cuanto al campanero, sólo dos palabras: bÚsqueda inÚtil.
Todo va actualizándose. Las costumbres cambian. Son otras las necesidades. La industria se pone al día; y el campo; y la Iglesia. La técnica alcanza superiores niveles; la cultura y el arte son hoy fundamentales en la vida humana; son mayores las aspiraciones; más altas las metas...
El tiempo barre muchas cosas, arrincona otras en el cuarto trastero... Es la ley del tiempo. El progreso ha de seguir su camino. Ya te digo: cambio de tiempo debe ser igual a cambio de mentalidad. Y al mismo ritmo, claro. No valen reservas.
– Y los ciudadanos, ¿también hemos de actualizarnos, también hemos de poner nuestra mentalidad al día?
– Sí. O estancarnos.
No sé si me explico.
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Más de treinta. Y de cuarenta. Y...
Es como si terminara el capítulo de una historia vivida, de una historia que nosotros escribimos.
Pero – y este sería el gran triunfo – ese final puede ser el comienzo de un capítulo nuevo, prometedor, doblemente brillante, espléndido, fecundo, histórico... Lo que podríamos llamar, localmente, un supercapítulo.
¡Señor, si hasta la mentalidad de las campanas ha cambiado!

V. CARDONA
1966. Verano
"Festes del 66" – Paterna – Mes d'agost
  • PATERNA: Campanas, campaneros y toques

     

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