HENARES NÚÑEZ, Enrique - Campanas de emparedada

Campanas de emparedada


Sigo sin tiempo ni para respirar y como suele ocurrir en estos casos, con la inspiración en horas bajas. Por lo tanto vuelvo a tirar de archivo para mantener, al menos esporádicamente, mi encuentro con vosotros en este rinconcillo (mejor siempre que rinconcito) de apuntes sevillanos.
En esta ocasión os traigo un texto publicado hace algún tiempo en mi habitual colaboración "Curiosidades de Sevilla", en las distintas cabeceras de Casco Antiguo. En él intenté recoger algo que me contaron de niño en el mismo barrio donde dicen que aconteció.
Leyenda o realidad, con una torre como protagonista que dio sombra a los juegos infantiles de Bécquer, Rafael Laffón y de otros muchos sevillanos que siempre la miraremos y escucharemos como a ninguna otra.

Cuentan por el barrio que ocurrió una fría noche de invierno de 1868. Dormía el maestro albañil Esteban Pérez cuando tocaron a la puerta de su casa, en la calle Marqués de la Mina número 4. Malhumorado se apresuró a abrir. Comprobó entonces que quien le requería era un espigado y elegante caballero, envuelto en una capa y que cubría su rostro con un antifaz. El misterioso personaje venía en su busca para que realizase para él un urgente trabajo. Ni que decir tiene que el pago sería más que generoso por las molestias propias del horario.
Abandonan nuestros dos hombres el domicilio del albañil y se dirigen a la esquina de la calle Santa Clara, donde aguardaba un coche de caballos que les conduciría al lugar preciso. En ese instante el caballero expone a Esteban Pérez que la única condición que le exige es que durante el trayecto habrá de cubrir sus ojos con un pañuelo oscuro: el albañil se niega, pero pronto un revolver le convence: “puede usted elegir entre el oro y el plomo”.
Arranca el carruaje y Santa Clara arriba, comienza a callejear. Esteban intenta seguir mentalmente el recorrido pero pronto se pierde. Sí observa como al rato abandonan el suelo empedrado y enfilan lo que debía de ser una carretera; transcurrido otro tiempo vuelven al empedrado, lo que le hizo pensar que llegaban a un pueblo. Detenido el coche le ayudan a bajar y una vez dentro de la casa quitan la venda de sus ojos. Se sitúa Esteban en un amplio zaguán desde el que desciende a una especie de sótano.
Con espanto recibe su misión: levantar un muro que deje emparedada a la mujer amordazada que, con lágrimas en los ojos, le mira. Aterrorizado por el revolver lo hace con prontitud. Se repite el procedimiento: vendaje, subida al coche, recorrido de vuelta y tras el pago y la pertinente amenaza de que podría contarse entre los muertos si refiere algo de aquello, regreso a casa.
Nervioso, termina por contar a su mujer todo lo ocurrido y rápidamente se visten y acuden al juez de guardia. Junto a el mismo comienzan las investigaciones. Se intenta delimitar cuál es el pueblo cuestionando al albañil si ha escuchado los molinos del río, recibido algún olor especial (el del pan de Alcalá por ejemplo) o si recuerda algún otro aspecto interesante. Únicamente la campanada de un reloj que daba la una y al rato el cuarto, les servirá de pista. Se busca entonces al relojero mayor de la ciudad y éste precisa que no hay reloj en ningún pueblo cercano que de los cuartos y pocos son los que lo hacen aún en Sevilla. Pese a esto los escuchan uno por uno y ninguno parece ser el recordado.
Resignados, oyen dar un cuarto al reloj parroquial de San Lorenzo, ¡ése era! A Esteban le habían tenido dando vueltas alrededor de la Ronda para despistarlo de que la casa a donde era llevado se encontraba a escasos metros de la suya. La alcaldía de barrio indica al juez que sólo hay dos casas con sótano en el barrio; una de ellas en la propia plaza de San Lorenzo. Derribada la puerta de ésta, descienden los protagonistas al sótano y verifican que era en la que horas antes el albañil había sepultado viva a quien resultó ser la hija de los confiteros de la Campana, casada con un antiguo verdugo cubano que, temeroso de que su pasado fuese descubierto, huyó a La Habana intentando antes deshacerse de su esposa.
Reanimada la señora de su desmayo, volvió felizmente a casa de su padres. El verdugo fue detenido con celeridad, cuando se disponía a embarcar en el Puerto de Cádiz y posteriormente sería ajusticiado en el Pópulo. La casa fue cerrada a cal y canto. Leyenda o realidad, lo que sí parece claro es que en el supuesto lugar de los hechos hoy habita el Señor de Sevilla.


HENARES NÚÑEZ, Enrique

El Blog del Pregonero (25-01-2009)
  • SEVILLA: Campanas, campaneros y toques
  • Relojes: Bibliografía

     

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