LIAÑO RIVERA, Manuel - Jesús María. La campana de San Mateo

Jesús María. La campana de San Mateo

Campana de
Campana de "Jesús María". Iglesia Mayor de San Mateo

Si en la Tarifa de nuestros antecesores había un sonido especialmente familiar e integrador, éste era el que expandían las torres parroquiales de Santa María, San Mateo y San Francisco a toques de campanas.

Sobre todo ésta que os presentamos, llamada Jesús María, tambien conocida por "La Vieja", la cual se fundió en el año de 1523 siendo obispo de Cádiz Don García de Haro y mayordomo de fábrica Don Álvaro de Piña, según manifiesta el letrero que aún conserva.

En 1982 y coincidiendo con la venida de S.S. el Papa a España, se restauraron algunas campanas de la Iglesia Mayor de San Mateo, pero curiosamente, de la más antigua, ésta que nos ocupa, opinaron los expertos que estaba en perfecto estado de conservación. No obstante, en San Mateo, se puso el siguiente letrero:

ME LLAMO JESÚS MARÍA
ME CONOCEN POR MARÍA MATEA
NACÍ EN ENERO DE 1523
PESO MIL CIEN KILOS
RESTAURARME VALE 295.000 PTAS.
SI ME QUIERES CONSERVAR,
EMPIEZA A ECHAR.

Aunque no existe nada sobre el nombre de María Matea, fue el campanero Miguel Fernández Cerrudo, "Miguel El Tuerto", quien se lo puso.

Las campanas, instrumentos injustamente olvidados, eran el medio de comunicación de masas más importante de la sociedad tradicional. Si las parroquias, minuciosamente recogido en sus registros y libros, presidían los ritos de la vida humana, las campanas marcaban el ritmo de la vida cotidiana, de las horas del día, de la estación del año y de las visitas periódicas de la muerte.

Toda campana poseía una personalidad propia, un sonido diferente, un lenguaje con variaciones con respecto al de otros lugares, incluso se las conocía por sus nombres propios: Jesús María, Ntra. Sra. de la Luz, San José, etc.

Solamente un día, el Jueves Santo, las campanas permanecían mudas. El resto del año no cesaban de expandir la alegría de la fiesta o la pena de la desgracia, la información o la exhortación.

Antaño, algunas noches especiales, como la de Santa Brígida o difuntos, el campanario era invadido por zagales y mujeres, los cuales tocaban las campanas largo rato, tal vez con la intención de expeler, con la intensidad del ruido, toda clase de males.

También era creencia de que su sonido nos protegía de las terribles tormentas del Estrecho. Tocar mucho rato y con la mayor aparatosidad, mejor al vuelo que a repique, era un remedio idóneo. Se creía que el estruendo de las campanas "haze tanto movimiento que los vientos se mueven y los expele y rempuxa a otra parte".
Pedro Ciruelo lo explicaba con gran detalle en la primera mitad del siglo XVI: "...que se hagan los mayores estruendos o movimientos que pudieran en el ayre, conviene saber, que hagan tañer en torno y a soga las mayores campanas que ay en las torres de las Yglesias y las que más rezio sonido hagan en el ayre e junto con estos hagan soltar los más rezios tiros de artillería que se pudieran armar en el alcaçar o fortaleza de la ciudad, e los tiren contra la mala nuve. La razón desto es por que ella es una espesura o congelación hecha por frio, e hazendo aquél grande movimiento en el ayre con las campanas y lombardas despárzese e caliéntase algo el ayre e ansí los mueve se dissuelve o derrite en agua limpia sin granizo o piedra y tambien hace mover la nuve a otro lugar con el grande movimiento del ayre" (1).

Fuera de los acontecimientos extraordinarios u ocasinales los toques cotidianos se escalonaban a lo largo de toda la jornada. Toques de Misa Mayor, Vísperas, Completas, Salve, Oración y Ánimas. El penúltimo se llamaba también del Ave María y se hacía después del sol puesto, comenzando a oscurecer, momento en que el alcaide de Tarifa debía cerrar las puertas de la ciudad hasta que llegara el alba.

La puesta de sol y el toque de Oración servían de referencia para el último toque, el de Las Ánimas, que sonaba una hora después, generalmente a las ocho en invierno y a las nueve en verano. Este toque de Ánimas tenía por objeto instar a los vecinos a que "todos supliquen devotamente a dios sea servido de çacar aquellas ánimas del purgatorio y llevarlas a su Santa Gloria". A quienes rezaren por las ánimas les eran concedidos cuarenta días de indulgencias.

Pero el sonido de las campanas no solamente traía a los oyentes el recuerdo de las ánimas que penaban en el purgatorio. La campana jalonaba todo el proceso de la muerte, de cada muerte concreta, desde la agonía a los funerales, pasando naturalmente por el entierro. Sobre la antigüedad de este uso escribió Alfonso Villegas (2): "El tañer de las campanas en los entierros es cosa bien antigua. Pués Beda haze mención de que despertaban con campanas a la gente quando alguno moría, para que aquel sonido se moviesen a mirar en la vida pasada y se enmendasen en lo por venir, junto con que rogasen a Dios por el difunto".

Solía tocarse la campana cuando el sacerdote salía a llevar el Santo Sacramento a los enfermos, (cinco toques) o la Extremaunción a los moribundos (siete toques si era hombre y cinco si era mujer) "a fín de que los fieles se despierten con aquella memoria a rogar a Dios por los que están agonizando y están en peligro".

Vista de la Torre del Campanario de la Iglesia Mayor de San Mateo
Vista de la Torre del Campanario de la Iglesia Mayor de San Mateo


La campana, opinaba Rodríguez de Bedoya, facultaba la práctica de solidaridad para con el hermano sumido en extrema necesidad y a la vez espantaba a los demonios. Proponía que la señal se hiciese con tres toques "que nos traiga a la memoria los tres tiempos, pasado presente y venidero, que velozmente vuelan" (3).

La campana que había tañido por un agonizante, volvía a hacerlo cuando éste ya se había muerto. Según Antonio de la Natividad ahora se trataba de retirar del difunto a los demonios "que por los aires quedaron y de recordar las necesidades de sufragio que tenían las ánimas del purgatorio", a estas razones se añadían las sinoidales la de que todos se acordasen de "que como aquel difunto murió, ellos también han de morir, que la memoria de la muerte es un gran freno para no pecar".

Más tarde, todas las sinoidales intentaron limitar los toques por los difuntos sólo a tres que llamaban clamores. El primero de ellos se daba para avisar de la muerte, dando cuatro golpes de dobles si el fallecido era religioso, tres si varón, dos si mujer y uno si se trataba de un niño. El segundo clamor anunciaba que el cortejo se dirigía a la iglesia y el tercero sonaba cuando, acabado el oficio y enterrado el cuerpo, se estaba haciendo el responso sobre la sepultura.

Sonido protector y aglutinador de una comunidad, asociado al pulso de la vida y a los embates de la muerte, al ritmo laboral y a los acontecimientos festivos, la campana llamaba a la solidaridad con vivos y difuntos, pero también establecía diferencias entre sexo y calidades sociales y las proclamaba triunfante a los cuatro vientos. Era un cúmulo de sensaciones que nuestros antepasados experimentaban cada vez que, levantando la vista de su trabajo, escuchaban un sonido cercano, que, golpe a golpe, acompañaba el cotidiano discurrir de sus vidas.

REFERENCIAS Y BIBLIOGRAFÍA

(1) CIRUELO, P. Tratado en el cual se reprueban todas las supersticiones y hechicerías. Alcalá de Henares, 1547.
(2) VILLEGAS, A. Flos Sanctorum II Parte. Toledo, 1589.
(3) RODRÍGUEZ DE BEDOYA, D. De la veneración del Santísimo Sacramento de la Extremaunción. Madrid, 1663. Sínodo de Málaga, 1671.

LIAÑO RIVERA, Manuel
ALJARANDA - Revista de Estudios Tarifeños
Año X. Núm 36. Primer Trimestre. Marzo 2000
Servicio de Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento de Tarifa
  • TARIFA: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (epigrafía, descripción): Bibliografía
  • Toques manuales de campanas: Bibliografía

     

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