LINDO MARTÍNEZ, José Luis - Las campanas al Sur del Sur de la Comunidad de Madrid: Aranjuez

Las campanas al Sur del Sur de la Comunidad de Madrid: Aranjuez

Aranjuez fue el último pueblo en incorporarse a la Provincia de Madrid con la nueva división provincial de Jaime del Burgo en 1833, hasta entonces, pertenecía a la Orden del la Encomienda de Santiago, de la jurisdicción de Toledo. La formación de un Ayuntamiento en firme tres años después, pues la imagen de un Concejo abierto, con las figuras municipales del Alcalde y Corporación era pura entelequia, pues el ser Real Sitio, Casa excepcional de la Corona, supuso un baldón importante para la consecución de la formación y desarrollo de un Ayuntamiento Constitucional.
La mayoría de los edificios, correspondían a la Real Casa, y unida a esta cuestión, la vinculación de la Corona con la iglesia en las creencias católicas explica, en cierto modo, el motivo del porqué nos encontramos en todas sus posesiones gran riqueza eclesiástica y, por consiguiente, de la sonería campanil.
Cuando llevé a cabo esta catalogación o inventario histórico de las campanas en el término municipal ribereño, pensé que quedaba muy lejos de otras poblaciones de la geografía española en cuanto a este material, pero no fue así.
Hablar de tradiciones, motivos, tesoros artísticos, etcétera, es hablar entre otros muchos elementos ciudadanos de campanas, de esos elementos que en muchas ocasiones permanecen escondidos en los añejos campanarios que solemos encontrarnos de estilo mudejar, visigodo, románico, gótico, visigótico, neomudejar, románico, etcétera, cerrados por cantería, mampostería o linternas. Generalmente la campanología o arte de hacer sonar, tañer, repicar o doblar las campanas, es patrimonio de cualquier aldea, villa, pueblo, ciudad o gran metrópoli. Lo que sucede en este tiempo que vivimos, es que la ciudad está invadida por los ruidos, unos ruidos que apenas permiten escuchar el toque lejano del reloj, y el repique general y alborozado de las viejas o nuevas campanas. Antes de que la ciudad entrase en la vorágine de ruidos, era posible percibir en cualquier punto de ella el tañido de las campanas de cualquiera de las históricas iglesias o Palacio Real. El gran ajetreo de la vida actual no nos ofrece esa suerte de oírlas y hace que impere el olvido de estos importantes elementos sonoros, en definitiva, de este legado histórico.
Las campanas tienen su nacimiento en la mano de su fundidor, como el ser humano en el vientre de su madre. Son bautizadas con su nombre cual si fuera la mano que vierte el agua bendita sobre la cabeza o copa del recién nacido, y adquiere su mayoría de edad asignándosela el correspondiente toque o timbrado. En fin, las campanas hoy están lejos de ser valoradas en su justa dimensión e importancia, aunque son el símbolo de la humanidad en muchísimos aspectos, ya que con sus diferentes toques han alertado y comunicado con su forma sonora de expresión notabilísimos episodios, como por ejemplo: la llamada al levantamiento al pueblo ribereño en el famoso Motín de Aranjuez. También encontramos la importancia capital de una simple campana en el Real Hipódromo de Legamarejo de Aranjuez en su inauguración en 1917, cuando este elemento broncil reglamentaba la salida de jinetes y caballos en las diferentes pruebas. Otro motivo que nos ofrecen los medios de comunicación de la época sobre la importancia de las campanas en Aranjuez, es que en 1924, echando las campanas de las iglesias y Consistorio al vuelo en ese voltear desaforado, se daba noticia a la población de la presencia en visita oficial de los Soberanos de España e Italia en este Real Sitio y Villa. Es en la primera veintena de la anterior centuria cuando se regula el uso de las campanas en la vida civil, que va desde la asistencia inmediata a una calamidad pública, hasta el inicio de las procesiones, manifestaciones religiosas o el comienzo de las fiestas de la localidad. Un motivo más a favor de la divulgación y protección de las tradiciones y costumbres de los pueblos de España, en cuanto a la campana como símbolo del amueblamiento en las vidas de la propia Familia Real, se evidenció el día 28 de abril de 2004 cuando el Presidente de la Comunidad Cántabra, Miguel Ángel Revilla Roiz, presentaba públicamente el regalo que Cantabria iba a entregar a S.A.R. el Príncipe D. Felipe y Dª Letizia Ortiz Rocasolano con motivo de su enlace, una campana de grandes dimensiones que lleva por nombre Virgen Bien Aparecida, Patrona de Cantabria; un trabajo de artesanía del pueblo cantabrés de hondas tradiciones campaneras, que pesa en su conjunto 1.300 kilos; 650 de ellos la campana y 50 el badajo. Tiene impresa en su piel broncil a la izquierda el Escudo del Príncipe, en el centro la imagen de la Virgen Bien Aparecida y el Escudo de Cantabria. Y como es propio, tras la conclusión del trabajo de los campaneros, se destruyan los moldes, pues de esta forma se evita la tentación de posibles reproducciones con el ánimo de comercializar un elemento, que inexcusablemente, está dedicado por el pueblo cántabro
a la Real pareja.
En pleno siglo XXI, cuando las campanas son la voz olvidada de la sociedad, unos elementos a los que desde luego no se presta, salvo honrosas excepciones, la mayor atención y cuidado debido que se merecen por ser un Bien de Interés Cultural, traemos a colación las palabras del Presidente cántabro, de la consideración, sin embargo, se las tiene en las tradiciones de algunos de nuestros pueblos:
Es bueno que recordemos las tradiciones de un pueblo, y a la hora de hacer un regalo en una fecha tan importante, como es la boda del futuro Rey de España, quería que el regalo fuera algo que identificara plenamente con nuestra región, con las tradiciones de Cantabria.
En definitiva, estos son episodios de la vida diaria que refieren hechos o paginas importantísimas que nos detallan la importancia de las campanas en la historia de la humanidad. Para concluir estas consideraciones introductorias a este estudio, no podemos pasar por alto un episodio para la historia que se dio en la geografía de la Comunidad de Madrid el día 11 de marzo de 2005, cuando por acuerdo entre el Arzobispado madrileño y el Gobierno de la Comunidad de Madrid presidido por Esperanza Aguirre Gil de Biedma, establecieron como homenaje a las 192 vidas desaparecidas por la barbarie terrorista en la llamada masacre de Madrid, ahora hace un año, que las 650 iglesias de la región madrileña hicieran sonar al unísono sus campanas.
Que mejor homenaje que el doblar de las campanas para quien pagaron con un alto precio la libertad del ser humano: la vida.
Como hemos podido comprobar hasta aquí, las campanas, aunque indudablemente están vinculadas a las iglesias o ermitas, son claramente Patrimonio de la Humanidad en sus diferentes usos.
Las manos expertas que dan vida y hacen hablar a las campanas: son las del campanero. Porque las campanas tienen su lenguaje, su voz, su corazón, su sentimiento, por ejemplo: desde la alabanza a Dios con los volteos conocidos como el repicar en el
Ángelus, a la defunción de una persona sea Jefe de Estado, miembro de la curia o ciudadano normal, hasta una calamidad pública. Y para hacerlas hablar están los conocidísimos maestros campaneros, de los que Aranjuez lamentablemente carece desde hace muchos años. Los campaneros son los que con su profundo sentido, sensibilidad y admirable instinto, entendieron este oficio como lo que es, un arte, sí, el oficio de comunicar, llamar, alegrar, mandar mensajes, y dar el preciso toque de oración. Porque no olvidemos que excepto las de las propiedades privadas, las campanas son propiedad de las iglesias, cualesquiera que sean sus donadores.
Las campanas, tan antiguas como la edad de los metales, aunque son seres inertes, hablan con el hombre, son elementos frágiles y sensibles como la piel de una mujer, como el alma de un recién nacido. “Sienten y padecen”.
Hoy son muchos los campanarios que poseen campanas electrificadas por falta de campaneros profesionales. En la actualidad, en el término municipal de Aranjuez, las campanas son volteadas de forma monótona sin alma ni vibración, con solo pulsar un botón. En otros tiempos, las campanas eran tiradas o mecidas a mano, alcanzando en los campanarios ribereños una concatenación de armonía en sus combinaciones tímbricas y sonoras quizás como las mejores del resto de la península. Por ello se hace necesario estudiar en las campanas tres aspectos esenciales: el histórico, inscripciones y archivos, el musical, y el aspecto cultural y social. Comporta estudiar todos los aspectos, pero lo urgente es ahora profundizar e investigar en este último que es lo que está desapareciendo.
Para comenzar a dar algunas notas sobre el patrimonio con que cuenta Aranjuez en materia de campanas, obviamente debemos de comenzaremos por el Palacio Real, esa “fortaleza” que es para el Real Sitio y Villa de Aranjuez, con sus cúpulas de las torres norte o sur, la atalaya más alta de la población: como dice el antropólogo campanero Francesc Llop i Bayo, lo que el Miquelet (Miguelete) es para Valencia, la Giralda para Sevilla o la catedral de Notre Dame para París.
Cuando inicié este estudio, debo reconocer que me guié por el sentido histórico, que no técnico, tomando buena nota de todas las referencias históricas en la bibliografía ribereña que tuve a mi alcance. Divididos mediante los correspondientes capítulos, asigné a cada uno de ellos los datos precisos para dar comienzo a esta investigación, y a partir de aquí, con algún conocimiento histórico, comencé la tarea dividiéndola en tres apartados, a mi juicio obligados dentro de mi profanidad: en primer lugar inscripciones, peso, dimensiones, etcétera. En segundo lugar su sonoridad, estudio de su instalación y complementos, y por último, la utilización en la sociedad actual. Debo admitir, que tras seguir los importantes consejos de estudiosos expertos en este campo, he realizado un estudio somero de las campanas ribereñas con los escasos mimbres que tuve a mi alcance.
Contando con la petición del permiso correspondiente a la Delegación de la Administración Patrimonial en Aranjuez, comencé el estudio de las campanas ubicadas en el ala y linterna de la torre Sur. La impresión que uno recibe al estar en uno de los dos puntos más altos de la ciudad es cuando menos un privilegio. Encontré en la meseta previa a la linterna una reliquia de maquinaria en materia relojera, eso sí parada, le faltaba el “oxígeno” necesario para volver a latir y dar vida a las campanas Reales, sacándolas de la mudez a las que un día se las sometió. Reparé por un momento en las numerosas inscripciones que hay en las paredes, las estudié y pude comprobar cuántas personas en un momento dado pasaron por el lugar cuando realizaban determinadas obras allí. Pude observar además unas inscripciones cuidadosamente elaboradas donde se recogen ciertos momentos históricos relacionados con las campanillas y campanas, como se detalla en este estudio. Observé una inscripción con letras realizadas por medio de una plantilla, que dejaban traslucir una anotación histórica. Me resultó extraño que aquel trozo estuviera tapado por varias manos de cal, no así el resto del interior de la cúpula. Bueno sería tratar de recuperar esa inscripción, que posiblemente también nos aportaría datos importantes relacionados con el reloj, campanillas o las Reales campanas.
Después de tomar las medidas y los escasos datos técnicos necesarios de esta joya relojera –pues carecía de número de inventario–, pude observar que los cables de las pesas y del péndulo yacían en el fondo de la cúpula inferior de la antigua Capilla, entonces subí los peldaños de hierro que conducen finalmente a la meseta o forjado de madera previa a la linterna, y con un esfuerzo mínimo, a este punto final del camino.
Allí están, soberbias, bien resguardas y alineadas, una encima de la otra. Primero la más grande, y por debajo la menor, pero no por ello menos importante. La primera sirve de referencia histórica, con sus impresiones en el cuerpo realizadas por ese fundidor de manos expertas, el flamenco Melchior de Haze, con la fecha de su nacimiento de la campana, 1564. Recordemos que el propio Palacio Real se comenzó a proyectar en el siglo XVIII por orden de Felipe II a Luis y Gaspar de Vega y, posteriormente, a Juan Bautista de Toledo. Esta histórica campana, que es la más antigua del término municipal ribereño, cuenta con una serie de alegorías y medallones religiosos y monárquicos, desde la Virgen con el Niño Jesús al busto de Felipe II cuando el monarca contaba 28 años, una verdadera obra de arte de las manos del fundidor. La siguiente nos ofrece poco más, pues presenta igualmente alrededor de su corona una franja labrada con motivos florales, la fecha obviamente se debe corresponder con la primera, su compañera, pero carece de ella, su fundidor Melchior de Haze. Guardan aún sus imponentes y originales martillos con maza, los cuales se asientan en la estructura de madera de la que está forrada la linterna. Pero faltaban las famosas campanillas, cuyos vestigios quedan en el interior de la cúpula y que describe Álvarez de Quindós, quien dice al respecto que en 1577 se colocó en la torre el reloj con música de campanillas, como así también lo ratifica Pascual Madoz. Francisco Nard deja constancia de cuándo se mandó a la mudez a este histórico reloj en el siglo XIX, con motivo de la enfermedad de Maria Josefa Amalia de Sajonia, tercera esposa de Fernando VII, quien ordena descomponer el reloj por las molestias que causaba a la Monarca en su lecho de enferma; ésta falleció en 1829. Si se observa el interior de la linterna, es posible comprobar algunos detalles de la instalación de esas campanillas, pues quedan sus impresiones en los largueros superiores, donde se aprecia una serie de muescas.
Se estudió además, las dos campanas que están instaladas en el ala Sur. Viene a colación recordar que las dos alas del Palacio Real pertenecen al tiempo de Carlos III, construidas en 1772 mediante planos de Sabatini. En la actualidad, tras las obras de restauración, el tejado de todo el Palacio Real presenta el forrado en plomo a la antigua usanza; no cabe duda que es acertada esta remodelación interior y exterior para impedir el deterioro que con el paso del tiempo se produce en el edificio. Bajo dos arcos de mampostería y piedra de Colmenar, ambos también forrados de plomo, se encuentran dos inmensas campanas con sus yugos originarios de madera. La primera de ellas con fecha de 1733, siendo Gobernador del Real Sitio Manuel Merlo, es decir, muy anterior a la construcción de las dos alas. Con labrado en su corona y teniendo en el frontal como relieve la cruz de Caravaca acompañada de los nombres de Jesús, María y José. La otra campana es del tiempo de Fernando VII y está dedicada a su tercera esposa, como ya dijimos, Maria Josefa Amalia de Sajonia, nombre labrado dentro del escudo Real en 1827; esta dedicación se corresponde con ocho años después de contraer matrimonio y dos antes del fallecimiento de la Monarca. Ambas campanas tienen sus cuerdas recientemente restauradas y bajan por un canalillo forrado igualmente de plomo que llega hasta la sacristía de la Real Capilla, pudiendo ser volteadas en cualquier acontecimiento. Sin embargo, las campanas de la cúpula sur en la linterna, no guardan esa fidelidad histórica en la actualidad, pues aunque pueden tañir mediante el antiguo carillón del viejo reloj, marca las horas un reloj eléctrico y el golpeo de la campana se produce por martillo eléctrico. Esperamos que en un futuro no muy lejano vuelva a latir el viejo reloj y, por consiguiente, las históricas campanas suenen golpeadas por sus viejos martillos. De lo contrario, una vez más Aranjuez habrá perdido un hermoso e importante episodio de su historia, el tañido real en el Real Palacio de Aranjuez.
En cuanto a las campanas de Alpajés, sólo poseemos datos históricos gracias a los documentos fotográficos de la época. En una fotografía perteneciente a finales del siglo XIX, se puede observar, en efecto, dos campanas en un campanario al aire en el frontal de la entrada a la iglesia construido en mampostería. Durante la Guerra Civil la iglesia fue destruida, saqueada, incendiada y las campanas fueron tiradas abajo por las milicias. De los escasos datos que poseemos, sabemos que las realizó Lorenzo Gargallo en 1750, y que pesaban siete arrobas y media y tres arrobas y media respectivamente.
Una arroba, viene a ser entre once o doce kg. Por lo tanto, es de suponer, que la campana mayor debía pesar alrededor de 90 kg. Y la pequeña, 42 kg. También sabemos por el estudio realizado, que otra campana ubicada en el lado Este del edificio religioso, fue a parar la Casa Consistorial en 1843 por concesión del Real Patrimonio. Campana que según la descripción, es la que emite el sonido de los cuartos y medias horas en el campanario de la Casa Consistorial. En la actualidad la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de las Angustias, Patrona de Aranjuez, carece de campanas, instrumentos tan característicos de los templos religiosos.
Otra iglesia propiedad de Patrimonio Nacional, quizás la más antigua de la ciudad, es la Real Capilla de San Antonio, construida en 1752 por orden de Felipe IV como oratorio. López y Malta ofrece referencias históricas del campanario, en el reinado de Carlos IV, calificándolo como raquítico. Varios son los documentos en el que se constata que esta Real Capilla de San Antonio tuvo sus campanas hasta finales de los años setenta: uno de ellos, es un inventario de 1921, en el que se reflejan dos campanas con sus cuerdas. Otro documento del Patrimonio de la República lo ratifica en 1930; y ya en la década de los años ochenta de esa centuria, otro ofrece la adscripción de estas históricas campanas del citado templo. Este último documento, es quizás, al margen de los inventarios de la Corona, el que constata fielmente que esa misma campana pertenece a la Parroquia de San Antonio, pues está firmado por el entonces Administrador de Patrimonio en Aranjuez, Luis Jacoste. En la actualidad, las campanas, que han sido objeto de reiteradas peticiones a Patrimonio Nacional por el Consejo Parroquial, por este Cronista y tratado en Pleno Municipal para su reposición en el lugar original, un edificio en su parte histórica propiedad del propio Patrimonio Nacional, no ha encontrado aún el refrendo del responsable de la Delegación de esta Institución en Aranjuez. La Ley de Patrimonio de Bien Cultural es bien diáfana en la defensa de los Bienes del Patrimonio Histórico Español en su Art. 4 y 27, cuyo contenido dice lo siguiente al respecto:
Así la Ley entiende por expoliación toda acción u omisión que ponga en peligro de pérdida o destrucción todos o alguno de los valores de los bienes que integran el Patrimonio Histórico Español o perturbe el cumplimiento de su función social.
Los bienes muebles integrantes del Patrimonio Histórico Español podrán ser declarados de interés cultural. Tendrán tal consideración, en todo caso, los bienes muebles contenidos en un inmueble que haya sido objeto de dicha declaración y que ésta los reconozca como parte esencial de su historia.
El bien cultural se convierte, según Ley, en un objeto o un edificio que no puede ser separado de su contexto sin ser gravemente mutilado. Del mismo modo algunos bienes muebles no pueden ser separados del edificio para el que fueron concebidos, ni de su función original sin quedar empobrecidos.
Nadie podría vaticinarme la cantidad de problemas e inconvenientes por los que tuve que pasar –e incluso el veto de determinadas instituciones en foros públicos–, por finalmente llegar y dirigirme a S.M. el Rey D. Juan Carlos I, para que Patrimonio en Aranjuez se dignase a reponerlas en su lugar de origen. Nadie podría haber calculado las trabas burocráticas e infranqueables por la que este Cronista pasó. Pero no es hora de aclarar todo lo acontecido, ya habrá tiempo en un estudio pormenorizado, es decir, a través de un inventario de las campanas ribereñas que aguarda lleno de polvo en mi biblioteca, y que espero pacientemente que algún día se publique, ese día se tendrá cumplida respuesta del por qué no se repusieron a pesar de todas las gestiones realizadas. Se perdió un episodio, pero no la historia total. Confío que un día vuelvan a repicar en el lugar que por derecho las corresponde. Entendemos, además, que la función social y cristiana de una campana, es mucho más que cualquier malentendido en palabras o trámites burocráticos.
En una de las dos torres del Real Convento de San Pascual, se puede comprobar, entre otras cuestiones, las implacables huellas de la Guerra Civil en la campana más grande, pues se observa la perforación de un proyectil del tamaño del dedo meñique. La campana no tiene fecha de caducidad ni desgastes en sus metales y data de 1788. Todo parece indicar que el lugar fue un puesto de observación y vigilancia de las fuerzas milicianas de la República, pues las fuentes orales lo confirman, y además porque quedan impresas en las paredes de la torreta inscripciones alegóricas y exaltaciones a la República. Esta inmensa campana tiene más de cuatrocientos kilos y data de 1769.
Detrás de ella, la pequeña Julianita, como así la llaman las religiosas, no llega a la cincuentena de kilos y fue bautizada en 1788, también sufrió los vaivenes de la Guerra Civil. Hasta hace escasos años ambas poseían sus yugos de madera y sin electrificar. En la actualidad los yugos de ambas torretas son metálicos.
Y enfrente de estas, la olvidada campana del Real Hospital de San Carlos, notable edificio de 1773 que a pesar de su ruindad, resiste incólume el paso del tiempo con su histórica campana, la cual también presenta su año de bautizo 1787, poco más que el del edificio, además de las inscripciones de rigor realizadas por el fundidor.
Al Oeste de la población se hallan las noveles campanas de la Parroquia del Espíritu Santo, instaladas en la década de la centuria pasada con la naciente democracia, una de ellas donada por el pueblo ribereño a través del Consistorio. Al Noroeste, la “Jerónima” bautizada en el año 2000 por los Padres Somascos, “nacida” de la necesidad de dotar al colegio religioso de una campana, pues hasta entonces la llamada a misa y otros recordatorios se realizaba por medio de unos altavoces que reproducían el voltear de las campanas.
Antes de abandonar este peregrinar del estudio campanológico urbano, centraremos nuestra atención en un edificio en otros tiempos propiedad de la Corona, la Casa de Empleados o Casa del Conçejo. Es aquí, en la Casa de todos, en la que se decide día a día el futuro y devenir del pueblo ribereño, donde encontramos dos campanas con diferente marchamo, la pequeña fue creada mediante los auspicios fernandinos del XVIII, y la otra sufragada con el sudor, el esfuerzo y la ilusión del propio pueblo de Aranjuez. La primera se trasladó desde el templo de Alpajés, y fue fundida en el reinado de Fernando VI, en 1750. La segunda, la de las horas, del año 1889, el Ayuntamiento la adquirió en el siglo XIX con el campanario, que junto al reloj de torre, se encargó junto al campanario al prestigioso relojero maragato Antonio Canseco, alcanzando el precio de tres mil ciento setenta pesetas de la época. Hace trece años que aquella joya de la relojería dejó de latir, no por cansancio, sino por la voluntad y mano del hombre, en su lugar, se colocó un mecanismo de relojería electrónica, que marcaba el tiempo a los ribereños con el entrañable Concierto de Aranjuez del Maestro Rodrigo. Fue idea del entonces del Concejal ribereño Antonio Fournier, aunque tal vez debió estudiarse la idea de que el viejo reloj de Canseco siguiese guiándonos con sus impulsos. Hace escasamente cinco años que desde la torre del campanario del pueblo en la Casa Consistorial, ya no suenan si no de forma anodina y electrificada ambas campanas. Se hace necesario al menos por parte de la municipalidad la recuperación de la vieja maquinaria que tantos días, meses y años marcaron la vida de los ribereños, al menos, darle el honor de que presida uno de los centros neurálgicos de la vida pública a falta de ese ansiado Museo local. Es quizás, a mi juicio, un buen transmisor de nuestro legado histórico para las generaciones presentes y venideras.
Finalmente, queremos dejar constancia de nuestras campanas de las afueras de Aranjuez. Realizando un figurado viaje, nos desplazamos al Noroeste del Real Sitio, a la Entidad Local Menor del Real Cortijo de San Isidro, allí guarnecidas en lo alto de las dos cúpulas de la Real Capilla que nos recibe, hay mudas dos campanas de 1766 con las cuerdas del badajo cortadas, y tocadas por los excrementos y las polladas de palomas como fieles compañeras. Hacia el Este, en dirección a Toledo, está la campana de mano del siglo XIX de la hacienda de la Flamenca, propiedad del Duque de Fernan Núñez, que aunque hoy no realiza ya la función que antaño, está al resguardo, como una joya de incalculable valor.
En el discurrir de nuestro camino, la segunda parada obligatoria, es en Villamejor. Hacienda del siglo XVIII, propiedad entonces de la Corona, alberga una solitaria campana en lo alto de su capilla de 1789, campana sometida a la tecnología de nuestros días, pues no hace muchos años su yugo de madera dejó paso al metálico, y con ello, su electrificación. Una pérdida más en la historia. Finalmente, nos referiremos a la última campana al Sur del Sur de la Comunidad de Madrid bautizada en 1957, en otra pedanía, Algodor, frontera con la ciudad imperial, en otro tiempo capital del reino visigodo, Toledo. Punto de referencia importantísimo en el entramado ferroviario, cuartel general desde el último tercio del siglo XIX de las potentes locomotoras y centro neurálgico ferroviario en el corazón de España en tiempos en que el ferrocarril era el medio de locomoción por antonomasia del pueblo español. Allí se encuentra la última campana, que si bien herida profundamente por un accidente y desacertadamente reparada, pero sin artilugios electrificados, la estampa que muestra es la del fiel respeto a la instalación en su origen; así se presenta y cumple su fiel función domingo tras domingo llamando al vecindario con su alegre voltear de la mano de cualquiera de sus escasos vecinos, visitantes o del propio sacerdote.
Las campanas, aunque pocas veces reparamos en su existencia, son elementos valiosos que están consideradas en la Ley de Patrimonio como un Bien de Interés Cultural, se convierten en objetos que no deben ser separados del trabazón del edificio para el que fueron destinadas; de lo contrario, se corre el peligro de dejar a éste gravemente mutilado. Respetémoslas pues en su origen, ayudemos a que ninguna campana permanezca muda en el olvido, en el resguardo de un almacén, salvaguardemos en la medida de lo posible los orígenes de su instalación, pues de esta manera, haremos que otras generaciones gocen de este importante legado histórico.


LINDO MARTÍNEZ, José Luis
Cronista Oficial del Real Sitio y Villa de Aranjuez (2008)
  • ARANJUEZ: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (epigrafía, descripción): Bibliografía

     

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