GARCÍA MARTÍNEZ - Las campanas de mi tierra

Las campanas de mi tierra

Aludíamos uno de estos días a la recolocación de la campana de la Virgen de los Peligros, en el Puente Viejo, después de restaurarla Amando López-Gullón, con el patrocinio del Ayuntamiento de la capital.

Lo que hace falta es que ahora suene sin dificultades. No digo técnicas, que no ha de tenerlas, sino sociales. Me explico: que no haya protestas de quienes tienen tan abiertos los oídos, que el tañido los pone de los nervios. En esto de las campanas deberíamos llegar a un acuerdo de concordia. Pero entre nosotros. Sin necesidad de meter a los partidos políticos, porque, si lo hacemos, sería el cuento de nunca acabar.

Antiguamente, cuando la vida discurría más tranquila que ahora -fíjese que ni existían los coches-, el personal andaba mucho más sosegado. Los individuos se paraban a ver caer una hoja en otoño y, en primavera, contemplaban embobados el nacimiento de las flores. Hoy en día, con el tráfago que soportamos, uno comprende que el sonido cotidiano de las campanas se reciba de otra manera. Como un ruido más.

Rolex, Festina, Omega -los Casiosmás recientemente- y todos esos hurtaron a las campanas su misión secular de dar las horas. Lo hicieron colgándonos el campanario en la muñeca. Tenemos luego que la gente que no puede dormir se excita aún más con el tañido -sin embargo hermoso- de las campanas.

Algo habrá que hacer. La campana ha sido de siempre un elemento importante del paisaje visual y sonoro. Como los pajarillos. Cuando, por la mañana temprano, escuchas a los gallos cantar (cada vez menos, porque nos los comemos bebés) y tañer la campana de una iglesita, el Alba que festejan los Auroros (también con adorno campanil) se hace si cabe más hermosa. Y eso anima, en cierta manera, a superar la depresión, que es, junto con las alergias, la enfermedad del siglo que corre.

El gran acuerdo al que podríamos llegar sería dejarlas mudas durante el sueño, pero no más. Pues todos aceptamos que dormir bien descansa y repara el cuerpo, así como la mente. Sepamos disfrutar lo bueno de la campana y corregir lo que tenemos por malo, que no se debe a ella misma, sino a un régimen de vida desquiciado que provoca insomnios rebozados de orfidal.

Que no todo ha de ser tele en la vida.

GARCÍA MARTÍNEZ
La Verdad (10-07-2008)
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