LLOP i BAYO, Francesc - Los toques de campanas de Zaragoza (2): los últimos campaneros tradicionales

Los toques de campanas de Zaragoza (2): los últimos campaneros tradicionales

Esta monografía ha sido realizada gracias a las informaciones transmitidas por los hermanos JUAN (JM) y FERNANDO MILLAN (FM); por los hermanos ANGELA (AG), ya fallecida, FRANCISCA y PABLO GOMEZ (PG), hijos de los últimos campaneros del Pilar y de la Seo, y que colaboraron más o menos activamente con sus padres.
Entrevistamos a ANGELA GOMEZ en 1972; a JUAN MILLAN, a FRANCISCA GOMEZ y su hermano PABLO en septiembre de 1982; a FERNANDO MILLAN en enero de 1983. Hablamos muchas veces desde 1971 hasta 1985 con DIONISIO LUNA (DL) así como su esposa MIGUELA, ya fallecida, que vivían en la misma torre de la iglesia de San Felipe. También conversamos en 1977 con JOSÉ MARIA GARCIA CAMAÑEZ (JMGC), igualmente fallecido, que fué sacristán y campanero en San Pablo, y con otros muchos informantes anónimos, que nos permitieron, con su palabra y sus recuerdos, reconstruir unas técnicas, unos toques y unos valores, que debieron ser recogidos y fijados cuando aún eran vivos y de uso cotidiano. JOAQUIN SIERRA MUNARRIZ y MIGUEL ANGEL MOLINA SANCHEZ nos ayudaron a recopilar datos en diversos momentos de nuestro trabajo; JOAQUIN en la torre de la Seo y MIGUEL ANGEL en San Pablo.
Intentaremos hablar de todos los campaneros, de todas las torres y campanas, de todos los toques, aunque sabemos que muchos datos sobre gestos, músicas o valores se perdieron para siempre, pero aún así creemos que las líneas siguientes permiten reconstruir de manera bastante coherente el estado final de los principales campaneros, de las campanas y de los toques zaragozanos, antes de la electrificación.
Los últimos profesionales en Zaragoza, dedicados totalmente a su trabajo, fueron SIMEON MILLAN, en el Pilar y FELIPE GOMEZ, en la Seo: los campaneros de las grandes torres zaragozanas, la Seo, el Pilar y San Pablo, tenían dedicación exclusiva. En las otras torres el mismo sacristán solía tocar las campanas, e incluso, en San Pablo, tras la rotura de la campana grande, ese empleado se encargó también de los toques.
SIMEON MILLAN nació en Nombrevilla, en la Comunidad de Daroca. En 1917 fue con su mujer y sus hijos mayores a Zaragoza, a ejercer de campanero en San Pablo. Sus hijos pequeños nacieron en la misma parroquia, donde permaneció la familia hasta 1929. Le ofrecieron entonces el Pilar, y Simeón Millán se quedó allí de campanero hasta 1962, con más de ochenta años de edad. Al año siguiente fueron electrificadas, por vez primera, las campanas del templo pilarista. SIMEON MILLAN era exclusivamente campanero, aunque también tenía a su cargo la organización del Rosario de los Devotos, una procesión que se desplazaba todas las tardes, dentro del Pilar, alrededor de la Santa Capilla. Daban la vuelta tres estandartes, con sus correspondientes faroles, portados por chiquillos del barrio, mientras duraba el rezo del Rosario, y cuando acababa el Rosario, se acababa de dar la vuelta.
Hemos dicho que era campanero. Habría que decir que era el campanero de Zaragoza, pues aparte de llevar el Pilar tenía a su cargo la Seo, en los tiempos en que no había titular, así como San Cayetano, Santa Engracia, San Pablo... También tocaba, ayudado por sus hijos, alguna vez, para fiestas de compromiso o funerales importantes en San Felipe, el Arrabal, la Magdalena... Y era el técnico de mantenimiento, por decirlo de algún modo, de los campanos o campanas pequeñas de muchos conventos: reponía cuerdas rotas o sujetaba badajos. También era requerido por los instaladores a la hora de colocar campanas, pues como veremos seguidamente, la distinta distribución de las campanas en una torre facilitaba o impedía el trabajo del campanero. SIMEON MILLAN, sobre todo, vivía en y por las campanas, como afirman sus hijos, no sin ciertos celos:
Mi padre amaba las campanas; no las quería, las amaba; eran como su vida, eran como si fueran hijas o hijos. FM
Había llegado a la cúspide dentro de su profesión: era el campanero del Pilar. Por esto al serle ofrecida en cierto momento la plaza de campanero de la Catedral de San Isidro, en Madrid, rehusó inmediatamente: puesto que estaba, como campanero, en la posición más alta de su trabajo, cualquier cambio iba a ser para peor.
El campanero del Pilar y su familia vivían debajo de la torre de las campanas, y encima de la llamada Puerta Alta. Accedían por una puertecilla en esta misma entrada del templo, a unas escaleras que conducían hasta el campanario, pero que a medio camino tenían una desviación hacia la vivienda.
De los cinco hijos, ASUNCION MILLAN se quedó en casa a cuidar a sus padres, y era la principal ayuda del campanero en los repiques. Sus hermanos JUAN y FERNANDO también ayudaban en los volteos del Pilar y de las otras torres, pero pronto tuvieron que buscar otros medios de vida con más futuro: la plaza de campanero con múltiples obligaciones era apenas retribuida con el usufructo de la vivienda y un sueldo mensual mínimo, reforzados por las propinas de los visitantes a la torre de las campanas, que entonces estaba abierta al público. En esta familia los hijos sabían los toques. Su padre supo transmitirles la mayor parte de sus propios valores estéticos y emocionales, de modo que aún ha sido posible recogerlos hoy con gran fiabilidad. SIMEON MILLAN falleció el 25 de agosto de 1965, dos años más tarde que sus campanas del Pilar fueran electrificadas por vez primera.
FELIPE GOMEZ había nacido en un pueblo de la provincia de Soria, cuyo nombre ha sido olvidado por sus hijos. Emigró, con toda su familia a Zaragoza alrededor de 1931 y estuvieron once años en la Magdalena, donde el señor FELIPE era el campanero. Hacia 1943 la torre de la Seo estaba vacante, aunque tocaban allí el campanero del Pilar y sus hijos de modo provisional. FELIPE GOMEZ no se atrevía a pedir esa plaza, pero lo hizo, recomendado por SIMEON MILLAN, que le enseñó los toques como los hacían en La Seo. Allí estuvo unos veinticinco años, toda una vida, con su familia; vivían en unas habitaciones, aún existentes pero deshabitadas y en estado de abandono, que se encuentran sobre la Parroquieta de San Miguel, en la Seo: el acceso era por la misma puerta de la torre, en la plaza y por unos pasillos largos que cruzan tras la portada barroca llegaban a la vivienda del campanero.
El señor GOMEZ era también silenciero de la Seo, y podemos verle en una hermosa fotografía anónima, revestido con el traje talar y la vara, propios de su cargo, al cuidado de la iglesia. A veces tenía que cumplir en alguna función litúrgica, y entonces tocaban sus hijos las campanas. ANGELA, que se quedó en casa a cuidar a sus padres, era la especialista en estos casos de repicar, mientras que sus hermanos, sobre todo PABLO, y también su marido NICOLAS, más tarde, volteaban la campana Valera. Así pues, FELIPE GOMEZ, discípulo de SIMEON MILLAN, sabía los toques y repicaba la mayor parte del tiempo, excepto cuando tenía que estar en la iglesia como silenciero. Su hija ANGELA le sustituía entonces en el repique. FELIPE GOMEZ no era exclusivamente campanero y silenciero; tenía a su cargo los relojes de la Seo: uno está en la torre y había que darle cuerda una vez a la semana. El otro reloj se encuentra encima de la Sacristía mayor de la Seo, y suena dentro de la Catedral y también con las campanas del cimborrio. Es un reloj muy antiguo, muy grande, que ocupa toda una habitación y que necesitaba que le diesen cuerda a diario. El campanero estuvo tocando y residiendo en la Seo hasta 1968, en que fue a vivir con sus hijas, falleciendo el 23 de noviembre de 1970, a los ochenta y nueve años de edad.
DIONISIO LUNA, campanero de San Felipe, residía con su esposa Miguela en la misma torre, e interpretaba todos los domingos un repiquete con las dos campanas pequeñas, repiquete que había aprendido de pequeño en su pueblo, El Frago, en las Cinco Villas.
En Santa Engracia los últimos campaneros antes de la electrificación fueron URBANO MORENO y su hermano, de Avila, hijos del sacristán.
En Santa Cruz estuvo de sacristán y campanero, desde 1959 hasta 1966 JOSÉ GIL.
En San Pablo estuvo de sacristán y campanero JOSÉ MARIA GARCIA CAMAÑEZ, otro de nuestros principales informantes, fallecido el 3 de marzo de 1977. En esta torre hay la siguiente inscripción: El dia tres de febrero del año 1871, falleció el canpanero Mariano Botaya. ¿Falleció de accidente, tocando para la fiesta de San Blas?
Los campaneros de San Miguel, según BLASCO IJAZO (xxxx:xx), fueron:
Eusebio Gómez Rubio, mi buen campanero y buen amigo, encargado del servicio desde febrero de 1937; sólo recuerda a algunos campaneros precedentes: desde 1890 Andrés García. A partir de 1930, Joaquín Sánchez Catalán. Posteriormente, Alejandro Laborda.

Paisaje urbano: torres y campanas

Las campanas zaragozanas no habían sufrido la rabiosa destrucción ritual durante la guerra civil y siguieron sonando en los años cuarenta de un modo casi continuo:
Precisamente cuando terminó la guerra, con aquello del centenario de la venida de la Virgen... ¡todo el año cuarenta, entonces fue extraordinario!... Y ha habido, seguido, seguido, unos años que había mucho movimiento de... ¡claro, era natural! La gente iba mucho [a las iglesias] y las campanas pues si había gente que las tocara, ¡pues mejor! JM
La ciudad ya no era la misma: las torres de las iglesias eran todavía edificios altos, pero no los únicos, como bien describe CISTUÉ DE CASTRO (1945:7): No faltan tampoco esas otras torres, torreones y cúpulas, que son exponente y símbolo de grandeza, de progreso y de ambiciosos propósitos. Y así las diviso desde mi atalaya, sobre los Bancos, las azoteas de las empresas industriales y aún de las entidades benéficas y sociales. Y como avanzada de todos, allá donde la ciudad se ensancha, en la Feria Nacional de Muestras, que en anual superación refleja el fruto de todas nuestras actividades productoras, y para servir de guión al proyectado Palacio de la Producción Aragonesa, la gran torre de estilo mudéjar, afiligranada y erecta, orgullosa de sí misma. No hay mejor mirador que aquél para contemplar la ciudad de Zaragoza en el pasado, en el presente y en el futuro.
La ciudad crecía a lo ancho y hacia arriba, y muchos campanarios quedaban ahogados entre edificios más altos, más modernos. Las campanas seguían interpretando los toques tradicionales, aunque su importancia como medio de comunicación era cada vez menor. Trataremos de reconstruir esos toques tal y como llegaron hasta finales de los años cincuenta, de las manos y con el esfuerzo de SIMEON MILLAN, el famoso campanero del Pilar, y FELIPE GOMEZ, campanero de la Seo. Esto justifica que abordemos seguidamente las campanas únicamente desde el aspecto cultural, es decir como eran sentidas las campanas por los campaneros, de que manera las clasificaban en las torres.
La colocación de los bronces en la torre, modifica y determina los toques, las técnicas posibles. Las dificultades de acceso a algunas torres, como la Seo, o el cambio radical de la colocación de las campanas, fruto de la motorización, como es el caso del Pilar, dan carácter de provisionalidad a estas notas, que esperamos poder algún día fijar, de modo mucho más definitivo. En el Pilar había ocho campanas, de las cuales dos estaban rotas: la Joaquina y la Josefa, quebradas y con agujeros producidos quizás por un rayo. Las seis restantes, empleadas por los campaneros, eran de pequeña a grande:
La del sonido fenómeno, que era algo extraordinario, que era el no va más, era la Santa Ana, una pequeñita; ¡ésta se oía más que la grande! Estaba la Santiaga, la Teodora, la Braulia, la Indalecia, y la Pilar, la grande. JM
Algunos llamaban Pilara a la grande, pero los campaneros preferían llamarla Pilar. O, mejor aún, la grande porque en la tradición campanil de Zaragoza el nombre era algo erudito, alejado del trabajo diario del campanero: las campanas tenían una categoría, un valor relativo, que servía para ejecutar los toques. En el Pilar había las dos campanas pequeñas, las dos medianas y la grande, y, aparte, la Santa Ana que se empleaba para algunos toques muy especiales a lo largo del año: fiestas de la Virgen, repiques de pontifical y también para la bendición de los campos, el día de la Santa Cruz. Las campanas podían tener otra clasificación más allá del nombre, según su colocación: la de la plaza, la de los tejados, decían en el Pilar.
En la Seo llamaban a las campanas:
La Valera, que es la mayor, la Vicenta, la Pilar, la María, un campanico que le llaman Miguelico, y de las otras no me acuerdo. AG
Pero para nombrar a las dos medianas decían:
La de la plaza, la de la calle de la Pabostría. AG
Y llamaban a otra campana menor emplazada entre las dos medianas la del garito porque se encuentra (todavía) sobre una pequeña habitación donde los campaneros, entre toque y toque, se protegían algo del cierzo y del agua:
Siempre hay una especie de garitica allí; te metías allí, pero... ¡no estabas porque se metía allí todo! ¡Las tormentas entraban dentro! JM
La distribución de las campanas en las tres grandes torres zaragozanas, todas ellas octogonales, era similar: la grande en el centro, sobre dos vigas de madera, y las dos medianas en los ventanales exteriores; la una (la mayor) frente a la campana grande y la otra en sentido perpendicular.
En San Pablo las campanas eran:
Las campanas de San Pablo, algo menores, procedían de la refundición de campanas anteriores, tras la rotura de la mayor, la Pabla, y eran en 1976 Pabla, Petra, Blasa, Nuestra Señora del Pópulo y Gregoria, [que] son iguales, y Cimbal [que] es más pequeña. JMGC
De todas estas campanas de las grandes torres, la más famosa era la Santa Ana, en la que decían que había entrado oro y plata, y también que era mora:
Tenía ese sonido maravilloso, ¡fantástico! Podíamos decir que esa campanita, que pesaría cincuenta o sesenta kilos, llegaba su sonido casi tan lejos como la campana grande, la Pilar, que pesaba cinco mil. FM
Y también la Pabla, que estaba en San Pablo:
San Pablo tenía un juego de campanas algo extraordinario; entonces más o menos San Pablo tenía aires de Catedral: ya no era una iglesia o una parroquia cualquiera. Y el sonido de la campana grande San Pablo era sonido de... de gran señor! Es el sonido de ... como la de la Seo. Tiene un sonido extraordinario, de voz potente, de esas que suena de campana grande. JM
Entonces había campanero, aparte del sacristán, pero luego éste se encargó de las campanas al carecer de sentido la existencia de alguien dedicado exclusivamente a los toques por el menor tamaño y número de bronces:
Se hizo cargo porque la campana grande se rompió y al estar rota la campana grande, pues ya no tiene objeto.... JM
Las campanas de las parroquias, muchas de ellas desaparecidas o modificadas hoy, tenían, en la mayoría de los casos, una curiosa distribución: había cuatro campanas, dos de ellas muy pequeñas, casi unos cimbales y dos grandes, aunque no tanto como las medianas de las Catedrales. Las campanas, dos a dos, estaban muy próximas en el tono musical, pero entre las pequeñas y las grandes había un gran salto tonal, quizás una octava y media o dos. Esta curiosa colocación de cuatro campanas se daba, entre otras torres, en San Miguel, en San Cayetano, en San Nicolás. en San Gil, en el Arrabal, en la Magdalena, mientras que otras torres, sólo tenían dos, como Santa Engracia, Nuestra Señora de Gracia y San Fernando, o cinco como San Felipe, aunque en éste último caso la tercera, esto es la campana del medio, que es una típica campana de reloj, sin asas y con agujero central, parece ser cosa añadida recientemente.
Las campanas tenían nombre femenino, o al menos trasladado al femenino, excepto a veces las pequeñas que no eran ya campanas sino cimbales, cimbalicos o campanos. Muchas torres, sobre todo parroquiales, tenían cuatro campanas y las tres torres mayores, la Seo, el Pilar y San Pablo, tenían seis o siete campanas útiles, con la mayor en el centro.
La colocación de las campanas determinaba las técnicas y los toques:
La disposición de las cuerdas de pies y manos para tocar la campana, que en ninguna parte quizás se vuelvan a poner de la misma disposición. FM
La disposición era un término lleno de significados: quiere decir su colocación en la torre, de cierta manera y en cierto lugar, y también con cierto tono. Cada torre tenía una manera propia de tocar porque las campanas, con su propio sonido, con su conjunto de sonidos, estaban colocadas de tal modo, que solamente podían sonar de unas ciertas maneras. Y si modificamos el número de campanas, su tono o su colocación el resultado cambia:
No puede repetirse el toque de las campanas en ninguna otra iglesia. Esa es la diferencia, y eso es la pena que ya se haya perdido. ¡Sí! ¡Se ha perdido para siempre!. FM
El sonido de la campana varía no sólo con la colocación, como hemos visto, o con las técnicas, como veremos luego: las campanas modificaban su acústica según el clima:
Esto era cierto, y sobre todo si la variación era... si hacía hielo, el hielo hacía apagar mucho el sonido, apagaba mucho el sonido. FM

Las técnicas de sonar las campanas

Hay una importante laguna en este apartado: describimos cómo se hace, pero carecemos por el momento de documentos visuales para ilustrar estas técnicas. Estos documentos deben existir (aunque no los hemos localizado). La fotografía, la imagen, a menudo completan y dicen mucho de gestos conocidos por el artista que no siempre sabe explicar todo lo que sabe hacer. Pero vayamos a las técnicas, ayudados por los testimonios de nuestros informantes.
La manera más fácil de tocar una campana era atar el extremo de una cuerda a su badajo y tirar del otro extremo: es lo que llamaban el repique. Para facilitar el repique fijaban la campana para que no se moviera con los continuos golpes; en Zaragoza, para que la cuerda viniera bien a la mano, ataban la campana forzándola, de modo que la boca o vaso de la campana estuviese algo torcida, hacia afuera, con lo que el badajo, que quedaba en posición vertical por su peso, estaba así más cerca del lugar de percusión, siendo menor el esfuerzo necesario para tocar:
Se ataba a ese madero o a unas clavijas que habrá por aquí... porque tiene que haber, en este lado unas clavijas, media vuelta y media vuelta. Había que coger la cuerda y bajar esto, bajar la boca, que fuera más para fuera, para poder, para cuando pegas el golpe te viniera bien a la mano. JM
Los badajos tenían, en el extremo que golpea la campana, un agujero por el que se pasaba un gancho, unido a una cuerda más o menos larga. Para los repiques sencillos el otro extremo de la cuerda era cogido directamente por la mano del campanero, que podía así tocar dos campanas, una en cada mano,
combinando las voces. JM
Tocaban a menudo la campana grande, la que estaba en el centro de la torre, a badajazos, desde la misma casa del campanero, a media escalera. Unían una larga cuerda al extremo del badajo, forzándola a través de una especie de palomilla para que tomase un ángulo, obligando al badajo a golpear en la campana, cuando tiraban del otro extremo, muchos metros más abajo.
Para repicar era preciso emplear al menos dos campanas, de modo que una llevase un ritmo base y la otra realizara variaciones. Si eran sólo dos campanas no había problema: se cogía el extremo de una cuerda en cada mano. Ahora bien, si el número de campanas aumentaba y era preciso emplear más cuerdas la cosa se complicaba. En la Seo y el Pilar ésto se realizaba uniendo con una cuerda los badajos de las dos campanas medianas, que estaban en dos lados no contiguos de la torre. En el centro de esa cuerda se encontraba una especie de pedal. Con esta solución técnica, aumentaba la posibilidad de tocar campanas: dos con los pies y una en cada mano. Pero en ambas Catedrales había cinco campanas para el repique, a parte de la grande que voltearía o no según la clase de fiesta.
En el Pilar estaba la Santa Ana, que se unía a las dos medianas; entonces hacían una especie de triángulo de cuyo centro partían sendas cuerdas hacia las tres campanas.
En la Seo tocaban las dos medianas unidas, con un pie en una mano dos campanas y en la otra una.
En San Pablo tocaban una mediana con el pie, y llevaban dos en cada mano.
En las catedrales las dos o tres cuerdas de las campanas medianas iban unidas a una especie de pedal, pero también podían atar otra cuerda larga que llegaba hasta la altura de la casa de los campaneros.
El repique era el toque más creativo y expresivo, realizado generalmente, como ya hemos dicho, con dos campanas. Para estos campaneros urbanos ésto es solamente hacer un repique mientras que en Zaragoza repicar era tocar todas las campanas de la torre, excepto la grande. En el Pilar
Los repiques eran todas excepto la grande: entonces intervenían todas. Había un juego de cuerdas, donde estaban enganchados los badajos: había esas que se manejaban con los pies, y después una cuerda en una mano y otra cuerda en otra mano. Las de los pies eran una campana a la derecha, otra a la izquierda y otra cuerda que subía a la Santa Ana, que no se tocaba en todas las fiestas. Entonces se hacía una especie de triángulo y con el pie se tiraba de esa cuerda, en triángulo, y sonaban las tres campanas a la vez, y según la dirección del pie se iba a la derecha o la izquierda sonaba con más fuerza una u otra. [Mi padre] tocaba de pies, apoyado en la espalda en una escalera de mampostería. FM
Hay una manera intermedia de tocar las campanas, entre el repique y el volteo, muy empleada en los toques zaragozanos: tocar a medias, es decir hacer oscilar la campana, sin que llegue a rebasar la vertical, y por tanto sin que llegue a voltear. Este era el toque especialmente apropiado para los difuntos:
A media... a media vuelta porque, claro, a muerto no se puede hacer el bandeo JM
Otros toques aparte de los mortuorios exigían esta técnica, aunque algo más complicada: se trataba de mantener la campana hacia arriba, dando de vez en cuando media vuelta, para que sólo produjese un golpe, sonoro y seco, y volviendo a mantenerla invertida, durante más o menos tiempo, con la ayuda de cuerdas, maderas u otros ingenios. Ésto requería cierta habilidad:
¡De pronto has dado dos vueltas a la campana! Pues, naturalmente, al estar dando las medias vueltas, pues a lo mejor pegabas un tirón más fuerte... y pin-pan. JM
El propósito de esta técnica era la producción de golpes alternados y sonoros, con dos posibilidades acústicas: si la campana tocaba a media vuelta, o a medias, si oscilaba sin llegar al punto más alto, los toques eran sonoros, pero largos y regulares: el intervalo entre toque y toque dependía del ritmo propio de oscilación de la campana y de la fuerza con que se daban los tirones a la cuerda. Si la campana estaba invertida y se daba una media vuelta, el golpe era sonoro (el badajo golpea con todo su peso sobre la campana) y seco (la campana, al volver a subir recoge el badajo y éste se encarga de amortiguar el sonido). Por éso, un mismo ritmo producido a campana parada, a campana oscilante o a campana a media vuelta producía un sonido de igual tono pero de mayor o menor resonancia y volumen, y por tanto con un timbre muy distinto, voluntariamente buscado.
Para que la campana diese un solo golpe al caer de su posición vertical era preciso dar sólo media vuelta, cada vez en un sentido: si continuaba girando en el mismo sentido el primer golpe era único, pero los siguientes eran dobles: al bajar la campana y al subir. Estos dos golpes no eran iguales: el primero más seco, potente y corto; el segundo de menor volumen y de mayor duración, y su relación variaba con la velocidad de la campana. También cambiaba la sonoridad si los golpes se producían dentro o fuera de la torre: según el sentido del giro el primer golpe era en el interior o en el exterior.
Como resultado de estas técnicas, la campana, al girar en un sentido o en otro, a mayor o menor velocidad, producía sonidos de similar tonalidad pero de distinto volumen, duración y resonancia. Estos efectos que controlaba y producía el campanero a voluntad, eran la consecuencia de lo que llaman en Zaragoza el volteo. Prácticamente todas las campanas de las torres de Zaragoza, excepto la Santa Ana del Pilar y alguna otra rara excepción podían voltear, es decir podían girar libremente alrededor de un eje, en un sentido o en otro, y gracias al contrapeso o yugo, de madera o hierro fundido, que casi equilibraba el peso de la boca, copa o instrumento de bronce, o sea la campana propiamente dicha.
Una de las características de las campanas zaragozanas era precisamente la relación entre el peso de la copa y el peso del yugo, cercano a uno: la campana pesaba sólo algo más que el yugo, a veces una décima parte tan solo e incluso lo mismo, como en el caso de la campana grande del Pilar. En esto se diferenciaban las campanas de Zaragoza de las que encontramos en otros lugares de Aragón y de más lejos de sus fronteras, donde la relación era mayor: la campana pesaba a veces un cuarto o incluso un tercio más que el yugo. Y ya no digamos el caso de las campanas de tradición cultural centroeuropea, que carecen de yugo, como es el caso de las actuales campanas del Pilar y Santa Engracia.
La mínima diferencia de peso entre campana y yugo tradicional en las campanas zaragozanas, tenía sus ventajas y sus desventajas. Era necesario un menor esfuerzo para hacer oscilar la campana (tocar a medias) o para hacerla voltear (tocar a vueltas, voltear: el término bandear, tan común en Aragón, apenas se empleaba en Zaragoza). Fué preciso inventar técnicas complejas para que la campana, al voltear, girase a mayor velocidad, ya que su ritmo natural de volteo era lento y por tanto poco gracioso. También se necesitaba un badajo mixto, con el alma de hierro y forrado de madera, pues los badajos totalmente metálicos empleados en campanas lentas se partían por la mitad, por problemas de vibración. Como adaptación y respuesta a estas características de las campanas, se desarrollaron, no sabemos en qué época, técnicas especiales para voltear las campanas con poco esfuerzo y a gran velocidad. Estas técnicas complicadas, exigían una especialización, una profesionalización del campanero, y comportaban un alto riesgo, pero con ellas conseguían muchos más efectos sonoros de las campanas.
La técnica más empleada, llamada tocar a cuerda, era el volteo con una cuerda enrollada en el yugo de la campana. La campana tenía una larga cuerda, cuyo extremo iba atado a una especie de palanca de hierro, colocada a la altura del eje. Al tirar de esa cuerda la campana comenzaba a oscilar, y había un momento en que la campana rebasaba la vertical e iniciaba el volteo, quedando enrollada la cuerda en el extremo superior del yugo. Las campanas solían tener ocho o diez vueltas de cuerda, lo que en una campana mediana podía suponer treinta o cuarenta metros. Al dar la vuelta se desenrollaba la cuerda y se volvía a enrollar por la misma fuerza que llevaba la campana. Conforme venía la cuerda tenían que correr a gran velocidad, subir los escalones, coger la cuerda arriba y dejarse caer, y con ese peso que se echaba, con el peso del propio cuerpo daba otra vuelta la campana:
Menudas carreras había que pegarse para coger la cuerda arriba y tirarte que a lo mejor te fallaba una mano y tozolón que llevabas. JM
Las campanas de la Seo así como la mayor aún existente de San Nicolás se diferenciaban de las otras parroquias que hemos conocido (San Miguel, San Gil, San Felipe, ambas con yugos de madera: San Pablo, con modernos yugos de hierro de Fundiciones Averly, pero con similar técnica): en el primer caso la cuerda, unida a una barra de hierro introducida en el yugo de madera, se enganchaba en las vueltas posteriores únicamente entre el eje y el yugo. El campanico de la Seo, el Miguelico, aún debe tener unos cuantos metros de cuerda así enrollados. Aunque carecía de barra de hierro (que los campaneros de la Ciutat de València llaman ballesta, pero cuyo nombre desconocían los zaragozanos) la campana Valera era inicialmente volteada del mismo modo. Su yugo de hierro tenía en lo alto una especie de cuernos y en el eje una como guía para marcar el lugar por donde enrollaban la cuerda, cuyo extremo iba enganchado a una argolla, colocada de manera alternativa en cada uno de los extremos superiores del yugo (es decir, viendo de frente la campana, por cualquiera de los dos lados, en el lado superior derecho). También las antiguas campanas de Santa Engracia tenían estas barras de hierro, pero se volteaban a mano. Las otras campanas parroquiales aumentaban la complicación ya que ese barrote metálico (o de madera, como en San Felipe, aún hoy) tenía un pequeño travesaño casi en su extremo, de madera que la cuerda, enrollada, hacía una especie de triángulo, pasando por el eje, el yugo y el travesaño citado.
No parece que las campanas zaragozanas fuesen tocadas con la técnica más sencilla, empleada en Mora de Rubielos o en Cariñena, enrollando la cuerda simplemente por el eje del yugo de madera, aunque parece probable que estas otras campanas tuviesen un yugo menos equilibrado, como en las campanas valencianas. Seguramente la existencia de técnicas tan complejas, con largas cuerdas en torno al yugo, estaba motivada por la necesidad de embalar las campanas, de impulsarlas con fuerza, a causa de su equilibrado contrapeso, tal y como ocurría en Ateca.
Una vez desenrollada toda la cuerda dejaban rodar la campana hasta que llegase el extremo de la cuerda, que no soltaban, aunque a veces, si las campanas estaban recién engrasadas la cuerda se iba tras la campana:
Muchas veces me ha pegado la cuerda en la cabeza, si se me escapaban cuando se engrasaban pues, corrían mucho y empezaban bimbán, bimbán y zás, ¡adiós cuerda! ¡Ya te podías apartar! JMGC
Otro de los problemas, a la hora del volteo a cuerda era que se metiera la cuerda por el eje, lo que bloqueaba la campana, impidiéndole girar. Había que sacar, con gran esfuerzo a veces, la cuerda que estaba pellizcada entre el yugo y la pared, y que además se llenaba de grasa, para que la campana pudiese voltear de nuevo libremente. Al terminar el volteo dejaban la campana con toda la cuerda rollada, excepto los dos o tres últimos metros, necesarios para tirar de ella en el siguiente volteo. Ataban ese mismo cabo de cuerda a unas clavijas o a la madera que hay debajo de las campanas para dejarla fija en los repiques. Cuando terminaba el volteo dejaban caer la campana, hasta que se parase por sí sola:
Ella sola, pin... pan... poco a poco se va parando ella sola. JM
Había que dejar al final la cuerda rollada por el lado del campanero, y no por el del exterior del campanario, de modo que al tirar de la cuerda, dejándose caer desde los escalones, la campana comenzara a elevarse, por el lado exterior de la torre, y gracias a ese impulso iniciase el volteo. El madero que se encuentra debajo de cada campana consistía generalmente en un trozo de tronco descortezado y algo desbastado, que podía girar libremente dentro de los huecos del muro donde estaba; era un auxiliar básico para el volteo a cuerda según la técnica tradicional zaragozana. A la hora de tirar de la cuerda, saltando, no servía para nada, pero luego, al desenrollar la cuerda en el otro sentido, el madero, que ya tenía un desgaste de tantos años de rozar la cuerda, facilitaba el volteo y aportaba una seguridad para el campanero:
Es que te ayuda, te ayuda el madero ese, la cuerda te ayuda, en el rasfilón este... Y además como defensa para tí también, porque claro, si te llevaba la campana, pues te llevaba como quien dice fuera, y así parabas ahí. JM
Esta técnica de volteo, más complicada, exigía una particularidad: las campanas tenían que estar altas, para poder subir y dejarse caer con eficacia y sin el peligro de ser golpeado directamente por el bronce o por el contrapeso. El madero estaba siempre algo desplazado con respecto a la vertical de los ejes para facilitar el volteo. Este desplazamiento aumentaba con el tamaño de las campanas, que estaban lo suficientemente altas para no golpear a alguien que estuviese de pié, en el suelo del campanario.
Casi todas las campanas de las Catedrales y de las parroquias más importantes se podían voltear a cuerda, con una importante excepción: la grande del Pilar. Esta campana estaba tan equilibrada con respecto a su yugo (que era metálico como el de la Valera) que quedaba en posición horizontal, lo que parece ser que impedía el volteo a cuerda; por éso la tocaban a mano. A mano o a pie, ya que se ayudaban con ambas extremidades.
La campana grande estaba colocada, en alto, en el centro de la torre, sobre unas vigas de madera. Sus ejes estaban a unos cuatro metros sobre el suelo del campanario. Sobre esas mismas vigas había dos balconcillos laterales donde se instalaban dos o más campaneros. Por lo general eran cuatro, turnándose de dos en dos, pero a veces, algunos días críticos, tenía que tocar uno solo:
Tocar la campana grande era una paliza terrible, porque hay que tener en cuenta que eran cinco mil kilos, y había que darle vueltas a mano o a pie. La campana grande del Pilar, los cinco mil kilos no tenían cuerdas, para tirar de ella, sino que era a mano; desde los laterales, a mano. Estaba muy bien nivelada esa campana, sí, tenía un nivel muy bien hecho y el arranque era bastante... Pero claro, mantener en aire, dando vueltas a cinco mil kilos, pues por muy bien nivelado que esté, había que hacer mucho esfuerzo, sí. FM
Esta campana se tocaba con la mano y con el pie: y lo más penoso era ponerla en marcha:
Y entonces, para coger el impulso, le metía el pie... ¡Todo el cuerpo! Salía fuera de la campana y el cuerpo es el que le impulsaba, y al volver otra vez, claro, hay que coger la boca y después el yugo para aprovechar ese impulso, que aunque estaba con ejes de ésos de bolas y éso, pero ese impulso de cinco mil kilos, cuando está plana está muy bien, pero primero hay que darle la vuelta y después mantener ese ritmo. JM
Se trataba pues de hacer un gran esfuerzo, para que la campana girase con regularidad y con viveza, es decir con un ritmo constante. Y por otro lado este trabajo, tan peligroso, no lo podía hacer cualquiera:
No podíamos fiarnos de amigos o de alguien que dijera: "Yo te ayudo", ¡porque era peligrosísimo! Porque un descuido... A tener en cuenta que la campana ésta va en el interior de la torre al aire. FM
Cuando la familia Millán llevaba la Seo, volteaban la campana grande, la Valera, con una técnica mixta, es decir a cuerda y a mano:
A cuerda y a mano: conforme venía la cuerda tenías que correr a coger la cuerda arriba... precisamente para éso [tenía] una cuerda muy gruesa: para coger. Y mientras tanto, si el uno estaba con la cuerda había otro arriba que es el que impulsaba, a mano, desde arriba; que también ese se jugaba la vida desde arriba: al pasar el yugo, te pasaba a milímetros a la cabeza! La cuerda muchas veces, no llevaba bastante impulso y el de arriba, sí, impulsaba para poder arrollarla otra vez. JM
Esta técnica de volteo a cuerda de la campana mayor de la Seo fué abandonada: aunque se conseguía una mayor velocidad de la campana, y posiblemente el esfuerzo fuera menor, exigía una gran agilidad y era mucho más peligrosa. Por ésto se tocaba esa campana también a mano, con tres o cuatro hombres, dos a cada lado.
Por lo general volteaban una o dos campanas a la vez, aunque ciertos toques requerían el volteo de todas. Entonces había un orden para empezar, y terminar:
Siempre empezaba la pequeña, y una vez que empezaba la pequeña ya empezaba la segunda, y después la otra, y después la otra: o sea, llevan un ritmo. Cuando... en cuanto paraba la primera pues se paraban todas. JM
El toque más importante de las Catedrales zaragozanas, y que exigía la colaboración y la coordinación de mucha gente era tocar la grande: para las grandes festividades, la campana grande volteaba, en el centro de la torre, mientras que el campanero, en un lado, recostado en una pared, repicaba, tocando todas las demás campanas de la torre. Para esta ocasión subían hijos, cuñados, amigos, pues el toque de la campana debía ser continuo y rítmico, y sin embargo era preciso un gran esfuerzo para producirlo. El volteo de la campana mayor era el ritmo básico, al cual se adecuaba, con variaciones infinitas, el campanero con su repique: las campanas pequeñas en las manos y las medianas con el pié.
Posiblemente este toque sea el origen de una conocida expresión zaragozana, que luego volveremos a oir al hablar de las procesiones: toca la campana de ... Se decía al escuchar un sonido festivo de las campanas de una torre que "ya toca la campana del Pilar" o "ya toca la campana de San Pablo", queriendo decir que sonaban todas las campanas de la torre citada. Al decir la campana, en singular, se referían a la campana grande de cada sitio, más sonora, sólo empleada para grandes ocasiones, y que en los toques tradicionales zaragozanos volteaba mientras que todas las demás únicamente repicaban.

Conservación de campanas

Las campanas necesitaban una revisión y un mantenimiento para que funcionasen con el mínimo esfuerzo, y para evitar accidentes. Una de las operaciones más necesarias era el engrase. Las pequeñas sólo lo necesitaban de vez en cuando (también eran las que volteaban más y por eso los ejes estaban más rodados) pero las grandes necesitaban ser engrasadas cada vez que se iban a tocar, tanto a vueltas como a medias. Era un trabajo difícil, pues había que subir hasta el eje de la campana, saliendo casi al exterior de la torre, para echar el aceite a los ejes. También tenían que quitar la grasa sobrante, que se secaba quedando hecha un bloque, que debían raspar, con gran riesgo.
Era preciso revisar a menudo la sujeción del badajo a una argolla del interior de la campana, pues podía soltarse si las cuerdas estaban podridas o rotas. El badajo de más difícil colocación era precisamente el del centro, el que correspondía a la campana grande, ya que se trataba de una pieza de hierro, forrada de madera, que pesaba varias docenas de kilos. Una vez soltó ese badajo, el de la campana Pilar, y fué a caer junto a los pies de SIMEON MILLAN que estaba repicando, sin llegar a herirle.

Peligrosidad y esfuerzo de los campaneros

El trabajo más arriesgado del campanero era el volteo de las campanas, sobre todo de la campana grande: era necesario saber empujar a tiempo, con la mano o con el pié, y también apartarse para que la campana, en su rotación, no arrastrara al campanero, cosa que ocurrió una vez en el Pilar. En efecto, alguien cayó desde arriba y fue a chocar contra el suelo, quedando malherido al golpearse con la cara. No obstante sobrevivió, llegó a ser sacerdote, y gustaba de subir de vez en cuando a recordar su accidente.
El riesgo de tocar la campana grande se veía multiplicado las veces que había que tocar en la oscuridad, como es la fecha del uno al dos de enero, a medianoche. Sólo tenían para iluminarse unos faroles antiguos, de vela, que apenas alcanzaban hasta el extremo del brazo, por lo que tocaban más a tientas, por tacto, que otra cosa.
El frío era otro de los factores negativos a tener en cuenta a la hora de valorar el trabajo de los campaneros: para esa noche de la Venida de la Virgen, el frío era tan intenso que hubo años en que necesitaron una chapa de hierro para cortar el hielo que bloqueaba los ejes de la campana. Esas bajas temperaturas enfriaban tanto la campana y el yugo que al hacer contacto con el bronce o el hierro, se quemaban las manos, hasta el extremo de salir ampollas.

Los toques tradicionales en Zaragoza

Tenemos que repetir lo que dijimos al hablar de los documentos gráficos. Parece ser que se hicieron algunas grabaciones, especialmente de tocar la grande, en el Pilar. Pero no las hemos localizado, al menos de momento, en las emisoras de radio de Zaragoza, y en otros posibles archivos sonoros. ¿Existen estas grabaciones? Ellas nos permitirían comprobar y poder traducir a partitura musical los toques, que sólo conocemos por el testimonio de los últimos actores de este fenómeno cultural perdido. Veamos pues cómo eran esos toques. Las campanas comenzaban a sonar antes de nacer el día. A las cinco de la mañana en verano y a las seis en invierno tocaba, en el Pilar, la campana grande tres badajazos espaciados, el toque de oración, y después, al poco, tocaban para misa de infantes con las dos campanas medianas unidas:
En la misa de infantes, la Santa Ana sólo se podía tocar si era santo de Virgen, de Santo, no; exclusivo para santo de Virgen. JM
Daban alrededor de ochenta golpes, de una sola vez, que tocaban desde la puerta de casa, excepto los días de fiesta grande, como el Pilar, en el cual la misa de Infantes era dos o tres horas antes, a las cuatro de la mañana. Entonces subían a tocar junto a las campanas:
A las cinco de la mañana, para no tener que subir arriba, pues se hacía también, que por éso se enganchaban éstas también, y éstas, el sonido de todas es la misa de infantes normal... Ahora, la misa de infantes de día grande había que subir arriba, repicar y bandear la campana grande: éso ya es de primera clase, de solemne. JM
Después tocaban a coro, toque que cambiaba según la clase:
A no ser los grande, los grandes, para el Pilar y cosas de esas, que era, pues una hora, tocando cada cuarto de hora. JM
Luego, en la misa conventual, tocaban para la consagración, unos golpes con la campana grande. Por la tarde estaban las vísperas, que se tocaba según la clase de día, y después los maitines:
Y después estaban los maitines, que es el cuarto de hora después de vísperas, ¡y entonces se tocaban todas a la vez! Un toque todas a la vez y cortado. JM
La torre era el medio de comunicación entre las actividades de la iglesia y el mundo exterior circundante. Pero los campaneros, en la torre, necesitaban un aviso para tocar sus grandes campanas al tiempo en que estaban ocurriendo, o iban a ocurrir, los acontecimientos a nivel del suelo:
Que antes había, si habrá visto, abajo, en el tejao de la iglesa, un campanico. Cuando terminaban vísperas entonces empezaban los maitines. En el coro tocaban el campanico y entonces era el aviso para empezar. JM
Todo es relativo, en esta vida. El campanico, situado en el tejado de la iglesia, se encontraba sin embargo abajo para el campanero, acostumbrado a los más altos horizontes.
Por la noche, de siete a ocho o de ocho a nueve volvían a sonar la oración y los últimos toques del día. Había un cambio de horario, a lo largo del año, para algunos de los toques diarios: la misa de infantes era a las cinco o a las seis; las vísperas se tocaban a las tres o a las cuatro de tarde; los toques de oración, por la noche, eran de siete a ocho o de ocho a nueve. Los horarios cambiaban con las Cruces: el horario de verano era desde la Cruz de Mayo (día 3 de mayo) hasta la Cruz de Septiembre (14 de septiembre); el resto del año, desde septiembre hasta mayo, tenía horario de invierno. El único acto diario invariable, en invierno o verano era el coro de la mañana, de ocho a nueve, mientras que el toque de oración, al mediodía, tenía tambien horario fijo a lo largo del año: siempre a las doce. En la Seo, los horarios eran similares, pero con restricciones:
Esos toques de coro se hacían por la mañana. Al principio, como había coro por la tarde,también se hacían igual, pero lo quitaron. La Valera tenía una cuerda para pegar badajazos, desde el piso que hay a media torre. Desde allí mismo, a la Consagración, se daban tres o cuatro badajazos, cuando oíamos el campanico que hay en el tejado para avisarnos. A mediodía, cuando nos acordábamos, tocábamos tres o cuatro badajazos para las oraciones. Por la noche, si era invierno a las ocho, y en verano a las nueve. AG
La iglesia de San Pablo tenía también diversos toques a lo largo del día, para significar las distintas ceremonias, muy simplificados:
Por la mañana tocaba una campana... Todos los días la misma... Por la tarde, en la víspera se tocaba la pequeña, el cimbal y después la otra mayor. JMGC
A lo largo de todo el día, y según la densidad de ceremonias, las torres tocaban más o menos veces las campanas, y de modo adecuado:
¡Muchos días era completo! Las campanas te ocupaban desde las cinco de la mañana; había muchas veces que las cinco de la mañana y eran las nueve de la noche ¡y estabas pendiente de las campanas! Más o menos horas, pero pendiente todo el día. JM
Los toques a lo largo del día estaban marcando actividades litúrgicas, en las iglesias mayores, toques que para el zaragozano, más allá de su connotación religiosa, se convertían en referencias horarias, en límites de tiempo con los que ordenaba su vida diaria. Así, el toque de perdidos, que sonaba en la iglesia de San Miguel, todas las noches, era, en su origen, un toque para que los que estuvieran en la huerta, más allá de las murallas, encontrasen su camino de vuelta a casa, en las noches de niebla zaragozanas. Pero este toque, que tenía un sentido caritativo, de ayuda al perdido, resultaba ser, en la Zaragoza urbana de principios de siglo, otra referencia temporal y de significado: los perdidos eran los sinvergüenzas que volvían a casa, medio borrachos, después que en San Miguel hubiesen tocado la campana, descrito por AZAGRA MURILLO (1980:) así como por BLASCO IJAZO, anteriormente citado. Toque de perdidos que sonaba, por cierto, en el otro extremo de la ciudad; lo tocaban unas monjas de la plaza de Santo Domingo, pero que no era interpretado en ninguna de las grandes torres urbanas.

El ciclo anual

A lo largo del año se conmemoraba el ciclo litúrgico, ciertamente relacionado con el ciclo de la Naturaleza, y cuyo núcleo está en la Semana Santa y la Pascua, como festividades relacionadas con el calendario lunar y festividades relacionadas con el calendario civil o solar. Entre las segundas cada torre celebraba de modo muy especial su fiesta propia; en la Seo, para San Valero:
El día de San Valero la víspera a mediodía, se hacía en tres tiempos, como si se estuviese tocando a coro de primera clase, y subíamos al final el repique, pues tenía que bandear la Valera, que era su santo. AG
En el Pilar tocaban en octubre, y también, de modo muy especial, para la celebración de la venida de la Virgen la medianoche del 1 al 2 de enero:
¡Había que tocar mucho esa noche! JM
En San Pablo, las fiestas más celebradas eran San Pablo y San Blas. Tocaban la víspera y el día de la fiesta a las doce: volteaban las seis campanas, para lo que hacía falta un hombre en cada una, y luego para la misa; si ésta era a las 12, tocaban una sola vez, una media hora antes, aunque en el caso de no haber bastante gente volteaban la mayor y repicaban con las otras cinco, e incluso, en casos extremos volteaban sólo la campana mayor.
Para Santa Cruz de Mayo, el día 3, tocaban en el Pilar, acompañando la ceremonia de bendecir los campos:
El día de la Santa Cruz, pues de siete a ocho de la mañana entonces se salía a la ribera, a bendecir los campos y todo aquello, y había una especie de toques, un repiqueo: tocaban la Santa Ana que sonaba más que la campana grande, por el sonido ese tan fino que tenía, y conterstaban las otras con otros... repiques... como si fuera una llamada de atención... y contestaban las otras con otros repiques. No se empleaba esa campanica a no ser que fuera el día de Santa Cruz, la Santa Ana... tocaba, y contestaba otra; salían tres sonidos diferentes, la pequeña, y repiqueteo de otra, y otra, y eran seguidas. JM
Este toque, que era para los campaneros zaragozanos uno de los más bonitos, se realizaba en el Pilar, con las tres campanas pequeñas: la Santa Ana, que estaba fija, y las otras dos. Por lo que sabemos tocaban todas un mismo repiquete, de sólo tres o cuatro compases musicales, repiquete que repetían una y otra vez, interpretando variaciones del ritmo original con las campanas, mientras duraban las ceremonias. Las campanas servían en este caso de música de fondo para la bendición de los campos, que realizaban desde la ribera del Ebro.
Había otra celebración a fecha fija que impresionaba mucho a los campaneros zaragozanos: la noche de los Santos. El primero de noviembre tocaban después de la oración las campanas a muerto, durante un largo rato, quizás dos horas, con intervalos de silencio. Por un lado era un toque pesado, por la larga duración y por el frío, y por otro lado el motivo les afectaba mucho: era un toque de muertos, por la noche, sin apenas luz.
Desde el Jueves Santo hasta el Sábado de Gloria, las campanas dejaban de tocar en Zaragoza, y su música era sustituida por matracas. En este sentido no hay ninguna novedad con respecto a otras tradiciones, pero si es particular el modo de tratar las campanas en esos días; los campaneros las mataban:
Lo único que se hacía era matarlas: en la Semana Santa se mataban las campanas: quiere decirse que se ponían horizontales, con cuerdas, y atadas que se quedaran en posición horizontal; la grande también: aunque no se viera, también se ponía, y ella por su nivelación quedaba en sentido horizontal. FM
Entonces ya, matar las campanas, o sea, totalmente muertas. JM
Es realmente destacable este sentido de la responsabilidad de la familia MILLAN: procuraban que estuvieran muertas las campanas, aunque no se viesen desde la calle. Contaban a su favor con la campana Pilar que estaba tan equilibrada que podía dejarse horizontal: probablemente esto era imposible de hacer en la Seo, donde la Valera era tan pesada. La familia GOMEZ, también inmovilizaba algunas de las campanas:
Para la Semana Santa se tocaba como si fuera un repique de primera clase, y después se pingaban las campanas que se veían dela calle, como la de la plaza, la de la calle de Pabostría, el campanico. Se dejaban así, pingadas hasta el Sábado Santo. AG
Durante este tiempo, en que las campanas estaban muertas, tocaban las matracas, de madera:
Se tocaba durante todos los días estos, se tocaban las carraclas, las matracas, tenían muchos nombres eso, y no sonaban las campanas. FM
Las campanas, muertas, sonaban de una manera espectacular, para celebrar la Resurrección de Cristo, y el renacimiento, otro año más, de la primavera:
Y después había un momento en que se tocaba a muerto y en un momento determinado, cuando era la hora de la Resurrección, entonces todas las campanas se ponían a vuelo; quizás fuera éste el toque más extraordinario... Entonces nos juntábamos la familia, amigos, y tocábamos todas las campanas que se podían dar vueltas, desde las pequeñas a la grande, todas a vuelo, ¡era fabuloso! ¡Era impresionante, impresionante! Que, ¡los que estábamos arriba que acabábamos medio sordos! ¡Tarumbas! Porque si eran las dos campanas grandes, vamos, las que llamábamos medianas, las otras dos pequeñas, y la grande que eran cinco campanas que iban a vuelo; ¡pues el ruido era atronador, atronador!... La única que no iba a vuelo, en este caso, era la Santana, que ésta era fija, ¡ésa era fija! FM

Los toques de coro: la clase de los días

La conjunción de estos ciclos anuales daba como resultado que los días tuviesen distinta categoría, diferente clase, según su posición dentro de todos esos ciclos anuales.Y esa clase era expresada, confirmaba en los distintos toques diarios, pues esos toques variaban según la clase de día. Al final de los años cincuenta, cuando nuestros campaneros estaban aún en activo, esa clasificación de los días seguía estando vigente, y la distinta clase se señalaba, especialmente, en el toque de coro de la mañana y en las vísperas de la tarde. Veamos cómo tocaban en el Pilar. Recordemos que cinco campanas podían voltear: la grande, en el centro; la mediana mayor, la otra mediana, la otra pequeña y la pequeña. Para los días simples se tocaba:
Primero la pequeña a vueltas, y después una de estas medianas, ida... y vuelta; ida... y vuelta, y ¡vale! Ése es el simple. JM
Para los semidobles:
El semidoble ya era lo mismo. Primero la pequeña, y después la mediana esta, igual. Pero, conforme tocaba el media vuelta, el pin, entonces a mano contestaba... Volvía otra vez, sonaba y contestaba otra. JM
El semidoble introducía una variación respecto al simple. Una de las dos campanas medianas, la pequeña, daba de vez en cuando medias vueltas, y la mantenían parada con la copa invertida, mientras que la otra mediana sonaba a mano, tirando de la cuerda que iba unida al badajo. Como consecuencia de estas técnicas, la mediana pequeña daba golpes sonoros y secos, más cortos, mientras que la mediana mayor daba golpes de menor volumen (nunca se toca con la mano tan fuerte como lo hace el badajo al caer con todo su peso) pero más largos (el badajo no interfiere, y por tanto la campana vibra durante más tiempo).
Para la segunda clase se invertían los términos:
La segunda era ya la campana, la mediana, ¡pero la mediana mayor! Se hacía el mismo toque, pero entonces contestaba la otra, ¡al revés!... No se llegaba a voltear, sino a medias. Es el mediovolteo ese. JM
El toque empleaba las mismas notas pero con sonoridad invertida: la nota más seca y sonora correspondía entonces a la mediana mayor, y la más vibrante correspondía a la otra mediana. Este mensaje, tan parecido, y sin embargo tan diferenciado, era entendido por la gente:
Había mucha pero muchísima gente que entendía los toques de las campanas, y con arreglo al toque de la campana sabían la solemnidad de la fiesta... Sí, gente de la calle. El zaragozano, el zaragozano conocía el toque de la campana, lo conocía; era curioso. FM
La primera clase era el toque más completo e importante:
La primera era la mediana mayor, y entonces la grande sólo de sonido, de badajo, sin moverla. La mediana mayor, moverla, que no dé la vuelta, y volver. Éso se hacía un cuarto de hora o media hora según. Pero terminaba una parte de ésa y seguía: en vez de medias vueltas, no sonaba nada; sólo cuatro campanadas de la grande y al final es cuando ya se repicaba; con las cinco. Y si era solemne, con el volteo de la grande. Pontifical que se solía llamar, toque de pontifical. JM
Eso era por la mañana; por la tarde los toques eran más complicados:
Por la tarde más o menos igual: los demás toques más o menos iguales. Cuando es de primera, por la tarde, las vísperas, entonces se tocaba a vueltas la pequeña; a continuación la segunda también a vueltas. [Luego] una campanada de la grande y contestaban las tres otras, en vez de todas, que son estas tres unidas aquí [las dos medianas y la Santa Ana] que tocaban pon, la grande y después clin, sonaban las otras. Y después, claro, cuando terminabas, al terminar siempre el repique al terminar, y en las solemnes, entonces, es el volteo de la grande. JM
En la torre de la Seo había algunas diferencias: allí tenían, como en el Pilar, tres campanas pequeñas, pero para el toque de coro diario volteaban la más pequeña, y para los repiques sólo tañían las dos campanas medianas con los pies.
Según la festividad debía de tocar de una forma o de otra, tocaba los toques de coro en tres tiempos, el primero, media hora antes, el segundo, un cuarto, y el tercero a la hora.
Si era un toque de día ordinario, el primer tiempo era bandear el Miguelico con una cuerda que se enroscaba y desenroscaba. Se le hacía dos bandos. El segundo tiempo era con la campana que da a la calle de la Pabostría, que no me acuerdo como se llama, que movía a medio bando, y la dejaba pingada, o sea que con unos maderos y cuerdas que tenía mi padre, y que se apoyaban en el yugo, se quedaba así, pingada. Después la dejaba baja. En el tercer tiempo repicaba.
En todas las clases se repicaba al final, o sea que mi padre, apoyado en la pared del garito, con una mano repicaba el Miguelico y otra, con la otra mano otra campana, y con los pies dos más; con unas cuerdas que tenía, pisaba primero una y después la otra. Para un día normal repicaba sólo con el Miguelico y dos más.
Las campanas que se tocaban con los pies era sólo para los días de fiesta grande.
Para un día de segunda clase, se empezaba igual, bandeando el Miguelico. El segundo tiempo era con la campana que hay encima del garito y se contestaba a badajazos con la campana de la calle de la Pabostría. El tercer tiempo era siempre un repique, con cuatro o tres campanas.
Para los días de primera clase, se tocaba así: el primer tiempo era a badajazos con la campana Valera. Después se pingaba la campana de la plaza y al final se repicaba. AG
Estos eran los toques usuales para las clases, pero había algunas ocasiones en las cuales eran sustituidos por toques de muerto: el día de los difuntos, el dos de noviembre, y también cuando fallecían el Papa, el Arzobispo:
Los toques, en vez de ser... de las ocho a las nueve de la mañana, en vez de ser de volteo de campanas por lo... no, siempre era toque de muerto. JM
Los toques de coro eran sustituidos igualmente durante las Cuarenta Horas, que antiguamente iban de iglesia en iglesia:
También eran repiques; en vez de ser de ocho a nueve del volteo de las campanas, y aquello, ¡no! Eran repiques seguidos; cada cuarto de hora un repique. JM

Procesiones y otras indicaciones espaciales

Los toques de campanas reproducían las relaciones espaciales de poder y de dependencia de unas torres con otras, y de las torres con respecto a su territorio de influencia. Los toques para la procesión del día del Pilar eran los que mejor expresaban estas relaciones espaciales zaragozanas. La procesión salía de la basílica mariana, y recorría un largo itinerario, enmarcado por las Escuelas Pías, Plaza de España, y calle de San Gil. Primero tocaban las campanas del Pilar, indicando el principio de la procesión y la salida de la Imagen de la Virgen:
Cuando sale se empieza a repicar, mientras iba toda la procesión funcionando, pues se repicaba. Ahora, en el momento que salía, o era la Virgen o el día de Corpus, entonces mientras salía de la puerta de la iglesia, hasta que desaparecía en la primera calle, estaba volteando la grande; cuando desaparecía por la primera calle cortaba de voltear la grande y de repicar, y cuando aparecía por el otro lao, entonces, empezaba otra vez a repicar, y a la entrada se volvía a tocar la grande otra vez. JM
El toque inicial, que señalaba la salida y la puesta en marcha de la procesión, podía durar a veces un cuarto de hora:
¡O más! Porque hasta que se pone en marcha la procesión, que si estaban los soldados, por ejemplo; a la salida, que tocaba la Marcha Real, se hace la comitiva, se ponen los canónigos, sale el palio, sale ésto, la parada, pues mientras tanto tienen que estar tocando. JM
El toque indicaba un momento crítico, cuando empezaba a formarse la procesión, y cuando aparecía ante su vista la Imagen o el Corpus, pero también señalaba con su música, la ocupación de un espacio:
Al medio camino sabíamos exactamente donde estaba, al minuto. ¡O sea, seguirlo, total! Porque sabías que sale del Pilar; cuando aparecía por San Cayetano, tocaban las de San Cayetano; cuando pasaba por el mercao, ya tocaba San Pablo; cuando pasaba por los Escolapios, ya que cogía, Santiago. O sea, que va cogiendo San Felipe, después San Gil. Hasta la de Santa Cruz, la Magdalena; aunque no pasaba por la Magdalena pero pasaba por su terreno, como Santa Engracia, que paraba bien lejos, pero sin embargo también sonaba. JM
En el conjunto ciudadano, los toques señalaban el momento y el lugar donde ocurría el acontecimiento comunitario:
Sí, desde arriba sabíamos: ahora la campana de tal; ahora está en tal sitio; ahora la campana de tal. JM
Para estos casos lo normal, lo que estaba marcado, era tocar la grande en las dos Catedrales y voltear en las otras torres, aunque la familia MILLAN, alguna vez volteó las campanas del Pilar para la salida de la procesión:
Cuando sale la carroza de la Virgen del Pilar, volteábamos todas las campanas; pues lo hacíamos nosotros, como que sé yo, una cosa extraordinaria, no es porque estuviera marcao. JM
Tocaban todas las campanas de la ciudad para las más importantes procesiones, o sea el Pilar y el Corpus: la primera salía desde su Basílica y la otra salía desde la Seo. Para otras procesiones, menos importantes, sólo repicaban o incluso ni siquiera ésto:
Dependía de la clase de procesión, si salía el Santísimo o salía la Virgen, salía la imagen de la Virgen del Pilar, entonces sí, se tocaba la campana grande, sino, si eran otras procesiones, era repicar, simplemente. FM
En la Seo, para la familia GOMEZ:
Cuando se hacía la procesión claustral, como son la de la Candelaria y la de la bendición de Ramos, se repicaba durante toda la procesión, cuando salían a la plaza. El domingo después de Pascua se lleva el Viático a los enfermos; también le llaman Quasimodo a ese domingo. Pues se repica la víspera por la noche, en tres tiempos, y cuando la procesión daba la vuelta por la plaza. El día de Corpus se repicaba cuando salía la procesión y cuando se veía venir, y se bandeaba la Valera cuando se veía la Custodia. También antes salía la procesión del Pilar desde la Seo, y entonces se repicaba al entrar y al salir. Ahora ya no porque sale la procesión desde el Pilar, y entonces ya no se repica. A la procesión del Rosario de Cristal no se repica, porque es particular, de la asociación del Rosario de Cristal, aunque salga de la Seo. AG.
Las campanas de San Pablo, en los últimos años, sonaban, para sus procesiones locales de un modo similar, aunque dependiendo mucho de la gente que subía a tocar:
Se bandeaban todas, cuando salían las procesiones también [a la salida] y a la entrada; según la gente que había, una siempre bandeaba, y las otras si estábamos dos, pues se repicaba; se bandeaba la mayor, la Pabla, y el repicar era con las cinco. JMGC
Las campanas no sólo informaban de la categoría de la fiesta o del momento en que iba a comenzar: también indicaban el espacio donde tenía lugar el hecho. La gran relación que había unos años antes de unas torres con otras era cada vez menor, y de hecho la Seo había dejado de coordinar y armonizar los toques de las demás campanas ciudadanas; fué entonces la otra Catedral quien tomó el relevo, y sólo para la fiesta del Pilar:
Cuando se anunciaban las fiestas, el día once, al mediodía, sonaba la sirena; en el Banco Zaragozano sonaba la sirena. En la plaza del Pilar sonaba el cohete y entonces era la oración del Pilar, las tres campanadas con la grande, y entonces ya empezaba to'l Zaragoza; primero tenía que sonar el Pilar. Para San Valero, sólo tocaban las de la Seo, porque era su fiesta, su fiesta grande. JM
La vieja dependencia de unas con otras torres había desaparecido en una ciudad en expansión, en la que las torres habían dejado de ser los más altos edificios urbanos. También estaba resuelto el conflicto entre la Seo y el Pilar sobre su preeminencia:
El día del Pilar no se repica a coro ese día [en la Seo] porque ese día se hace el coro en el Pilar. El día de San Valero era al revés: no tocaba el campanero del Pilar, y es que vienen a la Seo, a hacer el coro. En todo ésto de la Seo y del Pilar, como el Cabildo es el mismo, que están medio año en cada sitio, si había una fiesta importante, repicaba el campanero del sitio donde iba el Arzobispo. AG

Los toques de muertos

Los toques de difuntos reproducían la clase, la categoría del fallecido. Otro hecho destacable es su forma, bastante alejada de lo que generalmente se considera un toque de muertos: no se trataba de golpes de badajo aislados y espaciados, sino que tocaban:
a media vuelta, porque, claro, a muerto no se puede hacer el bandeo de vuelta de campana; era media vuelta. JM
Para el simple las dos campanas pequeñas oscilaban a su ritmo propio, marcado por sus características internas como la colocación, peso del yugo, engrase de sus ejes, con golpes alternados y largos, mientras que con la mediana pequeña, invertida, daban golpes alternos, secos y de gran volumen:
El simple son... pues tocaban las dos pequeñas, a media, y después la mediana, la mediana pequeña podemos decir, esa de vez en cuando se daba media vuelta: clin... clan... clin... clan... y entonces la otra clon... clon, y cambiaba el tono de ésto. Se tenía boca arriba cuando estás tocando, boca arriba, porque no hacías más que dejarla caer, una vez, y vuelta otra vez, y cogerla, con unas clavijas que había allí, que sujetan. JM
El toque de segunda era un poco más complejo:
Muerto segunda, que era las dos pequeñas a media desto, y la otra mediana a media vuelta... se daba media vuelta, y conforme caía aquella, clon, y contestaba la otra mediana, y ya eran cuatro voces: pega al badajazo y contesta otra. JM
Para el toque de primera se tocaba también la grande:
Después la primera clase ya era con la grande: las pequeñas, y después el sonido, ya sonaba la grande. JM
Para esta primera clase, la familia Millán, cuando actuaba en la Seo, tocaba también la otra pequeña a media, es decir que hacían oscilar las tres pequeñas, a su ritmo propio. En el momento que dejaban caer la mediana grande, la de la plaza, daban un badajazo con la Valera, e inmediatamente sonaba la mediana grande, que dejaban en esa posición invertida. Inmediatamente después del segundo badajazo tocaban otro con la mediana pequeña, a mano.
El esquema del toque era:
- dos (o tres) pequeñas a media vuelta, oscilando a su aire y sin parar.
- de vez en cuando, y muy seguidos (un segundo de intervalo, quizás): badajazo Valera; badajazo mediana de la plaza; badajazo de la mediana pequeña.
La Valera y la mediana pequeña eran tocadas con una cuerda atada al badajo, y la otra era tocada a media vuelta, dando por tanto una vez el badajazo en la plaza y la otra en el interior de la torre.
La familia GOMEZ, en la Seo, simplificó los toques de muertos, forzada también por el cambio, y por la simplificación de las ceremonias catedralicias:
Si hay muertos importantes, como el Papa, o el Arzobispo, o del Cabildo, se hacía en tres intervalos, los tres iguales. Se daban badajazos con la Valera, y contestaban con la de la plaza. Al final del tercer intervalo, con el Miguelico y con la campana que hay encima del garito, se daban badajazos, cada vez más deprisa. A los difuntos ordinarios, al final no se tocaba ya, pero al principio se hacía pingando la campana que da a la calle de la Pabostría y contestando con la de la plaza. Al tercer intervalo se acababa como con los difuntos importantes, con las dos campanas pequeñas.
Se hacían los responsos igual, según la clase. Esto era al principio, pues al final sólo se tocaba a los difuntos importantes, como son los beneficiados, los canónicos, etc.
Los difuntos los llevan donde está el deán, medio año en cada sitio, en abril cambian de Catedrales. AG
No había toque de muertos para niños, ni siquiera para Infanticos, en ninguna de las dos Catedrales, y tampoco existía la distinción sexual: se tocaba igual para hombre y para mujer, al contrario de lo que ocurre en la gran mayoría de las torres aragonesas.
En las parroquias, el toque solía realizarse con dos campanas, una de ellas a medio bando, o incluso con una sola, que cambiaba según la clase: así, en Santa Cruz para primera clase hacían oscilar la campana mayor, sola, y para las otras clases hacían oscilar la campana mediana.
San Cayetano tenía la especialidad de tocar las agonías, una especie de toque de muerto, que anunciaba a todos los ciudadanos, incluyendo al mismo interesado, la próxima muerte de uno de los miembros de la comunidad. Las Catedrales sólo interpretaban este toque para miembros muy importantes de la misma iglesia:
Agonía, si era el obispo o cosas de esas, pues entonces, sí. En cuanto anunciaban ellos, entonces tocabas, porque eran campanadas, con intervalo: sonaba la grande, y allá al rato sonaba otra, mientras duraba la muerte. En cuanto avisaban, pues entonces ya se tocaba a muerto. FM

Toques extraordinarios

A través de las campanas se transmitían otros mensajes, de contenido eminentemente informativo, sobre ceremonias o actos inusuales o extraordinarios: en el Pilar tocaban la grande, incluyendo como se ha dicho la Santa Ana, para llevar la comunión a las personalidades ciudadanas moribundas, es decir el Viático.
También volteaban la campana grande cuando venía un nuevo arzobispo, lo que llamaban la Presentación del Arzobispo: la tradición exigía que éste llegase a la ciudad montado en una mula blanca. El último arzobispo que cumplió con esta tradición fue Pedro Cantero Cuadrado, y parece ser que ese día, el 16 de julio de 1964, fué la última vez que se volteó, por la familia GOMEZ, la campana Valera de la Seo. Aunque ellos siguieron tocando en esa Catedral, dejaron de voltear la grande porque tenía un eje roto y se había bajado de yugo, condiciones técnicas de la campana que no hemos podido confirmar. Otra de las ocasiones extraordinarias en que tocaban la grande en la Seo, era para las visitas del Jefe del Estado de aquella época:
Sí, se volteaba la campana una o dos veces o tres, depende la festividad que era, vamos, salvo a veces que ocurriera cuando venía el Caudillo, entonces sin ser festividad pues subíamos. PG.
La campana Valera sólo se bandeaba esos tres días [San Valero, Corpus, el Pilar] a no ser que hubiese un nuevo arzobispo o un nuevo Papa, o que viniese el Caudillo, que también mandaban bandearlas. AG
Alguna vez tocaron las campanas del Pilar como música de fondo en los autos Sacramentales, en el momento del apoteosis final, pero estas eran ocasiones extraordinarias.
Las campanas solían emplearse para tocar a Via Crucis, en la Seo:
Los viernes de Cuaresma, que se hacían Via Crucis, se daban tres veces cinco o seis campanadas con la Valera. AG
Curiosamente no había, en el Pilar un toque específico para bautizos, aunque esta Catedral tiene el raro privilegio de poder administrar el bautismo a cualquier niño, aunque no haya nacido en su demarcación territorial. Sí había, como ya describimos antes, un toque de bendecir los campos, toque y ceremonia ya perdida en la Seo:
Hubo un tiempo en que el Sacristán Mayor [un sacerdote], al principio, subía el día de la Santa Cruz, a la barandilla que hay en la torre, y daba cuatro hisopazos para bendecir los campos, pero no se tocaba nada; al tiempo, el mismo sacristán ya no subía. AG
Las campanas, en Zaragoza, transmitían también señales de alarma:
Cuando la guerra, la sirena del banco, que está al final de la calle Alfonso tocaba la alarma, nosotros tocábamos la alarma, unos toques de campana rápidos, con las de repicar, las dos o tres que estaban enganchadas, y entonces la gente se venía a refugiar, muchos, mucha gente allí, a las escaleras de la torre, ¡porque decían que quizás era uno de los sitios más seguros que existían! Las escaleras de la torre: aquello, pues, se llenaba de cientos de personas que venían a refugiarse allí. FM
Aunque luego nos dieron una explicación racionalizada, parece que la gente buscaba una protección simbólica, un estar cerca de la Virgen:
¡Porque decían que quizás era uno de los refugios más seguros que existían! Porque tenía que ser una coincidencia muy grande que cayera una bomba y entrara por una ventana. FM

Las campanas, un medio de comunicación urbano tradicional

Las campanas a través de los toques tradicionales formaban un complejo medio de comunicación urbano. Hubo grandes cambios y una evidente simplificación de los toques históricos, pero también era otra la ciudad, así como eran distintos sus habitantes, movidos por otros valores, y organizados de otro modo. Las campanas, a finales de los años cincuenta, seguían emitiendo unos mensajes complejos, que muchos aún comprendían. No servían sólo para avisar, para llamar a misa: indicaban categorías temporales (las distintas clases de días, las diferentes partes del día), espaciales (lugar donde ocurren los hechos, donde pasa la procesión), sociales (categorías de difuntos). Las campanas no sólo comunicaban o avisaban: también acompañaban actos, generalmente litúrgicos: desde lejos podían saber por dónde pasaba la procesión de la Virgen del Pilar, pero desde la misma procesión estaban, al menos teóricamente, inmersos en un mar de campanas, distintas según el lugar, pero continuamente sonando. Ésto mismo ocurría para ceremonias que no se desplazaban de un sitio a otro: el toque de bendecir los campos desde la ribera del Ebro indicaba a lo lejos que estaba ocurriendo tal ceremonia, pero para sus actores las campanas acompañaban esos momentos rituales, llenos de solemnidad.

La estética de los toques en Zaragoza

Estos toques no sólo estaban fijados para producir ciertos mensajes: unas complejas reglas estéticas las ordenaban, marcando a los campaneros cuál era el modo correcto y bello de tocar, cómo era el trabajo bien hecho. Los campaneros eran conscientes de que su trabajo servía sobre todo para comunicar mensajes. También sabían que esos mensajes tenían una forma ideal, correcta, armoniosa: el buen campanero era precisamente aquél que sabía sacar provecho de sus campanas, aquél que sabía
conocerlas... interpretar su sonido; es porque toda su campana es un alma viviente, como quien dice: hace falta manejarla, mimarla; hay que darle su sabor, de sonido. JM
SIMEON MILLAN, el famoso campanero del Pilar, supo vivir con y por sus campanas; murió, y parecía que sus técnicas, sus valores había desaparecido con él. Pero sus hijos JUAN y FERNANDO supieron expresar, con alguna dificultad, sentimientos, valores que se llevan dentro, que se viven, y que son tan difíciles de contar. También supieron captar estas sensaciones algunos periodistas que escribieron y reflexionaron sobre los toques de campanas zaragozanos. Los testimonios de unos y otros nos descubren un mundo de sentimientos ya perdido, otra manera de entender música y comunicación.
Los toques de campanas eran comunicación: eran el aviso para los de la iglesia, y también para los fieles:
Los toques para coro, para vísperas y todo éso era como si nosotros dijéramos a los infanticos... a los sacerdotes de que ya es la hora: Vámonos preparando que ya...que ya vamos a empezar la ceremonia; era, pues, el aviso. Y, para los fieles que seguían esas ceremonias pues era el aviso de decir: ¡Ale! ¡Ya pueden venir! Porque cuando empezaba la ceremonia entonces acababa, acababa el toque de las campanas; era el anuncio de que va a empezar. FM
No sólo era comunicación de acontecimientos; también trasnmitían sentimientos:
[Tocar] era entre emocionante y satisfactorio; era la satisfacción de, de estar haciendo algo que te gustaba y que quizá alguien que te escuchara también le gustara: algo de eso era lo que sentía. FM
Para que la comunicación fuera posible los mismos campaneros se autocontrolaban para que los mensajes fueran correctos aunque ellos eran los especialistas y sabían mejor que nadie cómo había que hacerlo:
Casi podíamos decir nosotros que, sobre esa materia entendíamos mucho más que ninguno, mucho más que ellos. FM
Los campaneros procuraban interpretar bien los mensajes, pero siempre había gente que oía los toques y divulgaba si éstos estaban bien o mal interpretados, lo que constituía un cierto control del mensaje:
Sí, pero principalmente los canónigos, muy poco; es gente que iba a decirselo a los canónigos de que... "Pues el toque tal no lo han hecho tal; y la misa de infantes, en vez de tener ochenta toques, sólo han tocado setenta..." Cuando hacíamos toques extraordinarios, que hacíamos nosotros, pues el mismo Deán nos llamaba: "Les felicito por el toque tan extraordinario que han hecho." O sea que... JM
Ahora bien este control del toque no tenía efectos económicos: el campanero cobraba un sueldo al mes y le daban vivienda, y que tocase de un modo u otro no repercutía, que sepamos, sobre su economía.
Hay otro aspecto del mensaje que es el aspecto formal: ¿cómo había que tocar, para tocar bien? Se trataba de saber sacar el sonido de cada campana, de saber adaptarse al conjunto, para conseguir el mejor provecho:
Tocar campanas, las toca cualquiera, como se toca cualquiera una guitarra, pero hay que sacar sonido a la guitarra y hay que sacar sonido a la campana: ¡es un arte! ¡La música que hacía mi padre con las campanas era fabuloso, era impresionante!... ¡Una música que daba escalofríos, era emocionante! ¡Porque es un sonido totalmente distinto a cualquiera que hemos oido en otros instrumentos musicales! FM
Por éso era inconcebible tocar mal las campanas:
Tocar mal las campanas, ¡es una desgracia! ¡Porque no se concibe que se toquen las campanas mal! ¡Porque las campanas están hechas para tocarlas bien! ¡Decían que era la voz de Dios llamando, llamándonos a todos; si esa voz de Dios sale ronca o sale mal, mala llamada nos podría hacer! FM
Los toques necesitaban unas campanas correctamente colocadas para poder adaptarse a ellas y sacar el mejor sonido, sonido que no podían conseguir en las parroquias:
Porque no hay campanas para hacer juegos de toques. JM
Para ello eran precisas distintas técnicas (repiques, a medias, volteos) para conseguir distintos sonidos; y no sólo porque las formas distintas pudieran tener otro significado, sino porque producían distintos resultados sonoros: por ejemplo el volteo, si se imitaba con golpes de badajo, estando la campana inmóvil
¡porque claro, pegarle con el badajo suena ese vacío! JM
Es decir, como observamos antes, el volteo produce un tipo de sonidos distintos de los producidos a mano o a medias. Hay que intentar
sacar sonido diferente, porque si no, sonarían todos casi igual. JM
¿Cuáles eran, pues, los toques más bonitos? Depende de gustos personales pero hay cierta unanimidad en elegir el toque de la grande:
Un día de toques, la campana grande, cuando suena la solemnidad, ¡esa potencia que daba, de grandeza! JM
Es precisamente en este toque donde se coordinaban ritmos, donde unos y otros iban construyendo el efecto:
Para un profano era todo simultáneo, para un profano iba cada cual a su aire. Pero para los que estábamos metidos dentro sí que había una diferenciación y había una medida! Había una medida, se daban distintos ritmos! FM
Con el pie y las otras para las manos: mientras tenías que hacer el repique tin-tan-tin-tan-tin-tan pero combinando: se combinan las voces: ¡mi padre llegaba a sacar como si fueran notas! JM
A pesar de la riqueza de expresiones que intentan contar cómo había que armonizar los repiques cuando tocaban la grande desconocemos realmente cómo improvisaban, cómo seguían el ritmo. Poco más aclaran algunos artículos de prensa, coincidentes con los números especiales dedicados a las fiestas del Pilar. Los hermanos ALBAREDA (1976:37) escriben:
Aún recordamos aquellos magnos repiques - puramente artesanos - del día 11 de octubre, dando brillante comienzo a las fiestas del Pilar. Qué grato y emocionante despertar el día 12, cuando [a] las cuatro de la mañana las campanas de la basílica nos citaban a la fiesta mayor. Ese día el campanero - Simeón Millán - "echaba el resto" y a las doce, a las tres, a las cinco y a las siete, la ciudad escuchaba el alegre volteo incluso con geniales improvisaciones de Simeón. Este se hacía ayudar en estas ocasiones por su hija Asunción. Nosotros la vimos en su original trajín en un par de ocasiones; valiente y decidida; casi como una heroina legendaria manejando cuerdas y sorteando audazmente las bocas de las campanas.
Otro observador, GAY (1976), muy atento al hecho cultural, transmitió mejor sus impresiones:
Y sorprendía el dominio con que llenaba su misión, como tenía enlazadas las cuerdas que movían los badajos de las diferentes campanas para que los distintos sones encajaran en el momento justo y fueran las voces de bronce todo lo expresivas que debían serlo, y como tenía que correr al ritmo que volteaba la campana gorda del dentro del campanario... Hombres que todo lo que tenían que decir lo decían, por ellos, las campanas, o que hacían decir a las campanas lo que les había encargado que dijeran ellos.
A través de estas palabras, basándonos en estas impresiones podemos llegar a presentir los sentimientos que animaban a los campaneros en su trabajo, o mejor en su arte:
Aquello que tenía mi padre, ¡eso era muy difícil de superar! !Era algo que llevaba dentro de sí! ¡A nosotros nos comunicaba bastante su, podemos llamarle arte musical! ¡Pero no llegamos a llegar a su altura! Entonces se hacìa el juego de sonidos, de agudos, graves... y llegaba mi padre a sacar música, pero música de maravillas... y esto es una pena que se haya perdido. FM

LLOP i BAYO, Francesc (1988)
  • ZARAGOZA: Campanas, campaneros y toques
  • Campaneros: Bibliografía
  • Francesc LLOP i BAYO: bibliografia

     

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