RAMOS PÉREZ, Herminio - El maestro campanero

El maestro campanero

Con el mundo rural se van muchas cosas, más de las que se recogen en los museos, oficios, trabajos, diversiones y un sin número de actividades e incluso diversiones que formaban parte del ambiente diario y de manera destacada de los festivos y en las grandes solemnidades.
Una de estas costumbres, convertida en servicio por la seriedad y dedicación con que se ejercía, está la de mayordomo, casi siempre ofrecido para alumbrar el farol del Santísimo, que llevaba consigo la obligación, en los pequeños lugares donde no había sacristán, de dar los tres toques de campana, que marcaban el ritmo de la vida de la pequeña comunidad.
Estos toques eran tres principalmente: el primero, al amanecer, consistía en diez o doce campanadas dadas con cierto ritmo, aunque en ocasiones eran tres series de tres campanadas. Se llamaba el toque de ánimas y era una especie de despertador, en esa época, no muy lejana, previa a la llegada del reloj. El siguiente toque era el de mediodía, con referencia a las gentes del campo en villas y lugares de cierta entidad. Era el toque del ángelus, que consistía en un número indeterminado de campanadas de cierto rimo sin más y por último al anochecer, el toque de la oración que consistía en una serie de tres campanadas tres veces, que en la silenciosa quietud del lugar impresionaban siempre a los más pequeños. Era la hora de recogerse de los lugares de juegos. Era la llamada y la vuelta a casa no sin cierto miedo, que siempre ha contagiado la noche. Pero las campanas eran mucho más funcionales, eran las grandes comunicadoras del mundo rural con sus toques perfectamente estudiados y conocidos por todos. Anunciaban las vísperas con un repique en el toque de oración; llamaban a misa los domingos y festivos con el repique y a continuación las señales: un toque, las primeras; las segunda con dos toques y las últimas o "las todas", como se decía, que un monaguillo tocaba cuando el sacerdote salía de la sacristía camino del altar.
Repicar es un arte sin pentagrama ni notas. El ritmo y la variedad de sonidos y variaciones lo convierten en un concierto, donde no hay más regla, más norma ni compás, ni medida que una intuición personalísima que causa admiración. Al repicador se le veía siempre como abstraído, fuera del contacto de la realidad. Sólo así puede concentrarse para hacer los quiebros, los cambios y los giros que nos dejaran boquiabiertos.
Hoy Villarrín de Campos puede permitirse el lujo de presentar a un auténtico maestro campanero, Joaquín Alonso, toda una referencia con el que los sonidos de las campanas adquieren un ritmo y tienen una dimensión distinta.
Maestro campanero es un título de honor que se merece este artista de las campanas.
Además de repicar a fiesta había otros toques que hacían estremecer, como el toque para avisar que alguien había fallecido. Encordar, como se conoce este toque por estas tierras. Y en la noche del día de Todos los Santos, los mozos pasaban toda la noche encordando de cuando en cuando, como víspera de la fiesta. Cuando el difunto era un niño se intercalaba en medio del toque de muerto un corto repique. Dos toques nos quedan por recordar: el toque de Concejo, que consistía en varios toques con cada campana a ritmo normal varias veces, que era la llamada para acudir al lugar de costumbre. Este mismo toque, pero muy rápido, era el que avisaba de la existencia de fuego en viviendas, eras o campo o alguna desgracia imprevista que exigía la colaboración de todos. El vecindario lo dejaba todo y acudía a la llamada a recibir información e instrucciones.
El alguacil era el encargado de estos dos últimos toques. Las campanas son una referencia y un símbolo en la vida del mundo rural además del reloj que alegraba y anunciaba a todos cuando llegaba la hora.

RAMOS PÉREZ, Herminio
La Opinión de Zamora (25-03-2008)
  • VILLARRÍN DE CAMPOS: Campanas, campaneros y toques
  • ALONSO MARTÍN, JOAQUÍN (VILLARRÍN DE CAMPOS) : Toques y otras actividades
  • Campaneros: Bibliografía

     

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