FONTOVA, Rosario - Barcelona, ciudad gabacha

Barcelona, ciudad gabacha

El 200° aniversario de la invasión de Catalunya por las tropas de Napoleón se cumple esta semana
La capital estuvo en estado de sitio durante la guerra del francés

El 9 de febrero de 1808, 15.000 hombres del ejército imperial de Napoleón Bonaparte mandados por el general Duhesme pasaron la frontera por La Jonquera. Y el día 13, 5.000 soldados y 1.800 caballos entraron por el Portal Nou de Barcelona, donde fueron recibidos con desconfianza pero en paz. Tras unas semanas de tanteos y agasajos --hubo saraos con orquesta en casa del marqués de Villel-- los franceses ocuparon por sorpresa los cuarteles de la Ciutadella y Montjuïc y en septiembre Barcelona ya era una ciudad sitiada. La guerra del francés se prolongó hasta 1814, marcó el ocaso del antiguo régimen y dejó exhausta la frágil economía catalana.
Barcelona quedó al margen de las luchas de miqueletes y guerrilleros, de la junta de patriotas que intentaba organizar la resistencia, del odio de los campesinos que degollaron a un solitario francés al grito de "muerte a lo gavaig". En 1809 la población de 140.000 personas se había reducido a 36.000 y la extrema miseria sembraba de mendigos las calles y de enfermos la Casa de Caritat. No estaban mejor los soldados franceses, resentidos e indisciplinados, exhaustos y hambrientos. Aunque la guerra del francés parezca solo una leve y aburrida mención histórica, lo cierto es que daría para una superproducción rodada en Barcelona o una novela de intriga.

Personajes

Duhesme (que murió en la batalla de Waterloo) llevó en la ciudad una vida libertina y se llevó a Francia objetos robados de iglesias y tumbas por valor de cuatro millones de francos. Saint-Cyr, su sucesor, logró ser repatriado alegando que no podía montar a caballo ya que empeoraban sus tumores hemorroidales. Hubo afrancesados que confiaban en el progreso que liberaría a los catalanes del fanatismo de curas y frailes, como el abogado Tomas Puig, enciclopedista y antimonárquico, considerado por Pierre Vilar un precedente de Prat de la Riba. Y otros lo fueron por puro oportunismo, como el jefe catalán de la policía bonapartista, Ramon de Casanova, un tipejo miserable que hizo asesinar a Canton, un usurero italiano, para robarle un baúl repleto de joyas.
La resistencia guerrillera exterior llegó a Barcelona en forma de revueltas aplastadas con saña y de panfletos "antigabachos" firmados por El irritado barcelonés o Lo tigre de los catalanes. Los invasores prohibieron embozarse con capas a los barceloneses o que se elevaran cometas porque sospechaban que eran señales secretas destinadas a los barcos ingleses enemigos anclados frente a la ciudad. Hubo conspiraciones --un complot envenenó con arsénico el pan que comía la guarnición francesa y desde entonces lo probaban un panadero y dos perros-- y un intento frustrado de liberar Barcelona con 8.000 miqueletes aguardando al pie de las murallas y un toque a rebato de las campanas de la ciudad. Detenidos sus protagonistas, fueron ejecutados en la horca o a garrote vil.
Cuando los desdichados patriotas dejaban este mundo a la fuerza, tres muchachos se pusieron a tocar las campanas de la catedral. Sitiado el templo, tras tres días sin agua, salieron de debajo del órgano donde se habían escondido y fueron inmediatamente ejecutados por los franceses. En cuanto a los verdugos de los ajusticiados en la Ciudadella, fueron ahorcados por el somatén en Martorell cuando huían.
Aquellas viejas historias sucedieron en escenarios que aún siguen intactos 200 años después, como el Palau Mornau, lugar de reuniones de los conspiradores junto con el Hospital de la Santa Creu. En la ermita de Bellvitge, la colina de Sant Pere Màrtir en Collserola y el molino de la Verneda --hoy paseo-- hubo combates sangrientos en sucesivos intentos de liberar Barcelona.
FONTOVA, Rosario
El Periódico (10-02-2008)
  • BARCELONA: Campanas, campaneros y toques
  • Toques manuales de campanas: Bibliografía

     

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