DÍAZ PEÑAS, Vicente - En Villavaler dan la campanada

En Villavaler dan la campanada

Los vecinos se oponen a que las campanas del reloj dejen de sonar por la noche, como piden los turistas

La iglesia y el campanario de Villavaler, junto al tejo centenario y la casa rectoral convertida en casa de aldea. vicente díaz peñas
La iglesia y el campanario de Villavaler, junto al tejo centenario y la casa rectoral convertida en casa de aldea. vicente díaz peñas

Las campanadas del núcleo praviano de Villavaler llevan meses dando más que las doce o la una. Hace cosa de un año que los dueños de una casa de aldea próxima a la iglesia del pueblo empezaron a hacerse eco de las quejas de sus huéspedes sobre el repicar de las campanas. Hubo alguno que quiso poner una denuncia por el volumen de decibelios y los propietarios comenzaron a remover Roma con Santiago para buscar una solución. Sólo querían que las campanas, que dan las medias y repiten las enteras, dejaran de sonar por la noche. El resto del pueblo se negó a la propuesta y remitieron sus firmas al Ayuntamiento solicitando que el reloj de la iglesia siguiera funcionando como hasta el momento.

Mari Paz Huerta y su marido son los propietarios de la casa de aldea ubicada en la que fuera casa rectoral de la iglesia de Villavaler. Explica que muchos turistas que llegaron a este apacible pueblo se encontraban incómodos por el sonido de las campanas. «A las seis de la mañana suenan doce veces y eso molesta a algunas personas porque la casa está muy cerca del campanario. De hecho, hubo unos huéspedes que estuvieron quince días y que amenazaron con denunciarnos. Pedimos que las campanas dejaran de sonar durante el tiempo que estuvieron aquí», narraba mientras dos repiques marcaban la hora.

Los empresarios turísticos buscaron alguna solución. Consultaron a algunos mecánicos que les explicaron que el mecanismo era antiguo y que no podía modificarse sólo por las noches. De allí fueron a la Dirección General de Turismo, que les envió a Actividades Clasificadas, pasando después por el Ayuntamiento, el Arzobispado y desembocando finalmente en el párroco y en el pueblo. Mari Paz insiste en que si fuera su casa no protestaría, pero que se trata de un negocio. «Los turistas tienen unos derechos y hay que respetarlos. No digo que las campanas dejen de sonar, pero es que por las noches se superan de sobra los 45 decibelios permitidos por la ley», argumentaba.

Prefieren hacer las cosas por las buenas y están dispuestos a costear un mecanismo que permita a los vecinos seguir escuchando las campanas sin que se molesten los turistas que escogen Villavaler como lugar de retiro.

Consideran que los huéspedes de esta casa han contribuido a dar un poco de vida al pueblo y que por ello hay que cuidarlos. «Los visitantes se suelen llevar productos de la zona como fabas o sidra. Es algo que viene bien a Villavaler. Incluso la puesta en marcha del negocio permitió mejorar el aspecto de los alrededores de la iglesia», explica la empresaria. Pero el pueblo lo ve de otra manera. La mayoría de ellos están orgullosos de un campanario que fue donado por el vecino Dionisio Arango Campo allá por los años veinte. Tiene dos campanas, y sólo la de la derecha da las horas. Según explicaron los vecinos el reloj, cuyas manecillas llevan marcando las doce más de tres años, tiene un mecanismo de carillón y martillo, lo que hace cuanto menos peculiar el repique. Están tan «encariñados» con su campanario que han recogido sus firmas y las han enviado al Ayuntamiento de Pravia solicitando que el reloj siga marcando las horas como siempre.

Naturalmente son conscientes de que el reloj ya no hace la función de antaño. Así, por ejemplo, el alcalde de barrio, Silverio Pérez, recordaba cómo entonces los que estaban en el campo y en el pueblo se guiaban por el sonido del campanario. «Antes nadie tenía reloj. Si sonaban las doce significaba que iba siendo hora de comer. Si daban las cinco, que la merienda estaba cerca», explicaba. Hoy en día casi todos llevan reloj de pulsera, aunque el ritmo lo sigue marcando el de la iglesia.

No entienden cómo de un año para acá las campanas que siempre escucharon en este pueblo, de unas cuarenta casas habitadas, estén dando tanto que hablar. «Si hubiera un gallo cantando en vez de un campanario, le cortarían la cabeza», bromeaba uno de los vecinos. Otro de ellos proponía que la casa de aldea utilizara las campanas como un reclamo más. Todos en Villavaler tienen algo que decir, salvo el tejo centenario que se levanta majestuoso frente a las campanas de la discordia. Mientras tanto, alguien se pregunta si este sano y robusto árbol podrá dormir por la noche.

DÍAZ PEÑAS, Vicente
La Nueva España (31-12-2007)
  • PRAVIA: Campanas, campaneros y toques
  • Ruido y denuncias: Bibliografía

     

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