FLECHA ANDRÉS, Francisco - Ico, el campanero

Ico, el campanero

Alzado sur - Septiembre 2001 - SÁEZ, Carlos
Alzado sur - Septiembre 2001 - SÁEZ, Carlos

Haría, por lo menos, treinta años que el reloj de la torre alta de la Catedral había dejado de sonar. O, tal vez, más. ¿Yo qué se!, si raras veces la medida del tiempo acierta a cruzar el límite incierto de nuestros propios recuerdos.

Alguien dijo que Ico, el campanero, había metido una tranca entre sus ruedas y se habían saltado algunos dientes.

No llegó nunca a saberse la verdad, pero tampoco es que nadie pusiera demasiado interés en averiguarlo.

Desde hacía mucho tiempo era el viejo campanero el único dueño de la torre de las campanas. Se pasaba el día entero allá arriba con su gorra y aquel guardapolvo de tendero, rechoncho y sonriente, acariciando las campanas: la Froilana, la Gorda, la María y el Esquilón de las horas. Conocía sus mil y cien lenguajes. Les hablaba como a hijas y espantaba a gorrazos a los grajos y vencejos.

Cada tarde, después del toque de las Vísperas asistía asombrado como un niño al vuelo que hacían los grajos en bandada para dormir entre las ramas de los chopos que había al otro lado de la Nava.

Cuando al fin se quedó completamente sordo (por causa, según decían, de la vibración infernal de las campanas que remueve los sesos y te deja atronado, a no ser que te tapes los oídos con una bola de miga de pan remojada en aceite, cosa que el campanero nunca quiso hacer por no perderse aquel retumbar que era para él más sustancial que el latido de las venas), entonces colocaba las puntas de los dedos en la falda misma de las campanas y se le llenaban los ojos de una risa picarona e inocente.

Cuando Ico murió enmudecieron para siempre las campanas.

Del reloj de la torre solo quedó el tablero ennegrecido de la esfera como si fuera un viejo trillo colgado en la pared, como otro topo enigmático y mugriento.

Pero hete aquí que hace ahora cuatro años, por esas cosas del destino, se vinieron a unir los más diversos intereses: a la Escuela Taller Municipal le pareció un buen escaparate tallar y dorar de nuevo la esfera del reloj; a una marca suiza de relojes le ahorró publicidad el ofrecerse a arreglar la maquinaria y el alcalde, cómo no, decidió inventar la tradición, aprovechando todo ello, de recibir al año nuevo comiendo las uvas al ritmo acompasado de las campanas del reloj, recompuesto y montado la última tarde del año.

A las once treinta y cinco, llegaron a la plaza dos furgonetas del Servicio de Parques y Jardines con bolsitas de uvas y garrafas de aguardiente. A las doce menos cuarto, llegó la familia del alcalde y la digna concejala de cultura. A las doce menos cinco, doce mozos con banderas de la tierra. A las doce menos dos, se hizo un silencio majestuoso y espeso como un rito. A las doce cero cuatro, algunos murmullos de impaciencia. A las doce y diecisiete, la enorme decepción de las doscientas personas que habían aguantado a pie firme los primeros rigores de la helada.

Y después, nada. El silencio ensimismado del reloj, Las doscientas bolsitas de uvas aplastadas, la silenciosa y prudente retirada del alcalde y tal vez, según dijeron, la risita picarona e inocente de un hombrecillo rechoncho y sonriente vestido con gorra y guardapolvo de tendero, que alguien quiso ver atisbando detrás de un cuarterón de la ventana de arriba de la casa de Don Paco.

FLECHA ANDRÉS, Francisco
Crónicas del Reino Menguante (19-10-2007)
  • LEÓN: Campanas, campaneros y toques
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