MÁXIMO GARCÍA, Enrique - Y de nuevo relojes y campanas

Y de nuevo relojes y campanas

El pasado tres de enero se publicó en las páginas de este diario, firmada por quien suscribe, una nueva denuncia de la imparable eliminación de los viejos relojes ciudadanos, tanto los de la mayoría de las iglesias como los municipales que, por lo general, se ubican en las diferentes torres del reloj que puntúan gran parte de la geografía regional y bien merecerían una declaración conjunta de bienes de interés cultural.
Y ello, a manos de empresas del sector cuyo interés por la historia de la mecánica y la novedosa parcela del Patrimonio que se ha dado en llamar arqueología industrial queda sepultado bajo la losa de la más agresiva de las estrategias comerciales.
Venía toda la reflexión a cuento del falso carillón instalado en el Ayuntamiento de Murcia que ha acabado sustituyendo la regularidad e imprecisión mecánica del viejo reloj de ruedas dentadas y escape, por un minúsculo motorcito de tecnología digital (cuyo plazo de caducidad todos conocemos) y, lo que es más vergonzante para una ciudad como Murcia, vendiendo como carillón lo que no es otra cosa que unas grabaciones manipuladas de música en lata.
A la serie de destrucciones que enumerábamos entonces cabe sumar la del reloj de la torre municipal de Mula, la del de Pliego y la propuesta de sustitución en el de Bullas, acaso el más espectacular de todos los de la Comunidad que aún funcionan, junto al soberbio de la torre del Arsenal de Cartagena, ya que, por desgracia, el de la Catedral fue jubilado en su momento sin ningún tipo de contemplaciones, a pesar de hallarse en el interior de un conjunto monumental de primer orden.
No hay duda de la urgencia que para el Servicio de Patrimonio de la Comunidad representa la elaboración de un inventario especializado de este tipo de maquinarias, ya irrepetibles, que es preciso conservar a toda costa como testimonio tecnológico de siglos pasados, o simplemente décadas, antes de su definitiva desaparición, engullidas por los feroces negociantes de la era digital.
Si hemos sido capaces de retranquear edificios para no proceder al derribo de las antiguas chimeneas fabriles (véase el ejemplo de la que permanece en la calle Pedro Flores del Barrio del Carmen), ¿por qué regla de tres no es posible la conservación de estas máquinas manteniendo la función para la que se construyeron?
Hace algún tiempo el Colegio de Ingenieros de Telecomunicaciones, a través de su presidente Francisco Iniesta, llamó la atención hacia una planta eléctrica abandonada en Abarán y consiguió que las autoridades responsables tomasen razón de su valor testimonial y procediesen a su inmediata puesta en valor. ¿Por qué no seguimos su ejemplo? ¿Acaso el hecho de hallarse ocultos en la lejanía de las torres impide su valoración por los responsables de lo que hemos dado en llamar “Cultura”?
Las máquinas no pintan nada en los museos (al de la Ciencia se anuncia llevar el del reloj municipal de Murcia); deben conservarse en los sitios para los que fueron creadas, incluso con sus imperfecciones, propias de la época que las concibió .
Conmueve comprobar que el hecho de un pasado traslado del reloj de la ciudad desde la torre parroquial de San Antonio en Mazarrón al Ayuntamiento ha permitido conservar la vieja maquinaria del siglo XVIII. Está sucia, pero permanece intacta, con todas sus ruedas, mecanismos, pesa y clavos de forja; y es una de las escasísimas supervivientes de la masacre. Mientras tanto, en el edificio municipal un megáfono anuncia el paso del tiempo.
Asimismo debe reconocerse el impagable esfuerzo que un muy limitado grupo de funcionarios del Ayuntamiento de Alhama lleva haciendo para conservar en marcha el reloj que comparte espacio con las campanas parroquiales de San Lázaro; y ello a pesar de haber sufrido ya numerosas invitaciones de “modernización” que, casualmente, siempre tienen el mismo interesado (y económico) origen.
Al mismo tiempo asistimos al esperpento de ver en la torre de San Nicolás de Murcia una inventada esfera horaria con bombillitas (al estilo de la Feria) que marca la pauta de los juegos infantiles en la también inventada Plaza Mayor. O al atentado de colocar en la torre de San Esteban, paradigma de lo que debería ser el celo conservacionista, una antena de televisión. ¿Se puede pedir más?
Es preciso también que se proceda a elaborar un inventario específico del extenso conjunto de campanas regionales, tanto civiles como eclesiásticas, que permita dar a conocer maravillas como la campana del Ayuntamiento de Cartagena, fundida durante el reinado de Felipe III, o impida hechos consumados tan tristes como el secuestro por parte de un particular de la campana de San Calixto, pagada por el alcalde mayor D. Alfonso de la Riva en el siglo XVII, y que era el único elemento que pervivía de la antigua ermita del Puente Viejo y anunciaba con sus tañidos, junto a los de la mayor de la Catedral, la llegada de las inundaciones y, décadas más tarde, coronando el edículo de la Virgen de los Peligros, el paso de la Fuensanta sobre las aguas del río

MÁXIMO GARCÍA, Enrique (Febrero 2007)
  • ALHAMA DE MURCIA: Campanas, campaneros y toques
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