SERRA ESTELLÉS, Xavier; TORDERA SÁEZ, Antoni - Las campanas: cartografía sonora

Las campanas: cartografía sonora

Estudio de La Consueta o "Instrucción de Sacristanes y Mui en Particular para el de la Parroquia de la Villa de Xábea. Año 1769"

Documento original de la Consueta del Sacristán de 1769

Si la luz que puede producir la cera, el aceite o la brea, desde su invención han compartido en el teatro y el templo su potencial significativo, y si esa fuente de luz, ya desde el Romanticismo, ha sido utilizada en otros lugares y reuniones (hoy incluso en los restaurantes), las campanas, si nuestra información no nos falla, históricamente han estado ligadas a los aspectos y lugares sagrados, desde algunas de las antiguas sepulturas (Jasbeck, Koban, etc.), y simultáneamente, no sin paradoja, han tenido una aplicación militar, como convocatoria a la guerra durante el Medioevo y como botín de guerra exigido a las plazas que capitulaban. (Al margen de estas sugerencias, no es casual, para los vecinos de la villa de Xábia, que u Campanario de San Bartolomé fuese también torre de vigilancia. Ambas dimensiones sin duda se mezclan en la memoria acústica).

Este tema lleva a otros dos (y sobre ambos no hay consenso). De un lado, las campanas ¿son un instrumento de comunicación o de significación? Hay argumentos, para las dos posibilidades, y probablemente la respuesta esté en su síntesis, pues si bien es cierto que las campanas, tradicionalmente, se han utilizado para anunciar y comunicar incendios, incursiones enemigas, etc., no es meno cierto que, y apelamos a la memoria afectiva del lector, a lo largo de los años el sonido de las campanas se ha ido cargando, en el recuerdo de los ciudadanos, de connotaciones religiosas variadas (llamadas a la oración, toque de difuntos, vigilia de fiestas., etc.). Y esa cuestión no anda desconectada, por tanto, de la otra antes anunciada que ahora se expone esquemáticamente: ¿sonido o música? Para Kowzan (1992) las campanas pertenecen al lenguaje o sistema de lo sonidos, con una utilidad expresiva sugerente (el paso del tiempo, por ejemplo, en los textos de Chéjov), pero para compositores vanguardistas como el valenciano Llorenç Barber las campanas son útiles para realizar partituras contemporáneas. En definitiva, viene a depender el debate del concepto de música del que se parta.

Lo que sí es indiscutible, y este es el asunto que nos ocupa, es que los toques de campanas eran responsabilidad fundamental del Sacristán de Xábia y, sobre todo, que el sonido del campanario, aparte de las medas de campanillas del interior del templo, servía para establecer y marcar la vida de sus habitantes, hasta donde llegaran las ondas sonoras.
Ya lo adelantábamos al hablar del Tiempo litúrgico: que las campanas además de avisar sobre los sucesos extraordinarios y desastres naturales, cosa que por cierto no recoge el Sacristán en su libro, regían el calendario anual y la agenda diaria o que, al menos, las campanas debían comunicar el ritmo y la realización de los oficios religiosos, procesiones y entierros incluidos.
De todo eso hay en el panorama completo que a continuación ofrecemos. Una vida social “sonora”, que al Sacristán ocupa cada día intensamente.

A. El ritmo de todos los días

Al amanecer, son los guardas del campanario quienes dan el “toque de alba”, que señala el inicio de las faenas del campo, del corral y de la casa.
Poco después, a las siete y media o a las ocho (según la importancia del día y la estación del año), tocará dos o tres toques convocando al reto cantado de las primeras “horas” litúrgicas: tertia, sexta y nona. El oficio” o rezo litúrgico que va jalonando las horas del día, es de obliga- cumplimiento para el numeroso clero, y de devoción para los más piadosos que, a la llamada ritual desde el campanario, acudirán al templo a :uchar al coro de beneficiados en sus salmodias en latín. Sin olvidar e es también la causa, o el efecto, según se mire, del disfrute de las tus del beneficio. El toque observará su ritual particular: cuarenta campanadas, despacio, más despacio que al toque de misa, seguidas, tras un brevísimo silencio aún sonoro, de una campanada, de dos o de tres (es el primer toc”, “el segon toc”, “el tercer toc”) en dos campanas, las menores para el primer toque y las dos mayores para el último.

Más tarde, aquellas —pues suelen ser mujeres— que por su condición social o por su edad queden más liberadas de las obligaciones de la casa o del campo, serán llamadas a la misa mayor, o a la misa onsena. Pero a quienes estén trabajando, los repetidos toques de llamada (dos, tres o cuatro toques para cada una de las misas) les recordarán, junto a la hora, sus obligaciones para con Dios. Es un rito, una costumbre y un juego sonoro. Se tocan cada vez cuarenta campanadas y después de la breve, muy breve pausa, una campanada, dos, tres; pero el primer y el segundo toque con las dos campanas menores, y el tercer o último toque con todas las campanas, con las cuatro. Aproximadamente al cuarto de hora de iniciada cada una de las dos misas, los más devotos, fuera del templo, esperarán y observarán piadosamente el toque especial para el momento de la elevación del Santísimo —y exclamarán’ “¡Señor mío y Dios mío!”—, porque saben que los que están dentro guardan silencio ante el misterio. Tres campanadas durante la consagración al levantar la Hostia y tres campanadas al levantar el Cáliz.
Minutos después de esa atenta espera, durante la estación del buen tiempo, entre cruz y cruz, entre la Cruz de Mayo (3 de mayo) y la Cruz de Septiembre (14 de septiembre), quizás descansen un poco —los de fuera— y aprovechen para rezar el Padrenuestro con los de dentro (o mejor:
aprovecharán la oración para el descanso). Para ello serán avisados oportunamente con cinco campanadas en la campana del sermón.

A mediodía se tocan las avemarías, tres campanadas, que, otra vez, invitan a la oración del Angelus. Pero, si ese día es “santo de mucha devoción”, a las tres campanadas les precederá un alegre repique, “para que sepan que es tal santo”.
Para las vísperas y completas, o segundas horas litúrgicas, las campanas convocarán de nuevo a la oración a clero y a laicos. Será a las dos o dos y media de la tarde. El toque de las segundas horas, es más sonoro. como corresponde a la importancia litúrgica del rezo que ahora se canta:
las cuarenta campanadas, seguidas del brevísimo silencio, y luego el primero, el segundo o el tercer toque, siempre despacio, siempre más despacio que para la misa, se tocarán en las cuatro campanas a la vez, las dos menores y las dos mayores. Y cuando, hacia el final del oficio, el coro de beneficiados inicie la oración del Benedicamus Domino, sonará la campana del sermón por tres veces.
Aún durante el rezo del oficio litúrgico vespertino no dejará el No- flor de las campanas en reclamar la atención de unos y otros —los unos, los más devotos, los de dentro del templo, los otros los de fuera— para acudir al rezo del rosario, o quizás para rezarlo en casa.
Finalmente, al anochecer, entre las 8 y las 9 (según la época del año) es “el toque de almas”. Cinco graves campanadas con la campana del sermón. Seguramente es bueno y piadoso recordar a los difuntos. Para muchos, quizás sea bueno y piadoso, pero sobre todo es necesario, es su sola esperanza recordar a los difuntos y, más que a los difuntos, recordar o soñar con el lugar del que disfrutan, el paraíso prometido en el cielo, el único que podrán llegar a conocer, siempre que —así les han enseñado y así lo creen— aquí en la tierra cumplan. sus deberes para con Dios y para con los hombres.

Algo más tarde, de nuevo la señal del avemaría marcará la última invitación a la oración. Después, recién estrenada la noche en verano, o transcurridas ya algunas horas junto a la lumbre en invierno, las campanas anuncian el fin de los trabajos y los días. Es el toque de queda o “guaites”. Tres sonoros toques a las diez de la noche.
Son por lo menos dieciséis señales diarias, y todos conocen con precisión absoluta el momento, el significado y aún el simbolismo. Ese es el ritmo diario, el de los días de “trabaxo”, la única compañía, quizás, del campesino en su campo y del anciano en su soledad. Pero el ritmo se rompe con frecuencia; se rompe al compás de la fiesta, y entonces se conoce y se prepara con tiempo y con ilusión; se rompe de improviso y con tristeza, cuando quien manda es la enfermedad o la muerte. Y se rompe también muchos, muchísimos de los días ordinarios; siempre que haya algo más que celebrar, conmemorar o recordar, y para ello las campanas avisarán oportunamente. Se hará, por ejemplo, “la señal” cualquier día de trabajo, si hay sermón o si hay otra misa cantada, además de la misa mayor. Y sermón o misa cantada extra había muchos días.

B. El ritmo extraordinario y festivo

Hoy el teatro de las campanas ha desaparecido prácticamente. Apenas, en nuestros pueblos, queda el recuerdo de los tres toques que anuncian la misa diaria. Los numerosos toques simbólicos, distintos para las distintas ocasiones del día y de la noche, que marcaban el ritmo del trabajo y del descanso, han sido sustituidos, en el mejor de los casos, por la llamada del reloj del campanario, tan fríamente exacto como lo debe ser un reloj. Menos mal que se suelen atrasar o adelantar a los pocos días de ponerlo a hora. Solo en los días de fiesta recuerdan y anuncian las campanas sus buenos tiempos pasados. Que es fiesta se nota, se respira, se ve, se siente, pero sobre todo se oye, y las campanas (por pequeña que sea la villa el campanario guarda celosamente dos o tres campanas, si no más) recobran su valor simbólico y festivo. Solo desde esa experiencia podremos comprender las sensaciones, los sentimientos, el estado de ánimo de quien preparaba y celebraba la fiesta.

Los sábados, si no es descanso para la mayoría, al menos anuncia el del domingo. Y para quien muy poco tiene, ya es algo. Los sábados, a mediodía, al toque de las avemarías, a las tres campanadas rituales les precederá un repique, como se hacía cuando era “santo de mucha devoción”. A la tarde se cantará solemnemente la Salve en el templo; muchos la cantarán en sus casas. Será después del rezo de completas. Para ello se habrá advertido convenientemente tocando “la oración del Rey” al empezar el Magnficat y, después, un toque en las dos campanas mayores.

El domingo sí es fiesta. Pero no todos los domingos son iguales. Los “Primeros Domingos” de mes... También son extraordinarios los “Terceros Domingos” de mes; en estos a las funciones propias de cualquier domingo se le añadirá la procesión con el Santísimo; porque todos los terceros domingos de mes se celebra la fiesta del “Amo”. Antes, durante y al finalizar la procesión las campanas anunciarán cada uno de los momentos.

Sabiamente repartidos 26 días, a lo largo del año, “antes al toque de las almas”, es decir, antes de las 8 o las 9 de la noche, se tocarán 24 campanadas. Es la señal convenida; todos saben que al día siguiente, aun siendo fiesta, hay que guardar el ayuno. La fiesta para un cristiano tiene siempre un componente sacrificial. Esos 26 días corresponden a la víspera de los 12 días de las cuatro semanas de Témporas (Al comienzo de cada una de las estaciones del ano, la Iglesia propone un tiempo de ayuno y penitencia de tres días (miércoles, viernes y sábado de la segunda semana de cuaresma, de la semana anterior al domingo de la Santísima Trinidad, de la semana posterior al día de la exaltación de la Cruz y de la semana posterior al tercer domingo de adviento) a los que se suman otros 14 días festivos “de precepto”, que el Sacristán señalará con sumo cuidado.
Cuaresma, Semana Santa y Pascua de Resurrección forman la tríada culminante del año litúrgico. Durante la cuaresma (6 semanas) hay sermón por la noche todos los miércoles y todos los viernes. Y la gente lo sabe, pero el campanero se lo recuerda: al medio día se hace señal y por la tarde se toca algunas veces hasta que empiece el sermón. Que nadie se descuide, que no se pase por alto, que después el obispo o su representante, en la Visita Pastoral, pedirá cuentas al paborde de la predicación en la parroquia.

También en este tiempo litúrgico, coincidente con la primavera, hay procesión todos los viernes, por la tarde, a las cuatro, después de los rezos de las horas. La procesión es a la ermita del Calvario, donde está la imagen del Nazareno. Hay que recordar con dolor y arrepentimiento el día, el viernes, de la muerte de Jesús. En “la campana de misa” se darán tres toques. El de la Semana Santa, el Viernes Santo por excelencia, la procesión será bien solemne y bien temprana, a las cinco de la mañana. Pero para entonces hasta las mismas campanas, silentes, querrán expresar el misterio y el dolor. No hay toque de campanas. La gravedad del día y la conmemoración de la muerte de Jesús impide cualquier celebración festiva, ni siquiera un grave toque de difuntos. Los batsols, las matracas, cumplirán el cometido reservado de ordinario a las campanas.
A mitad de la Cuaresma, un miércoles, siempre el intermitente y mistérico miércoles, después del sermón “de las almas”, se tocan de nuevo las campanas, porque es el día señalado para hacer la “limosna por la Villa”, y los cristianos deben estar preparados para ofrecer su óbolo.
Al final de la Cuaresma, el solemne domingo que abrirá la puerta a las celebraciones de la Semana Santa, el Domingo de Ramos, se toca “como día de fiesta”, y durante toda la Semana Santa, mientras no enmudezcan, se tocará a los oficios “a campanadas”. El Miércoles, de nuevo el miércoles, Santo, a los oficios de Tinieblas se tocarán otra vez tres toques “a campanadas”. Será a partir de las tres y media, el último con la campana del sermón; a las cuatro se tocarán cuarenta campanadas.

El Jueves Santo, se repicarán las campanas por última vez; será al canto del Gloria durante la misa; y callarán hasta que puedan celebrar con alegría la Resurrección de Cristo. Porque el Viernes, ya lo hemos visto, serán las matracas las encargadas de reunir a los cristianos para la procesión; y serán tres toques. También serán las matracas las encargadas de llamar a los oficios a las ocho de la noche. Lo mismo al día siguiente, el Santo Sábado, anunciarán la celebración de los oficios a las siete y media de la mañana. Después volverán a sonar, siempre al Gloria, todas las campanas. Acompañadas por las ruedas del interior del templo. Esa noche, casi no habrá tiempo para el descanso. A las cuatro de la mañana del domingo se tocará a maitines, tres toques, como de costumbre. Es el día de gloria, es el día de la Resurrección del Señor, es el día que da sentido a la existencia en este mundo y, sobre todo, a la esperanza del otro.
Este ciclo litúrgico, al menos en cuanto a la función especial del campanero se, refiere, se cenará el martes siguiente de Pascua, cuando se va a visitar a los enfermos para llevarles la Comunión en solemne procesión: después de los oficios, se tocarán por tres veces las campanas, anunciando el inicio de la procesión. Y hasta que el Santísimo no vuelva a su sagrario, no dejarán las campanas de recordar la visita a los fieles.

Hay muchos, muchos más días festivos. Las fiestas, de uno u otro tipo, son en realidad numerosísimas, ya lo hemos visto. Su duración e importancia varían mucho. Puede ser una fiesta exclusivamente litúrgica, puede tratarse de un ciclo ritual, puede durar un solo día o varios, pueden ser las fiestas patronales del pueblo... En esos días festivos, además de los toques rituales ya conocidos, habrá otros que marcarán los momentos más importantes del día o de la liturgia, destacando, con toda seguridad, el toque en las numerosas procesiones. Puede que el Sacristán no lo haya consignado siempre en su libro, pero no nos cabe la menor duda de que, al menos a la salida del templo y al regreso de la procesión, había toque de campanas.
A modo de ejemplo hemos destacado algunos días que, por una razón u otra, se tocan las campanas más allá del horario o de la forma habitual. El 1 de enero tocará el campanero uno o dos toques a misa de once, y al Benedicamus Domino tocará las tres campanadas de “la oración del Rey”. El 2 de febrero, mientras se lleva a cabo la procesión de las candelas, repicarán las campanas. El 3 de mayo, el día de la Cruz de Mayo, el día de la Invención de la Santa Cruz, en la solemne procesión, “para quando van y buelven, se han de tocar las canpanas”. El 24 de junio, se oficia una misa en la ermita de San Juan, y se avisa temprano, porque ya hace calor y el camino hasta la ermita puede hacerse excesivamente fatigoso. El primer toque será a las cuatro y media de la mañana.

Habrá, también, repique de campanas en las tres procesiones de las Letanías Mayores. En esta ocasión el juego es doble. La misa de las Letanías se dice un día en el convento de las monjas, otro en el hospital y el último en el Loreto. El encargado de repicar las campanas durante la procesión se quedará “en el cuarto del archivo viejo para tocar la campana al levantar a Dios”. La señal convenida la recibirá de la monja sacristana desde el convento, o del mismo sacristán desde la campana del hospital o, con la campanilla, desde el Loreto. Mientras se vuelve a la Iglesia se
volverán a repicar las campanas. Para finalizar, al canto del Te Deum “se tocan las campanas, que se deben tocar un ratico”.
En los momentos más señalados de algunos días festivos, incluso de todos los días, a las campanas del campanario acompañarán la rueda o “las ruedas de las campanillas”. Su agudo y alegre sonido resonará en elel templo todos los días durante el Sanctus de la misa mayor, todos los sábados, al empezar la Salve, el Domingo de Ramos antes del asperges y de la bendición de las palmas, el Jueves Santo al salir a misa mayor y al Gloria, el Sábado Santo al Gloria, el Domingo de Resurrección al entrar la procesión del encuentro, el Domingo de Pentecostés para el Gloria y a vísperas durante el himno Veni Creator, el día del Corpus Christi entrar el Santísimo en la Iglesia al finalizar la procesión y, finalmente, el día de la “fiesta de los Mansebos”, el Segundo o Tercer Domingo de octubre, también al entrar el Santísimo de vuelta de la procesión.

Pero las campanas cumplen también otros cometidos menos festivos. Son, ya lo dijimos, el instrumento de convocatoria ante un incendio y otros sucesos. Pero también convocarán a las oportunas reuniones para Lecciones de Obreros y Mayorales: “Mientras conpletas llamará a losas Obreros y Mayorales que se sientan en las cillas de el coro; y vienen los señores de la Villa a votar”, y la llamada la llevará a cabo con los tres toques reglamentarios.

C. En tomo a la enfermedad y la muerte

El toque de almas, el que recuerda e invita a la oración por los difuntos, es diario, y son cinco campanadas en la campana del sermón, anochecer (a las 8, a las 8 y media o a las 9, según la época del año).
El dos de febrero al toque de las avemarías se hace señal de aniversario; y también el día de la fiesta de los “Mancebos” el Segundo o Tercer Domingo de Octubre.
Cuando se lleva la comunión a un enfermo se tocan tres campanadas con la campana del sermón, y se sigue tocando a toque de procesión durante el trayecto a casa del enfermo, hasta que el sacerdote ha vuelto a la iglesia; si el enfermo es un sacerdote se tocan nueve campanadas de tres en tres. Si se trata de una extremaunción, además de las tres campanadas con la campana del sermón, se tocan nueve más, pero si es sacerdote se tocarán 27 campanadas de 9 en 9.

Todos los días si hay difunto se hace señal. Y se hará señal antes, durante y después de la misa; lo mismo que antes, durante y después de la procesión a la casa del difunto y, finalmente, al cementerio. Pero, atención, en las fiestas solemnes no se pueden tocar las campanas por los difuntos “desde el medio la víspera hasta concluida la fiesta o su oficio, y si ay proceción, hasta que esté concluida”. El dolor de los pocos no debe ensombrecer la alegría de los muchos. Pero este silencio se verá ffierte- mente compensado. Repartidos a lo largo del año, hay once días “en que se saca alma del purgatorio”. La víspera de esos días, después de tocar “las alnas”, como todos los días del año, se vuelve a hacer “señal de alma”, a saber: cinco campanadas, pausa, una campanada, pausa, cinco campanadas, pausa, una campanada. Ese ritmo de 5-1-5-1 se repetirá varias veces. Al día siguiente “se saca alma del purgatorio”, y al siguiente se vuelve a hacer la “señal de alma”, ad libitum, hasta que se toca el avemaría por la noche. Y así, durante 33 días al año, al pueblo se le recuerda insistentemente su obligación de rezar por sus difuntos.
Al día siguiente de muchos días festivos hay también toques de difuntos: “Al otro día del santo… se tocan un rato las campanas”.

Varios toques de difuntos el 2 de noviembre y la víspera a vísperas: en la noche se tocan las campanas y durante el día “de rato en rato se tocan las canpanas a difuntos”. Mientras los responsos en la iglesia y en el hospital se tocan también las campanas.

SERRA ESTELLÉS, Xavier; TORDERA SÁEZ, Antoni

Fragmento del libro La Consueta o "Instrucción de Sacristanes y Mui en Particular para el de la Parroquia de la Villa de Xábea. Año 1769"
Facultad de Teología "San Vicente Ferrer" (2005)
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