LLOP i BAYO, Francesc - Los toques de las campanas de la Seo: en busca de un instrumento perdido

Los toques de las campanas de la Seo: en busca de un instrumento perdido

Una casa en una torre

En aquellos tiempos, en que la Seo era un templo abierto al culto y que todavía estaba unida al Palacio Arzobispal por un paso elevado, aún había campaneros que vivían en la torre. Tenían allí su casa, igual que otros servidores del templo vivían en diversas dependencias, porque el hogar familiar era una de las maneras de pagar su trabajo. Allí, en unas habitaciones ubicadas entre la torre, las falsas y otros lugares de la catedral, habían vivido los campaneros durante generaciones.
El trabajo tenía muchas obligaciones, no pocos peligros, diversas incomodidades a causa del clima tan duro de Zaragoza y una paga escasa, pero la casa, más o menos cómoda, permitía sacar adelante una familia.
Los campaneros, como otros oficios de la Seo, eran profesionales laicos, a menudo con familia, mejor o peor pagados, y que ejercían su trabajo según unas reglas muy estrictas, ya que ordenaban la vida litúrgica y cotidiana de una Catedral tan grande, tan antigua y tan importante como ésta.
Como ocurría en las iglesias importantes de Aragón (otras catedrales, las parroquias de las grandes ciudades) los campaneros no seguían siempre su trabajo de generación en generación sino que eran profesionales que aprendían de su trabajo, pasaban una oposición, y lo ejercitaban hasta su jubilación. Sus hijos, y también sus hijas, les ayudaban casi siempre en sus toques, sobre todo para los días de fiesta y para los muertos importantes, pero pocos seguían el oficio del padre, que era arriesgado, mal pagado y peor reconocido
En estas grandes iglesias los campaneros se dedicaban sólo a este oficio y no ejercían, como en las parroquias menores y en los pueblos, de sacristanes y de campaneros a la vez: aquí había muchas obligaciones y no se podía faltar a ninguno. Únicamente, tras sus toques, podían cumplir otras tareas auxiliares, de limpieza o de traslado de los numerosos objetos necesarios para el culto. Incluso, en los últimos tiempos, el campanero alternaba el trabajo de tañer las campanas con el de silenciero de la Seo, es decir el encargado de mantener el orden a lo largo del día.
Subiendo por la torre se llegaba a la casa del campanero, tanto desde la plaza como desde unos pasillos y recovecos de la propia Seo. Hasta la misma puerta de casa llegaban una o dos cuerdas, para tocar alguna de las campanas sin subir hasta su altura. De esa manera los campaneros se llevaban trabajo a casa, ya que debían tocar muchas veces al día, y posiblemente lo más penoso de su oficio fuese subir las pesadas escaleras.

Cada vez menos toques

Es verdad que en tiempos de nuestros campaneros (años cuarenta - cincuenta, incluso principios de los sesenta) poco a poco iban dejando de tocar, cosa que a nadie parecía importarle. Primero fueron los golpes de oración, tres badajazos de la Valera, la sonora campana mayor, tocados desde casa al amanecer, al mediodía y al atardecer. Ya hacía tiempo que había desaparecido el toque de ánimas, al hacerse noche oscura, y también dejó de tocarse durante la Consagración de la Misa Conventual, cada día, con cinco o seis golpes más de la campana mayor.
Nada más quedaba el toque de coro, pero muy simplificado, y que solamente se tocaba por las mañanas, puesto que los rezos de los canónigos en comunidad por la tarde se habían suprimido desde hacía algún tiempo.

Los relojes: el otro tiempo

Un poco más arriba de la casa del campanero estaba el reloj de la torre de la Seo. Este mecanismo no era muy antiguo, de principios de siglo, y tenía una cuerda semanal: había que remontar la pesa que ponía en marcha el movimiento de las saetas cada siete días. Este reloj sólo servía para que, desde la plaza de la Seo, se viera la hora, en una esfera rodeada de personajes que simbolizaban el paso del tiempo.
Como es normal en la mayoría de las grandes torres, el reloj toca unas campanas diferentes de las otras, porque se refiere a un tiempo artificial, regular y repetido, que a veces se llama el tiempo civil. Esas otras campanas se sitúan a distinta altura y a veces tienen otro sonido, para indicar justamente la diferencia entre unos y otros modos de medir el tiempo.
En la Seo, el reloj de la torre, sin campanas, no era el único del edificio. Había otro mucho más antiguo, situado encima de la sacristía mayor, y con dos campanas antiguas en el cimborrio, marcando a la ciudad el paso del tiempo. Este importante reloj tenía una esfera en la misma Seo, con una campanita también interior, para señalar el momento del comienzo de los oficios, que eran siempre muy puntuales. Para remontar las pesas de este reloj hacía falta más fuerza, y había que hacerlo todos los días, pues tenía solamente cuerda para unas treinta horas.
Entre las obligaciones del campanero figuraba dar cuerda, o remontar como dicen los especialistas, estos mecanismos, uno semanalmente y el otro a diario. También tenía que hacerles el pequeño mantenimiento, ya que la limpieza anual la hacía un relojero.
El reloj antiguo era el más irregular, pues su maquinaria varias veces centenaria, funcionaba a golpes, y era muy sensible a los cambios de temperatura. Sin embargo era más exacto que el otro, pues cada día el campanero lo ponía en hora, mientras que el otro era regulado una vez a la semana.

Una amplia sala para las campanas

El campanario tiene una sala de grandes dimensiones para que las campanas suenen más y mejor. No en vano, cuando el Cabildo decidió la obra, entre otras cosas, se decía que la nueva torre sobresalga porque las campanas dominen. Los capitulares deseaban una torre para sus campanas, firme en la planta, noble en la traza y de aquella belleza, ornato, hermosura que sirva con novedad a la eterna duración del edificio, correspondiendo todas estas circunstancias a la grandeza y majestad del templo. También se insistía en que los capitulares deseaban una torre que subiese sobre la iglesia en modo y formas competentes, que las campanas - si quiere su colocación - estuviese o subiese sobre los tejados de la iglesia para oírse mejor el sonido.
Parece deducirse de estas propuestas capitulares la búsqueda del equilibrio entre varios aspectos del mismo problema: la solidez del edificio, la armonía de la construcción, la novedad de sus líneas y, sobre todo, la disposición de las campanas para que éstas puedan oírse más lejos. No olvidemos que en alguno de los textos citados por CANELLAS (1975) llaman una torre para sus campanas, esto es al servicio de sus campanas.
Al llegar a la sala de campanas, octogonal, la salida de la escalera ocupa uno de los lados. Frente a ella se encuentra el campanico o el Miguelico, la campana más antigua de la torre, con una inscripción en minúsculas góticas que permite fecharla hacia 1450. Sabido es que en Aragón llaman campanicos a aquellas campanas menores utilizadas para las misas de diario y otras señales de los días laborables. En esta torre el campano es bastante grande, con 71 cm de diámetro y unos 207 kilos de peso. Se utilizaba para los toques de segunda clase y de diario, de los que hablaremos luego.
A su lado, y en la ventana que mira hacia el Pilar, se encuentra la mediana de la plaza, la segunda campana de diámetro y la mayor de las que están en los ventanales. Fundida en 1714, tiene 136 cm de diámetro y unos 1456 kilos de peso. Esta campana, de toque solemne, oscilaba y se quedaba pingada, es decir detenida hacia arriba en el segundo toque para la primera clase. Oscilaba asimismo, como también veremos, en los toques de muerto de primera clase. A continuación, y siguiendo el sentido antihorario en la descripción de la sala, hay una pequeña habitación, que los campaneros llamaban el garito, ese lugar donde refugiarse, entre toque y toque, en los crudos días del invierno zaragozano.
Esta campana es la que oscilaba en el segundo toque de la segunda clase, y era llamada por su ubicación, la campana del garito. Fundida a finales del siglo XVIII, con 97 cm de diámetro, y con un peso aproximado de 528 kilos.
A continuación, otra campana, frente a la calle de la Pabostría, llamada precisamente la otra mediana, la de la calle de la Pabostría. De 100 cm de diámetro y unos 579 kilos de peso, fue refundida en 1804.
En el siguiente ventanal la otra pequeña, de 86 cm de diámetro, fundida por Averly de Zaragoza en 1900, y con un peso aproximado de 368 kilos, utilizada en todos los repiques como compañera indispensable del campanico.
Y, finalmente, al lado contrario de la plaza, otra campana más, también fundida por el zaragozano Averly en 1900, dedicada a Santo Dominguito de Val y rota, lo que equivale a decir inútil y sin sonido, muerta, la rota.
Luego dos ventanales vacíos: el primero ocupado por la escalera circular, de obra, para ascender a la parte alta de la torre, y el otro por donde emerge la escalera de la que venimos.
Olvidamos algo muy importante, colocado en el centro de la torre: la Valera, la mayor campana de volteo de Aragón y una de las mayores de España, de 165 cm de diámetro y unos 2600 kilos de peso, refundida por última vez por Benedito Ballesteros y Avelino Blanco de Meruelo en Cantabria. La campana ya había sido refundida previamente en 1549, 1564, 1574, 1814 y 1851.
Siempre hubo un pequeño pique entre las catedrales zaragozanas, pero la Valera era mayor que la Pilara de 157 cm de diámetro y unos 2240 kilos de peso. La Valera no es solamente la reina de las campanas sino un modelo seguido por numerosas torres de Aragón. Su gran tamaño, su rotunda sonoridad, justifican que esté en el centro de la torre: la gran masa de bronce se encuentra instalada en un sistema de grandes vigas de madera que transmiten el esfuerzo del volteo a todo el edificio. Su ubicación central, privilegiada, permite que su sonido, en movimiento o estático, se expanda por toda la ciudad.

Cómo tocar las campanas

En el momento de describir la disposición de las campanas, como decían los viejos campaneros zaragozanos hablando de la ubicación de las campanas en la torre, hemos de recordar que esta disposición determinaba los propios toques y las técnicas necesarias para ejecutarlos, limitando las posibilidades del instrumento, y marcando las posibles acciones que el campanero necesita para poder realizar su trabajo con facilidad y armonía.
Las campanas tradicionales zaragozanas están muy equilibradas: su yugo, generalmente de madera, pesa casi lo mismo que la campana. Esto tiene ventajas: por ejemplo en Semana Santa se podían matar las campanas, dejándolas horizontales, como trompetas mudas que anuncian, con su silencio y su posición irreal la muerte anual del Dios. Por otro lado el volteo es más sencillo: con un pequeño impulso, la campana oscila y puede llegar a girar, sin apenas esfuerzo. Pero no todo son ventajas: ese exceso de equilibrio rompe los badajos, por causas mecánicas (desplazamiento del centro de gravedad) y por tanto éstos deben tener la caña de madera, mucho más flexible e irrompible, con una gran bola de hierro, que confiere una sonoridad especial, diferente.
Las campanas voltean con poco esfuerzo, es cierto, pero excesivamente lentas. Por tanto fue preciso desarrollar unas técnicas para aumentar la velocidad de volteo sin un esfuerzo excesivo, y sin llegar a perder, tampoco, el control de la campana.
En la ciudad de Zaragoza había dos técnicas diferentes para el bandeo de las campanas, porque, como es sabido, en Aragón se llama bandear a lo que en otros sitios dicen voltear, mientras que tocar a medio bando, generalmente reservado para los toques de muertos, es hacer oscilar la campana sin que llegue a dar la vuelta.
Decíamos que para bandear la campana a la manera zaragozana se enganchaba una cuerda en la parte alta del yugo de manera que, a cada giro de la campana se enrollaban dos o tres metros de soga. El Miguelico era la única campana que se tocaba así, y como bandeaba casi a diario, se dejaba la cuerda en torno al yugo, (ya que en casos de toques esporádicos era mejor desenrollar al final del toque la soga, para evitar que se pudriese o ensuciase). En las parroquias, como San Miguel, la soga hacía una especie de triángulo, ya que pasaba por el extremo del yugo y por una horquilla que tenían en la palanca de hierro que servía para iniciar la oscilación de la campana.
En cualquier caso los campaneros daban grandes saltos, y era el peso de su cuerpo más la propia agilidad, y no la fuerza, los que producían el volteo de las campanas grandes o pequeñas, en un sentido o en otro. Para ayudar al toque, la campana tenía debajo un rodillo de madera de modo que cuando giraba hacia afuera, los saltos bastaban para desenrollar y enrollar la cuerda pero cuando volteaba hacia adentro, la soga se apoyaba en este rodillo, que giraba evitando tanto el desgaste de la cuerda como del muro.
Esta técnica también se aplicaba a la Valera, aunque tenía el yugo de hierro desde la última refundición. Dos campaneros enfrentados (uno en cada lado de la campana) saltaban, enrollando muchos metros de cuerda, de manera que la campana mayor, a pesar de su gran masa, giraba a gran velocidad en un sentido o en otro.
En el momento de nuestra ascensión al campanario, esta manera de tocar la campana mayor con cuerdas se había perdido: los hijos de Felipe Gómez, el último campanero dedicado con exclusividad a este oficio en la Seo, no habían aprendido esa técnica de bandear con soga, que les parecía complicada, y la sustituyeron por otra alternativa mucho menos eficaz, más pesada y peligrosa, pero al mismo tiempo fácil de aprender: el bandeo de la campana desde sendos balconcillos laterales. Hacían falta tres o cuatro hombres, que se turnaban a causa del cansancio, para hacer girar, con gran esfuerzo, la Valera, que rodaba siempre en el mismo sentido, lenta y monótona.

Toques para la más alta música comunitaria

La sonoridad de las campanas no dependía solamente de las instalaciones (yugos de madera, ubicación) sino de otras características físicas: la forma de la sala o el cierre parcial de los vanos. Debajo de cada uno de los ventanales había una especie de barandilla de ladrillo macizo, que llegaba casi hasta la campana, recogiendo en gran parte los sonidos, haciendo de caja de resonancia, para expandirlos no sólo en una dirección sino en todas. Del mismo modo, el pozo central de la torre, ubicado bajo la Valera, estaba cubierto por unas tablas, no tanto por el peligro que podía suponer una caída para los campaneros cuanto para evitar que el eco de las campanas bajase por este gran tubo vertical, desfigurando la voz y la resonancia del conjunto.
Pero las campanas no solo se volteaban; también se podían repicar. El repique, una de las aportaciones aragonesas a la cultura de las campanas, junto con el bandeo de la campana mayor, consistía en mover acompasadamente dos o más badajos, a gran velocidad, para producir mensajes al mismo tiempo que composiciones musicales de gran belleza. A diferencia de los carillones o de los propios campaneros centroeuropeos, que tratan de tocar melodías, incluso con solo tres o cuatro campanas, los campaneros aragoneses hacían ritmos, empleando casi siempre todas las campanas de la torre, para transmitir mensajes, no para hacer melodías. Había también una diferencia con otros grandes productores de repiques: los sacristanes de Castilla y León. Éstos hacen unos ritmos mucho más rápidos que los aragoneses, pero al mismo tiempo pegan el badajo a la campana entre golpe y golpe, de manera que producen otro tipo de sonoridad, más breve. Los campaneros de la Seo, modelo para todo Aragón, repicaban golpeando y separando inmediatamente el badajo de la campana, gracias a un juego de muñeca que se adquiría con la enseñanza y con la práctica.
Para disminuir el esfuerzo, en la Seo, empujaban las campanas hacia afuera, para que el badajo, péndulo vertical, se acercase a la boca de bronce, disminuyendo la distancia entre ambos. Esta posición forzada, conseguida a base de las sogas atadas a las palancas o al propio yugo, es la causa que las campanas zaragozanas, y más especialmente las de la Seo, aparezcan en las fotografías como ladeadas, ofreciendo gran parte de su bocaza al exterior de la torre.

Cada vez menos toques de fiesta...

Como dijimos antes, los toques de la Seo habían disminuido en cantidad. Comparando los toques de los últimos campaneros con aquellos recogidos en la Consueta del Campanero de la Santa Iglesia de la Seo de Çaragoza, de 1672, con aquellos interpretados casi tres siglos más tarde hay una gran simplificación. No solo por la menor complejidad de la liturgia ya postconciliar, sino por un abandono de las tradiciones, que otros deberán explicar. Las antiguas clases, que se referían a las categorías de los días según su importancia litúrgica y ritual (Doble de primera o de seis capas, doble de segunda o de cuatro capas, doble ordinario, semidoble, simples, de feria) se habían convertido en primera clase, segunda clase y ordinario. Ya no se tocaba a vísperas, completas y a maitines por la tarde, ni a sexta, y nona por la mañana. sino que únicamente se tocaba para la Misa Conventual, según la clase simplificada.
Es cierto que estos toques, en otros tiempos, marcaban el ritmo de Zaragoza, e incluso construían otra manera de entender el tiempo: no olvidemos que los días tradicionales, de acuerdo con el calendario romano y luego el litúrgico, comenzaban a medio día, momento fácil de determinar por la mayor altitud del sol. Tras el Angelus ya se tocaban las primeras vísperas del día siguiente, celebrándose por la tarde y por la mañana siguiente la festividad que fuera, hasta el otro Angelus. Sin embargo, los días más importantes tenían segundas vísperas, el mismo día por la tarde, por lo que las fiestas podían durar casi treinta y seis horas... o más, puesto que las primeras clases más importantes (Navidad, Pascua, Corpus, San Valero) tenían octava: a los ocho días justos se volvía a celebrar la fiesta, y durante toda esa semana había ciertas limitaciones como la imposibilidad de tocar a muerto. (Esa manera de medir el tiempo, sin relojes, nos parece extraña, pero aún conservamos ciertos restos de ella: ¿no comienzan las fiestas la víspera a las doce? ¿No significa eso que, de alguna manera, el día de antes ya es el día de la fiesta, por tanto el día de después?)
Al diferente inicio de los días, según su clase litúrgica, iban asociadas, en la iglesia, distintas ceremonias, más o menos completas según el número de capas y la festividad. La disminución de las ceremonias de la Seo supuso una importante bajada de los toques catedralicios.

... y menos toques de difuntos

También habían desaparecido casi en su totalidad los antiguos y complejos toques de difuntos. Los toques de muerto, como es sabido, eran la forma que tenía la sociedad tradicional no sólo de comunicar quienes y cuando habían fallecido. También era, sobre todo, la manera de volver a recordar una estructura social basada en numerosas diferencias. Por un lado estaban las diferencias de sexo: siempre se tocaba más por un hombre que por una mujer. Luego estaban las diferencias de edad: más para los adultos que para los niños. Por cierto, que para éstos, cuyas muertes más numerosas solían coincidir con los meses de verano, no había toques tristes sino toques alegres, puesto que se trataba de ángeles que subían al cielo. También para ellos se hacía distinción entre niños y niñas, entre más ricos y menos ricos... Pero la principal diferenciación, muy destacada en esta Santa Iglesia Catedral, estaba basada en el rango: se tocaba más para religiosos que para civiles, y dentro de este orden, de mayor a menor, se tocaba para el Papa, el Arzobispo, los obispos, el deán, las dignidades (que podríamos llamar el gobierno de la Catedral), las canónigos, los beneficiados, los simples ordenados, los auxiliares. El último de todos, en dignidad y en orden, era el mismo campanero, que sabía muy bien en qué lugar estaba. (No deja de extrañar esta manera tradicional de controlar, a base del propio dominio de sus actividades, al medio de comunicación más poderoso de la comunidad: el campanero sabía que podía tocar a destiempo y desorganizar la comunidad, pero al mismo tiempo ni siquiera pensaba en hacerlo, porque tocar en su momento y forma era su santa obligación.)
Los toques de difuntos de la Seo, al igual que en todo Aragón (incluso, diríamos, siguiendo Aragón el modelo de la Seo) se basaban en dos maneras principales de toque: para las señales sonaban todas las campanas (o algunas, según la clase social y otras características del difunto) de manera bastante, incluso muy rápida, ya que la señal de muerto no era la lentitud sino la forma global del mensaje. Por otro lado, las campanas podían tocarse a medio bando, para los difuntos muy especiales, digamos para aquellos más importantes para la comunidad.
Así, en la Seo, el muerto de primera clase se tocaba de una manera muy sonora y rítmica: las tres campanas pequeñas a medio bando, sin parar de oscilar, mientras que había una consecución de tres badajazos seguidos de las mayores de la manera siguiente: golpe de la Valera (fija), golpe de la mediana de la plaza, oscilando y dejándola pingada, golpe de la mediana de la Pabostría. El toque pedía la ayuda de mucha gente. Al menos dos, corriendo de un lado para otro, para mantener las pequeñas en oscilación; otro para hacer oscilar la gran masa de la campana que recae a la plaza, sin que diese más de media vuelta, pero tampoco menos. Y, finalmente, otra persona más, probablemente el campanero, que tiraba de sendas cuerdas unidas al badajo de la Valera y de la otra mediana, de manera que el sonido fuese acompasado con el ritmo marcado por la oscilación de la mediana de la plaza.
Con la disminución de la categoría social, bajaba el número de campanas: para segunda y tercera clase sólo oscilaba una de las dos campanas medianas. En la clase menor había toques de la mediana de la calle de la Pabostría, a medio bando, mientras que en la segunda clase estos badajazos se acompasaban con otros de la mediana de la plaza, Así pues, para los difuntos oscilaban dos o tres campanas pequeñas y una de las dos medianas: la menor para la tercera clase y la mayor para segunda y primera.
En la época en que hablamos prácticamente había desaparecido todo toque de muerto civil (no olvidemos que la Seo cuenta con una parroquieta, la cual, a su vez, tiene o tenía sus parroquianos, y por tanto daba servicio a toda una comunidad en torno a la propia catedral), así como los de niños.

Un instrumento cada vez más simple

En realidad, el instrumento musical global, la torre con sus campanas, sus instalaciones y sus toques, estaban en un proceso de degradación próximo a la desaparición final. La desaparición de los toques, la simplificación de los pocos existentes, la realización de técnicas cada vez más sencillas, no auguraban más que una desaparición cantada de la torre de la Seo como elemento musical principal de la ciudad de Zaragoza, y por tanto, y como reflejo, de todo Aragón.
Al retirarse Felipe Gómez, con más de ochenta años, las campanas dejaron, prácticamente, de tocar. Alguno de los asistentes de la catedral - cantores, sacristanes, los que podían hacerlo - tocaban algo, a veces, pero las campanas dejaron de voltear (se cuenta que la Valera giró, por última vez, el día de la entrada del arzobispo Cantero Cuadrado; el Miguelico siguió volteando hasta la jubilación del señor Felipe).
Pero cuando vino el Papa por primera vez a Zaragoza, las campanas de la Seo no podían quedar en silencio. Afortunadamente no había tiempo ni dinero para repetir lo que se había hecho en el Pilar, es decir, aplicar los elevados conceptos de la campanología alemana, sobre otra de las torres emblemáticas de Aragón. Allí se cambió la ubicación periférica de las campanas pequeñas y la central de la mayor por una disposición piramidal (unas sobre las otras, las menores encima), sustituyendo yugos de madera por vigas de hierro, cortos badajos por largos, cambiando alguna campana que estaba desafinada por otras nuevas, así como retocando otras antiguas que tampoco sonaban bien (según las costumbres alemanas). En consecuencia, las campanas del Pilar, ubicadas en el centro, y oscilando a menos de 180 grados, tocan al más puro estilo alemán. La Seo tuvo mejor suerte, y la misma empresa catalana que había aplicado esos criterios alemanes instaló unos electromazos para las seis campanas útiles de la torre del Salvador. Pero, en previsión de que alguien pudiera atreverse a mover las campanas, de modo brutal y poco científico (esto es, de manera tradicional, musical y rítmica), colocaron los martillos eléctricos de manera que las antiguas campanas catedralicias ya no podían oscilar. Aún más, las fijaron debidamente para evitar tentaciones, e introdujeron un bonito repique (jamás oído en Aragón, al igual que las campanas oscilantes del Pilar) consistente en el toque alternado de la mitad de las campanas, luego la otra mitad y finalmente un tiempo de silencio. O sea (golpe unísono de la mitad de las campanas) + (golpe unísono de la mitad de las campanas) + (silencio). Y nada más. Algo así como si hubieran sustituido otros elementos patrimoniales de la Seo por materiales de aluminio, o si hubiesen sustituido en el proceso de restauración alguno de los altares por unas fotografías.
Parecía que era la muerte definitiva de las campanas. La torre estaba sucia, abandonada, los relojes no funcionaban... Entonces hubo que cerrar la Seo al culto, porque el noble edificio se venía abajo, y las campanas entraron en un tiempo de paréntesis, acompañando con su silencio las largas obras de restauración. Era preciso retirarse, esperando tiempos mejores.

El futuro de un instrumento musical

Hemos repetido hasta la saciedad que las campanas no están solas: sus accesorios, la torre y los toques forman una unidad musical y comunicativa que los siglos han legado como índice y referencia de la vieja Catedral. Todo forma parte del instrumento y cualquier cambio en cualquiera de sus partes transmitirá a las generaciones futuras (para las que restauramos) un conjunto incompleto, si no inútil, de objetos sin sentido.
Soñamos en volver a subir, como hicimos hace tantos años, en una nueva torre de campanas de la Seo, restaurada, sonora y abierta, que sirva de referencia, como siempre lo ha sido, para las restauraciones, los toques y los usos de las campanas de todo Aragón.
Soñamos con una torre restaurada, como la Giralda de Sevilla o la torre del Micalet de València, por decir dos catedrales, donde las campanas han recuperado, todas, su yugo de madera (incluida la Valera), que vuelven a estar en su lugar de origen, con una campana pequeña rota restaurada, con unos motores a impulsos, controlados por ordenador, que reproducen los toques antiguos, incluso aquellos lejanos que servían para regular la vida de la ciudad, como la oración de la mañana o del atardecer, o los repiques del coro, según la clase del día. Ordenador, motores, electromazos y otros mecanismos dispuestos para completar el trabajo de unos campaneros organizados, que tocasen de vez en cuando sonoros y luminosos conciertos, en torno al volteo glorioso y lento de la Valera, la mayor campana de volteo de todo el Aragón. Imaginamos el conjunto que reproduce toques antiguos, porque forman parte de su personalidad, y que sirve, como alto portavoz, para realizar temblorosos, artísticos y creativos repiques y bandeos manuales.
Vemos, sobre todo, la torre de la Seo como un ejemplo, que ha sido modelo de toques en Aragón, y que servirá como referencia para los demás campanarios. De la restauración de las campanas de la Seo, sus instalaciones y sus toques depende, de manera más que simbólica, el futuro de los toques de campanas en Aragón.

Bibliografía

Francesc LLOP i BAYO (20-08-1998)
Generalitat Valenciana
  • ZARAGOZA: Campanas, campaneros y toques
  • Toques manuales de campanas: Bibliografía
  • Francesc LLOP i BAYO: bibliografia

     

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