GALIANA, José María - Cuerpo de campanas

Cuerpo de campanas

Foto José María GALIANA - La Verdad - Murcia (17/02/2003)

El misterio es saber cómo subieron las grandes campanas

Una segunda lectura de Otoño en la ciudad, de José Ballester, reaviva el deseo de subir una vez más a la torre de la catedral de Murcia, y tomar asiento en uno de los poyos que hay en los vanos grandes del cuerpo de campanas, donde al llegar el buen tiempo, en ocasiones, se trasladaba la histórica tertulia del piso de la calle Riquelme frecuentada por Juan Guerrero Zamora, Luis Garay, Planes, Pedro Flores, Joaquín, Antonio Garrigós, Clemente Cantos, Dionisio Sierra, Ramón Gaya, el benjamín, José Ballester y Jorge Guillén, que de 1926 a 1929 se hizo cargo de la cátedra de Literatura Española en la Universidad de Murcia.

Guillén entabló amistad con Juan Guerrero, colaboró en el prestigioso Suplemento Literario de La verdad, y ambos fundaron Verso y Prosa, «boletín de la joven literatura» en el que colaboraron Gerardo Diego, Dalí, Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Dalí, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Bergamín, etc.

En la replaceta del Pozo, fría y ventosa, se inicia la subida a la torre por una puerta con dintel de piedra coronado por el símbolo del cabildo, un jarrón de azucenas, distintivo que se repite en otros accesos. El deterioro de la torre es notorio, sobre todo en la fachada norte, la más agredida por las inclemencias del tiempo.

Foto José María GALIANA - La Verdad - Murcia (17/02/2003)

Tras las reparaciones del Último tramo llevadas a cabo hace cinco años, dos empresas murcianas, Villegas y Azuche, bajo la dirección del arquitecto Juan Antonio Molina, abordan ahora su restauración interior y exterior hasta el pavimento del cuerpo de campanas, lo que va a permitir la contemplación y disfrute de un edificio que tardó más de cuatro siglos en construirse y es fiel reflejo del devenir histórico y artístico de la ciudad.

Levantada sobre los escombros de la mezquita aljama, la torre ocupa el solar del minarete donde el muecín llamaba a la oración. Las rampas iniciales son las más livianas y oscuras, hasta llegar a la dulce ventana geminada de época renacentista que ilumina la entrada a la sala del archivo catedralicio, rematada con una armoniosa bóveda. Este primer cuerpo se terminó en 1519 y algunos de sus muros superan los seis metros de grosor; ahora se utiliza como centro de operaciones, clasificación y archivo de más de doscientas piezas desprendidas de la fachada que volverán a su lugar de origen durante el actual proceso de restauración que finalizará en septiembre de 2004. Entre 1530 y 1560 se construyó el segundo piso de la torre, aunque las obras se paralizaron debido a que el edificio se vencía por la cara Este, hacia el barrio de Santa Eulalia, inclinación que aÚn es perceptible. El temor a que pudiera caerse abrió un paréntesis demasiado largo: durante doscientos años la torre sólo tuvo esos dos cuerpos y un pequeño campanario. Estaba muy avanzado el imafronte (siglo XVIII) cuando se encargó a José López la continuación de la torre, para lo cual recurrió a un planteamiento simple: nivelarla aumentando el grueso de los muros del lado opuesto, el que da a la plaza de Belluga, y aÚn así, volvió a escorarse hacia el lado contrario.

Bernardo Espinalt escribió que a la torre se podía «subir acomodadamente en coche» señal de que él no lo hizo, a diferencia del ciclista local Pérez Lasheras, que en los años sesenta ascendió las 17 rampas que llevan al cuerpo de conjuratorios (los conjuratorios han exorcizado y conjurado plagas de langosta, riadas, tormentas de granizo, rayos y tempestades)

Foto José María GALIANA - La Verdad - Murcia (17/02/2003)

Las rampas novena y décima son las más empinadas, pero la ascensión, en general, es suave, aunque de niños llegábamos jadeantes por el afán de subir los primeros. Buena parte del suelo está parcheado por el uso, y las paredes, ventanas y aspilleras constituyen un infinito muestrario de grafitis -algunos grabados a cincel-, que dejan constancia de citas amorosas, corazones atravesados, nombres, cifras y el deseo de volver.

Carmen Parra, la Última campanera, falleció a los 98 años y pasó la vida subiendo varias veces las rampas y la escalera de caracol que precede al cuerpo de campanas. A los trece años, Angelita Lechuga, una de sus nietas, ya tocaba los conjuros. A las cinco daban el toque de alba, a las nueve y media el del coro y a las doce el del angelus. Si moría algÚn canónigo las campanas doblaban a difuntos y cuando llegaba o partía la virgen de la Fuensanta hacían repique general con todas las campanas. Para los conjuros era necesario que subieran dos personas. Una tocaba la campana del conjuro, la Agueda, otra hacía el estribo, es decir, tocaba tres campanas a un tiempo: una con el pie, al que se liaba una cuerda de esparto, y las otras dos con cada mano. La catedral posee uno de los mayores conjuntos de campanas de las catedrales españolas: 20 en lo alto del campanario, 17 de volteo y 3 grandes fijas, además de un timbre de bronce para los cuartos.

El sonido melodioso de las campanas ha sido durante siglos el despertador de la ciudad, el muecín que llamaba a la oración, el mirador de una «aurora permanente que se asoma / -sobre corro o motín- al barrio aquel del Sur» retomando el verso de Jorge Guillén. En torno a ellas se han improvisado coplillas tales como: «Agueda me llamo / cien quintales peso; / el que no lo crea / que me tome en peso», aunque José Ballester, en boca de don Benigno, dice que la Agueda «está muy lejos de pesar cien quintales». La más legendaria es la Mora, a la que se atribuye una parte de plata. Regalada por don Juan I en 1383, tiene más años que la propia catedral, está en desuso y se expone en el museo: en el bronce hay grabada una estrella de Salomón y era la que alertaba al vecindario de las incursiones moriscas.

Foto José María GALIANA - La Verdad - Murcia (17/02/2003)

Un enigma por descifrar

El misterio es saber cómo subieron las grandes campanas. Puestos a disparatar, se ha dicho que a través de una rampa que empezaba en el solar del hotel Victoria y llegaba hasta el mismísimo cuerpo de campanas. Antonio Valverde, responsable de la feliz restauración y modernización de las campanas no se explica como pudieron subir la Trinidad, que pesa más de seis toneladas.

Madame de Brinckman, una viajera rescatada del anonimato por González Vidal, destacó de la catedral su campanario: «Una bella y muy alta torre cuadrada en la que se sube hasta cerca de dos tercios de altura por una pendiente suave. Después le sigue una escalera en espiral que conduce a un pabellón calado dominando las veinte campanas de la iglesia. Desde allí se goza de una deliciosa vista abrazando la vega en su totalidad».

Esa deliciosa vista sobre la vega era una de las razones por las que los tertulianos del piso de la calle Riquelme ascendían al cuerpo de campanas apenas despuntaba el buen tiempo. A Luis Garay le gustaba la luz ámbar del atardecer. Es una de las pocas referencias inalteradas, como los vencejos que anidan en las grietas. Desde tan altos miradores, de aquella Murcia silenciosa y opaca, animada por el rosa y el azul de las fachadas de las casas, por el verdor de sus pequeñas plazas y jardines, apenas queda la remembranza, si exceptuamos las frondas a uno y otro lado del Malecón, la línea de montes que abraza la ciudad, los Últimos bancales de verduras a los piés del castillo de Monteagudo, las cÚpulas azules de la propia catedral y de San Juan de Dios, el penacho verde del ficus de Santo Domingo y la décima que Jorge Guillén escribió en el cuerpo de campanas: El caserío se entiende / con el reloj de la torre, / para que ni el tiempo enmiende / ni la luz del viento borre / la claridad del sistema / que su panorama extrema: / transeÚntes diminutos / ciñen su azar a la traza, / que con sus rectas enlaza / las calles a los minutos.

Foto José María GALIANA - La Verdad - Murcia (17/02/2003)

Datos

En la torre de la Catedral hay 21 campanas. De las más populares, al norte se encuentra la Nona I, San Isidro y Barbara (1712); al Este se ven la de Santa Cruz, María de la Poaz o Nona II; al Oeste, Santiago (1815), Santa Bárbara, Nona III o Fuensanta, Catalina I y Agueda (1790), y al Sur la de San Antonio, Santa Florentina, San Pedro, San Patricio y Belén, fundida en 1969 por la empresa Bazán. Algunas de las que estaban rotas se han soldado en Alemania, y todas lucen nuevos yugos o melenas de madera. La modernización es evidente. El reloj de la catedral, que desde hace años lo atiende relojería Valverde, está sincronizado via radio con el satélite alemán. Por lo que respecta a las campanas, Antonio Valverde insztaló en la sacristía un programador que ordena el movimiento de las agujas del reloj y tiene la posibilidad de manejar hasta 99 campanas. Estos mecanismo no impiden un pequeño toque manual. Los toques más representativos eran los del alba, del coro o aviso a canónigos, del ángelus y el de ánimas. Como toques especiales cabe destacar desde el 3 de mayo al 14 de septiembre, los llamados conjuros. Sonaban a las siete, siete y cuarto, once, once y cuarto, cinco cinco y cuarto de la tarde. Eran los conjuros interpretados por tres campanas. El día del Último conjuro, se hacía un repique general y una banda de mÚsica subía al cuerpo de campanas interpretando mÚsica popular desde los balcones.

José María GALIANA
Guía del Ocio - "La Verdad Digital" - Murcia - (17/02/2003)
  • MURCIA: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (epigrafía, descripción): Bibliografía

     

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