BARBER, Llorenç - La ciudad y sus ecos

carta de naturaleza. una música pública.
o sea, notas para la composición del concierto con la flota pesquera,
subtitulado música marina para una noche de verano

toda música es un depósito de tiempo y una espoleta de la memoria. un ordenar el sentido de la vida. un microcosmos.
la música se nos aparece como un todo donde ningún deseo se pierde y del que tú formas parte. hasta que no se borra de la mente (alguna no se borra jamás) la música es como un armazón o retícula en cuyas casillas cada quién dispone (sin saber casi ni cómo ni porqué) las sensaciones, analogías, asociaciones y deseos que le son más afines. es un modelo para armar, una horma que trasciende a lo que oímos, soplos de alguna manera inaudibles, fantasmas. y muchas veces estos inaudibles sones nos son más fecundos que los que oímos, simples despertadores.
el oído recorre las armonías, modulaciones y cadencias igual que se recorren las páginas de un libro o la mirada recorre las calles de nuestra ciudad o un cuadro que nos es familiar. la música nos dicta todo lo que debemos pensar, te hace repetir su discurso. tiempo y espacio acotado, codificado y activador, la música establece nexos de afinidad o contraste entre cada inaudible asociación y cada punto de su itinerario, de forma que alimenta nuestra memoria y nuestro imaginario instantánea y fugazmente.
pero la música ha sido muchas veces también un sistema de dominación: ese tiempo en el que no sólo buscamos aprehender el sentido de la vida, sino también apoderarnos, dominar los hombres y el mundo. así las grandes formas del pasado (y ante todo la forma sonata), tanto en lo que tenían originariamente de cánon, de modelo acabado del mundo, como en su concepción de equilibrio y mesura (con sus contraposiciones o luchas concertadas, resoluciones y codas) adquieren una durabilidad normativa que estabiliza el tiempo. lo hipostasía.
tiempo, pues, civilizado y ordenado, frente a la salvaje subjetividad y movilidad del tiempo no musical.
por ello toda manifestación del poder (monárquica o republicana) ha buscado identificarse y confundirse con ciertas músicas: éstas son garantía de permanencia y fijación, un discurrir donde se reduce y doma lo azaroso e imprevisible, y todo está donde y cuando debe estar.
hoy, en plena crisis y desintegración de la modernidad, cuando la relación tiempo/espacio adquiere una nueva dimensión, las grandes creaciones del pasado (incluso las formaciones instrumentales heredadas) difícilmente pueden ser patrón o norma de un mundo, un universo, que vivimos sin estructura, fragmentario y enfermo. la atomización y globalización simultánea de este nervioso urbanita que es el posmoderno hombre de hoy, difícilmente puede reconocerse en ese mundo ordenado y permanente de las músicas modernas, salvo para inocentes y onánicos juegos de melancolía.
por contra las músicas de hoy, inmediatas, tras los asaltos más liberadores del siglo xx, han perdido rotundidad y globalidad. intercambiables, son puros juegos de sonidos y gestos. signos. fragmentos que, promiscuos, se muestran a sí mismos, manipulando residuales permanencias de tiempos pasados en acelerada sucesión de intervenciones.
no hay pájaros hogaño en los nidos de antaño, diría un alonso quijano tras largo, fecundo y azaroso sueño de utopías.
hoy muchas músicas de creación son sólo puntuales intervenciones en autoexhibición. no construcciones para una mejora ni para una ampliación de la sensibilidad, sino tan solo músicas ensimismadas, lanzadas a una espectacularidad sin fin, a su mera pornosonía: atracción (cerrado parque de atracciones) que sólo el carácter cambiante e insólito de sus aparentes o reales organizaciones sónicas o el recorrido casi laberíntico de sus llamativos flashes justifican su existir al margen de un hoy más que problemático.
a la deriva, las músicas de hoy son un continuo fluir de señuelos, simulaciones y reveladoras instantáneas. a ellas acude (si acude) el posmoderno cosmopolita, que ha sustituido el conocimiento profundo o sistemático (el gran discurso) por una atención efímera, fragmentada y alterada de las más diversificadas muestras (muestras y muestrarios siempre en continua sustitución y renovación).
a su vez, superando las incertidumbres de la realidad, las músicas de hoy viven una desbordante hiperrealidad: gracias a simulacros cada vez más perfectos, como el compact o el laser disc, éstas son cada vez más un universo extrañamente parecido al original, que diría baudrillard. demás que el nuevo tempear de los media (simultáneo e instantáneo) plantea la abolición de las distancias temporales: una simple cuestión de velocidad que la tecnología resuelve con gran satisfacción.
a pesar de todo ello, la música continua teniendo una innegable capacidad de representación, de construcción de tiempos ficcionales realmente practicables a través de los que sacar sentido y trascender la pura materialidad sónica de la obra. al mismo tiempo, el hombre parece no renunciar de manera definitiva a la construcción de mundos, aunque sean inventados, a la experimentación de mundos de vida y a la elaboración de universos simbólicos. pero eso sí: los tiempos y espacios en que practicarlo están cada vez más ubicados al exterior, esto es, fuera del íntimo apartamento onanizador. son espacios (ubis) ciudadanos y públicos, pues ciudadana es hoy la manera normal de socialidad.
estos espacios o puntos estratégicos generan una móvil red acupuntórica y energética donde lo público y emblemático se dilucida al exterior y a la vista/oído de la comunidad. una comunidad porosa y sin el aura y estabilidad que antes la distinguía. una comunidad y un ubi que es tanto o más sacral cuanto más participe de ese respeto ya inaplazable o inexcusable por el aire del planeta que nos es común.
de ahí que a la vez que se mejora la red de espacios especializados para una audición sin sobresaltos de las músicas más estimadas del pasado, la ciudad, o mejor los ciudadanos, reclamen con ahínco nuevos espacios de representación (nuevos marcos incomparables), así como nuevos tiempos de reconocimiento público, y propuestas que se reciben como obra de obras, esto es, como ritos o emblemas ocasionales e intercambiables durante y en los que practicar la imaginación en común, conformando azarosos locus imaginationis donde errabundear en masa sin sulfurarse.
de este caudal es de donde nace esta música marina para una noche de verano, una música en la que la vasta opulencia de una bahía adosada a una ciudad es tomada en serio sonoramente (incluso asumiendo el riesgo de equivocarse) tanto como la aquiescencia de los vientos y las brisas que, como el espíritu, soplan cuando y como quieren. música arriesgada este pneumático sonar, perorata no acondicionada y por ello rayana con lo banal (pero una banalidad que, no obstante, nos invita a demorarnos en una escucha acompañada y peripatética).
es esta una música que se quiere sanamente pragmática, un obrar que se quiere cúmulo de cuestionamientos, un componer que postula la salida del músico de su angustioso y angosto refugio de artista para abordar el terror del mundo actual.
y es que para mí el músico no puede continuar siendo un arrogante escogido (no se sabe por quién ni porqué) ni tampoco un mudo y sordo espectador de lo que ocurre. y mucho menos un simple técnico de lo sonoro. por contra, ha de ser simplemente humano: un ser piadoso. comunitario. alguien que nos ayude a oír, que nos haga caer en la cuenta de que no oímos sólo (una oreja sola no es un ser) ni solos, ni solamente en cámaras (tantas veces mortuorias).
más allá pues del crédito y del descrédito intelectual (y social) en que ha caído el músico (vanguardista o no), es su tarea (o debería ser) ayudarnos a reinventar el mundo que los hombres van a habitar durante el próximo milenio. es su tarea igualmente reducir el infierno en que hemos convertido nuestro hábitat. éste es su reto. su ethos.
por eso es útil, creo yo, una música como ésta que renunciando a exquisiteces y erudiciones toma carta de naturaleza estallando pública y algo bárbaramente entre nuestros paseos. una música mundana y nada aúlica que frente a la clarividencia y la ensoñación iluminada de relámpagos de una música pensada para oírse entre cuatro paredes, muestre esta magullada cara de taxista que es el mundo al decir de joyce. una música modesta, algo feucha, desconcertante y basta, pero cuyo misterio concierta en ágora el ubi que pisamos, y sobre todo nos hace pensar, nos convierte en ciudadanos para quienes el arte es de nuevo una de las auténticas fuerzas del ser humano.

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