BARBER, Llorenç - campanas: música y libertad

3. LA CAMPANA Y LA CIUDAD

campanas: música y libertad

el placer de hacer real la libertad y superar los temores que supone vagar fuera del hortus clausus para un compositor (toda habitación es un lugar donde paredes, techo y suelo apartan y conservan) es ejercicio que demanda cierto riesgo.
largo ha sido el aprendizaje o proceso de liberación del miedo al exterior, pero hoy puedo afirmar que (gracias a mi trabajo durante más de una década con el taller de música mundana, pero sobre todo gracias al sonado trabajo con las ciudades) el miedo a practicar músicas sin acondicionamientos ni refregeración ha sido ya vencido: soy ya de los que creen a pies juntillas que la música ni nace ni acaba necesariamente en la cámara (mucho menos en la recámara), sino que, por el contrario, y como nuestra sombra, nos puede acompañar (mundana ella) por paseos, conversaciones, siestas.
además la música, querámoslo o no (y aunque queramos que no), campa por doquier, va pegada al moverse de ventanas, motores, hojas, textos o meteoritos. y músico es aquel que, emboscado, invoca el placer de hacer real la libertad: conversando in situ con cuanto suena.
ser cultivador de músicas a la intemperie (ser músico en la calle o gustador, provocador de músicas no climatizadas ni climaterizadas) no es solamente un reto personal, sino un coadyuvante fermentador de cambios útiles, y necesarios, para estas ciudades nuestras tan estériles como sobresaltadas y estruendosas. postular y practicar una música pública con planteamientos exigentes (sin renunciar a lo festivo) es, me parece a mí, una tarea a la que los músicos no debemos renunciar.
no comprendo al que fuera de su cámara (de ensayo, de escritura o de tortura) vive como quien oye llover, o sea, de espaldas al ruido quotidiano en el que sus conciudadanos se debaten y abaten, creyendo que no es cosa de músicos el preocuparse por tan vulgar menudencia.
a lo largo de los últimos 5 años, en interrogante conversación con pensamientos de esta índole, he compuesto unas 40 obras para otras tantas ciudades (desde la enorme sevilla hasta la mágica oaxaca, de la carillonera maastricht a la íntima pollenza). pero hay que decir que, frente a la abstracta ubicuidad de los planteamientos compositivos habituales, mis músicas campaneras nacen pegadas al topos de manera determinante (también en lo formal). un topos que, además, es irregular poso de siglos. música pues, la que practico, tópica y vernacular, que toma cuerpo a partir de mi cronometrada partitura conformando distancias, timbres, alturas, proyecciones (en el sentido de varése: como un viajero y moldeable haz de luz que sale de un foco sonoro), convirtiendo a barrios y a plazas en cajones que transportan y conforman sonidos complejos que hacen tropezar, resonando, con los que en rachas o a volandas llegan de otros puntos (y que tronando por paredones y adoquines convierten a la ciudad durante efímeros y redundantes minutos en gran vasija resonante, habitada por dondones y retumbos).
las campanas, hablándonos al yo y al tú con su extrañador saber, nos germinan enigmas que llevan en sí los temores y amores de una cultura ancestral: en la hora enorme de mis conciertos de campanas y espadañas se alberga toda la mitología del hombre.
el mito es una máquina, nos lo recordaba levy-strauss, que detiene el tiempo. también lo es la campana: un vaso, un aleph a través del cual se puede oir retroactivamente lo más representativo de lo que ha ocurrido en cada indivíduo, en cada paisaje, en cada comunidad, en el mundo éste tan lleno de repetición, piedad, miedo y fugaces felicidades.
pero la música, a la vez que verticaliza (mediante memoria y ecos) el tiempo, es también gran creadora de espacios: las campanas, desde su ubi, tejen una irregular malla de proximidades y lejanías. la alada gracia (gallinácea, la digo) de sus metálicos armónicos conforma hilos de rumoroso amor que, salvíficos, pueden dar una esperanza al ciudadano drama de ese hombre moderno, condenado a vivir en el laberinto trazado por los ruidos, campo abonado para especulaciones mil. hilos que creadores de caminos, planos, cruces y huecos, nos libran del zumbido acallador e impositivo, abriéndonos al diálogo propositivo, al acogedor sonar de las campanas.
pero además éstas saben: en su comentar la plenitud rumorosa de lo vivo, saben un saber que dibuja la identificación de cada cual. un saber inmediato, que no razona ni induce, un saber inocente que ronda lo absoluto. un saber, a la postre, que de mundo es sabor. pítagorica música mundana. son del silencio que, como nos enseña heidegger, es eco de la llama divina en el acaecer del mundo.

¡qué no daría yo por badajar todas las campanas que en el mundo son!

retrocede La ciudad y sus ecos avanza
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