LLOP i BAYO, Francesc - Campanas, campanarios y toques: la recuperación de un sonido perdido

Campanas, campanarios y toques: la recuperación de un sonido perdido

Suera - Repique de las campanas restauradas- Foto Francesc LLOP i BAYO

Desde hace años, la Dirección General de Patrimonio Artístico de la Generalitat Valenciana actÚa para la recuperación de uno de los aspectos más singulares del patrimonio, tanto material como inmaterial, sea mueble como inmueble. Se trata de la restauración de las campanas, sus instalaciones y sus toques, un paisaje sonoro tradicional, construido a lo largo de los siglos.

Llíria - Campana antes de la restauración- Foto Francesc LLOP i BAYO

Un instrumento musical

Probablemente, antes de iniciarnos en los procesos de desaparición de los toques tradicionales, de electrificación industrial y de restauración de las campanas, sea preciso incidir en el aspecto musical del campanario, de las campanas y de los toques.

Efectivamente, del mismo modo que no se puede considerar que una cuerda de guitarra, por sí sola, sea el instrumento, tampoco cabe decir lo mismo de una campana. Ésta, como aquella, suena de cierta manera, aunque la campana tiene una serie de características musicales propias. Como objeto sonoro está determinado por su forma, un perfil muy grueso en el punto de percusión, pero muy delgado, a veces un centímetro o dos, a lo largo de la falda y sobre todo en la parte alta de la campana. Esta forma determina, en un ochenta por ciento, la sonoridad de la campana; el resto depende del material y de la manera en que está fundido. La campana, musicalmente, es un objeto singular, que los mÚsicos ortodoxos llaman “desafinado”; ya que produce una serie de frecuencias, localizadas a diversa altura del bronce: una nota o prima, una tercera siempre menor, una quinta, una octava superior y una octava inferior o Hum. Se da la circunstancia que no todas empiezan ni terminan al mismo tiempo, cuando es golpeada la campana, pero su conjunto es el que produce la característica sonoridad musical de este objeto.

Sin embargo esto no es más que el principio: la campana sonará de una u otra manera segÚn los accesorios de que disponga, del lugar donde está instalada y del modo en que se toca. Es evidente que esas notas, que algunos llaman armónicos pero que es preferible denominar parciales, suenan siempre igual, pero no de la misma manera, es decir que segÚn el tipo de badajo o de yugo, unos parciales se refuerzan mientras que otros se amortiguan o incluso se anulan. Esto explica la distinta sonoridad de una misma campana con un yugo de madera tradicional o con uno moderno de hierro: las notas producidas son las mismas pero el metal refuerza los parciales altos y por eso parecen más metálicas. Si a esto se añade la distinta forma del contrapeso y de sus ejes, se entiende por qué los de madera permiten que la misma campana suene con más potencia y al mismo tiempo de manera más grave y solemne.

Por tanto, campana y accesorios se influyen mutuamente, lo mismo que hace la propia torre, que con su altura correspondiente y la forma de la sala donde se encuentran las campanas, vuelve a modificar la resonancia de las mismas. Los arquitectos antiguos tenían muy en cuenta estas cosas, y el campanario no solamente era una forma en un paisaje; era también y sobre todo un objeto sonoro, porque, en Último extremo, la torre, con sus campanas y sus instalaciones, es el instrumento musical. La bóveda que cubre la sala así como los pretiles bajo las ventanas construyen una sonoridad característica de nuestros campanarios, que es preciso conservar tanto como su aspecto exterior. Era usual también ubicar las dos o tres campanas pequeñas sobre unas vigas, de madera, ubicadas en el centro de la sala, ya que las notas más agudas, por simplificar mucho, se oyen mejor si las campanas se ven, mientras que eso carece de importancia para las más graves. Dicho de otra manera, las frecuencias más altas se extienden sobre todo en línea recta, por lo cual las campanas menores han de estar en lo alto, mientras que las graves se extienden en todas las direcciones.

Y luego están los toques, que es la manera de utilizar el instrumento, de acuerdo con sus posibilidades sonoras y rítmicas. La manera más característica de tocar las campanas a la manera valenciana no es el volteo, sino la combinación de diversas campanas de la torre haciendo trancs, que son los golpes unísonos, repicando a contratiempo con la campana menor, mientras que la mayor voltea. Este era el toque de fiesta mayor, extendido por toda la Comunidad Valenciana, y que ha sido substituido en tiempos recientes por el volteo exclusivo de todas las campanas, reservado antes a un par de veces al año.

Llíria - Campana restaurada- Foto Francesc LLOP i BAYO

Un instrumento comunitario

Las campanas, no solo por su potencia sonora, sino por su significado profundo, son un instrumento al servicio de toda la comunidad. Construyen el tiempo colectivo, no solo a través de los relojes, sino de los diversos toques, que marcan (o marcaban) el transcurrir de la jornada, de la semana, del año y de la vida. Marcan espacios festivos o de luto, e indican con sus toques la relevancia de ciertas personas, bien en el momento de su muerte, bien en otros acontecimientos extraordinarios.

Por eso las campanas llegan más allá del significado religioso, sin olvidarlo, puesto que se convierten en la voz de una comunidad, en su símbolo sonoro más intuitivo y emotivo. Algunos apuntan que la comunidad alcanza hasta el sonido de las campanas; no es cierto. Desde siempre nuestras campanas son nuestra voz, mientras que las otras suenan mal, no saben expresarse. Y, desde luego, las invasoras, son las campanas del pueblo o de la parroquia vecinos. Cuando la ciudad de Valencia decide participar en la fundición del Micalet, la gran campana de las horas de la Catedral, deciden hacerla “tan grande que su sonido llegue hasta las murallas y más allá, para mostrar la magnificencia de una ciudad tan ilustre como ésta”. El sonido, por tanto llega hasta más allá de los confines, para comunicar a los otros, y sobre todo a los vecinos, la importancia de una comunidad. Y también la vitalidad de un grupo: un pueblo sin campanas está muerto o a punto de desaparecer.

Alfafar - Campana barroca antes de la restauración- Foto Francesc LLOP i BAYO

La pérdida de los toques tradicionales

Los toques tradicionales se caracterizaban por su gran variedad local. Así como otros aspectos de la liturgia católica estaban estrictamente reglamentados, los toques de las campanas, por motivos que aÚn desconocemos, eran iguales en su contenido pero diferentes e incluso opuestos en sus formas. Valga por ejemplo recordar que el toque de fiesta de Aragón consiste en voltear la campana mayor, repicando con las pequeñas que están fijas, mientras que el toque de Andalucía y Murcia consiste, por el contrario, con el repique de las mayores que están fijas y el volteo de las menores. En Cataluña y en gran parte de Castilla y León las campanas oscilan sin llegar a voltear mientras que en otros lugares de estos mismos territorios las campanas están fijas y solamente repican. En la Comunidad Valenciana, por lo general, voltean todas las campanas, aunque el volteo de la mayor se limita a tres o cuatro fiestas al año, siendo usual que para avisos importantes, como la misa mayor, esta campana voltee acompañada del repique del resto. Y un dato más, para mostrar las grandes diferencias, incluso entre poblaciones vecinas: el final del toque de fiesta de la ciudad de Valencia es el toque de muertos principal en la Huerta. Es decir, la forma variaba de un lugar a otro, y por eso es importante recuperar las diferencias, mientras que los contenidos eran, naturalmente, similares, pues las necesidades de un grupo son similares, incluso a pesar del paso del tiempo y de las nuevas tecnologías.

Por diversos motivos, la mayor parte simbólicos, las campanas pierden su valor colectivo hacia los años sesenta. Es cierto que el sueldo de los campaneros subía, con el coste de la vida, pero la electrificación costaba, a menudo, cien veces más de lo que se pagaba por los toques manuales. También es cierto que la liturgia estaba en un acelerado proceso de simplificación, debido a una interpretación radical del Concilio Vaticano II, así como a una idea ingenua de la modernidad. Parecía que para ser modernos y para adaptarse a las normas conciliares había que romper con toda tradición y empezar de nuevo. Así, los toques, que cubrían las necesidades de la comunidad a lo largo de toda su vida, social e individual, se fueron limitando a los toques de misa y de fiesta y quizás de difuntos. Toques como el de oración a lo largo de la jornada, de víspera de domingo, toques contra las tormentas, toques para cerrar las murallas y muchos otros desaparecieron no solamente de los campanarios sino incluso de la memoria colectiva.

Alfafar - Campana barroca restaurada- Foto Francesc LLOP i BAYO

Las electrificaciones industriales

Ante la necesidad de mantener algunos toques de campanas, las empresas desarrollaron unos equipos mecánicos para sustituir a los campaneros. Sin embargo, en vez de adaptarse a las instalaciones existentes, inventaron equipos mucho más simples para hacer más que mÚsica, ruido con las campanas.

Sustituyeron los yugos de madera, algunos más antiguos que los propios bronces, por otros de hierro, e instalaron unos motores continuos (motores de lavadora, les llaman algunos) que solamente podían voltear las campanas en un sentido y a velocidad constante. Si a esto le añadimos la instalación de electromazos externos, muy lentos, se comprende la práctica desaparición de los toques tradicionales, puesto que estos mecanismos, muy primitivos, eran casi imposibles de programar. Al mismo tiempo impedían todo tipo de toque tradicional, ya que los motores frenaban casi por completo a las campanas, y habían desaparecido todos los accesorios para tocar manualmente.

La electrificación industrial supuso una importante paradoja: se sustituían los toques antiguos, para evitar el esfuerzo, por otros monótonos, repetitivos y muy simples, y a eso le llamaban progreso. Sin embargo, en otros lugares como Francia o Bélgica, los motores, algunos existentes desde principios del siglo XX, se adaptaban a los yugos de madera, mediante unos ingeniosos mecanismos eléctricos que imitaban por impulsos el esfuerzo de los campaneros.

La electrificación tuvo además una importante repercusión en nuestro patrimonio: tanto por el exceso de toques (ahora basta tocar un botón y ya voltean solas) como por las nuevas instalaciones y sobre todo por una ausencia casi absoluta de conservación, muchas campanas históricas, que habían sobrevivido a guerras y expolios, se rompieron y han sido refundidas en los Últimos treinta años.

Xixona - Las campanas restauradas- Foto Francesc LLOP i BAYO

La restauración de campanas

Ante este estado de cosas, la Dirección General de Patrimonio Artístico decidió intervenir. En 1989 se presentaba la primera restauración de un conjunto de campanas. Se trataba de las campanas de San Lucas de Cheste, donde existían cuatro de las seis campanas originales de finales del siglo XVIII. Se soldó una de ellas, que estaba rajada, recuperando su sonido original, y se hicieron dos campanas nuevas, armonizadas musicalmente con las otras, manteniendo la misma forma o perfil de las otras. También se instalaron nuevos yugos de madera, a la manera antigua, con una piedra de contrapeso, y los primeros motores de impulsos, gobernados por un ordenador, que reproducían los toques tradicionales, en gran parte, y que interpretaban algunos de los ricos repiques de las campanas mediante electromazos. El conjunto estaba dispuesto de manera que no impedía los toques manuales. Es de destacar que en una mesa redonda, que tuvo lugar en Cheste, para presentar las campanas restauradas, los fundidores de campanas presentes, dijeron en aquel momento que lo que se presentaba era imposible de realizar, pero es cierto que a partir de entonces todos se han dedicado en mayor o menor medida a actuar de esa manera.

El concepto de restauración va mucho más allá de una simple sustitución o reparación: se trata de recuperar los valores originales, sonoros, comunicativos y estéticos, de un conjunto de campanas, reponiendo sus instalaciones antiguas, instalándolas en la torre para la que fueron pensadas, y volviendo a interpretar los toques de esa comunidad.

En este sentido se han restaurado ya más de un centenar de campanarios de la Comunidad Valenciana, mostrando que es posible compatibilizar la conservación de las instalaciones tradicionales con la instalación de mecanismos, controlados por ordenador, que reproducen los toques tradicionales y no impiden los toques manuales.

Es destacable, igualmente, la aparición de numerosos grupos de campaneros, organizados la mayor parte en torno al Gremi de Campaners Valencians u otras asociaciones locales, que han vuelto a retomar el papel importante de la persona junto a la campana, para expresar a través de los toques los sentimientos de la comunidad.

También hay que apuntar que, al contrario de lo que ocurría hace treinta o cuarenta años, en la mayor parte de los campanarios restaurados en la actualidad el primer toque, la presentación de las campanas, consiste en un concierto interpretado de manera manual.

Xixona - La campana mayor, gótica, restaurada- Foto Francesc LLOP i BAYO

La línea anual de subvenciones para restaurar campanas

Hay que destacar el importante papel de la Generalitat Valenciana que ha servido de detonante de muchas restauraciones de campanas, bien por ser la promotora directa, o bien por participar mediante las subvenciones que desde 1997 concede la Dirección General de Patrimonio Artístico, en una línea publica anual.

Así, de manera directa, se han intervenido en al menos 29 restauraciones desde 1990, lo que ha supuesto una inversión de no menos de 400.000 €, en lugares tan notables como la Catedral de Valencia, el Campanar de la Vila de Castelló de la Plana, la Concatedral de Sant Nicolau de Alacant, la Seu de Xàtiva o Santa Maria de Ontinyent. Igualmente se han intervenido en pequeñas actuaciones sobre importantes campanas góticas en Onil, en Morella, en Elx o en el Institut Lluís Vives de Valencia.

Por otra parte la línea de subvenciones, dotada con unos 36.000 € anuales, ha permitido conocer el interés por este patrimonio, ya que todos los años ha habido peticiones quince o veinte veces superiores a ese importe. Cada año se seleccionaron por lo general aquellas campanas más antiguas que se presentaban a la subvención, lo que ha servido, como ya hemos apuntado, de ayuda para que la propia comunidad vaya restaurando su patrimonio sonoro. Destaquemos, como más recientes, las concedidas en el pasado año 2000: dos campanas de La Llosa de Camacho, junto a Alcalalí, una de ellas del siglo XVII; la campana mayor barroca de Alfafar; otras similares de Benavites, Cabanes, Castalla, Chiva. Llocnou de Fenollet, Nules, Titaguas, así como Campanar y San Isidro en Valencia, otra más en Villena y la finalización de un extraordinario conjunto de campanas góticas en Xixona (tres de las seis existentes). En todos los casos se han repuesto yugos de madera, y en la mayoría se han colocado motores de impulsos, pues tanto Nules como Villena prefieren preservar sus campanas limitando su uso al toque manual.

Probablemente estas intervenciones no sean tan espectaculares ni aparatosas como otras restauraciones, pero afectan sin embargo a uno de los más íntimos, musicales y yo diría que necesarios patrimonios de los valencianos: sus campanas y sus toques, la mÚsica colectiva más alta y sonora de cada comunidad.

Dr. Francesc LLOP i BAYO Antropólogo
"Recuperem Patrimoni" nº 1 - Dirección General de Patrimonio Artístico
Generalitat Valenciana
València (2003)
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