LLOP i BAYO, Francesc - El Campanar de Castelló: la restauración de un patrimonio simbólico

El Campanar de Castelló: la restauración de un patrimonio simbólico

Un lugar de encuentro

A lo largo de los siglos, el Campanar de Castelló recibió diversos nombres, a veces relacionados con su separación de otros edificios. Si en el siglo XIX le llamaban “la Bajoca”, fue en los años 30 del siglo XX cuando recibió, por parte del poeta Bernat ARTOLA esa denominación de “Fadrí”, de soltero, que tanta repercusión popular ha tenido.

El nombre histórico es el de “Campanar de la Vila”, un fantástico lugar de encuentro entre dos instituciones, el Ayuntamiento y la Iglesia, que comparten los usos sonoros de un edificio municipal exento.

El “Campanar de Castelló” sirve de reloj, y en su parte alta se encuentran la campana más antigua, la popular “Tàfol”, que marca con sus toques el paso de las horas, acompañada de otras menores para el toque de los cuartos.

El “Campanar de Castelló” sirve, también, como alto instrumento musical, con una doble vocación, municipal y eclesial: es cierto que la mayor parte de sus sones acompañan fiestas religiosas, pero también ciertos toques de las ocho campanas de volteo marcan y acompañan actos municipales.

Un lugar para descubrir

La restauración ha servido para descubrir muchos otros aspectos de una torre emblemática, que era una gran desconocida. Se conocían sus estancias, sus relojes y sus campanas, pero poco más. La delicada precisión de los restauradores ha servido para descubrir muchas más facetas de una misma joya.

En la primera estancia, la del reloj, apareció un gran badajo, el de la campana “Tàfol”, que servía para anunciar acontecimientos extraordinarios (ya que las campanas del reloj solamente repican en casos de excepción). Y luego, en sus paredes, mÚltiples veces encaladas para mantener la limpieza de una sala, emergen antiguos grafitos, imágenes históricas de guerreros, que nos dan mucha información sobre la vida cotidiana del pasado.

La segunda estancia es la cárcel, que sirvió no sólo de lugar de prisión de clérigos, sino también de refugio y de vivienda para los propios campaneros. En sus paredes ennegrecidas, aparecieron primero inscripciones de presos, pero por debajo de ellas, y más antiguas, pinturas devocionales: una Sagrada Familia, recién descubierta, y que nos habla de la religiosidad popular del siglo XVII. En una pequeña estancia, el excusado, se encontró mediante metodología arqueológica, o sea excavando lenta y delicadamente, un montón de objetos que habían tirado a ese lugar comÚn, para evitar bajarlos a la calle. Desde una pequeña arma de fuego hasta numerosos objetos cerámicos rotos, tirados una vez inÚtiles, e incluso objetos de indumentaria.

En la tercera estancia estaba la casa del campanero. Desde ella no sólo vivían, en el pleno sentido de la palabra. También “se traían trabajo a casa”: en el techo se encuentra una serie de agujeros que comunicaban, mediante cuerdas, con las campanas; así, para ciertos toques, evitaban subir un piso. En esta sala, en la ventana, tuvo lugar, durante la restauración, un importante descubrimiento, a pesar de la humildad de los restos hallados: se trata de un pequeño reloj de sol, formado por una escuadra de hierro, con un pequeño agujero calibrado en plomo, que servía simple y llanamente para conocer las doce solares. Con ello no sólo el campanero sabía cuando tenía que tocar la oración del mediodía, marcando el tiempo de la parada para comer; también podía poner en hora el reloj mecánico de la torre, puesto que el sol era la Única referencia diaria segura. Curiosamente la chimenea de la casa servía, también, de elemento de paso de los cables que unen el reloj con sus campanas: aÚn suena la mayor gracias a uno de esos mecanismos.

Y llegamos a las campanas. En los siete ventanales (el octavo está ocupado por la escalera) se encuentran ocho, de las que solamente dos proceden del conjunto histórico: “la María”, fundida en 1789, la primera a la derecha, que anuncia la víspera de la Magdalena, y la más pequeña, que suena nada más que el día del Corpus y en otras ocasiones extraordinarias. Se trata de “La Doloretes”, de 1824, y que llegó al Campanar por la destrucción de su ermita del Calvario, en 1837, en plenas guerras carlistas. Las demás son del siglo XX.

Las campanas de Castelló tienen una singular manera de denominarse: no tienen motes, como en otros sitios, y tampoco tienen el sexo del santo que representan; no, aquí todas son campanas, y por tanto se preceden del artículo “la”, pero a continuación el nombre será masculino o femenino, segÚn corresponda, de menor a mayor: “la Doloretes”, “la Joaquima”, “la Cristina”, “la Victòria”, “la Vicent”, “la Maria”, “la Jaume”, “la àngel”. Esta Última, con 149 cm de diámetro y unos 1915 kilos de peso, es una de las mayores campanas de volteo de la Comunidad Valenciana, y, sobre todo, “la Campana de l'Ajuntament”, que acompaña con sus volteos lentos y acompasados, la salida de la Corporación en Pleno.

Un Campanar con campanero

El Campanar de Castelló tiene una particularidad: es la Única torre con campanero municipal, a todos los efectos. Se trata de un joven empleado pÚblico, que pasó la correspondiente oposición, y que se encarga no sólo de tocar cada día, de mañana y de tarde, sino de coordinar los aproximadamente treinta toques especiales, que marcan las festividades anuales de los Reyes Magos, de la Magdalena, del ciclo de Pascua, del Lledó, de Corpus, de San Pedro, de San Cristóbal, de la Virgen de Agosto, del Doce de Octubre, de la Inmaculada, de Navidad y del Fin de Año, amén de los repiques de difuntos de los primeros días de noviembre. En estos toques participan, segÚn la ocasión y la partitura asociada a la festividad, de dos a ocho personas que construyen, con su esfuerzo, el más alto paisaje sonoro de Castelló. En la misma sala se encuentran unas matracas, instrumento de madera, de sonido quejumbroso, que sustituye a las campanas durante la Semana Santa. NingÚn mecanismo complementa al campanero, que debe interpretar todos sus toques de manera manual.

Probablemente las ventanas de esta sala tuvieron maderos que las cubrían parcialmente, como otras torres valencianas, para construir una caja de resonancia que aumentase la sonoridad y la propagación de los toques de campanas: quedan restos en los ventanales, como goznes en las paredes, pero desconocemos cual era su posición, ahora difícil de reproducir por las propias campanas en movimiento.

Y luego, arriba, la terraza, coronada por el conjunto de las tres campanas del reloj, que han recuperado sonoridad y posibilidades acÚsticas. Hasta hace poco se encontraban metidas una dentro de la otra, a la manera de las muñecas rusas, pero ahora vuelven a estar separadas, las menores colgando de una viga de madera y la mayor presidiendo, en el centro. Las tres han recuperado sus badajos interiores, que podrán sonar en ocasiones realmente extraordinarias, para marcar eventos de aquellos que se señalan en la historia de Castelló. Son las de los cuartos “la Lledó” y “la Anna”. La “Tàfol”, de 155 cm de diámetro y unos 2156 kilos, fue construida por Bernabé García en 1604, el mismo año que se fechaba la escalera de acceso a esta planta.

Una torre para comunicar

La terraza no sólo servía para indicar el paso del tiempo del reloj, también era un lugar de comunicación visual. A diario se hacían las hogueras que señalaban la ausencia de naves piratas, aunque en caso de urgencia se hacían señales de fuego o de humo, para llamar a la defensa y para que los habitantes de La Plana buscasen la autoprotección. También se hacían, hasta la Última restauración, fuegos artificiales para marcar los acontecimientos anuales o extraordinarios, aunque es probable que las obras efectuadas recomienden una mayor prudencia en la utilización de fuegos en este edificio recuperado.

Pero hemos olvidado su aspecto exterior del Campanar. Al restaurar la torre han aparecido un par de grafitos rituales exteriores, que seguramente están asociados con la coronación del rey Carlos, Segundo de su nombre, como rey de Valencia. Estas pintadas eran usuales y se utilizaban en los actos protocolarios, para decorar los edificios pÚblicos, durante aquellas celebraciones. Como elementos efímeros no tenían, necesariamente, un grado de perfección ni se utilizaban materiales de gran calidad, ya que se trataba de adornar los espacios pÚblicos, junto con otros elementos mucho más temporales como tejidos o adornos vegetales, durante los actos festivos.

Y luego, la puerta del Campanar, blindada a la antigua, lo que antes se decía “una porta ferrissa”, con chapas de hierro dispuestas de manera que no fuese fácil romper o quemar la puerta de un edificio triplemente valioso: por su valor simbólico, por su control horario, y por la posibilidad de alertar a la población mediante los toques extemporáneos de sus campanas. Precisamente a ambos lados de la puerta se encuentran dos cajetines de hierro, con sendas llaves, y prolongados con unos tubos metálicos, con cables para tocar, desde abajo, las dos campanas medianas. Con esos mecanismos se interpretan ahora los toques diarios (el de la mañana con “la Jaume”, a la izquierda y “la María”, para marcar el atardecer), pero durante mucho tiempo, mediante una combinación de los golpes de una y de la otra campana (que la gente sabía distinguir, por supuesto) se podía saber el barrio donde había un incendio.

El Campanar de Castelló no necesitaba ser restaurado para ser importante, pero las obras fueron necesarias para consolidar un edificio venerable que ha visto ampliados los elementos de interés. No es solo una torre, un símbolo y unas campanas: ahora tenemos, además, otros elementos más para conocer, comprender y difundir la historia de Castelló, que quiere decir la historia comÚn de todos los valencianos.

Francesc LLOP i BAYO
Generalitat Valenciana
(2002)
  • CASTELLÓ DE LA PLANA: Campanas, campaneros y toques
  • Restauración de campanas: Bibliografía
  • Francesc LLOP i BAYO: bibliografia

     

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